LXXXII. El misterio de laTrinidad y el misterio de Jesús

946. –¿Por qué el Aquinate, en el siguiente capítulo, continua con la reflexión sobre el Hijo de Dios?

–En los primeros capítulos de su exposición del misterio de la Santísima Trinidad, Santo Tomás lo hace desde el misterio de Jesucristo, porque considera que están directamente conexionados. Como ha subrayado Francisco Canals: «El problema esencial de nuestra fe es quién nuestro Salvador. La fe cristiana consiste en profesar que Jesús es el Ungido, el Cristo, el Salvador, porque es el Hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre enviada al mundo para salvarnos. La predicación de Cristo Salvador es, por tanto, la predicación de que Jesús es el Hijo de Dios»[1].

Se quiere decir con ello que: «Jesús, nuestro Salvador, es el Hijo de Dios, esto es, que Dios mismo ha venido a salvarnos. El Padre ha enviado a su Hijo para salvarnos, y para restaurar en nosotros la vida divina a la que había sido destinada la humanidad», y que quedó truncada por el pecado de nuestros primeros padres.

De manera que, por una parte: «reconocer que Jesús es Dios es reconocer que la salvación que nos trae Jesús es la restauración de la imagen y semejanza de Dios en nosotros, es la divinización del hombre». Por otra que: «Es preciso reconocer que sólo de Dios puede venir nuestra divinización, pues el hombre no puede autodivinizarse y el hombre en pecado no tiene fuerzas para autorredimirse, y si somos verdaderamente hijos de Dios por la gracia de adopción, es porque Dios ha enviado a su Hijo para que tengamos vida»[2].

Al principio de este tratado, ya había indicado Santo Tomás, después de examinar lo que dice la Sagrada Escritura sobre la generación: «a continuación consignemos los argumentos que descubre la infidelidad contra la verdad de la fe, y expuesta la solución de los mismos, habremos conseguido el intento de este estudio»[3].

947. –¿Cuál fue la primera herejía sobre el misterio Trinitario?

–En el capítulo cuarto, precisa que: «algunos hombres perversos, presumiendo abarcar con su inteligencia la verdad de esta doctrina, concibieron acerca de lo dicho algunas opiniones equivocadas».

En un primer grupo de errores trinitarios, se pueden situar los que: «opinando que Jesucristo es puro hombre y que procede originariamente de María Virgen y que por el mérito de su santa vida alcanzó más que nadie el honor de la divinidad, lo creyeron hijo de Dios por el espíritu de adopción, igual que los demás hombres, y engendrado por Él mediante la gracia; y que es llamado Dios en la Escritura por cierta semejanza con Dios, pero no por su naturaleza, sino por una participación de la bondad divina».

Para probarlo: «consideraron que la Escritura acostumbraba llamar «hijos de Dios» (Jn 1, 12) a quienes son justificados por la gracia divina (…) A los cuales tampoco olvida la Escritura llamarlos «engendrados por Dios» (St 1, 18) (…) Y lo que es más admirable, se les atribuye el nombre de la «divinidad» (Ex 7, 1)».

Afirmaban que Jesús: «en recompensa de su obediencia y de los sufrimientos se le hizo merced de un honor divino y fue ensalzado sobre todas las cosas»; y «parece ser que fue hecho Dios en el tiempo, y no nacido antes de todo tiempo».

Negaban, por tanto, la naturaleza divina de Jesucristo y nota Santo Tomás que aducían, para confirmar que sólo podía se hijo adoptivo de Dios: «cuanto en la Escritura parece importar alguna imperfección en Cristo, tal como el ser llevado en un seno de mujer, el que creciese en edad, el que padeciese hambre, se fatigase por el cansancio y se sometiese a la muerte; el progresar en sabiduría; el confesar que ignoraba el día del juicio; el turbarse por el terror de la muerte, y otras cosas semejantes que no pueden convenir a quien es Dios por naturaleza». Por ello, afirmaban que Jesús: «en recompensa alcanzó por gracia el honor divino, y no que fuese de naturaleza divina».

Explica seguidamente que: «Los que sostuvieron primeramente esta opinión fueron algunos herejes antiguos, Cerinto», hereje del siglo I, jefe de una secta judeocristiana, «Ebión», también del siglo I, fundador de otra secta judeocristiana, los ebionitas o los pobres; «renovándola después Pablo de Samosata», patriarca de Antioquia heterodoxo, del siglo III; afirmándola por último Fotino» obispo romano hereje del siglo IV, «de manera que los que la defienden se llaman fotinianos».

948. –¿Cómo refuta esta herejía radical sobre la Santísima Trinidad?

–Sobre este primer error, nota Santo Tomás que no puede confirmarse, en ningún sentido, en las Sagradas Escrituras, como pretendían hacerlo los herejes adopcionistas, porque: «para quienes estudian con diligencia las palabras de la Sagrada Escritura, es evidente que en ella no cabe el sentido que tales hombres le atribuyeron».

