«Con los santos apóstoles y mártires»: ¡el cielo, un gran familia santa! (los santos del Canon Romano)

Procesión santos, San Apolinar en Rávena

Dos series de santos se incluyen en el Canon romano; una primera serie en el Communicantes:

“Reunidos en comunión… los santos apóstoles y mártires Pedro y Pablo, Andrés, [Santiago y Juan, Tomás, Santiago y Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo; Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián,] y la de todos los santos”;

la segunda serie, casi concluyendo el Canon:

“admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires Juan el Bautista, Esteban, Matías y Bernabé, [Ignacio, Alejandro, Marcelino y Pedro, Felicidad y Perpetua, Águeda, Lucía, Inés, Cecilia y Anastasia] y de todos los santos; y acéptanos en su compañía, no por nuestros méritos, sino conforme a tu bondad”.

¡Hermosas listas, evocación solemne! ¡Qué bella cadencia la comunión de los santos, los nombres de la Compañía celestial!

El cielo es una inmensa Sociedad de Santos, en torno a Dios y al Cordero, con Santa María como Reina de todos ellos. Es la Compañía de Jesús. Son los bienaventurados, los testigos de Jesús, los que fueron transformados por el fuego del Espíritu Santo.

Los fieles presentan la Ofrenda –el sacrificio eucarístico- en comunión con toda la Iglesia triunfante. Desde el siglo VI se realiza una enumeración simbólica: doce apóstoles y doce mártires particularmente célebres en ámbito romano, encabezados por la Virgen María, Madre de Dios.

En la segunda lista, se busca igualmente la unión con la Iglesia celestial con una nueva serie simbólica de santos que se citan: 7 santos mártires y 7 santas mártires, en cuya cabeza se cita a Juan el Bautista, el mayor de los nacidos de mujer[1].

Citar éstos y no otros santos, posee su sentido para la Iglesia de Roma, pues son los santos de mayor devoción y arraigo en la sede romana; “fuera de los santos bíblicos, trae únicamente santos venerados como mártires en la antigua Roma”[2]. El culto de los confesores, que se remonta al siglo IV, no dejó huella en el Canon en la época de su composición.

Tras la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, y los doce Apóstoles, se citan doce mártires por categoría jerárquica: seis obispos, cinco de los cuales son papas; el sexto, el gran obispo de Cartago, san Cipriano. Entre los otros seis mártires, aparecen primero dos clérigos: Lorenzo, Crisógono, y luego los seglares santos: Juan y Pablo, Cosme y Damián. Es “una representación bien elegida de los coros de los santos mártires”[3].

santos 2 La segunda lista de santos del Canon la componen igualmente mártires muy vinculados a Roma. Después de los santos bíblicos Juan el Bautista, Esteban, Matías y Bernabé, se introdujeron santos que por entonces –siglo VI- gozaban de un culto especial en Roma o cuyos sepulcros estaban allí[4]. Los siete santos mártires están agrupados jerárquicamente: el obispo Ignacio de Antioquía y Alejandro, que según la leyenda fue sacerdote (u obispo); luego, Marcelino –parece ser que fue presbítero- y Pedro, exorcista.

Y entre las santas mujeres, el orden viene dado por la nacionalidad: dos celebérrimas mártires africanas (Felicidad y Perpetua), dos mártires de Sicilia (Águeda y Lucía), dos mártires romanas (Inés y Cecilia) y finalmente santa Anastasia (oriunda de Oriente).

“Son los auténticos representantes de tantos desconocidos héroes de la fe de las primeras generaciones cristianas, cuya presencia en la historia se debe exclusivamente a su gloriosa muerte por Cristo. Esta muerte con Cristo fue su triunfo con Él, y esto basta para que sus nombres sean símbolos del premio de los bienaventurados, a cuya participación, aunque sea en grado ínfimo, aspiramos por la gracia de Dios en unión con los que nos han precedido”[5].

Nombre concretos, ¡porque para Dios somos concretos!, tenemos un rostro y un nombre, no somos una masa amorfa, anónima. “Te he llamado por tu nombre, tú me perteneces” (Is 43,1), “Yo te llamé por tu nombre” (Is 45,4), “en las entrañas maternas y pronunció mi nombre” (Is 49,1).

El buen pastor conoce a cada una de sus ovejas por su nombre (Jn 10,3); los nombres de los elegidos están inscritos en el cielo (Lc 10,20), en el libro de la vida (Ap 3,5; 13,8; 17,8). Entrando en la gloria recibirán un nombre nuevo (Ap 2,17): “y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquello que lo recibe”.

Ni el cielo es impersonal, frío y distante, sino un consorcio, una sociedad, una familia santa, una compañía. Hacia esa comunión del cielo, tan feliz, nos encaminamos y deseamos que nuestro nombre sea allí pronunciado.

Con palabras de un filósofo actual:

“Hay una cosa extraordinaria. Cuando se habla del paraíso en el Canon de la misa, no se dice: ‘Haznos entrar en tu luz admirable para que desaparezcamos en ella como una gota en el océano’, sino que el sacerdote pide: ‘Admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires’, para recitar luego los nombres propios de una lista que el fiel sabe abierta, que podría alargarse cientos de horas y en la que debería, una vez escuchado la lista durante centenares de millares de horas, hasta su muerte, oír su propio nombre al final… ¡Eso es extraordinario! No se designa el Cielo con un concepto, sino con una asamblea de nombres propios”[6].



[1] JUNGMANN, J.A., La grande prière eucharistique, Paris 1964, pp. 44-45.

[2] JUNGMANN, J.A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1951, 834.

[3] Ibid.

[4] Id, p. 934.

[5] Id., p. 938.

[6] HADJADJ, F.,-MIDAL, F., ¿Qué es la verdad?, Madrid 2020, pp. 106-107.

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