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22.03.18

Participación, liturgia y vida, y 2ª parte (XVII)

            d) “Pneumatóforos” con una vida teologal

  La participación en la liturgia nos convierte en “pneumatóforos”, es decir, portadores del Espíritu Santo, llenos del Espíritu Santo. Él gemirá en nosotros y orará intercediendo; Él nos sugerirá el bien y nos llevará a realizarlo; Él pondrá sus palabras en nuestros labios y nos hará vivir como hijos en el Hijo; Él dará el fuego, el fervor, el impulso para toda obra buena y para todo apostolado. “La comunión que acabamos de recibir, Señor, nos comunique el mismo ardor del Espíritu Santo que tan maravillosamente inflamó a los apóstoles de tu Hijo”[1].

El Espíritu Santo en nosotros derrama su amor, permitiendo la vida divina en nosotros de Dios “que es amor” (1Jn 4,8). En la liturgia se da el Espíritu Santo y toda gracia para vivir esa caridad sobrenatural en el mundo: “Tú que nos has alimentado con el mismo pan del cielo, derrama, Señor, la abundancia del Espíritu Santo en nuestros corazones y haznos fuertes en el amor perfecto”[2], “nos haga progresar en el amor”[3]. Participar se convierte en la recepción activa y amorosa de ese mayor amor de Dios que, ensanchando nuestro corazón, nos permite amar más: “el memorial que tu Hijo nos mandó celebrar aumente la caridad en todos nosotros”[4]. El Espíritu Santo permite, mediante la liturgia, la vida teologal en nosotros, sosteniéndonos en las cruces, adversidades, dificultades: “encontremos en ella [la Eucaristía] la fuerza necesaria para vivir en fe y en caridad en medio de las pruebas de este mundo”[5]; “por la eficacia de esta eucaristía seamos fuertes en la fe y vivamos la unidad en el amor”[6]. Como un don y una gracia, el Espíritu Santo desarrolla y perfecciona la vida teologal en nosotros: “que vivamos siempre arraigados en la fe, esperanza y caridad, que tú mismo has infundido en nuestras almas”[7].

  “Concédenos vivir conforme a tu Espíritu”[8] pedimos en la liturgia, es decir, llevar una vida según el Espíritu y no según los deseos de la carne (cf. Gal 5, 14-21): “ayúdanos a pasar de nuestra antigua vida de pecado a la nueva vida del Espíritu”[9]. El Espíritu Santo en nosotros hará de nuestra existencia una alabanza a Dios: “que la gracia del Espíritu Santo habite en nuestros corazones y resplandezca en nuestras obras, para que así permanezcamos en tu amor y en tu alabanza”[10].

  Así el Espíritu Santo en el don de la santa liturgia dilatará el corazón, ensanchará el alma, para ser capaz de recibir los dones siempre mayores de Dios: “nos haga cada vez más capaces de recibir tus dones”[11].

 

            e) Hacer la voluntad del Padre

  La vida cristiana tiene como alimento, igual que Jesucristo, hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34). Es su voluntad nuestro alimento ya que como hijos, movidos por la piedad filial, es vivir la voluntad del Padre. “Nuestra paz, Señor, es cumplir tu voluntad”, rezamos en unas preces de Laudes[12].

  El hombre rebelde, encorvado en sí mismo, sólo pretende seguir su capricho, esclavo de sus pasiones; la voluntad de Dios nos dignifica, nos erige como hijos, y así vivimos libremente. “Haz que unida [la Iglesia] a Cristo, su cabeza, se ofrezca con él a tu divina majestad y cumpla sinceramente tu voluntad”[13]. La vida en lo cotidiano y monótono, en la prosa de lo diario, tal vez monótona, es un servicio divino, un servicio santo, que se ofrece a Dios y se vive en Dios realizando su voluntad humildemente: “que la participación en los divinos misterios sirva, Señor, de protección a tu pueblo, para que entregado a tu servicio obtenga, en plenitud, la salvación de alma y cuerpo”[14].

 Y pues rezamos tres veces al día la oración dominical[15], rogando que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo, suplicamos que, por la fuerza de los santos misterios, nuestra vida se encamina según la voluntad del Padre: “que concedas a quienes alimentas con tus sacramentos la gracia de poder servirte llevando una vida según tu voluntad”[16]. La liturgia, por la acción misteriosa y eficaz de Dios en nosotros, nos eleva y transforma y así vivimos en una relación constante de obediencia filial, haciendo de nuestra existencia una oblación agradable a Dios, buscando ser gratos a Dios en el cumplimiento de su voluntad: “condúcenos a perfección tan alta y mantennos en ella de tal forma que en todo sepamos agradarte”[17].

  En la vida cristiana, entonces, nos regimos por la voluntad de Dios, a la que amamos y que buscamos: “concede, Señor, a los que has alimentado con el sacramento de la unidad, la aceptación perfecta de tu voluntad en todas las cosas”[18], sintiendo internamente y enteramente reconociendo la voluntad de Dios: “purifica nuestros corazones de todo mal deseo, y haz que estemos siempre atentos a tu voluntad”[19], y obrando según su voluntad: “míranos benigno, Señor, ahora que vamos a comenzar nuestra labor cotidiana; haz que, obrando conforme a tu voluntad, cooperemos en tu obra”[20].

 El discernimiento será constante y necesario para sentir internamente la voluntad de Dios y distinguirla de las voces del mundo o de las voces de nuestra propia concupiscencia. Para ello se requiere una disposición habitual y una percepción sobrenatural de la voluntad de Dios: “haz que nuestros ojos estén siempre levantados hacia ti, para que respondamos con presteza a tus llamadas”[21].

 

            f) En el mundo, sin ser del mundo

 El cristiano es enviado al mundo como testigo y apóstol, sal y luz, edificando el Templo vivo de Dios, ordenando las realidades temporales según el espíritu del Evangelio: “a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor” (LG 31). Referente al laicado, el Concilio Vaticano II enseñará:

 “Ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Pero siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (AA 31).