Por ejemplo: «cuando Salomón dice:»Aún no existían los abismos, y yo ya habría sido concebida» (Pr 8, 24), demuestra suficientemente que esta generación existía antes que todo lo corporal. De donde resulta que el Hijo, engendrado por Dios, no recibió el inicio de su ser de María. Y aunque se esfuercen por torcer, con una perversa interpretación, estos testimonios y otros semejantes, diciendo que deben entenderse según la predestinación, o sea, que antes de la creación del mundo se dispuso que el Hijo de Dios naciese de María Virgen, pero que no fuese Hijo de Dios, convénzanse que existió antes que María no sólo por la predestinación, sino también en realidad. Porque, después de las palabras ya citadas de Salomón, se añade: «cuando echaba los cimientos de la tierra (…) con Él estaba disponiendo todas las cosas» (v. 29, 30). Si hubiese existido sólo en la predestinación, nada hubiera podido hacer», o disponer de todo.

No sólo con el Antiguo Testamento, sino también con el Nuevo se refuta la herejía, porque: «Lo mismo resulta según las palabras de Juan Evangelista, porque al anteponer: «Al principio era el Verbo» (Jn 1, 1), con cuyo nombre se entiende el Hijo, como se demostró (IV, c. 3), para que nadie lo interpretara según la predestinación, añadió: «todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada» (v. 3); lo cual no sería verdad si no hubiera existido antes que el mundo».

Todavía queda más patentizado, porque: «Asimismo dice el Hijo de Dios: «Nadie ha subido al cielo sino el que descendió del cielo, el hijo del hombre, que está en el cielo» (Jn 3, 13). Y nuevamente: «Porque descendí del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de aquel que me envió» (Jn 6, 38). Luego es evidente que Él existió antes que descendiese del cielo».

949. –¿El Aquinate sólo refuta la negación de la eternidad del Hijo de Dios?

–Santo Tomás rebate también la posición adopcionista, al advertir que dado que: «el hombre se acercó a Dios por el mérito de la vida». Jesús no fue hecho hijo adoptivo de Dios por sus méritos. «Por el contrario, San Pablo declara que, siendo Dios, se hizo hombre: «El cual existiendo en forma de Dios, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo, hecho a la semejanza de hombre, y hallado en la condición de hombre» (Fil 2, 6). Luego, dicha opinión no concuerda con al sentencia del Apóstol».

Además, añade a continuación: «entre los que poseyeron la gracia de Dios, Moisés la tuvo copiosamente, del cual se dice que «El Señor hablaba a Moisés cara a cara, como suele un hombre hablar con su amigo» (Ex 33, 11). Si Jesucristo no se llamase Hijo de Dios más que por la gracia de adopción, como los otros santos, Moisés se llamaría Hijo por la misma razón que Cristo, por más que Cristo fuese dotado de una gracia más abundante; porque también entre los demás santos uno es colmado de mayor gracia que otro, y, no obstante, todos se llaman hijos de Dios por la misma razón». Precisa que, sin embargo: «Moisés no se llama Hijo de Dios por la misma razón que Cristo; porque San Pablo distingue a Cristo de Moisés, como el hijo del siervo. Dice en la carta a los Hebreos: «Moisés, en verdad, fue fiel en toda la casa de Dios como siervo, para testificar aquellas cosas que se habían de anunciar; pero Cristo está como Hijo en su propia casa» (Heb 3, 5). Es pues, evidente que Cristo no se llama Hijo de Dios por la gracia de adopción, como los otros santos».

950. En la Sagrada Escritura no se sostiene que Cristo sea hijo adoptivo de Dios. ¿Se declara, en ella, en qué sentido es Hijo de Dios?

–En su refutación a la herejía adopcionista, indica, también Santo Tomás, que: «la misma doctrina puede inferirse, además, de otros muchos lugares de la Sagrada Escritura, la cual llama a Cristo Hijo de Dios de un modo particular con preferencia a los demás. Unas veces llamándole en singular «Hijo», con exclusión de los demás, como al resonar la voz del Padre en el bautismo: «Este es mi hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias» (Jn 1, 14). Otras veces lo llama «Unigénito»; por ejemplo: «vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre» (Jn 1, 14); y de nuevo: «El Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él mismo lo ha dado a conocer» (Jn q, 18). Si se llamara «hijo» de un modo común, como a los demás, no hubiera podido llamarse unigénito».

Igualmente: «otras veces es llamado además «Primogénito», para manifestar que la filiación de los de demás deriva de Él, como en los siguientes textos: «A los que conoció de antemano, también los predestinó para ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos, a los que predestinó, también los llamó, a los que llamó, también los justificó, a los que justificó, también los glorificó» (Rm 8, 29); y «Dios envió a su Hijo (…) para que recibiésemos la adopción de hijos» (Gal 4, 4). Luego, Él es hijo por una razón particular, y los demás se dicen hijos por una semejanza de esta filiación».

