24.05.18

Y con tu espíritu - II (Respuestas II)

   Abundan los testimonios de la liturgia sobre el empleo del saludo y la respuesta.

   La celebración eucarística comenzaba directamente por el saludo del obispo (o del sacerdote) desde la sede y la respuesta “y con tu espíritu” de los fieles para comenzar por la liturgia de la Palabra:

  “Nos dirigimos al pueblo. Estaba la iglesia de bote en bote. Resonaban las voces de júbilo y solamente se oían de aquí y de allí estas palabras: “¡Gracias a Dios! ¡Bendito sea Dios!” Saludé al pueblo y se oyó un nuevo clamor aún más ferviente. Por fin, ya en silencio, se leyeron las lecturas de la divina Escritura” (S. Agustín, De civ. Dei, XXII,8,22).

   “La iglesia es la casa de todos. Cuando vosotros nos habéis precedido en ella, entramos nosotros mismos… y cuando digo: “Paz a todos”, respondéis: “Y a tu espíritu”” (S. Juan Crisóstomo, In Mat., hom. 12,6).

   Este saludo inicial es universal. Ya trata de él el II Concilio de Braga (536), y hemos leído testimonios de S. Agustín en el África romana y de S. Juan Crisóstomo en Antioquía. También hallamos sus huellas en Teodoreto de Ciro, por la zona de Siria (“éste es el inicio de la mística liturgia en todas las iglesias”, Ep. 146), o asimismo en S. Cirilo de Alejandría (In Ioh. 20,19).

  Las Constituciones apostólicas (del siglo IV) describen el saludo del obispo antes del beso de paz de los fieles: “Y el obispo salude a la Iglesia y diga: La paz de Dios con todos vosotros; y el pueblo responda: y con tu espíritu” (L. 8, c. 12, n. 7; c. 13, n.1).

   El inicio de la gran plegaria eucarística, tanto en Oriente como en Occidente, se inicia con el saludo del sacerdote y la respuesta “y con tu espíritu”, por ejemplo, en la Tradición Apostólica de Hipólito: “y él [el obispo] imponiendo las manos sobre ella [la oblación de pan y vino] con todos los presbíteros, dando gracias diga: El Señor con vosotros. Y todos digan: Y con tu espíritu” (c. 4).

   El saludo y la respuesta también son comentados por san Agustín; este dato nos muestra cómo era práctica habitual y muy antigua en el África romana, así como en todas las demás Iglesias. Lo explica al comentar cómo se inicia la gran plegaria eucarística:

   “Y lo que oísteis junto a la mesa del Señor: El Señor sea con vosotros, eso mismo solemos decir cuando saludamos desde el ábside [en la sede, al inicio de la Misa] y siempre que oramos: porque esto nos conviene, que el Señor esté siempre con nosotros, porque sin Él nada somos. Y esto es lo que sonó en vuestros oídos; ved qué es lo que decís junto al altar de Dios” (S. Agustín, Serm. 229A, 3).

    Según las distintas familias litúrgicas, de Oriente y Occidente, hay cierta variedad en los saludos con los que se comienza la liturgia y la respuesta es invariable, siempre se dice: “y con tu espíritu”. En Roma (la liturgia romana que marca Occidente) y Egipto, el saludo es conciso: “El Señor con vosotros”, “Dominus vobiscum”, sin verbo siquiera. El rito hispano-mozárabe lo amplía, siempre más desarrollado en su estilo: “El Señor esté siempre con vosotros”, “Dominus sit semper vobiscum”. En Antioquía y Constantinopla, el Oriente cristiano, el saludo era “Paz a vosotros”.

    En el rito romano hubo una evolución que hoy se mantiene, y que es una característica peculiar de nuestra liturgia. El sacerdote saluda diciendo: “El Señor esté con vosotros” pero el obispo saluda de modo distinto: “La paz esté con vosotros”. Aún hoy lo vemos… y jamás un sacerdote comienza así, porque es un saludo reservado exclusivamente al obispo.

    ¿De dónde viene esta costumbre para la liturgia episcopal en el rito romano? A lo largo del siglo IX el himno “Gloria in excelsis Deo” se introdujo en la Misa episcopal y luego venía el saludo, por lo que el obispo comenzó a decir “Pax vobis” más en consonancia literaria con las primeras frases del himno.