  Para vivir así, insertos en el mundo aun cuando no se es del mundo, pero para transformarlo desde dentro, vivificándolo, la participación interior en la liturgia nos capacita. Oramos pidiendo: “haz que tu pueblo se adhiera a Jesucristo para que, a través de las tareas temporales, construya en la libertad tu reino eterno”[22] y así vivimos nuestro trabajo y obligaciones, con espíritu cristiano: “que nuestro trabajo de hoy sea provechoso para nuestros hermanos, y así todos juntos edifiquemos un mundo grato a tus ojos”[23]. El trabajo es el medio normal de santificación; la santidad es ordinaria, y no hay que buscarla de modo extraordinario y en algunas ocasiones, sino constantemente en lo normal de la vida laboral y profesional, con sentido sobrenatural y ofrecida: “Tú que has dispuesto que el hombre dominara el mundo con su esfuerzo, haz que nuestro trabajo te glorifique y santifique a nuestros hermanos”[24].

  Queremos y deseamos la salvación del mundo, por la cual nuestro Señor se entregó amando hasta el extremo, y sentimos como nuestro el deseo de Cristo; “concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo”[25], ya que no buscamos el bienestar material y establecer un paraíso terrenal, sino la salvación, el Reino de Dios; no es la ideología lo que nos mueve, sino la fe en Dios. Nos mueve el interés de la salvación de todos: “gustemos los frutos de tu amor y nos entreguemos a la salvación de nuestros hermanos”[26]; “concédenos, ahora, fortalecidos por este sacrificio, permanecer siempre unidos a Cristo por la fe y trabajar en la Iglesia por la salvación de todos los hombres”[27]. Suplicamos al Señor al comenzar el día: “haz que busquemos siempre el bien de nuestros hermanos y los ayudemos a progresar en su salvación”[28], dilatando nuestro corazón con impulso misionero, evangelizador, oblativo también.

  Es la fuerza de los sacramentos la que nos impulsa a servir, concretamente, a los hermanos, sin largos discursos solidarios sino en gestos sencillos y cotidianos: “te pedimos, Señor, que el amor con que nos alimentas fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos”[29]. Seremos así signos claros del amor de Dios, constructores de la civilización del amor inaugurada por el amor de Cristo hasta la cruz.

  El servicio a los hermanos es siempre el gesto de cercanía, haciéndose prójimo; cada jornada es la ocasión propicia para que crezca el bien y se difunda. Así se lo pedimos al Señor en la liturgia de Laudes: “concédenos ser la alegría de cuantos nos rodean y fuente de esperanza para los decaídos”[30]; “haz que sepamos descubrirte a ti en todos nuestros hermanos, sobre todo en los que sufren y en los pobres”[31]; “haz que seamos bondadosos y comprensivos con los que nos rodean, para que logremos así ser imágenes de tu bondad”[32]. Como Jesús lavando los pies a los discípulos, en el máximo servicio y más expresivo (que se anticipa a la Cruz), también el cristiano es, sencillamente, un servidor de sus hermanos: “enséñanos, Señor, a descubrir tu imagen en todos los hombres y a servirte a ti en cada uno de ellos”[33].

  Estamos en el mundo pero como consagrados por el mismo Señor; le pertenecemos a Él porque nos ha elegido, nos ha ungido con su Espíritu Santo en la Crismación y nos envía. De esa forma, nuestro estar ante el mundo tiene un rasgo propio, el de la consagración bautismal y por eso hemos de vivir como quienes pertenecen, no al mundo, sino a Dios: “que nosotros vivamos consagrados a ti, sobre todas las cosas”[34] y esta consagración será servir al Señor con conciencia pura, alma limpia: “tú que nos has alimentado, Señor, con el pan de los ángeles, concédenos servirte con una vida pura”[35]. A Él, porque le pertenecemos, le consagramos todas las cosas y todo nuestro tiempo: “Señor, Sol de justicia, que nos iluminaste en el bautismo, te consagramos este nuevo día”[36].

  Somos servidores del Señor, siervos del Señor como la Virgen María –la esclava del Señor- que son conscientes de lo que son: “siervos inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10), pero sirven “al Señor con alegría” (Sal 99). La Eucaristía vivida y participada interiormente configura la vida entera en un servicio al Señor, ofreciendo una impronta eucarística toda nuestra existencia ya que la Eucaristía, y la liturgia entera, nos conforman con Cristo: “concédenos realizar mediante una vida entregada a tu servicio, el misterio que ahora celebramos”[37], “podamos servirte en la tierra con caridad sincera”[38].

  Cada nueva jornada se renueva esta conciencia profunda del servicio al Señor: “al comenzar este nuevo día, pon en nuestros corazones el anhelo de servirte, para que te glorifiquemos en todos nuestros pensamientos y acciones”[39] porque es Dios mismo quien nos llama a servirle allí donde estamos, en los ámbitos concretos de nuestra vida normal, pero con una vocación de santidad y de servicio a los hombres: “Ya que nos llamas hoy a tu servicio, haznos buenos administradores de tu múltiple gracia en favor de nuestros hermanos”[40].

 



[1] OP, Misa vespertina Pentecostés.

[2] OP, Para pedir la caridad.

[3] OP, Sábado II Pasc.

[4] OP, XXXIII Dom. T. Ord.

[5] OP, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[6] OP, San Pío X, 21 de agosto.

[7] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.

[8] OF, Espíritu Santo, B.

[9] OP, Sábado VII Pasc.

[10] Preces Laudes, Miérc. II del Salterio.

[11] OP, Miérc. VII Pasc.

[12] Laudes viernes II del Salterio.

[13] OF, Por la Iglesia, D.

[14] OP, 21 diciembre.

[15] En Laudes, en Vísperas y en la Misa cotidiana.

[16] OP, I Dom. T. Ord.

[17] OP, XXI Dom. T. Ord.

[18] OP, S. Martín de Tours, 11 de noviembre.

[19] Preces Laudes, Jueves III del Salterio.

[20] Preces Laudes, Lunes III del Salterio.

[21] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.

[22] OP, Por la Iglesia, D.

[23] Preces Laudes, Lunes III del Salterio.

[24] Preces Laudes, Martes IV del Salterio.

[25] OP, V Dom. T. Ord.

[26] OP, S. Francisco de Asís, 4 de octubre.

[27] OP, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.

[28] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.

[29] OP, XXII Dom. T. Ord.

[30] Preces Laudes Martes I del Salterio.

[31] Preces Laudes Miérc. I del Salterio.

[32] Preces Laudes Jueves I del Salterio.

[33] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.

[34] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[35] OP, San Luis Gonzaga, 21 de junio.

[36] Preces Laudes Sábado I del Salterio.

[37] OF, Misa vespertina S. Juan Bautista, 24 de junio.

