No es el amor: es la Encarnación
Fra Angelico

No es el amor: es la Encarnación

Dios entra en la historia asumiendo una naturaleza humana real, y este «dato» sí que no encuentra equivalente en otras religiones.

«Si amáis a Dios, seguidme; Dios os amará y os perdonará vuestros pecados».
«Dios es más misericordioso con sus siervos que una madre con su hijo».
«El odio no cesa con odio; cesa con amor».
«Quien no odia a ningún ser, quien es amistoso y compasivo… ese devoto es querido por Mí».
«El primero de mis tesoros es la compasión».
«Aquello que os corresponde es el Amor de Dios».
«Mi religión es el amor; dondequiera que vayan sus camellos, allí está mi religión».

¿Diría el lector que todo esto suena cristiano? Sí que lo parece, desde luego, pero mejor no precipitarse: nada de ello procede del Evangelio. Las dos primeras expresiones pertenecen al islam; la última, a la mística sufí; la tercera, al budismo; la cuarta, al hinduismo; la quinta, al taoísmo; la sexta, al bahaísmo... El parecido no es casual porque el lenguaje del amor, de la misericordia, de la compasión, atraviesa todas las religiones.

El amor no distingue, en exclusiva, al cristianismo.

Ni siquiera dentro de la propia revelación bíblica constituye una novedad. La Torá ya contiene con toda claridad los dos mandamientos que tantos presentan como su esencia: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón», en el Deuteronomio, y «amarás a tu prójimo como a ti mismo», en el Levítico. Por supuesto, estos preceptos no eran desconocidos para el fariseo que interpela a Jesús preguntándole cuál es el mandamiento principal de la Ley; y Cristo respondió precisamente citándolos, sin añadir nada nuevo en ese momento.

Será más tarde, en la Última Cena, cuando aparezca el matiz, crucial. La noche en la que instituye el sacramento de la Comunión, Jesús, dirigiéndose a los suyos, pronuncia palabras que no remiten a la Ley, sino a sí mismo: «Amaos unos a otros como Yo os he amado».

Jesús introduce ahí la presencia del pronombre personal de primera persona; o mejor dicho, en este caso, de Primera Persona. Y ese «como Yo» cambia radicalmente la naturaleza misma del mandamiento. El amor deja de ser una difusa ley general para ser relación con Alguien concreto. Ya no remite a un ideal, sino a la vida del Señor que se nos ofrece como medida.

Esto sí es un primer hecho diferencial de la única verdadera religión, la Encarnación. El cristianismo no se comprende desde un principio moral, sino desde un acontecimiento. Romano Guardini lo explicó con claridad al negar que la esencia del cristianismo pudiera ser un sistema ético trasladable a otros contextos, pues su contenido es Cristo mismo. Sin su Persona, el discurso sobre el amor pertenece ya a otro orden. Cristo no se limita a señalar un camino; se erige en Camino: lo que Cristo hace y padece tiene un alcance que desborda lo humano porque es Dios quien actúa en esa humanidad.

Dios entra en la historia asumiendo una naturaleza humana real, y este «dato» sí que no encuentra equivalente en otras religiones. El islam afirma la misericordia divina, pero no admite que Dios encarne. El hinduismo habla de emanaciones y de descensos divinos, pero niega esa presencia definitiva redime y santifica el sufrimiento humano. El budismo desarrolla una ética de la compasión sin referencia a un Dios personal que entra en la historia. El taoísmo sitúa la compasión entre sus principios, pero desde un horizonte impersonal. Y el judaísmo… Bueno, el judaísmo ya sabemos qué opción tomó ante el Dios encarnado.

Que Dios se ha hecho hombre es, pues, la piedra angular del cristianismo, que lo distingue de las falsas religiones. Pero en el seno mismo del cristianismo, ¿qué es lo que distingue al catolicismo de las herejías protestantes?

Aquí aparece la segunda clave: Dios no sólo se ha hecho hombre; sino que sigue entre nosotros. Cristo se hace presente en cada Misa; permanece en cada Sagrario donde se custodia la Sagrada Forma; nos espera en cada capilla de adoración perpetua.