Por último, nota Santo Tomás que: «en la Sagrada escritura se atribuyen algunas obras tan propiamente a Dios, que no pueden convenir a nadie más, como la santificación de las almas y la remisión de los pecados; así se dice: «yo, Yahvé que os santifico» (Lev 20, 8), «Yo soy quien por mi mismo borro tus pecados» (Is 43, 25). Ambos textos los aplica la Sagrada Escritura a Cristo. Pues dice San Pablo: «el que santifica y los que son santificados, todos viene de uno solo» (de Dios Padre y de Cristo respectivamente) (Hb 2, 11)».

Al comentar este versículo, decía San Juan Enrique Newman: «Del mismo modo en que Él es por naturaleza Hijo de Dios, nosotros somos Hijos de Dios por la gracia, y es Él quien nos ha hecho de ese modo. Nos lo dice el texto sagrado: Él es el «Santificador», nosotros los «santificados»[4]. Lo mismo notaba Santo Tomás, en su comentario a la epístola a la que pertenece[5].

Añade Newman: «Más aún: Él y nosotros, continúa la Escritura, «somos un todo». Dios santifica a los ángeles, pero en ese caso Creador y criatura no son un todo. Sin embargo, el Hijo de Dios y nosotros somos de una misma naturaleza, pues Él se ha convertido en «el primogénito de toda criatura», se ha encarnado en nuestra naturaleza, y en ella y por ella nos santifica». Concluye, el santo londinense, que; «Es hermano nuestro en virtud de su Encarnación»[6]. Así lo indica San Pablo, en el mismo versículo comentado, al escribir: «por eso no se avergüenza de llamarnos hermanos»[7], porque, como explica, Newman: «habiendo santificado nuestra naturaleza en sí mismo, la comparte con nosotros»[8].

Sobre esta santificación, escribe, por último Santo Tomás: «además: «Jesús, para santificar al pueblo con su sangre, padeció fuera de la puerta» (de la ciudad) (Hb 13, 12)». En cuanto a la remisión de los pecados, indica a continuación que: «el mismo Señor declaró de si mismo: «el hijo del hombre tiene poder sobre la tierra para perdonar pecados» (Mt 9, 6); y lo confirmó con un milagro, como consta en San Mateo»[9].

Al comentar este texto, escribe Canals: «Los fariseos se escandalizaban hipócritamente porque Jesús perdonaba los pecados: ¿Cómo es que éste habla así? ¡Esto es una blasfemia¡ «¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?» (Mc 2, 7)»[10]. Advierte que: «a los judíos les parecía que si Dios les había dado la Ley, ellos debían cumplirla; y si la cumplían, ya no necesitaban nada más».

Consideraban, por una parte: «su relación con Dios de una manera jurídica, contractualista: si yo cumplo el pacto, Dios tiene que cumplir el suyo. Dios me ha dado la Ley, y yo la cumplo; luego Dios, en justicia, me tiene que premiar».

Observa Canals que actuaban como: «si esto fuese verdad, si para guardar la Ley no fuera necesaria la gracia de Dios, y después de infringida la Ley por el pecado no hiciese falta una misericordia de Dios totalmente gratuita, tan gratuita como la donación de la gracia primera a Adán».

Por otra, que al desconocer la necesidad de la gracia de Dios, tampoco podían entender que: «Jesucristo fuese Dios mismo que ha descendido hasta nosotros, que ha venido para salvarnos». De manera que: «el hombre no puede pasar del pecado a la justicia sino en virtud de la promesa, por la misericordia prometida por Dios, y en virtud de la muerte redentora de Cristo»[11].

También aporta Santo Tomás otro pasaje evangélico que presenta a Cristo como liberador de los pecados, al añadir: «Esto mismo anunció el ángel sobre Él: «Él salvará el pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). Luego, Cristo, que santifica y perdona los pecados, no es llamado Dios por la misma razón por la que se llaman dioses los que son santificados y reciben el perdón de sus pecados: El es Dios porque tiene poder y naturaleza divinos»[12].

Según este pasaje de San Mateo sobre las palabras del ángel a San José, como advierte Canals: «a José se le reveló la divinidad del Hijo que nacería de María al decirle que salvaría al pueblo de sus pecados, porque sólo Dios perdona los pecados (…) Y a José le dice el ángel que él le pondrá el nombre de Jesús, que quiere decir «Yahvé salva», porque Él salvará a su pueblo de los pecados de ellos»[13].

951. –Después del examen y refutación de los argumentos de los herejes adopcionistas que negaban la divinidad de Jesús ¿Cuál es la conclusión del Aquinate?

–Lógicamente concluye Santo Tomás: «los testimonios de la escritura con los que intentaban demostrar que Cristo no es Dios por naturaleza, no tienen fuerza probativa. Porque en Cristo, Hijo de Dios, después del misterio de la Encarnación, confesamos dos naturalezas, o sea, la humana y la divina. De ahí que se afirme de Cristo lo que es propio de Dios, por razón de su naturaleza divina», como salvar a los hombres de sus pecados. Y: «lo que parece importar deficiencia, por razón de su naturaleza humana, como se explicará después con más extensión. De manera que, en definitiva: «según la Escritura, Cristo es llamado Hijo de Dios, y Dios no por la gracia de adopción, como puro hombre, sino por la naturaleza de su divinidad»[14].