[38] OP, Santa Marta, 29 de julio.

[39] Preces Laudes, Jueves III del Salterio.

[40] Preces Laudes, Lunes IV del Salterio.

1.03.18

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, y 3ª parte (XVI)

c) Sentido de catolicidad

 

            -Eclesialidad de la liturgia

  La participación interior en la liturgia se realiza cuando hay un espíritu católico. Con profundo sentido eclesial, reconoce en la acción litúrgica no una acción privada, reservada sólo a los asistentes y con efectos espirituales sólo en los asistentes, de manera que se identifique la liturgia como algo grupal, restringido a la propia comunidad.

“Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es “sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso” (SC 26).

  El sentido católico dilata el corazón, lo ensancha, y esta nota de catolicidad es definitiva para vivir la liturgia con una mayor hondura. La reducción secularista centra la liturgia en los participantes, en el grupo, convirtiéndolo todo en fiesta y compromiso; pero la liturgia, ni es privada ni se reduce a un grupo: es católica. Todos los fieles deben experimentar en sus almas que la liturgia es una “epifanía de la Iglesia”, que “el Misterio de la Iglesia es principalmente anunciado, gustado y vivido en la Liturgia”[1].

  Las súplicas de la Iglesia en su liturgia son siempre universales, incluyen a todos, miran las necesidades de todos los hombres. Lo más alejado de ese espíritu católico es mirar sólo a los propios asistentes, la comunidad allí reunida, sólo lo propio. La catolicidad es siempre integradora: de todos y de todo en la única y santa Iglesia.

  “Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra” (CAT 1140) y no sólo el grupo particular, como si fuera éste el sujeto de la liturgia. Ésta es acción de Cristo y de la Iglesia, la Iglesia entera, la del cielo y la de la tierra, unida a su Cabeza. Es una realidad magnífica: “La Liturgia es “acción” del “Cristo total” (Christus totus). Los que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos, de la liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente comunión y fiesta” (CAT 1136). La liturgia, primero, es obra de Cristo, protagonista absoluto de la liturgia y no los fieles que busquen intervenir: “si en la liturgia no destacase la figura de Cristo, que es su principio y está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora”[2]. Y junto a Cristo, su Cuerpo que es la Iglesia, a la que pertenece la liturgia[3]. La liturgia es católica, universal, y no se encierra en el ámbito de los asistentes:

 “La perspectiva litúrgica del Concilio no se limita al ámbito interno de la Iglesia, sino que se abre al horizonte de la humanidad entera. En efecto, Cristo, en su alabanza al Padre, une a sí a toda la comunidad de los hombres, y lo hace de modo singular precisamente a través de la misión orante de la “Iglesia, que no sólo en la celebración de la Eucaristía, sino también de otros modos, sobre todo recitando el Oficio divino, alaba a Dios sin interrupción e intercede por la salvación del mundo entero” (n. 83)” (Juan Pablo II, Carta Spiritus et Sponsa, n. 3).

 En la liturgia, incluso en su celebración más sencilla y pobre, con unos pocos fieles, se entra en la liturgia del cielo, en una Comunión viva con todos los santos del cielo y también en Comunión viva con toda la Iglesia peregrina y la Iglesia que se purifica (en el purgatorio). “En esta liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en los sacramentos” (CAT 1139).

 Es expresiva de esta realidad de Comunión, de catolicidad, la cláusula final de los prefacios: “Por eso, con los ángeles y los santos, te cantamos el himno de alabanza diciendo sin cesar”[4], “Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria”[5], etc.

  También la catolicidad –con el cielo y toda la Iglesia- se expresa claramente en las plegarias eucarísticas: “En comunión con toda la Iglesia” (Canon romano), “acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra” (Plegaria eucarística II). “Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por los que te ofrecemos este sacrificio: de tu servidor el Papa N., de nuestro Obispo N., del orden episcopal, de los presbíteros y diáconos, de los oferentes y de los aquí reunidos, de todo tu pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón” (Plegaria eucarística IV). Por último, se vive esta catolicidad que supera no sólo el espacio sino también el tiempo, en el Oficio divino, donde se une a la alabanza de la Iglesia del cielo: “con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales; y sienta ya el sabor de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y el Cordero” (IGLH 16).

  El sello de la catolicidad marca la participación interior en la liturgia: se vive católicamente, esponjando el alma, cuando uno se reconoce recibiendo un don, la liturgia, que no es manipulable a gusto de la propia asamblea, sino en comunión con toda la Iglesia. Lo católico dilata el alma y así ser “hombre de Iglesia” conduce a vivir la liturgia santa de un modo nuevo, dilatado, abarcando a todos:

“En su primera acepción, sin distinción obligada entre clérigo y laico, el ‘eclesiástico’, vir ecclesiasticus, significa hombre de Iglesia. Él es el hombre en la Iglesia. Mejor aún, es el hombre de la Iglesia, el hombre de la comunidad cristiana. Si la palabra en este sentido no puede ser arrancada del todo al pasado, que al menos perdure su realidad. ¡Que ella reviva en muchos de nosotros! ‘En cuanto a mí –proclamaba Orígenes- mi deseo es el de ser verdaderamente eclesiástico’. No hay otro medio, pensaba él con sobrada razón, para ser plenamente cristiano. El que formula semejante voto no se contenta con ser leal y sumiso en todo, exacto cumplidor de cuanto reclama su profesión de católico. Él ama la belleza de la casa de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es su patria espiritual. Ella es ‘su madre y sus hermanos’. Nada de cuanto la afecta le deja indiferente o desinteresado. Echa sus raíces en su suelo, se forma a su imagen, se solidariza con su experiencia. Se siente rico con sus riquezas”[6].

  Un corazón que late así, católicamente, comprende la naturaleza eclesial de la liturgia y la viva abarcando a todos, orando por todos y con todos, ofreciendo por todos. Está en comunión con todos los miembros de la Iglesia, con los ángeles y los santos: su corazón abarca a la Iglesia y al mundo entero. Se sabe católico e integra a todos. “En todos sus actos sobrenaturales, el cristiano obra ‘ut membrum Ecclesiae’, ‘ut pars Ecclesiae’. Jesucristo nos ama a cada uno; y a cada uno nos dice como Moisés: ‘te he conocido por tu nombre’; pero no nos ama separadamente. Él nos ama en su Iglesia, por la que vertió su sangre. Por fin, nuestro destino personal no puede realizarse sino en la salud común de la Iglesia”[7]. Con esta perspectiva de catolicidad, pensemos que “es de trascendental importancia que todos tengan conciencia de estas dimensiones de la Iglesia. Pues cuanto más vivo sea el sentimiento que de ellas se tenga, tanto más se sentirá cada uno dilatado en su propia existencia, y por eso mismo realizará plenamente en sí mismo, y por sí mismo, el título que también él ostenta de católico”[8].

