Ya estamos lejos de la visita del Papa a España y ya ha acontecido la visita a Francia. Sin embargo, como en artículos anteriores, aprovecho esas celebraciones que son tan conocidas para una mirada al estado de la liturgia en general y proponer algunos aportes.
Partimos de los sentidos. Ya hablamos de lo que oímos de la voz de los ministros y del pueblo, cantor y coro.
Aquí quisiera aportar algo a partir del sentido de la vista. Es artificial ir sentido por sentido, porque la celebración es englobante, pero es simplemente para no perdernos en el todo.
También agrego que, más que en lo referido al oído, estoy limitado porque miré por televisión, que no es el modo de «ver» participar de la celebración de los santos misterios.
liturgia decorosa, atenta a las diversas sensibilidades y sobria en su solemnidad.
1.-La Iglesia congregada y dando culto a Dios.
Las celebraciones fueron con dignidad y decoro (cf León XIV en Notre Dame); de acuerdo con lo que ha exhortado el Papa ha sido una liturgia decorosa, atenta a las diversas sensibilidades y sobria en su solemnidad (cf discurso del17.11.25).
¿Qué vimos? Aunque pueda parecer obvio, lo primero que se vio y se vivió es el Pueblo de Dios reunido por la convocatoria del Padre, por medio de Cristo y la acción del Espíritu Santo, como lo recuerda Lumen Gentium, 4, citando a San Cipriano: «un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
Fue el Pueblo del Mesías Rey, de Cristo Señor y cabeza, según el designio y la gracia del Salvador, presidido por los sucesores de los apóstoles, con la cabeza del colegio episcopal, el Sucesor de Pedro. Se desarrolló el culto público del Cristo total al Padre, en el que el Señor asocia consigo a su Esposa la Iglesia (cf SC 7). Es la acción sagrada por excelencia, que no iguala con el mismo título ninguna otra, es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza (cf SC 10).
En esa obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados (cf SC 7), vimos la participación de todo el Pueblo santo, cumpliendo cada uno lo que le corresponde, sea al pronunciar los textos, sea al escuchar y responder, sea en el profundo silencio. La Iglesia es un cuerpo orgánico, son las tribus del nuevo Israel, las huestes del Señor de los ejércitos, que se manifiestan plenamente en la celebración comunitaria de la Liturgia, atendiendo principalmente a las Santa Misa, pero también al oficio divino, la Liturgia de las Horas, que tuvo su parte (Barcelona, París).
Tratándose de ver, hay que incluir el espacio cultual y los movimientos del acto cultual, desde la procesión de entrada y las otras procesiones, los gestos, sean los comunes, sean los propios de uno u otro ministro, comenzando con el primer celebrante, el Pontífice.
2.- El espacio y el presbiterio.
Lo que se actúa y se ve -- por cierto, también según ello se oye -- está determinado por el espacio, que a su vez está determina por la acción litúrgica. Forman un todo complejo.
Claro, en cuanto al espacio, hay que distinguir los espacios abiertos y lo que celebró en espacio sacro, en iglesias (la Santa Misa en la Sagrada Familia y la Liturgia de las Horas en la Catedral de Barcelona y en Notre Dame de París; en Montserrat no fue propiamente liturgia, sino un acto piadoso, el Rosario).
En los espacios abiertos se logró un ordenamiento hacia el presbiterio, con sus espacios particulares determinados: el altar, la sede, el ambón.
En el espacio celebrativo es de singular importancia simbólica el orden y el centro del orden, que a su vez ordena la celebración, los movimientos y gestos.
Ahora bien, atendiendo al espacio y los ritos en este espacio, podemos señalar varios aspectos que a veces están claros y orientan y otras están confusos y que en lugar de orientar e introducir en el eje del misterio, dis-traen o quedan como una serie desordenada.
Son muchos los puntos. Me detendré en algunos con el fin de abrir el diálogo y la búsqueda.
La grada en torno al altar.