Lo que no era admitido por estos primeros herejes, y a esta negación: se le llamaba el «error judío», porque: «es el del judío que admite que Jesús de Nazaret es el Mesías esperado, separándose en esto de la práctica totalidad del pueblo, pero que ve esto a su manera, influido también por la secta de los fariseos»[15].

Debe tenerse en cuenta que: «los judíos esperaban una liberación nacional de Israel frente a los poderes gentiles, un libertador modelo y ejemplo de justicia ante Dios, un Cristo libertador de las opresiones humanas, maestro y ejemplo de justicia, pero no Aquel que nos salva los pecados. Por esto, entendían que el Mesías era un hombre no Dios hecho hombre»[16].

Por consiguiente: «el que no siente necesidad de ser salvado de sus pecados, no espera que el Salvador sea verdaderamente el Emmanuel, Dios con nosotros. Espera que sea un hombre que merezca ser llamado hijo de Dios, porque sea el judío más excelso de todos los tiempos, el mejor cumplidor de la Ley, el que es más justo según aquella justicia que proviene del esfuerzo humano, aquél a quien Dios tiene que adoptar como hijo suyo, y que puede llamar a Dios Padre suyo, porque se lo ha ganado».

Estos judíos convertidos al cristianismo, llamados «judaizantes» porque creían, como asimismo indica Canals, que «cumpliendo las leyes se salvaban a sí mismos y que el Mesías les salvaría de los Romanos, eran los «ebionitas». Este término, añade seguidamente: «significa «los pobres», porque entendían que Israel era un pueblo oprimido y pobre, que debía ser liberado de la opresión de los romanos. No querían ver en Cristo a Aquél que misericordiosamente nos salva de nuestros pecados, ni les interesaba en absoluto ver al Dios-con-vosotros, la Palabra del Padre, que se ha encarnado para traernos la vida divina».

Estos judíos del siglo I que: «aceptaban a Cristo como Mesías, pero no esperaban la salvación de sus pecados», sino que confiaban que «les liberase de sus opresores», ya que: «daban por supuesto que el pueblo judío era ya bueno, porque era el pueblo judío, esto es, porque tenía a Moisés, a los Profetas y a la Ley, se opusieron a la predicación de san Pablo y no aceptaron la predicación por la fe en Jesucristo a los gentiles; les indignaba que se pudiese decir que la Salvación de Cristo estaba por encima de la circuncisión y de las leyes antiguas, que habían caducado después de Cristo, porque eran sólo figuras que recordaban la divina promesa»[17].

952. –¿Además de las herejías adopcionistas se dieron más errores sobre la Santísima Trinidad?

–En el capítulo siguiente, Santo Tomás se ocupa de la herejía llamada modalismo. Su origen lo explica así: «Puesto que es doctrina invariable para todos los que juzgan rectamente de la Divinidad que no puede haber sino un solo Dios, algunos, descubriendo por la Escritura que Cristo es en verdad y por naturaleza Dios e Hijo de Dios», que, por el contrario, negaban los adopcionistas, «declararon que Cristo, el Hijo de Dios y Dios Padre son un solo Dios».

Sin embargo, no afirmaban que: «Dios sea llamado Hijo por razón de su naturaleza o desde la eternidad, sino que recibió el título de filiación cuando nació de María Virgen por el misterio de la Encarnación». El Padre y el Hijo no se diferenciaban realmente sino modalmente, por que el Hijo no era más que el mismo Padre en cuanto se manifiesta como el modo de Hijo. «Y así, todo lo que Cristo soportó según la carne atribuíanlo a Dios Padre; por ejemplo, el ser hijo de una virgen, el haber padecido, el haber muerto y haber resucitado y todas las demás cosas que la Escritura dice de Cristo según la carne».

Según esta segunda herejía, el Padre y el Hijo se distinguirían con una distinción modal de razón en cuanto los efectos de una misma realidad se diferencian como manifestaciones diversas de la misma. «Intentaron confirmar esta opinión con la autoridad de la Escritura». Así, por ejemplo: «citaban : «Oye, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es único» (Deut 6, 4); «Yo soy Dios y no hay otro fuera de mí» (Deut 32, 39)».

Para probar su posición, además aceptar la igualdad de la naturaleza del Padre y la del Hijo, destacaban también la de su omnipotencia, porque citaban estos pasajes: ««Todo lo que el Padre hace lo hace también el Hijo» (Jn 5, 19); «El Padre que está en mí, es Él quien hace las obras» (Jn 14, 10); y «El que me ve a mí, ve también al Padre» (Jn 14, 9)» .