   Aun cuando en la misa presbiteral, la celebrada por un sacerdote, acabó cantándose también el Gloria, sin embargo el saludo “la paz con vosotros” fue y sigue siendo exclusivo del obispo. Lo recuerda así el papa Inocencia III y argumenta diciendo que “porque son los vicarios de Cristo” (De sacro alt. myst., II,24), como el mismo Señor saludó así a los apóstoles (Jn 20,19.26), el obispo saluda a los fieles.

   Para el inicio del prefacio, en el bellísimo y tradicional diálogo del sacerdote con los fieles antes de dar gracias a Dios y proceder a la consagración, el saludo común será: “El Señor esté con vosotros” o en algunas partes: “El Señor esté con todos vosotros”, en el ámbito de las Iglesias occidentales y de influencia alejandrina (es decir, de la zona de Egipto). Pero en el Oriente cristiano, en la zona antioquena, el saludo es una adaptación del saludo paulino de 2Co 13,13: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros”.

    Tanto el saludo del sacerdote como la respuesta de los fieles, repetidos en distintos momentos de la liturgia, facilitan la acción común, la participación de todos en la liturgia porque “les da ocasión a los fieles a que intervengan en el proceso de la acción sagrada, con lo cual se sienten como miembros activos y disponen de un medio eficaz de afirmarse como verdadera comunidad. Finalmente, las palabras mismas del saludo, cargadas de tan veneranda tradición, contribuyen no poco a intensificar la atmósfera sacral de la unión de todos con Dios, que es el ambiente propio de la liturgia”[1].

 



[1] JUNGMANN, J. A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1959, 465-466.

17.05.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 4ª parte (XVIII)

4. El peligro de clericalización

 La correcta doctrina sobre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial disipa rápido los equívocos que en la práctica se han cometido, creando una confusión en los órdenes, ministerios, servicios y acciones. Cada cual tiene su misión concreta fruto del sacramento recibido, el Bautismo, y difiere del ámbito y de las acciones propias del sacerdocio ordenado.

 Los fieles seglares, bautizados y ungidos por el Espíritu Santo, poseen una propia y específica misión en cuanto seglares en el mundo y participan del apostolado de la Iglesia en su modo laical de vivir. Es la configuración sacramental con Cristo la que les confiere su propio apostolado:

 “Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

 Cuando se descubre y valora la gracia propia de los sacramentos de la Iniciación cristiana, se llega a comprender hasta qué punto el “carácter” que imprimen significa una configuración con Cristo y, por tanto, una participación del bautizado en Cristo sacerdote, profeta y rey, viviéndolo en el mundo, en las realidades temporales. El carácter es la gracia impresa en el alma:

  “En el momento del bautismo fuimos marcados por un carácter“, por un “sello", que estableció de modo definitivo nuestra pertenencia a Cristo, dándonos una personal consagración, principio del desarrollo de la vida divina en nosotros. Tal consagración funda el sacerdocio común de todos los cristianos, es decir, el sacerdocio universal de los fieles que tiende a manifestarse en los diversos gestos de la liturgia, de la oración y de la acción” (Juan Pablo II, Ángelus, 7-enero-1990).

 El carácter, o sello del Espíritu Santo en el alma, nos inserta en Cristo y nos da la capacidad interior para vivir en Cristo y prolongar en nosotros la acción de Cristo para el mundo. Así, el sacerdocio bautismal halla su origen en el carácter sacramental, haciéndonos partícipes del Sacerdocio eterno de Jesucristo.

 “El carácter (en griego sfragís) es signo de pertenencia: el bautizado se convierte en propiedad de Cristo, propiedad de Dios, y en esta pertenencia se realiza su santidad fundamental y definitiva, por la que san Pablo llamaba «santos» a los cristianos (Rm 1, 7; 1 Co 1, 2; 2 Co 1, 1, etc.). Es la santidad del sacerdocio universal de los miembros de la Iglesia, en la que se cumple de modo nuevo la antigua promesa: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Se trata de una consagración definitiva, permanente, obrada por el bautismo y fijada con un carácter indeleble… Una de esas manifestaciones puede ser el celo por el culto divino. En efecto, según la hermosa tradición cristiana, citada y confirmada por el concilio Vaticano II, los fieles «están destinados por el carácter al culto de la religión cristiana», es decir, a tributar culto a Dios en la Iglesia de Cristo. Lo había sostenido, basándose en esa tradición, santo Tomás de Aquino, según el cual el carácter es «potencia espiritual» (Summa Theologiae, III, q. 63, a. 2), que da la capacidad de participar en el culto de la Iglesia como miembros suyos reconocidos y convocados a la asamblea, especialmente a la ofrenda eucarística y a toda la vida sacramental. Y esa capacidad es inalienable y no puede serles arrebatada, pues deriva de un carácter indeleble. Es motivo de gozo descubrir este aspecto del misterio de la «vida nueva» inaugurada por el bautismo, primera fuente sacramental del «sacerdocio universal», cuya tarea fundamental consiste en rendir culto a Dios” (Juan Pablo II, Audiencia general, 25-marzo-1992).