 

            -Intercesión universal

 De aquí, de este concepto católico se derivan muchas consecuencias[9]; en la participación interior en la liturgia, más concretamente, lleva a orar realmente por todos, ensanchando los espacios de la caridad, hacia cualquiera que necesite oración, y no simplemente las propias y personales necesidades.

En la celebración eucarística hay un momento en que el pueblo cristiano ejerce su sacerdocio bautismal intercediendo por todos los hombres y la salvación del mundo: es la oración de los fieles:

 “En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga de ordinario en las Misas con participación del pueblo, de tal manera que se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo” (IGMR 69).

  El espíritu católico a nadie excluye, sino que por todos ora, ruega e intercede. En nuestro rito hispano, los dípticos poseen un sello de catolicidad evidente. No sólo se ora por los fieles presentes y sus necesidades, sino por toda la Iglesia y por cuantos sufren: “Tengamos presente en nuestras oraciones a la Iglesia santa y católica: el Señor la haga crecer en la fe, la esperanza y la caridad”, “Recordemos a los pecadores, los cautivos, los enfermos y los emigrantes: el Señor los mire con bondad, los libre, los sane y los conforte”

  Igualmente, el Oficio divino, junto a su carácter de alabanza, es igualmente súplica e intercesión católica, universal, por todos, por el mundo, por la salvación: “la Iglesia expresa en la Liturgia los ofrecimientos y deseos de todos los fieles, más aún: se dirige a Cristo, y por medió de él al Padre, intercediendo por la salvación del mundo. No es sólo de la Iglesia esta voz, sino también de Cristo, ya que las súplicas se profieren en nombre de Cristo” (IGLH 17). Los ministros ordenados participan de esta solicitud eclesial rezando el Oficio divino no sólo por sí mismos, sino en nombre de toda la Iglesia, pidiendo por los fieles que se les haya encomendado y por todos los hombres: “los obispos y presbíteros[10], que cumplen el deber de orar por su grey y por todo el pueblo de Dios” (Ibíd.).

 De valor especial, educando el espíritu de la oración, son las preces de Vísperas de la Liturgia de las Horas. Son la intercesión eclesial, la de Cristo con su Cuerpo que es la Iglesia: “como la Liturgia de las Horas es, ante todo, la oración de toda la Iglesia e incluso por la salvación de todo el mundo  conviene que en las Preces las intenciones universales obtengan absolutamente le primer lugar, ya se ore por la Iglesia y los ordenados, por las autoridades civiles, por los que sufren pobreza, enfermedad o aflicciones, por los necesidades de todo el mundo, a saber, por la paz y otras causas semejantes” (IGLH 187).

 

            -Ofrenda por la salvación del mundo

  Pero junto a la oración que es universal, católica, está la propia ofrenda. Se participa en el sacrificio eucarístico con corazón católico cuando se ofrece pensando en todos, en la salvación de todos, en la vida de todos. La catolicidad de la cruz del Señor orienta la ofrenda que presentamos al altar y que ofrendamos junto con nosotros mismos. Ofrecemos con sentido católico: “te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y a saber ofrecértelos por la salvación del mundo”[11]. El deseo católico es que el efecto de la Eucaristía alcance a todos los hombres: “mira complacido, Señor, los dones que te presentamos; concédenos que sirvan para nuestra conversión y alcancen la salvación al mundo entero”[12].

  Con el sacrificio eucarístico, glorificamos a Dios, y en su honor es ofrecido, pero también, con los mismos sentimientos de Cristo Jesús, amamos al mundo y queremos su salvación, no su condenación: “recibe y santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos”[13], y otra oración, muy parecida en su corte, reza: “recibe con bondad las ofrendas de tus siervos, para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos”[14]. Queremos colaborar, de todos los modos posibles, en la salvación del mundo por el que Cristo se entregó en la cruz, llegando incluso a ofrecernos nosotros mismos como ofrenda: “concédenos… convertirnos en sacrificio agradable a ti, para la salvación de todo el mundo”[15].

 Imploramos de Dios la salvación del mundo en el corazón de la anáfora: “Te pedimos, Padre, que esta víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero” (Plegaria eucarística III). Es el sacrificio de Cristo y de la Iglesia, su Cuerpo, su Esposa, impetrando la salvación. Pero también el Oficio divino, la Liturgia de las Horas, es una continua intercesión por todos y en nombre de todos, unidos a Cristo:  “la misma oración que el Unigénito expresó con palabras en su vida terrena y es continuada ahora incesantemente por la Iglesia y por sus miembros en representación de todo el género humano y para su salvación” (IGLH 9).

 Alabamos, oramos y ofrecemos por todos: ese el sentido católico que la liturgia lleva y que imprime en nuestras almas. Así es como, entonces, respondemos a la monición sacerdotal: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.

  En los dípticos del rito hispano, que son invariables, la oración está unida al sacrificio; los dones están ya presentados en el altar –y cubiertos con un velo- y se realiza la intercesión de los dípticos guiados por el diácono. El sentido es católico, universal: “Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal”, responden los fieles y el sacrificio va a ser ofrecido por todos: “Ofrecen este sacrificio al Señor Dios, nuestros sacerdotes: N. el Papa de Roma, nuestro Obispo N. y todos los demás Obispos, por sí mismos y por todo el clero, por las Iglesias que tienen encomendadas, y por la Iglesia universal”.

  La participación interior lleva la marca hermosa de la catolicidad.

 

 



[1] JUAN PABLO II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 9.

[2] Benedicto XVI, Discurso a los Obispos de la región Norte 2 de Brasil en visita ad limina, 15-IV-2010.

[3] La liturgia es de la Iglesia y no del sacerdote o del grupo de fieles que la celebren; el mismo Concilio Vaticano II dice: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie o cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (SC 22).

[4] Prefacio de santos pastores.

[5] Prefacio solemnidad Sgdo. Corazón.

