Un hombre sin dobleces
El 19 de junio pasado moría en su amada India Vicente Ferrer, un buen hombre, un varón justo para utilizar el lenguaje de la Biblia. A sus 89 años podía mirar con satisfacción hacia atrás y ver que el surco que había labrado medio siglo antes se había convertido en una obra floreciente y consolidada, que está considerada como uno de los mejores ejemplos de organización y eficacia. Quien entre en la página web de la fundación Vicente Ferrer se percatará de su envergadura.
Triste fue que a las exequias de este español y catalán universal no asistieran representantes de nuestra clase política. Resulta especialmente chocante la ausencia de todos aquellos que ostentan la catalanidad. Extraña particularmente la de un caballero cristiano como es Duran i Lleida. En cuanto a la de ERC, IC y el PSOE, tendrán que explicar cómo es que cuando se trata de pagarse viajes de turismo a Tierra Santa para burlarse de los símbolos del cristianismo hay tiempo y dinero, mientras que para ir a rendir el último homenaje a una persona que se ha pasado la vida haciendo el bien entonces todo son excusas para escurrirse de esta que nos parece una obligación moral.

Por estas fechas se hacen públicos los cambios de sacerdotes en nuevos destinos parroquiales para el próximo curso. Habiéndose oficializado los citados nombramientos en las tres diócesis de la provincia eclesiástica de Barcelona, como primer titular puedo decir que los de Barcelona me parecen para echarse a llorar, los de Terrassa me parecen fantásticos y los de Sant Feliu responden a la compleja situación que describí en mi artículo de la semana pasada, una diócesis en la que el bueno de Don Agustín tiene muy poco margen de maniobra a la hora de poder hacer nombramientos.
El pontificado del Cardenal Martínez Sistach polariza desde el primer momento la Iglesia barcelonesa en dos bandos irreconciliables. Progresismo y anti-progresismo centrarán, con la aparición de Germinans, una lucha continuada, sin límites, sin fronteras. La mente clara y los pasos decididos marcados por Benedicto XVI, a quien con enorme dosis de hipocresía dedicó su mensaje semanal el Cardenal Sistach, como siempre dos actitudes, dos guiños, dos caras, nos indican cual es el verdadero modelo de sacerdote que necesita la Iglesia.
De unas palabras de Optado de Milevi contra los donatistas podemos sacar que con mucha probabilidad el “Pater noster” se decía como preparación para la comunión al principio del siglo IV. Lo da como costumbre general para toda la Iglesia, San Agustín, y de él hablan como cosa corriente San Jerónimo y San Ambrosio. Parece que este último se refiere a la liturgia romana. En cambio, en España, por documentos de época bastante posterior, se advierten algunas vacilaciones sobre el aceptarlo definitivamente en el culto. Cuando San Agustín admite excepciones, como se ve en la Epístola 149, l6 (PL 33, 637) y en los Sermones 17, 110 y 227, probablemente se está refiriendo a España.