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16.04.17

Cantos infantiles para la Vigilia Pascual? No, por favor!

“Si lloramos es sólo porque nos oprime el peso de nuestros pecados y si nos alegramos es porque nos ha justificado su gracia, pues fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Llorando lo primero y gozándonos de lo segundo, estamos llenos de alegría.” San Agustín

Nunca he entendido por qué le resulto atractiva a los niños en edad pre-escolar por lo que, cuando me encuentro con ellos, termino teniendo bellísimas conversaciones. 

Anoche, durante la Liturgia del Fuego, me encontré con par de niñas encantadoras. Una de ellas me mostraba sus anteojos nuevos mientras me contaba lo feliz que estaba porque ahora en la escuela podía leer más rápido. Quiso demostrármelo leyendo del misal.

Cosa curiosa que con los perritos me pasa como con los niños: les gusto y desconozco la razón.

Tal cosa la descubrí cuando fui catequista de niños en edad pre-escolar y también mientras estuve a cargo del grupo de niños a quienes, en un proyecto como voluntaria, ofrecí estimulación temprana.  

Esto lo menciono para destacar el hecho de que distingo perfectamente las necesidades de niños y de adultos a las que, me parece, la gracia me ayuda a solventar apropiadamente.

Es de ahí que descubro que no todos tenemos la misma sensibilidad.

Por ejemplo, existe una variedad de canciones infantiles que la renovación carismática ha hecho suyas y que los adultos utilizamos como cantos para la Comunión u otros momentos de la Santa Misa.

Resulta singular debido a que uno supone que, si un centenar de personas se ha quedado durante más de cinco horas a una celebración litúrgica, no es porque su fe se encuentre en la etapa de requerir alimento blando tal como el que requiere un crío, sino porque –al haber sido robustecidos con la gracia-  buscan el alimento sólido que es la Vigilia Pascual.

Mi párroco, por cierto, lo notó al acto. Así lo hizo ver al final de la celebración.

Pues bien, la elección de esos cantos, que no dudo es hecha con buena intención, viene a ser como que, tras haber pagado por un tiquete carísimo para escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven, el conductor de orquesta te salga con una versión infantil de la Oda a la Alegría pero, además, a ritmo de salsa o merengue.  

No dudo que, hasta el menos sensible, lo hallaría desconcertante.

Cómo verificar que estoy en lo cierto? Que el coro y el sacerdote observen cuántos de la asamblea hacen palmas o apenas mueven los labios para participar del canto. Eso bastará. 

No tiene sentido buscar las razones por las que se toman estas decisiones; lo que habría que hacer es, sencillamente, asegurarse de tomar mejores la próxima vez ya que, de todos modos, con o sin cantos infantiles, la gracia se encarga de hermosear el alma que se despierta cada mañana de su vida para incansablemente descubrir que el sepulcro está vacío.

Una y otra vez. Siempre vacío.

¡Aleluya!

18.03.17

La única vida que merece ser vivida

Jesús y María vivieron alegres por ser sus existencias el cumplimiento de la voluntad del Padre.

 

La alegría es fruto de la plenitud de la gracia.

Por gracia es que compartimos su alegría.

La alegría es el fondo común entre Madre e Hijo y, entre ellos y nosotros.

Alegría que es regocijo del Padre por saberse amado.

 

De ahí se ve cuán diferente es la alegría de aquél entusiasmo pasajero fruto de nuestros sentimientos.

 

La alegría no es incompatible con la nostalgia de Dios.

Nostalgia que es un sentimiento de pena por vernos todavía privados de la plenitud de Dios.

Jesús y María poseyeron nostalgia de Dios por haber estado sujetos al tiempo y al espacio.

Ya que la nostalgia es un sentimiento auténticamente humano; así como  la alegría, un don divino.

 

Nostalgia y alegría conviven de forma misteriosa.

La nostalgia, como expresión de nuestra limitación y, la alegría, como fruto del don ilimitado.

 

Por eso la alegría es capaz de ordenar los sentimientos.

Ordenándolos los transforma en aliados.

Así es como, al igual que Jesús y María, contribuimos con la gracia en el cumplimiento de la voluntad del Padre.  

Quien se alegrará al saberse amado.