Asimismo, destacaban la compenetración mutua de su existencia, indicada en este versículo: ««Yo estoy en el Padre y el Padre en mí» (Jn, 14, 10)»[18]. Palabras que revelan la absoluta igualdad de la naturaleza de las tres personas divinas. Como explica Santo Tomás más adelante: «el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, ya que, como el Padre es su misma esencia, por la razón de que en Dios no se distingue la esencia y quien tiene la esencia, como se demostró (I, c. 21); resulta que en quienquiera esté la esencia del Padre está el Padre y, por la misma razón, en quienquiera esté la esencia del Hijo está el Hijo. De donde, estando la esencia del Padre en el Hijo y la esencia del Hijo en el Padre, porque la esencia de ambos es la misma, como enseña la fe católica, se sigue evidentemente que el Padre está en el Hijo y el Hijo está en el Padre»[19], lo que se denomina circuminsesión.

De todas estas verdades, los herejes: «inferían erróneamente que: «se podía decir que Dios Padre es el mismo Hijo, que tomó carne». Indica Santo Tomás que: «ésta fue la opinión de los sabelianos, que también fueron llamados patripasinos, porque confesaron que el Padre padeció, al afirmar que el mismo Padre es Cristo»[20].

Sobre el origen de esta herejía de Sabelio, de principios del siglo III, escribe Canals que: «puesto que los errores buscan siempre armas verdaderas para seducir», la primera herejía o «el error judío se valió pronto de la afirmación insistente del monoteísmo». De manera que: «frente al cristianismo auténtico que iba reiterando la afirmación de que Jesús es el Hijo de Dios, y que bautizaba «en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), con lo cual estaba profesando desde el primer sacramento la fe en la Trinidad, ellos insistían en el monoteísmo: «Oye, Israel, elYahveh es nuestro Dios, Yahvé es único» (Deut 6, 4).

A esta segunda herejía se le llamó monarquianismo, porque: «afirmaba que Dios es uno», y explica también Canals que: «fue el apoyo doctrinal del llamado por los Padres (San Ireneo, San Jerónimo…) «error judío», es decir, del error del Mesías humano, de la redención consistente en el ejemplo y el magisterio del Mesías, sin la gracia de Cristo, sin su muerte redentora». En definitiva, los que seguían esta interpretación del monoteísmo: «si el Señor es uno, no les parecía que pudiesen reconocer como Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y dar a estos tres el carácter de reales y distintos; no podían admitir que Jesús fuese Dios»[21].

953. –¿Cuales son las convergencias y divergencias entre el adopcionismo y el sabelianismo?

–Antes de refutar esta última herejía antitrinitaria, Santo Tomás advierte que: «aunque difiera de la anterior en cuanto a la divinidad de Cristo, ya que confiesa que Cristo es en verdad y por naturaleza Dios, cosa que negaba la primera, sin embargo, está de acuerdo con ella en cuanto a la generación y filiación, puesto que así cono la primera afirma que la filiación y la generación, por las cuales Cristo es llamado Hijo, no se dio antes de María, así también lo confiesa ésta. Por lo tanto, ninguna de las dos relacionan la generación y filiación con la naturaleza divina, sino sólo con la humana». Cristo no sería Hiho de Dios, sino sólo hijo de la Virgen María.

El sabelismo, además, a diferencia del adopcionismo: «sostiene algo característico, y es que, cuando se dice «Hijo de Dios», no se designa alguna persona subsistente, sino una propiedad añadida a la persona ya subsistente; así el mismo Padre, al tomar carne de la Virgen, recibió el nombre de Hijo; no siendo el Hijo otra persona subsistente distinta de la persona del Padre». Para el sabelismo, por tanto, la única persona divina por su actuación adquirió una nueva modalidad, la de Hijo, que no es así otra persona.

954. –¿Cuál es la refutación del Aquinate del sabelismo?

–Desde la misma Sagrada Escritura, Santo Tomás prueba la falsedad del modalismo. Arguye que: «en ella Jesucristo no solo es llamado Hijo de la Virgen, sino también Hijo de Dios, como consta por lo anterior. Y como no es posible que uno sea hijo de sí mismo, porque como el hijo es engendrado por el padre, y quien engendra da el ser al engendrado, se seguiría que serían el mismo quien da el ser y quien lo recibe, lo cual es absolutamente imposible. Luego, Dios Padre no es el mismo Hijo, sino que uno es el Hijo y otro el Padre».

Todavía lo confirma al añadir: «Además dice el Señor: «Descendí del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió» (Jn 6, 38); y «Padre glorifícame cerca de ti mismo» (Jn 17, 5). Por estas y otras palabras parecidas se demuestra que el Hijo es distinto del Padre».

Reconoce Santo Tomás que desde esta segunda herejía antitrinitaria se podría replicar: «Cristo se dice Hijo de Dios Padre solamente en cuanto a la naturaleza humana, a saber, porque el mismo Dios Padre creó y santificó a la naturaleza humana que asumió; según esto, Él mismo, según la divinidad se llama Padre de sí mismo en cuanto a la humanidad. Y así, nada impide que él, según la humanidad, sea distinto de sí mismo según la divinidad».