Esta afirmación está en el centro de la fe católica y alude a una fractura insalvable con el protestantismo, donde si bien se admite la Encarnación histórica, se niega su prolongación sacramental. En las herejías protestantes, la Eucaristía pasó a entenderse como «memorial» y la «presencia» se interpretó en clave simbólica. Recordemos que frente a esa Ruptura --que no reforma-- protestante, la Iglesia afirmó con contundencia lo sagrado que estaba en juego, otorgando a la fiesta del Corpus Christi un relieve singular, como el que cada año se manifiesta con especial devoción en Toledo, la capital espiritual de España.

¿Por qué importa tanto aquilatar la esencia del cristianismo? Muchos católicos, clérigos y seglares, consideran que el principal mensaje de Jesús fue el amor y eso no parece nada alarmante. Pero lo cierto es que recordar que no es el amor, sino la Encarnación, y la Presencia real, el principal mensaje de Jesús, es, más que importante, de vital importancia.

Porque considerar que el amor es la piedra angular de nuestra religión diluye la esencia del cristianismo. Facilita el ecumenismo, al transitar un terreno que se vuelve común, pero a costa de desvirtuar por completo la Fe, mimetizándola en el totum revolutum de una pretendida religión universal, caracterizada por la emotividad y el amor difuso, en la que todas las tradiciones serían variaciones de un mismo fondo.

Entre las citas iniciales, por ejemplo, una era procedente del bahaísmo, una religión reciente que pone énfasis en una idea muy atractiva para la mentalidad contemporánea: la llamada Unidad de la Religión. Según este principio, todas las grandes religiones procederían de una misma fuente divina y formarían parte de un proceso de revelación progresiva. Moisés, Buda, Cristo o Mahoma no serían sino etapas en diferentes contextos de una única verdad de fondo. No es casual que este tipo de enfoque haya sido especialmente bien recibido en ambientes permeables a la idea de esa religión universal de la Humanidad tan querida por la masonería.

Y fijémonos ahora en cómo afecta lo dicho a la liturgia. En los rituales de las iglesias «reformadas» se habla de la «Cena del Señor», se celebra un «memorial» «para nosotros» los fieles, se vive una experiencia espiritual, se promueve el libre examen subjetivo de la Palabra, se niega el cambio de sustancia y el sacrificio sacramental… Y en consecuencia se deja fuera lo decisivo, porque el cristianismo se distingue por afirmar la Presencia Real.

La pregunta surge con naturalidad: ¿encuentra el lector alguna similitud entre esa concepción protestante y ciertos desplazamientos introducidos en la liturgia católica tras el último Concilio, el pastoral? No se es cristiano si no se cree en la Presencia Real; y si esto es así, ¿cómo no arrodillarse ante Él al comulgar? ¿Cómo aceptar que se le trate como un pan simbólico? ¿Cómo permitir que se le toque por manos non sanctas?

Dios es Amor, por supuesto que sí. Pero considerar que el Amor es Su principal mensaje supone dejar entrar en el recinto sagrado el caballo de Troya más destructivo del catolicismo. Porque el principal mensaje de Dios fue otro: que se hizo hombre, murió por nosotros y sigue a nuestro lado.

 

3 comentarios

Ms
Sería importante un resumen asequible de las diferencias de las religiones para que la masonería no engañe a los católicos con malos pastores.
25/03/26 12:43 PM
Juan Argento
El punto es que el Verbo se encarnó no sólo para transmitirnos un mensaje (plano epistémico) sino también, y yo diría que ante todo, para realizar, junto con el Padre y el Espìritu Santo, una obra en nosotros (plano óntico):

"Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia." (Jn 10,10)

En quienes han llegado al uso de razón esa obra de re-creación, de hacernos "partícipes de la naturaleza divina" (2 Pe 1,4), es precedida por la recepción y aceptación del mensaje, el núcleo del cual es la Trinidad y la Encarnación del Hijo, como Jesús lo resumió al principio y fin de su oración sacerdotal:

"Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Tí, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado." (Jn 17,3)

"Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el Amor con que Tú me amaste esté en ellos y Yo en ellos." (Jn 17,26)

Evidentemente en el último pasaje el Amor con que Dios Padre amó al Hijo se refiere al Espíritu Santo, dado que Jesús pone ese Amor en pie de igualdad con Él con respecto a la inhabitación en el alma de los fieles.
25/03/26 5:18 PM
Josep
Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero nos manda amar a Dios sobre todas las cosas y amarnos los unos a los otros.
25/03/26 10:21 PM

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