Así es como Le damos gloria

Gloria que redunda en nuestra santificación.

 

Por eso me atrevo a afirmar que la vida de la gracia es la única vida que merece ser vivida.

 

13.03.17

¿Podría haber mayor alegría?

¿Qué podría complacer más a Dios Padre que regresáramos a casa?

¿Qué clase de padre sería si no hubiera previsto nuestro regreso?

Y, si no fuera el propósito, ¿tendría sentido que nos hubiera heredado su capacidad para amar, su libertad, inteligencia y voluntad?

Y, si a pesar de habernos hecho a su semejanza, ¿de qué nos valdría sufrir si no fuera porque es el camino de regreso?

Si así no fuera, ¿habría sido necesaria la encarnación y muerte del Hijo?

Ya que, ¿quién mejor que Jesús (y María, por llena de gracia) habría conocido el sentido de su existencia y previsto el desenlace?

Y, ¿qué sentido tendría sufrir si no fuera hacerlo con alegría, día tras día, hasta llegar al último?

¿Podría haber mayor alegría que poseer la certeza de estar camino a casa?

¿Podría haberla?

Vas de regreso por lo que, con el auxilio de la Gracia, rechaza con firmeza aquello que pretenda robarte la alegría.

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Mucho que antes no me había pasado ha sucedido para que pudiera expresar con un poco de sentido las anteriores líneas.

Mucho, pero finalmente aquí voy alegre, camino de regreso.

 

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti»

San Agustín

17.02.17

¡Las calles están ahí!

Ni que lo hubiésemos planificado con efectos especiales: durante la Hora Santa hubo un apagón mientras el padre con su guitarra y a media voz cantaba la de Emaús. Fue como estar a la luz de la fogata.

En medio de la vorágine que es la vida cotidiana no creo que, en mi parroquia, baje la media de los treinta años la edad de quienes acogemos la gracia para detenernos y asistir a la Hora Santa.

Allí estábamos. No éramos ni veinte adultos esperando en silencio y, además, alguien que parecía estar un poco fuera de lugar: un niño de aproximadamente catorce años quien entró después de mí para sentarse al extremo de la fila en la que me encontraba.  

Para ese momento, ya habían repartido el folleto que publica el párroco con las Vísperas, por lo que el jovencito no lo tenía.

Con el brazo extendido hice ruido con el folleto indicándole que lo tomará. Cuando me vio, negó con su cabecita, pero le dije en voz baja: - “Por qué no? Tómalo. Es bonito”.

Lo tomó y se puso a ojearlo. Estuvo en ello algunos minutos hasta que aproveché para acercarme. Se estremeció un poco porque seguro pensó que quién sabe qué cosa le diría pero, se le abrieron los ojos cuando con palabras muy sencillas, le expliqué de qué se trataba el folleto aludiendo a la actividad en los monasterios y al canto gregoriano que podía encontrar en youtube; tras lo cual noté que leyó las Vísperas con mayor interés.

Poco después entró el sacerdote y lo tomó del brazo para conducirlo a una salita donde asumo que lo confesó porque salió de inmediato a arrodillarse como quien cumple con la penitencia.

Me dije que, seguramente, de seguido se iría, pero no, se quedó en la Hora Santa.

Ayer, para animarme, ya que manifesté estar muy triste por la situación de la Iglesia, Juanjo Romero compartió conmigo una noticia sobre un sacerdote que se dedicó a caminar, rezar el rosario y a encontrarse con la gente durante tres años, como parte del apostolado de la orden monástica llamada Canónigos Regulares de San Martín de Tours a la que pertenece la cual combina el apostolado con la vida contemplativa.  

Su presencia en las calles confesando, bendiciendo, platicando, recoge un sin número de maravillosos sucesos ya que su caminar fue la elección del Señor para atraer a muchos hacia sí.

Así es,  muy parecido a cuando, como quien no quiere la cosa, hizo compañía a los caminantes hacia Emaús.

Yo, salí encantada de esa Hora Santa, no solo por la magnífica compañía a la luz de la fogata sino por haberme encontrado con aquél jovencito que se confesó, se quedó en adoración pero que, además, echó las Vísperas en su mochila.

Detalle que me hizo recordar a las personas que, por dedicarme unas palabras, intervinieron para que la gracia le diera un giro significativo a mi vida.