Sin embargo, tampoco esta contraposición es admisible por tres razones. En primer lugar, porque: «Según esto resultaría que Cristo se diría Hijo de Dios como los demás hombres, bien por razón de la creación, bien por razón de la santificación. Más hemos demostrado que Cristo se dice Hijo de Dios por distinta razón que los santos. En consecuencia, no puede entenderse, según el modo predicho, que el mismo Padre sea Cristo e hijo de sí mismo».

Conclusión que igualmente queda ratificada por la Sagrada Escritura, porque: «donde hay un supuesto subsistente no cabe una predicación plural. Pero Cristo habla en plural de sí y del Padre, diciendo: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 30). Luego, el Hijo no es el Padre».

Un segundo motivo de su falsedad es porque: «si el Hijo no se distingue del Padre si no es por el misterio de la Encarnación, antes de la Encarnación no había distinción alguna». Por el contrario, también: «consta por la Sagrada Escritura, que incluso antes de la Encarnación el Hijo era distinto al Padre. Pues se dice: «Al principio era el Verbo, el Verbo estaba en Dios» (Jn 1, 1). Por consiguiente, el Verbo, que está en Dios se distinguía de El, porque lo da a entender el modo de hablar, al decir que uno está en otro». De manera que «hubo pluralidad y distinción entre Dios Padre y Dios Hijo antes de la Encarnación de Cristo. Luego, el mismo Padre no se dice Hijo por el misterio de la Encarnación».             

Por último, hay una tercera causa de su error, porque: «la verdadera filiación pertenece al mismo supuesto que quien se dice hijo, ya que ni las manos ni los pies del hombre reciben propiamente el nombre de filiación, sino el hombre mismo, de quien son estas partes». La relación de filiación está en un supuesto o un sujeto substancial completo e individual.

Por ello, los diferentes: «títulos de «paternidad» y de «filiación», requieren distinción en aquellos a quienes se aplican, como también entre «generante» y «engendrado». Luego es preciso que si alguien se dice verdaderamente hijo, se distinga del padre por el supuesto», o por su diferente sujeto.

Por consiguiente, frente a esta herejía, hay que afirmar que: «Cristo es en verdad Hijo de Dios, porque se dice: «permanezcamos en su Hijo verdadero» (Jn 5, 20). Por tanto, es necesario que Cristo sea distinto del Padre por el supuesto. Luego, el mismo Padre no es el Hijo». Queda igualmente confirmado, porque: «Después del misterio de la Encarnación, el Padre declaró en voz alta acerca de su Hijo: «este es mi Hijo amado» (Mt 3, 17); y esta designación se refiere al sujeto. Luego, Cristo es distinto del Padre en cuanto al supuesto».

En cambio: «las razones con que Sabelio intentó confirmar su opinión no demuestran lo que pretende, como se verá más extensamente. Porque por aquello que «Dios es uno» y de que «el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre (Cf. Jn 14, 11), no se concluye que el Hijo y el Padre tengan un solo supuesto, porque entre dos cosas distintas por el supuesto puede darse también alguna unidad»[22], que, por tanto, no implica la unidad del supuesto o la persona.

955. –¿El Aquinate, además de las doctrinas adopcionistas o de los fotinianos, como les denomina también, y de los modalistas o sabelianos se ocupa de otras herejías?

–En los capítulos siguientes Santo Tomás presenta la herejía trinitaria de los arrianos y su refutación. Sobre su origen explica que: «como no está de acuerdo con la Sagrada Doctrina que el Hijo de Dios recibiese el ser original de María, como afirmaba Fotino, y como tampoco que quien es Dios desde la eternidad y es Padre comenzase a ser Hijo por la asunción de la carne, como había dicho Sabelio», en el siglo III, Arrio y otros, «fundándose en lo que enseña la Escritura sobre la generación divina se apropiaron esta posición: que el Hijo de Dios existió antes del misterio de la Encarnación y aun antes de la creación del mundo».

Sin embargo: «como el mismo Hijo es distinto de Dios Padre, creyeron que Él no era de la misma naturaleza que el Padre; porque no podían entender ni querían creer que dos cosas distintas, en cuanto personas, tengan una sola esencia y naturaleza».

Además: «como según la doctrina de la fe, créese que la sola naturaleza del Padre es eterna, creyeron que la naturaleza del Hijo no existía desde la eternidad, aunque fuera hijo antes que todas las criaturas. Y como todo lo que no es eterno es hecho de la nada y creado por Dios, afirmaban que el Hijo de Dios fue hecho de la nada y que era una criatura».

Asimismo: «como la autoridad de la Escritura forzábalos a llamar también Dios al Hijo, como se vio anteriormente, decían que era uno con Dios Padre, pero no por naturaleza, sino por una cierta unión de consentimiento y por una participación de la divina semejanza superior a la de las demás criaturas. De aquí que como las criaturas superiores que denominamos ángeles, sean llamadas «dioses» e «hijos de Dios» en la Escritura, pues se dice respecto a ellos: «cuando me alababan a una las estrellas de la mañana y se regocijaban todos los hijos de Dios» (Jb 38, 7) y también: «Dios se levanta en el consejo de los dioses» (Sal 81, 1), era preciso llamar Hijo de Dios y Dios, con preferencia a los demás, a la más noble de las criaturas, ya que por Él creó Dios Padre todas las demás criaturas».