  El sacerdocio común se funda en el sacramento del bautismo. Todos los cristianos son sacerdotes en sentido verdadero y propio; recordemos la enseñanza de la Constitución Lumen gentium: “Los bautizados son consagrados, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (LG 10).

 La dignidad del sacerdocio común implica también una responsabilidad, respondiendo a las distintas situaciones y circunstancias de la vida cotidiana, civil, con la dignidad y santidad de quienes pertenecen a Cristo y le ofrecen el mundo entero a modo de ofrenda santa. Su modo peculiar de ser sacerdotes en el mundo es realizar la consecratio mundi, la consagración del mundo a Dios, transformándolo con espíritu evangélico, “más conscientes de su dignidad como pueblo sacerdotal, llamados a consagrar el mundo a Dios a través de la vida de fe y de santidad”[1]. Este pueblo sacerdotal “ha sido elegido por Dios como puente con la humanidad y pertenece a todo creyente en cuanto injertado en este pueblo”[2].

 El carácter sacramental del Bautismo y la Confirmación hacen del cristiano un sacerdote con un modo específico de vivir ese sacerdocio común en el mundo; pero al mismo tiempo, lo preparan y capacitan para la celebración del culto cristiano de manera que puedan vivir los sacramentos, ofrecerse y ofrecer, pedir, alabar e interceder:

  “Es una «participación del sacerdocio de Cristo en los fieles, llamados al culto divino, que en el cristianismo es una derivación del sacerdocio de Cristo» (cf. Summa Theologiae, III, q. 63, a. 3). “En virtud del bautismo y la confirmación, como hemos dicho en las catequesis anteriores, el cristiano es capacitado para participar «quasi ex officio» en el culto divino, que tiene su centro y culmen en el sacrificio de Cristo, presente en la Eucaristía” (Juan Pablo II, Audiencia general, 8-abril-1992).

 Y siendo la liturgia una acción santa de toda la Iglesia, Cabeza y Cuerpo, el Cristo total, no todos pueden realizar la misma función. “Es acción de todos los fieles, porque todos participan en el sacerdocio de Cristo (cf. ib., nn. 1141 y 1273). Pero no todos tienen la misma función, porque no todos participan del mismo modo en el sacerdocio de Cristo”[3].

  Aquí se ha producido una inversión en algunos casos donde se han confundido los dos distintos modos esenciales de participación en el sacerdocio de Cristo, y se han delegado funciones concretas a seglares que no les corresponden, pensando que así “participan” más. O, sin llegar a desviaciones graves, sí subyace la mentalidad de que todos participan igual y en el mismo grado y hay que conceder mayor amplitud a las intervenciones de laicos en la liturgia, multiplicando moniciones, peticiones, etc., o situándolos en el mismo presbiterio (olvidando que el presbiterio es el lugar de los presbíteros y ministros para las acciones sagradas).

  Y es que fomentar el sacerdocio bautismal y ayudarlo a madurar en esa conciencia, jamás puede significar “clericalizar” a los laicos, delegando responsabilidades pastorales o litúrgicas que son inherentes a los ministros ordenados. Se les reducía el campo: en vez de la amplitud del mundo, de la vida cotidiana, matrimonial y familiar, de los espacios humanos de la sociedad, la educación, la cultura, la política, la economía, etc., se les encerraba en el espacio de la sacristía, del despacho parroquial y del altar, como si esa fuera la única manera de que el laicado realizase su propia vocación apostólica.

  Es un peligro patente: la clericalización de los laicos mientras, por la misma distorsión, se produce una secularización de los sacerdotes insertándolos en las realidades temporales que son propias de los seglares. Lo advertía Benedicto XVI:

  “Es en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común donde se entiende la identidad específica de los fieles ordenados y laicos. Por esa razón es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los laicos” (Benedicto XVI, Discurso al segundo grupo de obispos de Brasil en visita ad limina, 17-septiembre-2009).

