El recurso al aborto nunca “estará bien”
Existe una cierta contradicción entre pretender separar el aborto de la moral, negando que abortar esté relacionado con el bien y con el mal, y a la vez defender que, se haga lo que se haga, se dé a luz o se aborte, todo “estará bien”. La moral, la ética, versa sobre las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y colectiva.
Desde ciertas perspectivas feministas, el aborto no es, en absoluto, una cuestión moral, sino puramente política. No tiene que ver con la ética, sino con el derecho positivo. Se vincula con el “derecho reproductivo” de continuar la gestación o de interrumpirla, aunque la “interrupción” comporte la eliminación física del embrión que estaba siendo gestado.
Se argumenta, se dice, que el aborto no es ninguna tragedia, sino un episodio más de la vida de quien tiene la capacidad de gestar. El acento recae únicamente sobre la autonomía personal de la gestante – “nosotras parimos, nosotras decidimos” -, sin pararse a pensar ni por un momento en el estatuto ontológico del embrión humano; es decir, en qué tipo de realidad es ese feto de cuya vida o muerte se puede decidir arbitrariamente.
No por cerrar los ojos, las cosas dejan de ser lo que son. No por jugar con el lenguaje, reivindicando derechos reproductivos, un embrión humano deja de ser lo que es: un ser humano vivo en las primeras fases de su existencia. Y, si es un ser humano, no puede no ser tratado como una persona. No hay derecho a ello, por más que las legislaciones decreten que sí lo hay. El sentir moral espontáneo se revuelve contra ese positivismo jurídico, como se revuelve contra la esclavitud o cualquier otra práctica injusta que, en determinados momentos de la historia, estuvo, o está, sancionada por las leyes vigentes.
Cuando se habla de aborto, no puede ceñirse el debate, principalmente, a si el feto sufre o no, si padece dolor o no cuando es abortado. Matar a un ser humano es moralmente inaceptable, aun cuando ese ser humano, por estar, por ejemplo, anestesiado, no padezca dolor. El Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia cuestiona, no obstante, que se pueda decir sin más que el feto no tiene la capacidad de padecer dolor, ya que es un tema no cerrado, sino debatido en la comunidad científica.
Y llama la atención, el Observatorio, sobre un fenómeno muy interesante, sobre cómo la medicina fetal trata al feto: “Se realizan intervenciones intrauterinas, se monitoriza su estado y existen protocolos específicos de anestesia y analgesia en procedimientos materno-fetales. Es cierto que la administración de anestesia o analgesia fetal no demuestra por sí misma la existencia de una experiencia consciente de dolor -también puede utilizarse para reducir movimientos y respuestas fisiológicas al estrés-, pero demuestra hasta qué punto la cuestión exige precisión y prudencia”.
En definitiva: “La ciencia, por su parte, no debería utilizarse ni para tranquilizar conciencias ni para condenarlas. Su misión es aproximarnos a la verdad de los hechos, también cuando esos hechos resultan incómodos. Y si la evidencia sobre el dolor fetal continúa siendo objeto de discusión científica, lo responsable no es silenciar la pregunta, sino seguir investigando, contrastando la evidencia y haciéndola accesible a la sociedad”.
Con el aborto, se haga lo que se haga, no todo “estará bien”. Casi siempre, por no decir siempre, todo estará muy mal.
Guillermo Juan-Morado.

Los comentarios están cerrados para esta publicación.