Por último, Santo Tomás nota que en la interpretación arriana han intervenido influencias filosóficas neoplatónicas: «porque los arrianos opinaron que el Hijo de Dios era una criatura superior a todas las otras, mediante la cual Dios creó todo; principalmente porque también algunos filósofos supusieron que las cosas habían procedido del primer principio con cierto orden, de modo que por el primer ser creado fueron creados todos los otros»[23].

956. –¿Cómo se explica la incorporación de elementos filosóficos en el arrianismo?                                    

–Como ha advertido Canals Vidal sobre estos primeros errores trinitarios: «Las herejías se inventan forzando, añadiendo conceptos humanos a la predicación apostólica y a los Evangelios, para ir satisfaciendo el capricho del orgullo humano de no reconocer la divinidad de Cristo»[24].

   Así ocurrió en el arrianismo. Hay que tener presente, por una parte, que:                                                        «para la fe cristiana. Cristo es el Hijo eterno de Dios, el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, de modo que es verdadero Dios y verdadero hombre. El Cristo de los arrianos, por el contrario, no es ni verdadero Dios ni verdadero hombre».

Por otra, que según Arrio: «Jesucristo no es verdaderamente Dios, sino una criatura de Dios que se llama Logos. Que se encarna, es decir, que toma cuerpo en Jesús de Nazaret, asume la corporeidad, la carne; pero, como este Logos es una criatura espiritual preexistente, Jesús de Nazaret no tiene un alma humana, sino que su alma es el Logos creado preexistente a su existencia histórica. O sea, que, para Arrio, Cristo tampoco es verdadero hombre».

Por ello, el arrianismo guardaba: «una profunda diferencia con el error judío, para el que Jesús es un hombre y no otra cosa. En el caso de Arrio (…) finge un Cristo que no es ni Dios ni hombre, con lo cual la redención queda completamente destruida, porque el Redentor no era Dios, ni se entendía por qué los redimidos fuesen los hombres, porque según la Escritura, si Cristo se hizo semejante en todo a los hombres menos en el pecado, es para que realmente la humanidad tuviese un Redentor, un Ungido, uno de nosotros, un descendiente de mujer, nacido de la Virgen María»[25].

En la fe ortodoxa de la Iglesia, se afirma que: «Cristo es verdadero hombre igual que pudieran afirmarlo los ebionitas, pero (…) que es hombre porque la dignación misericordiosa de Dios ha hecho que la segunda persona de la Santísima Trinidad viniese a ser uno de nosotros, y naciese de la Virgen María, que por eso es Madre de Dios. De modo que los arrianos desconocieron la dignidad de Cristo y también su humanidad»[26].

Como apunta Canals: «El arrianismo era una confluencia del error judío, perdiendo ya la afirmación del Cristo humano, por la asunción del neoplatonismo de Orígenes, perdiendo la afirmación de la eternidad del Logos y del Espíritu Santo que se mantenía en Orígenes, y sosteniendo, (…) que el Logos, que es Cristo, es creado en el tiempo»[27].

En el teólogo Orígenes del Alejandría, del siglo III, su interpretación de la Trinidad: «se contaminaba con cierto triteísmo, pero jerarquizado, pues había un Dios primero, el Padre, un Dios segundo, el Hijo, y un Dios tercero, que sería el Espíritu Santo». Con ello: «Puede advertirse cierto paralelismo con la tríada neoplatónica: el Uno, el Nous y el Alma del mundo de Plotino», el filósofo griego del siglo III.

En definitiva: «Orígenes tendía a un subordinacionismo y a una especie o bien de monoteísmo –en el sentido de que sólo el Padre es Dios– o bien, al afirmar que eran también hipóstasis divinas el Verbo y el Espíritu Santo, que eran eternos, su doctrina trinitaria se contaminaba con cierto triteísmo, pero jerarquizado, pues había un Dios primero, el Padre, un Dios segundo, el Hijo, y un Dios tercero, que sería el Espíritu santo»[28].

Por último, nota Canals que «Ciertas actitudes actuales» entrañan un «falso cristianismo», que «tiene una visión práctica análoga al arrianismo». La razón es porque: «al igual que en el arrianismo, toda visión que reduce el cristianismo a la construcción de estructuras políticas, a la reflexión sobre problemas culturales, e ignorando sus dimensiones sobrenaturales, trascendentes, divinas, orientadas a la eternidad y a la redención de los pecados, ve lo esencial del cristianismo, por ejemplo, en la defensa de la civilización occidental o en la instauración de la unidad de Europa, o de la democracia, o de la sociedad justa, en definitiva, todo cristianismo que prácticamente reduce el mensaje cristiano a tareas no divinas, al hacerlo desintegra también o desconoce dimensiones naturales de lo humano. Así, por ejemplo, desvalora tradiciones de los pueblos cristianos, desprecia la filosofía cristiana, deshace o no tiene en cuenta el arte cristiano tradicional, desprecia la religiosidad popular».