En general se ha suprimido la grada que dentro del presbiterio rodea el altar.
No se le ha dado importancia a esa grada. También su supresión se ha debido algunas veces a que, al poner altares exentos, no queda suficiente espacio como para esa grada.
No es que esté contra el altar exento: creo que muestra más la centralidad del Santo Sacrificio, que el altar adosado al retablo, y en sí ordena y centra el espacio del misterio celebrado. Yo personalmente he creado cuatro altares exentos y arreglado un quinto. En tres pude hacerle el espacio propio del altar con su grada, que permite ponerle candelabros de pie laterales y también que deja espacio como para rodear el altar, sin subir y bajar escalones. En otros dos, fue imposible porque el presbiterio no tenía suficiente anchura.
¿Por qué lo señalo? Porque aun cuando hay espacio, no se está haciendo y es una lástima. Esa grada en torno al altar tiene su importancia celebrativa. El ojo enseguida queda ordenado por un espacio dentro del presbiterio, donde el altar está circunscrito por la misma grada. También ordena los movimientos que no son del celebrante, porque deben pasar bordeando la grada y no por cualquier lado.
Pero, sobre todo es importante porque es en el espacio de esa grada que el celebrante ofrece, se mueve, para acceder al altar, incensar, acercarse al borde para el lavabo. En algunas celebraciones, cuando debe arrodillarse, encuentra dónde hacerlo, y no a nivel de piso.
. El orden del altar en el presbiterio.
En la Liturgia, porque está en la antropología humana y el sentido cósmico del culto, así como el sentido sacro del cosmos, para que haya unificación, orden y paz, requies, siempre ha sido y es básica la simetría y la centralidad.
Aplicado al altar -- dejando el asunto de la grada -- el altar debe estar en el centro visual, es decir hacia donde tiende el ojo, dirigido por la forma del espacio. Esto normalmente es el centro del presbiterio, aunque no sea siempre exacto. Desgraciadamente esto no se cumple ni en la Basílica de la Sagrada Familia, ni en Notre Dame de París. A mi entender, en ambas iglesias el altar no está centrado en el ámbito del presbiterio, sino adelantado; así en lugar de ir la mirada a reposar en el centro, se encuentra con un mostrador, algo que se le abalanza. El centro que atrae la arquitectura y en el que puede descansar la mirada es un hueco unos metros detrás del altar, en el centro del espacio del presbiterio.
Sé que con ese adelantamiento se quiere acercar el altar al pueblo celebrante, pero en realidad se le impone y no lo conduce al centro y a reposar en él: eso lo haría más cercano.
Por otra parte, la IGMS, 299, dice: «constrúyase el altar separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente». En ninguno de los dos casos se le puede rodear fácilmente: es necesario ir subiendo y bajando escalones. No hay una grada amplia que deje espacio en torno al altar, sino escalones. Así la incensación circular del altar, que debería ser continua y pacífica, se interrumpe, hay que subir y bajar y, además, hay que estar mirando el piso para no caerse.
Por cierto, mucho peor es la forma como se ha hecho en Notre Dame: una iglesia inmensa y el altar está estrechado con escalones, no rodeado por un espacio de modo poderse rodear en un movimiento continuo, no interrumpido por subidas y bajadas de varios escalones.
Aquí, además, en una opción que parece francesa, porque también se da en Metz, los candelabros están puestos todos de un lado. Esta asimetría, en lugar de envolver el altar y conducir pacíficamente a él, distrae, distorsiona, tironea para un lado; en vez de estar subordinado al altar, como único eje, se vuelve un elemento propio independiente. De esta forma, es como adorno de una casa moderna para una revista de moda burguesa. En las Misas en España los candeleros estaban justamente simétricos, lado a lado. Parece menos creativo, pero es lo apropiado y está al servicio de unir a la asamblea celebrante en torno al altar y destacar la sacralidad celebrativa de éste: es Cristo, que santifica la ofrenda, que es Él.