  En esta dirección, se han multiplicado las advertencias y exhortaciones del reciente magisterio pontificio para corregir esta confusión. Un breve elenco nos muestra la seriedad del problema:

 “Una eclesiología auténtica debe poner especial cuidado en evitar tanto la laicización del sacerdocio ministerial como la clericalización de la vocación laical (cf. Discurso a los laicos, 18 de septiembre de 1987, 5)” (Juan Pablo II, Disc. al 6º grupo de obispos estadounidenses de la región IV en visita ad limina, 2-julio-1993).

 “Del mismo modo corremos el riesgo de “clericalizar” el laicado o “laicizar” al clero, vaciando así tanto la condición clerical como la laical de su específico significado y de su complementariedad. Ambos son indispensables para la “perfección del amor", que es el objetivo común de todos los fieles. Debemos, por tanto, reconocer y respetar en estas condiciones de vida una diversidad que edifica el cuerpo de Cristo en la unidad” (Juan Pablo II, Disc. a los representantes del laicado católico, Catedral de Santa María, San Francisco (EE.UU), 17-septiembre-1987).

  “Los sacerdotes deberán estar atentos para no usurpar el papel de los laicos en el orden temporal mientras que los fieles laicos deberán evitar un cierto tipo de “clericalización” que ensombrece la particular dignidad del estado laical basado en el Bautismo y en la Confirmación” (Juan Pablo II, Disc. al 2º grupo de Obispos de Indonesia en visita ad limina, 13-septiembre-1996).

  “También ellos son, en cuanto cristianos, bautizados y confirmados, no sólo receptores de nuestra cura pastoral, sino que también son llamados a una corresponsabilidad y a una participación activa… No se puede tratar ni de una postura de competición con el clero ni de una clericalización de los laicos, sino ante todo se trata de la específica participación, adaptada a ellos, en el servicio temporal de la Iglesia para la guía de los Pastores llamados por Dios” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Austria en visita ad limina, 19-junio-1987).

  “Una tendencia a oscurecer las bases teológicas de esta diferencia puede llevar a una clericalización incorrecta del laicado y a una laicización del clero… Sin embargo, la vocación laical debería centrarse principalmente en su compromiso en el mundo, mientras que el sacerdote ha sido ordenado para ser pastor, maestro y guía de oración y vida sacramental en el ámbito de la Iglesia” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Nueva Zelanda en visita ad limina, 21-noviembre-1998).

 

 



[1] Benedicto XVI, Homilía en la Catedral de Westminster, 18-septiembre-2010.

[2] Juan Pablo II, Disc. a la Plenaria de la Cong. del Clero, 23-noviembre-2001.

[3] Juan Pablo II, Discurso al 4ª grupo de Obispos de Brasil, 21-septiembre-2002.

10.05.18

Y con tu espíritu - I (Respuestas - I)

  En la liturgia, el saludo litúrgico del ministro ordenado (obispo, sacerdote o diácono) se responde con una fórmula antigua, clásica, venerable, con origen en las Escrituras y en las costumbres semíticas: “El Señor esté con vosotros – Y con tu espíritu”.

  Este saludo expresa una especial asistencia de Dios, una elección amorosa, una protección para quien va a ser enviado a una misión particular y nada debe temer porque no se ampara en sus propias fuerzas, recursos, compromisos o capacidades. Inspira, por tanto, seguridad en la continua asistencia divina.

  Su origen es muy antiguo, inmemorial. Es el modo en que Booz saluda a los segadores: “El Señor con vosotros” (Rt 2,4), o sea, “Dominus vobiscum” en latín., y es el modo en que Dios se comunica a sus elegidos. “No temas… estoy contigo”, como en el caso de Abrahán (Gn 26,3.23), Moisés (Ex 3,12) o Jeremías (1,6-8). A Josué le dice el Señor con cálidas palabras: “como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré” (Jos 1,5), y a Gedeón de esta forma: “El Señor esté contigo, valiente guerrero” (Jue 6,12).

  Esta presencia divina es garantía para el elegido, confianza en la acción de Dios. ¡No digamos nada al iniciarse la plenitud de los tiempos! El ángel Gabriel se dirige a la Virgen María: “El Señor es contigo… No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás…” (Lc 1,28-30). No estará sola, ni desempeñará su especialísima vocación sola y por su propio esfuerzo y voluntarismo: el Señor estará con María Virgen dando siempre gracia suficiente.