De manera que: «si hoy muchos desconocen los valores tradicionales asumidos por la gracia de Dios, y, en nombre de este proyecto de cristianismo inmanentizado, destruyen o ignoran o dejan de cultivar valores legítimos, que estaban ya haciendo presente lo sobrenatural en nuestras tradiciones, como las procesiones del Santísimo o de una imagen de María –que a algunos les gusta suprimir– están obrando sobre la sociedad como los arrianos; con un cristianismo que no es sobrenatural, pero que tampoco es natural, sino que es inhumano».

Como se infiere de los principios teológicos de Santo Tomás: «Lo sobrenatural nunca es inhumano, sino siempre elevador de lo humano». Por ello: «cuando con pretextos cristianos se suplanta lo sobrenatural divinizante por un cristianismo inmanentizado, este cristianismo suele atropellar los valores humanos legítimos. Y esta es la tentación de muchos dirigentes de la política y de la cultura cristiana de nuestros días, la tentación de hacer un cristianismo sociológico político que no es sobrenatural y que no es humano»[29].

957. –¿Había más errores en el arrianismo?

Con el racionalismo helénico: «el arrianismo deshacía, así, completamente la fe ortodoxa en Cristo, la suplantaba por una elucubración filosófica, en la cual se habían inoculado, revestido de cultura griega, muchos elementos del error de los judíos anticristianos».

Explica también Canals que: «Lo más «judío» del arrianismo es una idea extraña: este Logos que Dios crea en el tiempo, y que después se une al cuerpo sin alma de Jesús, y hace las veces de alma, este Logos si puede ser el Cristo Ungido de Dios y el Salvador de los hombres, en el sentido arriano que no es ya la comunicación divina, es porque, siendo creado, hubiera podido ser defectible, como lo fueron los ángeles».

Todos los ángeles: «tanto los buenos como los malos, habían sido creados en el mismo bien de naturaleza pero los buenos recibieron y agradecieron el don divino, y los otros se rebelaron. El Logos hubiera podido ser o como Satanás, o como San Miguel, pero obedeció a Dios, y mereció del Padre, que lo había creado, ser constituido en el Demiurgo, el Mediador. Ganó esta condición con una elección libre. Se hizo a sí mismo, por su justicia según sus obras, merecedor de que el Padre le asumiese como mediador».

Comenta Canals que: «Esta es una idea aberrante, porque es decir que el Hijo hubiera podido rebelarse contra el Padre, convertirse en el «jefe de la oposición». Y el Espíritu Santo, por su parte, también hubiera podido rebelarse contra el Padre y el Hijo, y se hubiera vuelto un Espíritu satánico. Pero, como se han «portado bien» se han ganado eternamente estar al mismo nivel que el Padre eterno, la primera persona de la Trinidad que está allí porque es el origen, es eternamente principio o de principio, es Dios ingénito». Por el contrario: «¡Padre, Hijo y Espíritu Santo son Bondad infinita, esencia, eterna! ¡Cuántos errores juntos, a la vez, cuántas extravagancias forjaron aquellos cavilosos egipcios y sirios helenizados que crearon el arrianismo!»[30].

Eudaldo Forment



[1] Francisco Canals Vidal, Los siete primeros concilios. La formulación de la ortodoxia católica, Barcelona. Editorial Scire, 2003, p. 26.

[2] Ibíd., pp. 26-27.

[3] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 2.

[4] John Henry Newman, Sermones parroquiales, Madrid, Ediciones Encuentro, 2007-2005, 8 vv., v. 5, 7. «El misterio de la divinización», pp. 105-115, p. 105.

[5] Cf. Santo Tomás de Aquino, Comentario a la epístola de San Pablo a los hebreos, II, lec. 3.

[6] John Henry Newman, Sermones parroquiales, op. cit., p. 105.

[7] Hb 2, 11.

[8] John Henry Newman, Sermones parroquiales, op. cit., p. 105.

[9] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 4.

[10] Francisco Canals Vidal, Los siete primeros concilios, op. cit., p. 28

[11] Ibíd., p. 27.

[12] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 4.

[13] Francisco Canals Vidal, Los siete primeros concilios, op. cit., p. 28

[14] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 4.

[15] Francisco Canals Vidal, Los siete primeros concilios, op. cit., p. 27

[16] Ibíd., pp. 27-28.

[17] Ibíd., p. 29.

[18] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 5.

[19] Ibíd., IV, c. 9.

[20] Ibíd., IV, c. 5.

[21] Francisco Canals Vidal, Los siete primeros concilios, op. cit., p. 31.

[22] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 5.

[23] Ibíd., IV, c. 6.

[24] Francisco Canals Vidal, Los siete primeros concilios, op. cit., p. 35.

[25] Ibíd., p. 36

[26] Ibíd., pp. 36-37.

[27] Ibíd., p. 37.

[28] Ibíd., p. 33.

[29] Ibíd., p. 37 nota 10.

[30] Ibíd., p. 38.

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