[6] DE LUBAC, H., Meditación sobre la Iglesia, Madrid, Encuentro, 1988, p. 193.

[7] DE LUBAC, H., Meditación…, p. 45.

[8] DE LUBAC, H., Meditación…, p. 52.

[9] Una de ellas ya la hemos citado con palabras de la Sacrosanctum Concilium: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia” (SC 22); otra sería atenerse fielmente a los libros litúrgicos: “La fidelidad a los ritos y a los textos auténticos de la Liturgia es una exigencia de la «lex orandi», que debe estar siempre en armonía con la «lex credendi»” (JUAN PABLO II, Carta Vicesimus Quintus Annus, 10).

[10] Sobre los presbíteros en concreto, dirá: “participan en la misma función, al rogar a Dios por todo el pueblo a ellos encomendado y por el mundo entero” (IGLH 28).

[11] OF, Dom. IV Cuar.

[12] OF, Jueves V Cuar.

[13] OF, XVI Dom. T. Ord.

[14] OF, XXIV Dom. T. Ord.

[15] OF, San Andrés Kim Taegon, 20 de septiembre.

15.02.18

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, 2ª parte (XVI)

b) El corazón que participa

 ¿De qué modo se realiza la participación interior, la propia del corazón? ¿Cuáles son las disposiciones íntimas, espirituales? Pensemos que una verdadera participación en la liturgia conduce a que lleguen “a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí” (SC 48).

            -Estar ante Dios

  La liturgia es opus Dei, obra de Dios, así como un divino servicio. Es algo santo y sagrado porque proviene de Dios mismo que nos permite estar en su presencia y servirle; es santa y sagrada la liturgia porque en ella estamos ante Dios mismo, y debemos reproducir el mismo espíritu de fe, respeto y adoración de Moisés ante la zarza ardiente que se descalza porque está en terreno sagrado ante el Dios vivo (cf. Ex 3,1-8).

  Se nos inculca un sentido profundamente religioso, la conciencia de una Presencia, sin los resabios secularistas donde el hombre es el centro y la liturgia parece una fiesta humana, una comida de amigos.

“Nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como más importante de lo que invisible, pero realmente, Cristo hace por obra de su Espíritu. La fe vivificada por la caridad, la adoración, la alabanza al Padre y el silencio de la contemplación, serán siempre los primeros objetivos a alcanzar para una pastoral litúrgica y sacramental” (Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 10).

  Quien nos inculca ese sentido religioso de la liturgia -¿acaso podría tener otro?- es la misma eucología. Acudiendo a la liturgia, estamos sirviendo a Dios: “podamos servirte en el altar con un corazón puro”[1]. La ofrenda –eucarística y existencial- se ofrece con un solo objeto, el de servir a Dios: “Mira, Señor, complacido el sacrificio espiritual que vamos a ofrecerte en nuestro deseo de servirte”[2]. Dios mismo nos llama al servicio santo de la liturgia: “escucha, Señor, nuestra oración y libra de las seducciones del mundo a los que has llamado a servirte en estos santos misterios[3] y la liturgia es siempre un servicio al Señor: “concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad”[4]. La ofrenda posee un significado espiritual mostrando que somos siervos del Señor: “como signo de nuestra servidumbre[5], “miras nuestra ofrenda como un gesto de nuestro devoto servicio”[6].

  La liturgia es un servicio divino, un servicio santo[7]. En ella somos siervos y servidores, no dueños y amos; recibimos como don, no somos poseedores a nuestro arbitrio. Vivimos y queremos vivir “entregados a servirte en el altar”[8]. En la liturgia obsequiamos a Dios con “el homenaje de nuestro servicio”[9].

 

            -Virtudes sinceras del corazón

  Para que la ofrenda eucarística, incluyendo la ofrenda que cada uno hace de sí mismo, pueda ser agradable a Dios Padre todopoderoso, es necesario que el corazón esté revestido de unas virtudes concretas. Es decir, la participación en la liturgia, cuando se da realmente en el servicio divino, atiende al corazón. El estilo desenfadado, informal, que trivializa para parecer aparentemente más cercano; la falsa familiaridad, el tono catequético para todo (convirtiendo la liturgia en logos y cayendo en verbalismo) o el tono rutinario, monótono y cansino; todo esto choca frontalmente con lo que antes veíamos, el carácter sagrado y el servicio divino, que eso es la liturgia.

  La primera virtud, o el primer modo, es la “dignidad”; es la cualidad de lo digno, la excelencia, el realce, la gravedad y el decoro. La dignidad corresponde a aquello que realmente es importante, y, en nuestro caso, santo: la liturgia de Dios y para Dios. La dignidad se reserva para cuando se está delante de alguien superior o en algo realmente importante, y eso mismo es lo que ocurre en la liturgia: estamos ante alguien superior, Dios, el Señor, y ante lo realmente importante: glorificarle. Es una concepción teológica y teologal de la liturgia, no utilitarista, secularizada, humanista, antropocéntrica.

  Tan importante es esa dignidad a la hora de vivir y celebrar la liturgia, que con mucha frecuencia aparece como una petición al Señor: “concédenos, Señor, participar dignamente en estos santos misterios”[10]; “te ofrezcamos una digna oblación”[11], “te ofrezcamos dignamente este sacrificio de alabanza”[12]. Son peticiones ya que es el Señor quien obra en nosotros el corazón bien dispuesto, por gracia, para reconocer su Presencia y estar dignamente ante Él: “prepara, Señor, nuestros corazones para celebrar dignamente estos misterios”[13]. Los fieles deben desear y suplicar siempre, para toda liturgia, que “nuestro servicio sea digno de estos dones sagrados”[14] y que “celebremos con dignidad estos santos misterios”[15]. Por tanto, una cualidad del corazón, que se va a manifestar en el porte exterior, en la compostura, es la dignidad, aquella que conviene para ofrecer y estar con reverencia en el culto cristiano. Tan importante que es que suplicamos: “concédenos… servir siempre a tu altar con dignidad”[16], “con culto reverente”[17].

Junto a la dignidad, una serie de cualidades del corazón y, por tanto, profundamente existenciales, marcan la vida y la sellan como una realidad santa para el Señor. El culto cristiano es un culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23), el corazón del creyente. Un culto vacío es rechazado por el Señor como leemos en los profetas y en algunos salmos; sólo en el corazón reside la verdad de la persona, del creyente. “Dios dice al pecador: ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?…” (Sal 49, 16-17).