¡Las calles están ahí!

28.10.16

El enojo

Por ser una persona todavía muy egoísta y por tanto inmadura, además de contar con que poseo un alto porcentaje de las características de una persona PAS (Persona Altamente Sensible) o, quizá sencillamente, debido a soy un simple ser humano, es que reconozco que puedo enojarme mucho.

¿Qué es el enojo?
Es una respuesta por lo regular irracional a determinada situación.

¿Es natural que determinadas situaciones nos enojen?
Sí, es natural enojarse tanto como lo es aprender a reaccionar ante dichas situaciones de manera razonable.  

¿Qué se esconde detrás del enojo?
Impotencia por no poder conseguir lo que tanto deseamos, tristeza por no sentirnos amados o amadas, dolor por las heridas del pasado, impaciencia por estar cansados o cansadas de esperar, miedo o tener a perder lo que tenemos, inseguridad por no creer en nosotros mismos, decepción por tener demasiadas expectativas y por último incomunicación por no saber expresar nuestras emociones” [1]

Impotencia, tristeza, dolor, impaciencia, miedo, inseguridad, decepción e incomunicación… son demasiadas cosas difíciles de manejar para cualquier ser humano como para no reconocer que resultaría mejor aprender a no enojarse o, lo que sería más razonable: aprender a enojarse menos cada vez.  

¿Cómo hacerlo?
Ciertamente no depende únicamente del propio esfuerzo sino principalmente de la gracia.
Por gracia se puede aprender a dar respuestas razonables a situaciones que producen enojo.

Sugiero lo siguiente:

  1. Has frecuente examen de conciencia y, si consigues reconocer que eres una persona enojona, busca un confesor y pide perdón pero no por ser persona enojona sino porque al serlo has lastimado a otros.
  2. Luego, comulga con frecuencia y ora en todo momento pidiendo la gracia necesaria para que, con el pasar del tiempo, te enojes cada vez menos.

Tras haberte cimentado en lo anterior, podrías hacer y tratar de responder estas o preguntas semejantes pensando siempre en que buscas respuestas razonables.

  1. ¿Mis deseos son míos, son los deseos de alguien diferente, los ha puesto Dios en mí? ¿Qué es lo que realmente deseo? ¿Son mis deseos razonables? ¿Es razonable sentirme impotente si no los consigo?
  2. ¿Cuál es mi noción del amor? ¿Relaciono el amor con la satisfacción de mis deseos? ¿Si alguien dice amarme tiene obligación de cumplir mis deseos? ¿Dios los cumple? Si, ni Dios ni las personas los cumplen, ¿es razonable sentirme triste?
  3. ¿Qué hago con las heridas del pasado? ¿Busco ayuda de Dios para sanarlas? ¿Pido perdón y perdono? ¿Es razonable vivir en el resentimiento?
  4. ¿Se ha sabido de alguien que pueda añadir un minuto de vida a su existencia? Por tanto ¿por qué me resulta imposible esperar todo el tiempo que sea necesario? ¿Es razonable la impaciencia?
  5. ¿Qué sucedería si (como de hecho le sucede a muchas personas) de un día para otro, pierdo todo lo que poseo: mis seres queridos, mi casa, mi ropa, el dinero, la comida, el trabajo…? ¿En qué pondré mi seguridad? ¿Quién o qué me la dará? ¿Moriré del miedo? ¿Cuál sería la respuesta razonable al perder toda seguridad?
  6. ¿Qué espero de mí mismo(a), de Dios, del Papa, de mi párroco, de quienes me rodean, del gobierno y de la sociedad en general? ¿Es razonable lo que espero de cada uno? ¿Están capacitados para cumplir mis expectativas? ¿Querrán o tienen la obligación de hacerlo? ¿Es razonable sentirme decepcionado si no las cumplen?
  7. Toda vez que me enojo rompo con un hilo más de la ya de por sí precaria comunicación que mantengo con los demás. ¿Es, por tanto, razonable ceder ante el enojo si deseo conservar la comunicación con mis semejantes?

He de advertir que todo lo anterior no responde a que soy psicólogo sino solo a la experiencia de una persona que, por diversas razones, ha debido luchar cara a cara contra el enojo con la ayuda de Dios.