Como mi intención va más allá de estas celebraciones, también exhorto a abandonar en todas partes el «arreglo» del altar con un florerito de un lado y dos o una vela del otro. Tal asimetría banaliza el altar en una mesa de restaurant que quiere ser fino y no centra al pueblo santo en los misterios del Cuerpo y la Carne de Cristo.
IGMR 307 dice que se coloquen al menos dos candeleros «como manifestación de veneración o de celebración festiva». Esto es cierto, por lo cual los domingos es mejor poner 4 o 6.
Atendiendo nuevamente al altar exento que quiere ser rodeado no solo físicamente al caminar el celebrante, sino también en la mirada de la asamblea, no me parece oportuno el ramo de flores al pie del altar. Nuevamente hace del altar un mostrador si se quiere con función de pie de ostensorio.
Reconozco que, en los altares adosados al retablo, los bancales, diferentes al altar, facilitaban la colocación de floreros. El altar exento, a mi entender no debe tener flores por delante. Podrán ser muy simples en los candeleros, si cabe, y en el ábside, que puede tener ramos grandes.
La cruz y el altar.
La cruz en el presbiterio recuerda el sacrificio de la cruz que se actualiza en el altar. Pero como todo símbolo reúne más realidades.
En primer lugar, la cruz, sea en lo alto de una torre o una cúpula, sea marcando un objeto sagrado, es la síntesis de todo el misterio de la redención: la encarnación, muerte, resurrección. gloria, segunda venida y su realización en el tiempo y espacio; une cielo y tierra. Es el símbolo cristiano por excelencia.
Para simplificar, podemos distinguir, no separar ni oponer, el Cristo de un calvario, especialmente orientado a conmover al fiel, de la Cruz simbólica, centro de la veneración y acción litúrgica. Fijémonos que la fiesta litúrgica es la Exaltación de la Santa Cruz, el Viernes santo adoramos la Santa Cruz, los grandes himnos como el Vexilla Regis o Pange lingua gloriosi proelium certaminis son a la Cruz.
¿Por qué tanto detalle? Porque tanto la cruz procesional como la cruz de altar son antes que nada una cruz gloriosa, simbólica. Es verdad que suelen tener una imagen del crucificado[1], pero apenas visible, porque es la Cruz, frecuentemente en oro o plata, la que simboliza toda la realidad de Cristo, toda la novedad de la unión de la Iglesia con la Trinidad, la que abarca todo el cosmos y la historia.
Hemos visto la cruz abriendo las procesiones como la entrada del Señor. Hay que educar a los fieles en la participación activa: mirar la cruz y signarse. No distraerse con celulares y saludos personales, incluyendo los de los concelebrantes.
La cruz del altar tiene una importancia central en la ordenación del espacio y el movimiento en la celebración. Pensemos en la maravillosa cruz gloriosa de San Apolinar in classe de Ravena. La cruz es el axis mundo, el eje del mundo, que, como reza el lema cartujo, stat crux dum volvitur orbis, está firme y erguida la cruz, mientras el mundo gira, da vueltas.
Esta centralidad de la cruz y el ordenamiento de la oración y los movimientos, aún en altares con retablos inmensos y sobrecargados, se mantenía en los altares anteriores, con la cruz, en plata o dorada, flanqueada por seis candelabros.
El altar exento ha planteado una problemática sobre la cruz de altar y su significado en el espacio y en los acciones litúrgicas. Hemos visto varias opciones.
En España la mayor parte de las veces se optó por una gran crucifijo en la pared absidial. El lugar es una de las mejores opciones: se mantiene en el eje central, preside, se puede fácilmente dirigirse a él. Sólo recuerdo que no necesariamente debe ser un gran crucifijo. En la Catedral de Canelones, en cuyo ábside hay un gran fresco de Cristo sentado, como Sacerdote y Cordero eterno, debajo y en el centro está la Santa Cruz dorada.