 Así participar en la liturgia es implicar la vida y mostrar la propia vida. Se participa “en el altar con un corazón puro[18]; se ofrece al Señor con un corazón libre, sin ataduras, ni apegos, ni idolatrías, ni esclavitudes, sirviendo únicamente al Señor, Dios verdadero, y rechazando los ídolos: “concédenos, Señor, ofrecerte estos dones con un corazón libre”[19]. “No entrará en ella nada profano”, nada impuro (Ap 21,27).

  La ofrenda será pura si el corazón es puro, porque no es sólo pan y vino llevado al altar, porque el sacrificio de Cristo es la ofrenda pura desde donde sale el sol hasta el ocaso (cf. Mal 1,11), sino la ofrenda de cada uno de los fieles entregándose al Padre por Cristo: “que este sacrificio, Señor, sea para ti una ofrenda pura[20]. Esta pureza de corazón es también sinceridad: no es una cosa lo que se ofrece mientras la vida permanece ajena al sacrificio de Cristo; o las palabras dicen una cosa sin que el corazón las pronuncie (“este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”, Is 29,13; cf. Mt 15,7-9); o la vida litúrgica es un paréntesis de piedad mientras hay un divorcio de la fe con lo concreto de la vida. La sinceridad es coherencia y unidad de vida para que la liturgia sea expresión de nuestra propia entrega a Dios y le permitamos la transformación absoluta de lo que somos: “haznos aceptables a tus ojos por la sinceridad de corazón[21]. Es la sencillez, la veracidad, sin fingimiento alguno, ante Aquel que sondea las entrañas y el corazón (cf. Sal 138,1), y nada hay oculto ante Él. Él sabe lo que hay en el corazón de cada hombre (Sal 32,15), lee en los corazones: “los conocía a todos… porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 24-25).

 La adoración y el santo temor de Dios no implican ni alejamiento ni miedo; sino piedad filial ante Dios Padre, por eso ofrecemos y nos ofrecemos con confianza: “recibe, Señor, los dones que te presentamos confiados”[22], “llenos de confianza en el amor que nos tienes, presentamos en tu altar esta ofrenda”[23].

 Junto a lo anterior, la humildad: “no soy digno de que entres en mi casa”. La liturgia es un ejercicio de humildad: “¿Quién puede estar en el recinto sacro?” (Sal 23), recordándonos constantemente que realizamos el culto cristiano y nos asociamos a la Iglesia del cielo “no por nuestros méritos sino conforme a tu bondad” (Canon romano). Por eso estar y vivir la liturgia se modela interiormente a partir de la humildad: “Mira complacido, Señor, nuestro humilde servicio”[24], de manera que no hay lugar para los protagonismos ni para las pequeñas disputas a la hora de realizar un servicio en la liturgia (leer, dirigir una monición, entonar…) sino que la humildad es el sustento y cimiento de la participación santa. Entonces, humildemente, la Gracia de Cristo podrá obrar en nosotros.

 El ejercicio de la liturgia es un acto de oración sublime y perfecta; es oración, no activismo; es oración, no fiesta secular; cuando se vive la liturgia y se participa internamente, se advierte el rostro hermoso de la liturgia, el ser “Iglesia en oración”: “Mira, Señor, los dones de tu Iglesia en oración”[25]. El espíritu de oración determina la calidad de una celebración litúrgica; de ahí que se pueda valorar la participación en la liturgia por el fervor que provoca y con el que se vive, y no simplemente por las exhortaciones moralizantes o la exaltación afectiva de sentimientos o de esteticismos: “nos dispongamos a ofrecer con mayor fervor…”[26]. El fervor es un celo ardiente, caracterizado por el fuego; es entusiasmo, ardor, ante las cosas santas.

 La vida litúrgica es una respuesta a la convocatoria del Señor por los caminos de la vida para que todos acudan (cf. Mt 22,9). Pero es imprescindible una vestidura conforme a la santidad del Misterio, la blanca vestidura del bautismo (cf. Gal 3,27; Col 3,10), el traje nupcial para ser partícipes de las bodas de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5,25-26; Ap 19,7). Son vestidos “blanqueados en la sangre del Cordero” (Ap 7,14). Por eso es imprescindible participar con el traje blanco del bautismo, con el traje de bodas: “Señor, haz que nos acerquemos siempre a tu banquete con la vestidura nupcial[27]. Del banquete solamente es expulsado aquel que no vino con el traje de fiesta. El rey “reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?” (Mt 22,11-12).

  El alma ha de estar revestida de fiesta y de gracia, de blancura de inocencia, para entrar en el servicio de la liturgia; pero, alegóricamente, también habría que recordar el modo de estar vestidos externamente, conforme al pudor y al respeto que merecen las cosas santas.

 

            -Espíritu de fe (lo teologal)

 Para participar realmente en la liturgia, el corazón del cristiano debe vivir según las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Ni asistimos a un ceremonial de obligado cumplimiento, una función religiosa para deleite de los sentidos, ni a un recuerdo subjetivo (psicológico) de algo del pasado que nos mueve al compromiso ético. Somos participantes de la actualidad del Misterio de Cristo, siempre presente en la liturgia. Sólo la fe intensa y viva conduce a participar; la fe rebosante de amor a Dios, de caridad sobrenatural.

  La fe y la caridad dirigen a una participación mucho más consciente, devota, interior, con plena disponibilidad a la acción de la Gracia de Cristo. Nada de rutina, nada de activismo, nada de antropocentrismo (ese lenguaje de valores, compromisos y muchas moniciones, simbolismos añadidos). Entonces, participar, es vivir la liturgia “con fe verdadera”[28], “la fe y la humildad de tus hijos te hagan agradable esta oblación”[29]; deseamos que la Eucaristía podamos “recibirla siempre con un profundo espíritu de fe”[30], “celebremos con dignidad estos santos misterios y los recibamos con fe”[31].

 Siempre con “amor”, lejos del protagonismo, o de considerarnos dueños de la liturgia; la liturgia pide un amor grande, sobrenatural, en el corazón del pueblo cristiano porque sólo así se participa de verdad y se llega al núcleo del Misterio: “esta eucaristía, celebrada con amor”[32] y “te agrademos con la ofrenda de nuestro amor”[33]; “purifica a los que venimos con amor a celebrar la eucaristía”[34].

