El dies natalis, el sepulcro y la Eucaristía (Mártires - II)

Mártires de Turón

Terminada la ejecución, intentaban los cristianos recoger con honor el cuerpo del mártir y darle una sepultura digna. Al principio, una sepultura como cualquier otra, en cementerios comunes, hasta que llegará el momento –con la libertad religiosa- de poder enterrar y edificar una capilla (memoria) o basílica en su honor.

“Por sus luchas y su triunfo, el mártir pertenece exclusivamente a la Iglesia; a la Iglesia también pertenece su tumba, de la que nadie ignora el emplazamiento y que los fieles encuentran sin dificultad, como los parientes y amigos distinguen la tumba de uno de los suyos. Pero no se pensó ni mucho menos, sobre todo al principio, en reservar a los mártires una sepultura privilegiada” (Delehaye, Les origines du culte des martyrs, p. 36).

Era costumbre habitual ir a la tumba de los parientes difuntos en el aniversario de su fallecimiento y así lo hizo la Iglesia, con otro tono y espíritu, con sus mártires. Celebraban el dies natalis, o día de su nacimiento al cielo. Pero muchas veces los verdugos ejecutores del martirio dificultaban que se pudiera recoger el cuerpo del mártir para enterrarlo, honrarlo y reunirse en su sepulcro. “Los paganos no ignoraban esta particularidad, tan conforme, por lo demás, con sus propias costumbres, y regularmente, cuando querían impedir a los cristianos rendir culto a algún mártir, no retroceden ante lo que a sus ojos es la suprema crueldad, impidiendo al ajusticiado la justa sepultura. Las cenizas son lanzadas al viento o los cuerpos se quedan expuestos a los dientes de animales depredadores, y se cree que así se suprime radicalmente el objeto mismo de culto. Vanos esfuerzos por parte de aquellos que pretendían conseguirlo en esencia. Quedaba la conmemoración solemne, que no era inseparable de una visita a la tumba. Y esto mismo también con los restos del mártir, se hacía desaparecer uno de los elementos más apropiados para dar lo que pedían ante todo las multitudes: el atractivo de un objeto tangible y una localización precisa” (Delehaye, Les origines du culte des martyrs, p. 39).

Esta praxis,por ejemplo, fue frecuente en Córdoba, donde a los mártires mozárabes se les dejaba expuestos en el patíbulo para que los devoraran las fieras, o arrojados al Guadalquivir para que la corriente se los llevara. Las obras de S. Eulogio nos suministran muchos datos de esta práctica inicua de los musulmanes.

Es común encontrar los siguientes elementos en el culto a los mártires:

-es un culto que se distingue perfectamente del culto dirigido a Cristo, a quien se adora. El culto a los mártires es un homenaje de afecto a los discípulos que amaron a Cristo más que a su propia vida;

  • recoger el cuerpo del mártir y darle honrosa sepultura; en ocasiones con auténtico júbilo litúrgico: antorchas, cirios y cantos;
  • en el aniversario del “dies natalis”, los fieles se reunían en el sepulcro, por ser el día de su Pascua, de su nacimiento al cielo; el tono era festivo y “nada, en estas reuniones, recordaba el carácter lúgubre de las ceremonias fúnebres” (Delehaye, Les origines du culte des martyrs, p. 42).
  • en muchos casos, se celebraba allí mismo la Eucaristía; se trata probablemente de la primera motivación adoptada para celebrar la Eucaristía en un día distinto del domingo, en una circunstancia distinta a la de la gran asamblea comunitaria de la Iglesia, la asamblea dominical;
  • la memoria del mártir era recordada por toda la comunidad local con su obispo al frente cada año, no como la de cualquier otro difunto, que es recordado de forma más privada, sólo por su familia y cercanos, y es encomendado a Dios; “cuando llegue el momento del culto de los mártires, ya no será una familia la que garantizará celebrar el aniversario del fallecimiento, sino la comunidad cristiana, primero la comunidad que tiene la custodia de la tumba, después, con la extensión de la veneración de las víctimas de la fe, una comunidad cada vez más numerosa. Ya no se tratará de una asamblea privada y familiar, sino de asambleas oficiales” (De Gaiffier, B., “Réflexions sur les origines du culte des martyrs”, en La Maison-Dieu 52 (1957), p. 27).
  • las “memorias” de los mártires incluían el lugar y el aniversario del martirio, así como también su tumba; el sepulcro del mártir es su memoria donde se edificará primeramente una capilla o ermita. En sentido de “lugar” lo empleaban los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, escribe san Agustín:

“no levantamos altares a ningún mártir, sino al Dios de los mártires, aunque en las memorias de los mártires. En efecto, ¿qué sacerdote, oficiando al altar en los lugres en que reposan los cuerpos de los santos, dijo alguna vez: “te ofrecemos a ti, Pedro, Pablo, o Cipriano”? La ofrenda se ofrece a Dios, que coronó a los mártires, junto a los sepulcros de aquellos a los que coronó, para que la amonestación, por estar en presencia de los santos lugares, despierte un afecto más vivo para acrecentar la caridad con aquellos a los que podemos imitar, y con aquel cuya ayuda hace posible la imitación” (Contra Fausto, 20, 21).

  • Especialmente en África, la “memoria” incluía las reliquias de los santos, que en ocasiones se llevaban a los enfermos y algunos quedaban curados (cf. S. Agustín, De Civ. Dei, XXII, 8, 11-12).
  • Las memorias son conservadas con honor: se encienden lámparas en sus sepulcros y se busca ser enterrado cerca de los sepulcros de los mártires; ésta “es una de las formas más destacables de la devoción a las reliquias de los mártires, y que parece, al menos a primera vista, vincularse a la creencia de la intercesión de los santos. Se trata del uso, tan difundido en la antigüedad cristiana, de elegir su última morada en la cercanía de la tumba de los mártires” (Delehaye, Les origines du culte des martyrs, p. 131).
  • Ya en el siglo III, se lee su Passio, el relato de su pasión, en el marco del Oficio divino o de la Misa en el norte de África (Cartago) y en España en su rito hispano, y se incorpora su nombre a la plegaria litúrgica.

Obviamente, el culto a los mártires durante las épocas de persecuciones tenía manifestaciones más bien discretas, contenidas.

“Muy tempranamente el ardor de la piedad hacia los mártires se manifestó por arrebatos apasionados y estuvo bien lejos de tener en todas partes los rasgos tímidos que nos gusta imaginarnos. No hay que olvidar, sin embargo, que el culto a los mártires nació en medio del caos de la persecución, que creció durante las pausas que sucedían periódicamente a las borrascas violentas. Siempre bajo el peligro de una nueva ofensiva, los fieles se sentían naturalmente obligados a mantener cierta reserva; no había que desafiar al enemigo exaltando muy ruidosamente a las víctimas” (Delehaye, Les origines du culte des martyrs, p. 43).

La memoria de la pasión del mártir alentaba a los cristianos y los preparaba por si ellos, a su vez, debían afrontar una nueva persecución y el martirio. En este contexto nacen obras patrísticas. Algunas de ellas dirigidas a los mártires en la cárcel aún, animándolos y consolándolos; “se les exhorta a perseverar; se les escribe para sostener su valor. Los escritos de Tertuliano, de Cipriano, de Orígenes, especialmente destinados a los mártires, son testimonios conmovedores del interés con el que pastores y fieles seguían las peripecias de la lucha emprendida, del amor y del respeto que muestran a los elegidos de Dios” (Delehaye, Les origines du culte des martyrs, p. 14). Son buena muestra de ello las “Exhortaciones al martirio” (de Orígenes, de S. Cipriano) o “A los mártires” (Tertuliano), etc.san cipriano