En la Sagrada Familia se tiene otra óptima opción: la cruz colgando sobre el altar suspendida de un baldaquino. Mantiene toda la centralidad y superioridad de la cruz, unida a la centralidad del baldaquino[2].
En Francia en general se optó por la cruz al costado del altar. Es la forma más difundida. Se que esta forma está aceptada (IGMR 308)[3].
Ahí la cruz pierde toda su centralidad simbólica, no atrae ni ordena, sino se vuelve simplemente una imagen de devoción destacada, que a su vez separa del centro del mundo: el altar. No hay un eje, sino varios centros.
En ningún caso vimos la opción que más favorecía el Papa Benedicto: una gran cruz en el medio del altar, con candeleros a los lados. De esa forma, quedaba bien en el centro y ponía el centro en el misterio de Dios que se da y atrae a la asamblea hacia ese centro. Pero va contra la preferencia más difundida: el centro es ver al celebrante.
3. Los ritos de ingreso o de entrada.
Todo lo anterior, que ha sido algo largo, se refiere no a un espacio deshabitado, sino a una acciones, que vivimos desde el comienzo.
Lo que el misal romano llama ritos iniciales dice que «tienen el carácter de exordio, de introducción y de preparación. La finalidad de ellos es hacer que los fieles reunidos en la unidad construyan la comunión y se dispongan debidamente a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía».
Esto es verdad, pero queda algo débil y difuso. Porque no sólo «disponen», sino que introducen por los ritos y oraciones en la presencia del Padre, por Cristo en el Espíritu. No sólo disponen, sino que son ya parte de la oración de la Iglesia y su comunión ante Dios, la constituyen y manifiestan.
Entra precediendo y conduciendo la cruz alzada, con el turíbulo humeante delante, los acólitos, el Evangelio llevado por el Diácono, los ministros y por último el Pontífice. Esta procesión es la Iglesia peregrina[4].
Llama la atención la supresión en general del beso del altar por parte de los obispos, limitándose a la inclinación. No sé si en algún caso lo provoca la dificultad de acceder al altar por delante, porque no hay donde pisar o los floreros antepuestos al altar.
Atendiendo al Sumo Pontífice celebrante, dejadas las insignias pontificales, él, y toda a asamblea unida a él, se centra en Cristo. Esto se vive en una serie de ritos ordenados: 1)inclinación ante el altar, que es Cristo, 2)beso del altar, 3)incensación de la cruz, 4)incensación del altar, rodeándolo en círculo en el caso del altar exento.
Sin embargo, esta serie ordenada, que debería seguirse con fluidez, la vimos toda entrecortada, de modo que es una suma desordenada de movimientos.
El Papa se inclinó ante el altar. Pero ¿por qué no lo besó enseguida de frente? ¿Qué necesidad de dar una vuelta a medio altar para besarlo? Prima la necesidad imperiosa de hacerlo «cara al pueblo», pero no es un gesto para que lo vea el pueblo, sino para con Cristo y el pueblo se une en su reverencia a Cristo. Esa vuelta es la primer corte en un rito hermoso y ordenado. El Caeremoniale Episcoporum, n.131 (1984, no sé la numeración actual), dice simplemente «… hace profunda reverencia al altar. En seguida sube al altar y, a una con los diáconos, lo besa…».
Sigue la incensación. En el caso de que la cruz esté en el ábside la secuencia sale ordenada: se inclina ante el altar, sube y lo besa, toma el turíbulo se inclina ante la cruz y la inciensa; luego inciensa el altar circundándolo (IGMR, 277,a). Hay un centro y un círculo.
Como se besó el altar dando la vuelta, se empezó a incensar por atrás, luego, en España, de frente se detuvo con reverencia a incensar la cruz y siguió (en Francia, salió del altar para incensar la cruz).
Aquí vino otro corte, que no está previsto. Las imágenes, aún de la Virgen, se han de incensar después de terminada la incensación del alta (Caer. Episc. 95; IGMR 277), para no interrumpir el giro del altar.