 A la acción litúrgica acudimos, y nos metemos de lleno en ella, implicándonos, si hay ese gran amor que nos mueve: “concédenos, Señor, que esta ofrenda sea agradable a tus ojos, nos alcance la gracia de servirte con amor”[35]. Dios mismo nos comunica ese amor santo que tiene su origen en Él, que se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,5), y que incluso se convierte en alimento: “el amor con que nos alimentas fortalezca nuestros corazones”[36].

 

           



[1] OF (: Oración sobre las ofrendas), San José.

[2] OF, Espíritu Santo, B.

[3] OF, Lunes II Cuar.

[4] OF, Jueves V Cuar.

[5] OF, IV Dom. T. Ord.

[6] OF, VIII Dom. T. Ord.

[7] “Nuestro humilde servicio” (OF, X Dom. T. Ord.); “nuestro servicio” (OF, XIII Dom. T. Ord.).

[8] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[9] OF, Santa Marta, 29 de junio.

[10] OF, Misa in Coena Domini.

[11] OF, Votiva Sgdo. Corazón.

[12] OF, Votiva de los santos Apóstoles.

[13] OF, Viernes II Cuar.

[14] OF, XIII Dom. T. Ord.

[15] OF, San Pío X, 21 de agosto. Esta dignidad de cuerpo y alma conviene para estar al pie de la cruz, sacrificio que se actualiza en la Eucaristía: “Te rogamos nos dispongas para celebrar dignamente el misterio de la cruz” (OF, San Francisco de Asís, 4 de octubre); “te rogamos, Señor, que tú mismo nos dispongas para celebrar dignamente este sacrificio” (OF, Virgen del Rosario, 7 de octubre).

[16] OF, Viernes V Cuar.

[17] OF, VII Dom. T. Ord.

[18] OF, San José.

[19] OF, XXIX Dom. T. Ord.

[20] OF, XXXI Dom. T. Ord.

[21] OF, Común de pastores, Fundadores de Iglesias, 9.

[22] OF, En cualquier necesidad, B.

[23] OF, IX Dom. T. Ord.

[24] OF, X Dom. T. Ord.

[25] OF, XV Dom. T. Ord.

[26] OF, San Jerónimo, 30 de septiembre.

[27] OF, San Luis Gonzaga, 21 de junio.

[28] OF, IV Dom. Cuar.

[29] OF, Espíritu Santo, B.

[30] OP (: Oración de postcomunión), Sábado III Cuar.

[31] OF, San Pío X, 21 de agosto.

[32] OF, VII Dom. Pasc.

[33] OF, XII Dom. T. Ord.

[34] OF, Santos Inocentes, 28 de diciembre.

[35] OF, XXXIII Dom. T. Ord.

[36] OP, XXII Dom. T. Ord.

1.02.18

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, 1ª parte (XVI)

Hay una clara exageración, que parte del desconocimiento de la naturaleza de la liturgia y su valor pastoral, en insistir en que la participación es solamente algo externo, que hay fomentar, incluso añadiendo o inventando cosas no previstas en los libros litúrgicos de la Iglesia.

 Esa clara exageración suele ir en detrimento de la participación interior, devota, consciente, fructuosa, que son el núcleo de la verdadera liturgia. El cuidado de la liturgia, la cura pastoral, la pastoral litúrgica, deben fomentar las disposiciones internas, los sentimientos espirituales auténticos, para entrar en el Misterio del Señor que se celebra en la liturgia.

 Pío XII lo advirtió ya en la encíclica Mediator Dei: “Pero el elemento esencial del culto tiene que ser el interno; efectivamente, es necesario vivir en Cristo, consagrarse completamente a El, para que en El, con El y por El se dé gloria al Padre. La sagrada liturgia requiere que estos dos elementos estén íntimamente unidos; y no se cansa de repetirlo cada vez que prescribe un acto de culto externo” (nn. 34-35). Lo externo, como los cantos, respuestas, posturas corporales e incluso los distintos servicios litúrgicos (lectores, acólitos, coro, oferentes en la procesión de los dones, monitor) buscan únicamente la participación interior de los fieles, favorecer la unión con Cristo: “se encaminan principalmente a alimentar y fomentar la piedad de los cristianos y su íntima unión con Cristo y con su ministro visible, y también a excitar aquellos sentimientos y disposiciones interiores, con las cuales nuestra alma ha de imitar al Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento”[1].

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25.01.18

Participar en la liturgia ofreciéndonos al Padre (XV)

 “Instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí” (SC 48).

Los fieles participan de verdad (plena, consciente, activa, interior, fructuosamente) cuando se ofrecen juntamente con la hostia inmaculada. Ya Pío XII, ampliamente, lo expuso en la encíclica Mediator Dei. Trataba de la “participación, en cuanto que deben ofrecerse también a sí mismos como víctimas”, señalando la ofrenda de cada uno junto con Cristo: “Mas para que la oblación con la cual en este sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias” (Mediator Dei, n. 120).

 Tratemos de comprender este grado de la participación real de los fieles en la Misa: ofrecerse con Cristo.

“La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 64).

  A Dios ofrecemos y nos ofrecemos nosotros mismos. De lo material, de los bienes materiales y el propio trabajo, ofrecemos el pan y el vino, que reúnen en síntesis, toda la creación[1], todo el trabajo y todo lo que es nuestro. Pero es nuestro en cierta medida, porque, realmente, cuanto tenemos viene de Él, de su generosidad y prodigalidad con nosotros. “Te ofrecemos –dice el Canon romano- de los mismos bienes que nos has dado”, “de tuis donis ac datis”[2], y ya san Pablo, refiriéndose a dones y gracias, preguntaba: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1Co 4,7).

  Al altar se lleva pan y vino, ofrecido por los fieles, recapitulando toda ofrenda, todo don y todo bien recibido. “Nadie ofrece a Dios algo suyo, sino que lo que ofrece es del Señor y no tanto ofrece uno las cosas suyas, cuanto le devuelve las que son de Él… En primer lugar Dios enseña al hombre, para que sepa que, cualquier cosa que ofrezca a Dios, es devolvérselo a Él, más que bien que ofrecérsela” (Orígenes, Hom. in Num, XXIII, 2, 1).

  Ya no se trata de llevar cualquier cosa al altar, simbólica, superficialmente añadida, para que sean muchos los que intervengan, sino que en el pan y vino ofrecidos se incluye la ofrenda viva de cada uno de los participantes.

  Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto “del trabajo del hombre", pero antes, “fruto de la tierra” y “de la vid", dones del Creador (CAT 1333).

  Somos nosotros mismos ofrecidos en el altar con aquello que hemos entregado. Lo más importante es el ofrecimiento de sí mismo junto con Cristo. “Que Él nos transforme en ofrenda permanente”[3]; y también: “te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo… y concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que… seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria”[4]. Son palabras que no deben pasar desapercibidas cuando, solemnemente, el sacerdote las proclama orando.

  La Iglesia entera se asocia –se une, es partícipe- del sacrificio de su Señor. No, no es un sacrificio que no cuesta nada –en palabras del teólogo Von Balthasar- sino que tiene su precio: no asistimos, sino que nos implicamos como Iglesia, ofreciéndonos. “La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente” (CAT 1368). La Eucaristía es el sacrificio de Cristo y sacrificio de la Iglesia, a la vez e inseparablemente; en palabras de san Agustín: “La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar, que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que en lo que se ofrece ella misma es ofrecida”[5].

 La ofrenda del sacrificio eucarístico nos convierte a nosotros en una ofrenda permanente, expropiados de nosotros mismos, para el servicio de Dios; somos transformados en víctimas vivas para alabanza de su gloria. Es una transformación de los oferentes –de todos los participantes- en Cristo, para ser siervos de Dios, santos en el mundo, consagrados a Él. “La doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio —«hacer sagrado»— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12)” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 70).

  La ofrenda del sacrificio y la verdad de la participación en la liturgia se realizan cuando se da esa unión real, profunda, misteriosa, mística, con Cristo. La doxología apunta bien la dirección: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo…”[6]

  La ofrenda real de los fieles con Cristo, asociados a su sacrificio, como verdadera participación se prolongará luego en la vida cotidiana, convirtiéndola en “sacrificio espiritual”, en una “liturgia existencial” de continua santificación y ofrenda. “En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda” (CAT 1368). Ya decía el Concilio Vaticano II que “los hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo” (PO 5) y, antes, Pío XII: “Y no se olviden los fieles cristianos de ofrecer, juntamente con su divina Cabeza clavada en la cruz, a sí propios, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades” (Mediator Dei, n. 127).

  Esta participación de los fieles en el sacrificio de Cristo, lo que se busca pastoralmente cuando se quiere participar, es la unión con Cristo en su ofrenda, una unión tan íntima, que inaugura un culto vivo, existencial, en lo cotidiano:

  “El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí toma forma la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8,29s). Todo lo que hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar todos los aspectos de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 71).

  Esta incorporación a Cristo en su sacrificio, ofreciéndose los fieles junto con Él, es una participación plena en la liturgia que corresponde al sacerdocio bautismal y que se prolonga en la liturgia de lo cotidiano, en el culto espiritual de la propia existencia:

  “Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cf 1P 2, 5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios” (LG 34).

  Al ver en la iglesia el altar, hemos de pensar también en aquel altar interior, el propio corazón, que debe ofrecer sacrificios y holocaustos de alabanza al Señor.

 La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto” (Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf IGLH  9) (CAT 2655).

Así como en la Iglesia se ofrece la Víctima santa en el altar, en el altar de nuestro corazón hemos de ofrecernos nosotros a Dios. Así como en la Iglesia se eleva la súplica al Padre en el altar, en el altar de nuestro corazón hemos de elevar nuestras súplicas constantes a Dios. Así como en la Iglesia el altar es incensado con suave olor para que la alabanza llegue al cielo, en el altar de nuestro corazón hemos de ofrecer siempre el incienso de nuestra alabanza a Dios.

 Comentando el libro de los Números, predicaba Orígenes: “Los dos altares, esto es, el interior y el exterior, puesto que el altar es símbolo de la oración, considero que significan aquello que dice el Apóstol: “Oraré con el espíritu, oraré también con la mente". Cuando, pues, ‘quisiere orar en el corazón’, entraré en el altar interior, y eso considero que es también lo que el Señor dice en los Evangelios: ‘tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto y cierra tu puerta y ora a tu Padre en lo escondido’. Quien, pues, así ora, como dije, entra en el altar del incienso, que está en el interior”[7].

 “Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1).

 En el altar del corazón ofrecemos sacrificios vivos, los de la vida cotidiana, los sacrificios interiores, espirituales, la lucha contra el pecado y las mortificaciones, la vida teologal que crece, el trabajo, la actividad, el descanso. Todo es ofrecido en el altar del corazón.

  “Para salir de Egipto no basta con la mano de Moisés, se busca también la mano de Aarón. Moisés indica la ciencia de la ley; Aarón, la pericia de sacrificar e inmolar a Dios. Es, pues, necesario que los que salgamos de Egipto no sólo tengamos la ciencia de la ley y de la fe, sino los frutos de las obras, por los cuales se agrada a Dios. Por ello se mencionan las manos de Moisés y de Aarón, para que por las manos entiendas las obras.

 De hecho, si, saliendo de Egipto y ‘volviendo a Dios’, rechazo la soberbia, habré sacrificado un toro al Señor por las manos de Aarón. Si elimino el desenfreno y la lujuria, creeré haber matado un chivo para el Señor por las manos de Aarón. Si venzo la pasión cruel, un ternero; si la necedad, parecerá que he inmolado una oveja” (Orígenes, Hom. in Num, XXVII, 6, 2).

  La participación de los fieles en la liturgia conduce a ofrecer todo lo que antes, día a día, hemos ido ofreciendo a Dios en el altar del corazón; y al participar en la liturgia –con este recto sentido de participación- viviremos lo cotidiano ofreciendo y glorificando a Dios. Por Cristo, con él y en él.

 

 



[1] “En el Sacrificio Eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo” (CAT 1359).

[2]Ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: así Cristo se hace real y misteriosamente presente” (CAT 1357).

[3] Plegaria Eucarística III.

[4] Plegaria Eucarística IV. Otro formulario pedirá: “te ofrecemos lo mismo que tú nos entregaste: el sacrificio de la reconciliación perfecta. Acéptanos también a nosotros, Padre santo, juntamente con la ofrenda de tu Hijo” (Plegaria Eucarística de la Reconciliación II).

[5] De civ. Dei, 10, 6.

[6] “Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: Él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él” (CAT 1361).

[7] Hom. in Num, X, 3, 3.