Una súplica a los lefebvristas

Stabat Mater

Habiendo escrito varias veces criticando los argumentos de los lefebvristas, habiendo accedido a prologar el excelente libro del P. Highton, ahora, desde mi inexistencia esencial, me permito dirigir simplemente una súplica a los lefebvristas, a aquellos a los que les corresponda: ¡No se vayan de la Iglesia!

Ustedes son los que menos se tendrían que ir. A ustedes la fe les importa y les duele, no como a tantos que están dentro de la Iglesia e incluso en altos puestos de la Jerarquía.

No tanto que la Iglesia los necesite, como no nos necesita a nosotros, somos nosotros los que necesitamos a la Iglesia y por eso mismo, no se vayan.

Esto va a ser una nueva herida al Corazón de Jesús, y lamentablemente, esto no es mero sentimentalismo, es la terrible realidad.

Cuando les decimos que es una inmensa contradicción decir que fuera de la Iglesia no hay salvación y ponerse al mismo tiempo camino del cisma, no los estamos juzgando ni mostrando que somos superiores. Estamos simplemente apuntando a lo evidente para intentar evitar lo desastroso.

Santo Tomás Moro cambió su fidelidad a la Iglesia por su cabeza. Y cuántos otros. Es mejor limpiar los baños en la casa del Señor que ser reyes fuera de ella.

¿Y que harán entonces? ¿Dirán que no son cismáticos cuando la Iglesia dirá que sí lo son? Es la Iglesia la autoridad en estos temas, y eso solo ya sería un nuevo desconocimiento de esa autoridad. 

A mí me estallaría la cabeza si por un segundo albergase la idea de que yo y mi pequeño grupo somos lo que queda de la Iglesia, separados del Papa y los Obispos que con él la gobiernan.

¡Otra que Atlas! Él solamente tenía que sostener el mundo sobre sus hombros, la Iglesia pesa infinitamente más.

Pero ni Atlas ni nosotros: es Cristo el que sostiene a la Iglesia, y al hacerlo, nos sostiene a todos nosotros.

Estoy viendo en Youtube muchos vídeos de conversiones al catolicismo, especialmente de protestantes. Hay una verdadera oleada en ese sentido.

Ya van varias veces que veo gente que con lágrimas en los ojos cuenta cómo fue su primera Misa, después de una vida de asiduo protestantismo. “Apenas entramos, pensé: “Dios está aquí””, dice una convertida.

Otra protestante, que ni siquiera se ha terminado de convertir en el momento de decirlo, dice que en su primera Misa descubrió por primera vez la Biblia en acción, como si de repente uno se encontrase viviendo dentro de un relato que hasta ese momento sólo había leído.

¿Vamos a pensar que todas esas Misas eran “Vetus Ordo”? La probabilidad de que así sea es ínfima.

Pero en todos los templos católicos hay una pequeña lámpara roja que cuando está encendida, indica que en el Sagrario está presente el Rey de Reyes y Señor de Señores.

Sin duda que muchos de estos nuevos hermanos católicos ni se imaginan la lucha que les espera dentro de la Iglesia en las condiciones actuales. Es probable, Dios no permita, que algunos se escandalicen y terminen cayendo en formas de “tradicionalismo” que los vuelvan a poner en contra del Papa y de los Obispos.

Así sucede en las guerras y en los campos de batalla. Unos caen, otros siguen. Pidamos al Señor por la fidelidad de todos estos nuevos convertidos.

El progresismo, quiéralo Dios, pero parece que sí, está muriendo. En su etapa final ha querido pegar el zarpazo definitivo, pero no le ha dado resultado. Ahora estamos convaleciendo. Sí, llenos de heridas y de virus por todas partes. Un poco como siempre, en realidad.

Es el peor momento para irse. Las nuevas generaciones no quieren nada con el sesentismo. Quieren verdad, quieren firmeza, quieren claridad, quieren tradición, y hasta quieren autoridad.

Quieren a Dios, en definitiva.