Me defiendo ante la crítica de ser quisquilloso. No se trata de eso, sino de la verdad y eficacia de la celebración ritual. Lo que es un rito simple, complejo y ordenado (reverencia, beso, incensación de la cruz, círculo en torno a altar incensándolo), con movimientos corporales y cósmicos -- inclinación y beso; ascendente hacia la cruz y círculo sagrado -- se ha convertido en unos actos entrecortados, casi sin sentido por la ruptura.
Hay que ser sincero. El rito anterior era aún más cautivador: durante toda esta serie el coro, terminado el introito, alternaba con el pueblo el canto de los kiries: con el incienso, subía la glorificación de Cristo y la súplica a él. En la Misa Solemne los Kyries estaban unidos a este rito con el que se entraba ante la majestad de Dios, pidiendo perdón, adorando y suplicando al Señor. Aquí se ha vuelto un picadillo, al que luego sigue un pesado rito penitencial, más el Kyrie.
4.- Una nota sobre la orientación.
Ahora quiero compartir unas reflexiones sobre la orientación de la asamblea y del celebrante.
Por un lado, hay la opinión generalizada de que esto tiene ninguna importancia. Por el otro, es un casus belli; provoca un rechazo desmesurado plantear celebrar no cara a cara sacerdote y pueblo, coram populo, sino juntos el celebrante y el pueblo hacia un punto que simbolice a Dios mismo ad Deum (oriente, la cruz, el ábside). Ha quedado impuesto un dogma, falsamente atribuido al pasado Concilio. Hay que partir afirmando que, desde el punto de vista normativo, es una realidad libre, sea coram populo sea coram Deo.
No es éste el lugar de un tratamiento amplio, ya lo he hecho en otro lugar[5]. Aquí propongo unas reflexiones. Me quedaría contento si, en primer lugar, hubiera un diálogo distendido, con apertura para escuchar razones. Mejor aún, si se «liberara» en la práctica y en los afectos la celebración ad Deum, con la oportuna y necesaria formación del clero y de los fieles: ninguna guerra litúrgica, pero tampoco, ninguna restricción fáctica o discriminatoria.
La incomprensión de la pregunta procede una notable pérdida de la conciencia de que la oración no es sólo un acontecimiento verbal, sino global, que envuelve todo el cuerpo del hombre, y, si es comunitario, incluye la dirección corporal del celebrante y del cuerpo de los fieles[6].
Ya mencionamos, en la celebración del conjunto de los ritos iniciales, el sin sentido y desorden que se produce al hacer un giro para besar el altar de frente a los fieles.
Ahora propongo otro ejemplo. Observemos la continuación de la Santa Misa en Madrid, con la exposición del Santísimo Sacramento, procesión y posterior bendición eucarística.
Al exponerse el Santísimo en el altar en la custodia, el celebrante estaba detrás del altar. Es decir, no estaba junto con todo el pueblo en una única mirada, una única postración ante el Señor sacramentado. No. Estaba el pueblo delante y el sacerdote detrás. ¿No se ve la falta de unidad en un único gesto?
Queda más patente, si miramos los detalles. La custodia tiene un frente, embellecido artísticamente, en el que está expuesto el Santísimo para ser adorado. La otra parte, la de atrás, es feúcha, donde se ven las estructuras de la custodia, con su puertita, cuya finalidad es tener acceso para colocar el viril con la hostia, pero no para exponer el Sacramento y recibir la adoración. ¿Por qué el Papa mira de atrás la estructura de la custodia y, peor aún, inciensa de atrás, en un acto al que la asamblea no puede unirse?
En cambio, cuando llegó el término de la procesión y la custodia fue puesta sobre el altar, el Papa tenía su reclinatorio delante del Santísimo Sacramento, junto con la inmensa asamblea estaba ante el Santísimo. Era un único acto común de adoración. Cuando incensó al Señor, la asamblea pudo unirse a la incensación y ver la custodia rodeada de la nube.