  Jesucristo conforta a sus apóstoles ante su ausencia visible, por la Ascensión, prometiéndoles su presencia invisible aunque real: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Garantizó que la Iglesia reunida para orar y celebrar la liturgia santa en su nombre, contaría siempre con su presencia: “donde dos o tres se reúnen en mi nombre… allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

  Las cartas paulinas muestran el uso litúrgico del saludo, sin poder diferenciar muy bien si fueron estos saludos paulinos los que pasaron a la liturgia o si san Pablo asumió un uso ya extendido en la liturgia apostólica. El Apóstol se dirige a las distintas Iglesias deseándoles esa Presencia viva de Jesucristo, su gracia, su paz y su misericordia. Leámoslos todos:

 “Gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rm 1,7).

 “A vosotros gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1Co 1,3; 2Co 1,2; Ef 1,2; Flp 1,2).

 “La gracia del Señor Jesús con vosotros” (1Co 16,23).

 “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros” (2Co 13,13).

 “La gracia esté con vosotros” (Col 4,18).

 “La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros” (1Ts 5,28).

 “La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros” (2Ts 3,18).

 “Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro” (2Tm 1,2).

  Tres saludos del Apóstol de las gentes incluyen la terminación “con vuestro espíritu” y una, muy especialmente, a Timoteo, el joven obispo, se le dirige “con tu espíritu”:

 “La gracia del Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu” (Flp 4,23).

 “La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos” (Gal 6,18).

 “El Señor esté con tu espíritu” (2Tm 4,22).

   “Sea con vuestro espíritu” (Gal 6,18) se puede interpretar, sin duda, de muy distintas maneras. Expresa lo más profundo del ser humano, allí donde el Espíritu Santo se une a nuestro propio espíritu dando testimonio de que somos hijos de Dios (Rm 8,15); hace referencia al hombre formado por cuerpo, alma y espíritu (1Ts 5,23) consagrado a Jesucristo. A esto alude, por ejemplo y siguiendo el texto paulino, la oración de bendición de óleo de los enfermos que reza el obispo en el original latino: “sientan en el cuerpo, en el alma y en el espíritu tu divina protección” (aunque en la traducción castellana se ha omitido “espíritu”).

   Pero también la tradición eclesial ha interpretado “espíritu” restringido al carisma ministerial, a la gracia única y específica del Espíritu Santo por la imposición de manos: “el don que hay en ti, que te fue dado por intervención profética con la imposición de manos del presbiterio” (1Tm 4,14), “el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2Tm 1,6), “el Señor esté con tu espíritu” (2Tm 4,22).

   La respuesta en la liturgia, “y con tu espíritu”, es más expresa y llena de contenido que decir “y contigo”, como lo haría una traducción más coloquial y más pobre a su vez. Alude al espíritu sacerdotal, al Espíritu que obra mediante el sacerdote, a la gracia propia del sacramento del Orden.

   La Tradición, desde luego, lo interpretó así. Veamos suficientes testimonios. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo, el patriarca de Constantinopla:

   “El Señor Jesucristo con tu espíritu… No dice: contigo, sino: con tu espíritu. Doble ayuda: de la gracia del Espíritu y del auxilio de Dios. Y es que Dios no puede estar con nosotros de otra manera que con su gracia espiritual” (Hom. sobre 2Tm, n. 10).

   “Ya veis que esto también lo hace el Espíritu… Si el Espíritu no estuviera en nuestro común padre y doctor [se refiere al obispo Flaviano], cuando hace poco ha subido a su sede y os ha saludado a todos, no hubiéramos respondido: y con tu Espíritu… Y no sólo cuando os habla, o cuando ora por vosotros, le respondéis con estas palabras, sino cuando asiste a esta santa mesa y ofrece el tremendo sacrificio… Cuando le respondéis: y con tu Espíritu, con esta respuesta estáis recordando que no es la persona ni los méritos humanos los que realizan esta obra, sino la gracia del Espíritu la que realiza este sacrificio sacramental… Si no estuviera presente el Espíritu no existiría la Iglesia” (Hom. Pentecostés, PG 50,458-459).