De nuevo esos vídeos de Youtube (los recomiendo, son como un retiro espiritual). Esos hermanos recién convertidos hablan como si Rahner, Küng y Boff no hubiesen existido, y seguramente no los conocen en la mayoría de los casos.

El tema de estos nuevos hermanos no es el Concilio Vaticano II, es probable que muchos no sepan aún que ha tenido lugar, como me sucedía a mí cuando empecé a practicar la fe católica hace ya algunas décadas.

Luego de haber leído la Escritura mucho más que muchos católicos, ahora están fascinados con San Ignacio de Antioquía, San Clemente Romano, San Justino Mártir, San Ireneo de Lyon, San Agustín, etc.

¿Hace falta alguna clarividencia especial para ver ahí el dedo del Espíritu Santo?

Es la eterna historia de la Iglesia, muerte y Resurrección.

No desempeñen ustedes un papel en la parte de la muerte, ahora que parece que asoman los brotes de la vida.

Desistan de esas consagraciones episcopales que los van a poner fuera de la Iglesia de Cristo. Ni Atlas podría cargar con un Sacramento del Orden que aparta del Cuerpo de la Iglesia. Aviven la fe. El Señor no habló por hablar cuando dijo que las puertas del Infierno no prevalecerán. Y se lo dijo a Pedro. Sí, ése que lo negó tres veces.

Que Maria Santísima interceda por todos nosotros.

4 comentarios

  
patriota
Si uno escucha a determinados lefebvristas & filolefebvristas de hoy, podría llegar a la conclusión de que el gran drama de la Iglesia no fue la reforma litúrgica, sino unas complejísimas cuestiones de teoría doctrinal sobre la libertad religiosa y la dignidad de la persona humana. Da la impresión de que el futuro de la fe depende de una nota a pie de página de Dignitatis humanae. Sin embargo, cuanto más se observa la realidad, más parece que esas sofisticadas discusiones sirven, en no pocos casos, de coartada intelectual para justificar un problema mucho más sencillo y mucho más visceral: la imposibilidad de aceptar que la liturgia cambiara.

Mi sospecha es bastante simple. Si mañana desaparecieran todas las discusiones sobre libertad religiosa y dignidad de la persona humana, pero se restaurara íntegramente la liturgia anterior al Concilio como norma de la Iglesia, probablemente muchos de los que hoy sostienen posiciones lefebvristas o filolefebvristas abandonarían el cisma o dejarían de considerar que existe un conflicto insalvable. En cambio, si Roma aceptara todas sus interpretaciones doctrinales sobre esos temas, pero mantuviera el Novus Ordo como la forma ordinaria de la liturgia, el conflicto seguiría prácticamente intacto. Eso dice bastante sobre cuál es el verdadero centro de gravedad del problema.

Por eso, da la impresión de que los grandes debates sobre la dignidad humana y la libertad religiosa funcionan muchas veces como el andamiaje intelectual de una cuestión mucho más prosaica: una inclinación extraordinariamente intensa —y, visto desde fuera, no pocas veces cercano a la obsesión— por una forma concreta de celebrar la Misa. No es que la teología sea irrelevante; es que, en la práctica, parece ocupar el papel de abogado defensor de una preferencia litúrgica elevada a categoría de principio absoluto.

Si tuviera que traducir esa impresión en porcentajes, propondría algo así:

85 %: apego a la liturgia tradicional y rechazo de la reforma litúrgica.
7,5 %: objeciones a la libertad religiosa entendida como inmunidad de coacción. (la coartada)
7,5 %: objeciones al desarrollo doctrinal sobre la dignidad de la persona humana. (la segunda coartada)

Desde luego, estos porcentajes no son el resultado de una encuesta, sino una valoración sociológica. Pero ayudan a explicar una paradoja llamativa: se escriben tratados enteros sobre la libertad religiosa y la dignidad humana, mientras el verdadero termómetro suele ser mucho más sencillo. Basta preguntar: «Si mañana se restaurara plenamente la Misa tradicional, ¿seguiría existiendo el conflicto?» La respuesta que muchos darían probablemente revelaría más sobre las causas reales de su posición que cientos de páginas de controversia doctrinal.