Es interesante notar que, si se trata de una oración ante la imagen de la Virgen, nadie objeta que el celebrante se coloque junto con el pueblo ante la imagen y que, supuestamente, le dé las espaldas a la asamblea. En cambio, si sucede en el altar, se acaba el mundo.
No desarrollo. Dejo el planteo semejante con respecto a la plegaria eucarística. ¿No sería apropiado que el que preside en la oración ante el Padre, que entra en el sancta sanctorum, encabece al pueblo? Que no estén mirando rezar al ministro, sino que, mientras se unen a su oración, su mirada y su corazón estén con él en Dios, sursum corda, habemus ad Dominum.
Como botón de muestra de la alteración celebrativa que provoca la oración enfrentados sacerdote y pueblo, les propongo una investigación que cualquiera puede hacer en un paseo de un rato por YouTube. Vean unas cuantas Misas y fíjense las veces que el celebrante, en momentos sublimes en que se dirige al Padre, mira al pueblo o se dirige gestualmente hacia él. Toda una esquizofrenia comunicativa, sea para el propio orante -- que en parte ora a Dios y en parte discursea gestualmente con la gente -- y del pueblo, que debería estar siendo conducido por la oración ante Dios y es atraído por el sacerdote que lo interpela.
Da que pensar, poder hablar y quizás, animarse a celebrar hacia Dios.
[1] A partir de 2002 se especificó que la cruz del altar debía tener la imagen de Cristo crucificado. Creo que insistió en ello el Cardenal Ratzinger. Tenía su razón en algunas cruces de mínima calidad, con dos palos cruzados. Pero, sin embargo, hay desde siempre magníficas cruces gloriosas, sea procesionales, sea de altar, verdaderamente magníficas, sin el Cristo. Creo que no es correcta la universalización del crucifijo, como única forma. De todas formas, las cruces procesionales y de altar de los últimos siglos tenían una imagen del Crucificado del mismo material de la cruz y bastante plana, de forma que destaca más la cruz, que la imagen, o sea más que un crucifijo es una cruz.
[2] Es posible imaginar tanto el altar como el baldaquino unos metros más atrás, en el centro visual del presbiterio y sería, a mí criterio, un ordenamiento casi perfecto. No sé si hay espacio para una grada de altar, aunque ya el presbiterio, concebido sin ella, tiene muchos escalones y hay que cuidar que el altar y la celebración no vuele sobre la asamblea, como en los altares alemanes de post-guerra.
[3] Igualmente, sobre el altar, o cerca de él, colóquese una cruz con la imagen de Cristo crucificado, que pueda ser vista sin obstáculos por el pueblo congregado.
[4] Todo acompañado del introito del que hablamos en otro momento. El canto es integral a esta procesión.
[5] Alberto Sanguinetti Montero, SURSUM CORDA, levantemos el corazón, Buenos Aires-Montevideo-México, 2010, p.119-144 sobre el tema, la renovación litúrgica y la participación activa: la pregunta por la orientación en la oración y en el ofrecimiento del sacrificio, con notas p.163-172.
[6] Cf. Reinhard Messner, La direzione della preghiera, l’altare e il centro excéntrico dell’assamblea, en AA.VV., L’ALTARE, mistero di presenza, opera dell’arte, Edizioni Qiqajon – Comunità di Bose, p.205: “La poca comprensión de la oración orientada, es decir, de una dirección que no dependa del arbitrio y de los condicionamientos arquitectónicos casuales, es consecuencia de una notable pérdida de la conciencia de que la oración no es sólo un acontecimiento verbal, sino global, que envuelve todo el cuerpo del hombre, también la postura, mucho más cuando se trata de la oración común y pública. La disposición espacial de todos los orantes en una dirección única y no-arbitraria corresponde a su tender hacia un fin común”, citado en mi libro anterior, n.145.