   Al responder “y con tu espíritu” al saludo sacerdotal, el pueblo santo se une a la acción litúrgica más plenamente, se une a la oración común, dando su asentimiento al sacerdote para que obre y deseando que el Espíritu Santo actúe sobre el espíritu sacerdotal:

   “Advierte cuán era la fuerza de la asamblea… Ahora a todos se propone un mismo cuerpo y una misma bebida. Y puede uno ver también cómo el pueblo toma mucha parte activa en las súplicas. Y así hay oraciones comunes de los sacerdotes y del pueblo… Ya en los tremendos misterios el sacerdote ora por el pueblo, y éste por el sacerdote; pues estas palabras: “con tu espíritu”, no significan otra cosa” (S. Juan Crisóstomo, In 2Cor, hom. 18,3).

  Igualmente, de la Iglesia siríaca, nos llega esta explicación tan concreta y clara:

 “…llama “espíritu” no al alma que está en el sacerdote, sino al Espíritu que éste ha recibido por la imposición de manos” (Narsay de Nísibe, Hom. XVII).

   Por eso, ayer y hoy, la respuesta “y con tu espíritu” sólo se da al ministro ordenado, aludiendo al “espíritu” que recibió en el sacramento del Orden: “ésta es la razón también por la que la Iglesia permite sólo a los que tienen las órdenes mayores usar el Dominus vobiscum, o sea al obispo, sacerdote y diácono”[1].

 



[1] JUNGMANN, J.A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1959, 466.

3.05.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 3ª parte (XVIII)

3. “Dignidad” del sacerdocio común

  Una enseñanza completa y clara es la que nos ofrece san Pedro Crisólogo, mostrando la naturaleza, la dignidad y la función del sacerdocio bautismal; es la voz de la Tradición más genuina desplegando las riquezas de este sacerdocio común y orientando, con palabras de fe, para vivirlo y desarrollarlo:

  “Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

  ¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.

 Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice–, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

 Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como una hostia viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo.

 Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tú oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

 Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad” (Serm. 108).

  El sacerdocio real, bautismal, se ejerce en el mundo, consagrando la materia profana –el trabajo, el arte, la economía, la cultura… ¡todo!- a Dios; no es un privilegio para vivirlo de puertas adentro del templo, sino para santificarse en el mundo transformándolo y ofreciendo allí los continuos sacrificios espirituales.

  Es el mundo el lugar donde ser sacerdotes, vivir santamente, ofrecer, orar e interceder. Esta es la enseñanza constante de la Iglesia: “los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (LG 31); “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (LG 31); “también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios” (LG 34); “los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo” (LG 35).

 Ya que la Iglesia recibe una misión propia, “que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo” (AA 2), en el mundo, en el orden civil y temporal, realiza su misión por medio del laicado en virtud del sacerdocio bautismal. “Los laicos hechos partícipes del ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo” (AA 2). “siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (AA 3); lo realizan porque son consagrados por Dios como sacerdotes, profetas y reyes en el mundo, y se nutren de la vida litúrgica y sacramental: “son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

 

 

26.04.18

La sacristía también es lugar litúrgico

Un lugar amplio, hermoso, que disponga para empezar la celebración litúrgica con suficiente recogimiento y que sirva igualmente para conservar todas las cosas y elementos necesarios para el culto: esto es la sacristía.

El Caeremoniale episcoporum señala como paradigma:

“En la iglesia catedral no debe faltar el “secretarium”, es decir una sala digna, en lo posible cercana a la entrada de la iglesia, en la cual el Obispo, los concelebrantes y los ministros puedan ponerse los vestidos litúrgicos, y de la cual se inicie la procesión de entrada. La sacristía será de ordinario diferente del “secretarium”; en ella se guarda el ajuar sagrado, y en ella los días ordinarios el celebrante y los ministros se pueden preparar para la celebración “ (n. 53).

Tanto en la sacristía como en el secretarium debe observarse el silencio y la modestia (cf. Id., n. 37):

“Pongan todos esmero en guardar silencio, respetando así tanto la común disposición de ánimo como la santidad de la casa de Dios” (Id., n. 170).

En las nuevas construcciones hay que pensar en la sacristía como un lugar amplio y no como si fuera un pequeño vestidor; y pastoralmente, cuidar mucho la sacristía: hay que lograr que unos minutos antes de la celebración litúrgica no se convierta en lugar de conversaciones y asuntos varios, sino de silencio, ya que es lugar casi-sagrado, para permitir que el sacerdote y los ministros se dispongan a los Misterios con humildad y devoción. El silencio y el orden son cualidades de una buena sacristía.

Leer más... »