Además se han de sumar, entre las obras de los Padres, las alabanzas a los mártires: “Panegírico a los mártires” (S. Basilio), Cartas y Sermones como los de S. Cipriano o S. Agustín en las fiestas de distintos mártires. “Desde la época de los mártires, los escritores eclesiásticos reflejan los sentimientos que la perspectiva del martirio hacía nacer en las grandes almas. Hablan de esto con entusiasmo y celebran la suerte envidiable del fiel que entrega su vida por Cristo. Para ellos, el mártir es el cristiano perfecto, el imitador de Cristo y de los apóstoles, el alma pura por excelencia” (Delehaye, Les origines du culte des martyrs, p. 4).

El espectáculo de la constancia de los mártires inspiró reflexiones provechosas a los Padres, para el bien de los fieles; por ejemplo, escribirá Tertuliano: “Aquella misma obstinación que nos reprocháis, es maestra. Pues, ¿quién al contemplarla, no se siente impulsado a investigar qué hay en realidad en su interior?” (Apol., n. 50). Sin duda, “la fidelidad hasta la muerte manifiesta al mundo la profunda seriedad del compromiso cristiano y que el Señor es ‘lo único necesario’” (De Gaiffier, B., “Réflexions sur les origines du culte des martyrs”, en La Maison-Dieu 52 (1957), p. 23).

La gloria de los mártires es excelsa por haber imitado a Cristo en su muerte y ahora participan de su exaltación; así dice Orígenes:

“Lo mismo que fuimos redimidos por la preciosa sangre de Jesús, que recibió el nombre sobre todo nombre, algunos serán redimidos por la preciosa sangre de los mártires, pues éstos también fueron exaltados por encima de todos aquellos justos que no sufrieron martirio” (Exh. al martirio, n. 50).

El culto al mártir impulsa el testimonio de vida y santidad de los cristianos en el mundo; se insinúa el poder intercesor del mártir: no se reza por el mártir, sino que se ruega su intercesión, mientras que sí se ora por los fieles difuntos, la purificación de sus almas y su descanso eterno.

Durante los cuatro primeros siglos, “el culto de los mártires permaneció durante mucho tiempo como una práctica local. La memoria de los santos implicaba a la vez un lugar y un aniversario. Siguiendo una concepción antigua, era en este lugar y en esta fecha, recordada por el ciclo anual, como se renovaba, con el memorial del Señor, el misterio de la pasión del mártir” (Hild, J., “Le Mystère des saints dans le Mystère chrétien”, en La Maison-Dieu 52 (1957), p. 16).

Fue un culto, no familiar o de los parientes del mártir, sino local, limitado a la propia Iglesia diocesana con su obispo y los fieles

Terminadas las persecuciones, con la pax constantiniana y la libertad religiosa, el culto a los mártires floreció ampliamente, desarrollándose aún más. Ya no son unos fieles con su obispo reunidos en la tumba del mártir, discretamente pero llenos de fervor, sino que ahora “vemos formarse asambleas numerosas, casi masas compactas” (Delehaye, Les origines du culte des martyrs, p. 44).

El dies natalis del mártir se convirtió en una gran fiesta litúrgica, con la concurrencia de los fieles y del obispo, incluso convidando a obispos cercanos y a un orador de renombre que predique y pronuncie un panegírico en honor del mártir. Así nació esa literatura de los panegíricos, tan hermosa, y con representantes de gran calidad: S. Gregorio Nacianceno, S. Basilio, S. Gregorio de Nisa, S. Juan Crisóstomo, etc., que nos legaron hermosos modelos de alabanzas a los mártires.

El crecimiento de la afluencia de fieles consiguió también alargar la fiesta más de un día, aumentar el esplendor del culto y buscar espacio más amplio, construyendo una iglesia más amplia, pues “hasta ahora se convocaban en los cementerios subterráneos o a cielo abierto, siguiendo las localidades, y se agrupaban en torno a la tumba del mártir” (Delehaye, Les origines du culte des martyrs, p. 46).

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