Dios en el cerebro
Termino de leer un interesante artículo en elmundo.es, sección de ciencia, titulado Dios: una red de neuronas. Se pretende confirmar algo sabido: muchas raíces religiosas están en nuestro cerebro y por lo tanto nacemos con esas ideas innatas.
Cuando en la universidad nos explicaban paleontología nos daban similares explicaciones, pero tomadas desde el punto de vista de los restos óseos y de utensilios, que los arqueólogos llevándolos al laboratorio había detectado el sentimiento religioso de los seres humanos más primitivos en las culturas más remotas de la prehistoria. Esto supone que sí, que nacemos con ideas innatas de una religiosidad determinada, dependiendo del lugar, de la sociología y de la civilización en la que hemos nacido.
Los libros de texto de Religión de primer curso de la enseñanza secundaria obligatoria presentan a los alumnos cómo los hombres antiguos tenían dos tipos de religión: la celeste y la telúrica. La primera dirigiendo la mirada a todo el universo cielo que contemplamos de día o de noche, siendo propia de pueblos nómadas. Y la segunda practicada por pueblos sedentarios, donde la madre tierra y sus frutos forman parte de la relación religiosa de aquellos seres primitivos.

Si, ahora, la neurología y la neurociencia están estudiando en qué parte de nuestro cerebro se forman las ídeas religiosas, resulta que se complementa con lo que el estudio de los restos arqueológicos nos han demostrado. Incluso, se apunta, en el artículo citado que las ideas ateas pueden tener un lugar donde se frabrique el pensamiento de la negación de la existencia de lo divino.
Sea como sea, nosotros, cuando ahora estamos celebrando la Pascua de la Resurrección del Señor de entre los muertos, tenemos seguridad plena de su resurrección por los testimonios de los que lo vieron y lo oyeron y contemplaron la tumba vacía y nos lo transmitieron escritos en la Palabra de Dios, en el Nuevo Testamento.
Por esto, la liturgia de estas fechas pascuales nos insiste mucho en la palabra “testimonio” de lo que hemos visto y oído en la boca y el ejemplo de los apóstoles de Jesús. Y nuestra misión estos días y siempre es la misma: ser testigos fieles de la Resurrección del Señor de entre los muertos. La cuestión es no olvidarse de esta responsabilidad nunca, para eso nos hado el Señor un cerebro, donde encontramos la memoria, la inteligencia y la voluntad, propiedades fundamentales de nuestra alma.
Tomás de la Torre Lendínez