¡¡¡¡ Lefebvre firmó todos los documentos del Concilio Vaticano II y no manifestó durante el Concilio un rechazo frontal a sus textos. Sus objeciones doctrinales más conocidas se desarrollaron posteriormente, especialmente tras la reforma litúrgica de 1969. !!!!

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Es probable que algo de eso haya, sí. De todos modos, el caos teológico post-conciliar abarcó todas las materias, no sólo la litúrgica, y especialmente la moral.

Saludos cordiales.
28/06/26 6:56 PM
  
Pedro1
Humildemente, me sumo a la súplica de don Néstor. Por más que la dañemos, la Iglesia de Cristo es nuestra casa. Dios proveerá. Confiemos en Él y recemos para que se apiade de nosotros.

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Así sea. Gracias y saludos cordiales.
28/06/26 8:43 PM
  
Pablo Areas
Estimado Néstor: gracias por su sincera preocupación, pero sus temores son infundados. ¿Cómo vamos a abandonar el cuerpo místico de Cristo (la Iglesia) por defender la Fe de la Iglesia? Ni siquiera el Papa tiene ese poder (expulsar a alguien de la Iglesia por hacer lo correcto). Hay que tener en cuenta que solo la autoridad de Dios es absoluta (a Dios hay que obedecerle siempre, mande lo que mande), las demás autoridades (el Papa, los Obispos, los padres respecto de sus hijos, el esposo respecto de la esposa, la autoridad civil respecto de sus súbditos, etc.) siempre pueden mandar algo a lo que sea moralmente obligatorio desobedecer.

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Bueno, para empezar, la prohibición de ordenar Obispos no va contra los diez mandamientos. No es lo mismo que si el Papa ordenase participar en el lavado de dinero o el narcotráfico.

En segundo lugar, la conciencia no es una norma autónoma, depende de la verdad objetiva. Es cierto que puede errar, y que si el error es invencible, excusa subjetivamente de culpa, pero objetivamente la acción sigue siendo mala.

En cuanto a la excomunión, incluso una hipotética excomunión injusta puede ser válida, y si lo es, no deja de tener efectos jurídicos, de modo que sí, impide la plena comunión con la Iglesia.

Imaginemos la situación absurda siguiente: El Papa dice: "Uds. están excomulgados" y se le responde "No, Santidad, no lo estamos porque hacemos lo correcto". ¿Y entonces? ¿En qué queda la autoridad jerárquica si se le da la razón a esta persona?

Es justamente para estos casos que existe una Iglesia visible e institucional con autoridad para resolver en última instancia las cuestiones.

De lo contrario entramos en el baile de las excomuniones válidas o inválidas según quién las considere, que es el propio del protestantismo.

El Cuerpo Místico de Cristo es inseparablemente institucional y visible. Ésa es justamente la esencia del catolicismo: la Encarnación del Verbo de Dios, por la cual lo místico y lo burocrático no son separables en definitiva.

La Encarnación siempre ha sido escandalosa, por eso mismo.

Y esto defiende la fe de los sencillos, que no queda a merced de esperar a que la discusión termine "ad calendas grecas".

Yo tengo también del deber de formar mi conciencia, y puedo preguntarle: estimada conciencia ¿realmente te parece que la Iglesia Católica pueda haber quedado reducida a dos Obispos, con perspectivas de futuro de tener a lo sumo seis, y eso con una excomunión declarada desde Roma?

En fin, recemos a la Virgen para que interceda ante Dios Nuestro Señor en estos duros momentos.

Saludos cordiales.
28/06/26 9:51 PM
  
Tomás Salas
Precioso artículo. Es cierto. Aunque en una situación complicada, se va viendo el final del túnel. En el fondo, estamos en un buen momento. No es el momento de dividir.

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Así lo quiera Dios. Gracias y saludos cordiales.
28/06/26 11:58 PM

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