Quien conozca la tierra andaluza habrá observado cómo las villas, pueblos, ciudades y capitales, en su mayoría, están levantadas sobre un monte, coronado por un castillo que fue árabe y luego cristiano, una vez pasada la Reconquista. En otras localidades españolas sucede lo mismo.
En la cima de esos cerros, se construyeron catedrales y parroquias y conventos, arracimados en torno al caserío blanco andaluz. Con el paso de los siglos las ciudades han crecido buscando el llano, donde se han construido modernas barriadas, a cuyo lado se levantaron iglesias parroquiales.
Los cascos antiguos se han quedado despoblados; las viejas parroquias se mantienen con poco culto y escasa asistencia de fieles católicos. Las cofradías de Semana Santa tienen en ellas su sede canónica y son las únicas que concentran fieles, singularmente para las fechas de la salida procesional de su templo.
Ahora, hace unos años, ha nacido, en estas antiguas parroquias, una costumbre nueva para atraer a los fieles: la veneración de reliquias veteras o nuevas. Unas sacadas del patrimonio parroquial y otras adquiridas en los viajes a lugares donde han proliferado estas maneras de vivir la religiosidad católica. La fecha litúrgica de los Fieles Difuntos nos trae la memoria de la fe a todas las personas que han muerto. De algunos se conservan reliquias de huesos, y otros objetos personales.
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