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24.06.24

Las bibliotecas personales

                                      Ilustración de Edward Ardizzone (1900-1979).

      

  

 

«La existencia misma de las bibliotecas es la mejor prueba de que aún podemos albergar esperanza en el futuro del hombre».

T. S. Eliot



«Si junto a tu biblioteca tienes un huerto, nada te faltará».

Marco Tulio Cicerón

   

«El Dr. Johnson me aconsejó hoy que tuviera tantos libros a mano como pudiera, para poder leer sobre cualquier tema sobre el que deseara instruirme en ese momento. “Lo que leas", dijo, “lo recordarás, pero si no tienes un libro inmediatamente listo, y el tema se moldea en tu mente, será una suerte si vuelves a tener el deseo de estudiarlo"».

James Boswell. Vida de Samuel Johnson

 

 

Las bibliotecas, esos oasis de cultura y saber, son casi tan antiguos como el hombre. Dice Holbrook Johnson que «no hay tesoro tal como una biblioteca; las bibliotecas son los mejores consuelos, retiros, puertos, refugios del alma del hombre. Nada hay más precioso que una gran biblioteca, nada más noble». Sin duda, se trata de los elogios propios de un bibliófilo, algo exagerados y pomposos. Pero, no obstante, creo que, despojada de toda filia, queda en esa frase algo de verdad. Y hoy, quizá, las bibliotecas representan una esperanza para la salud del alma del hombre; el faraón Ramses II estaría de acuerdo con ello.

Se dice que Aristóteles fue el primero en tener una biblioteca personal propiamente dicha; él transmitió el afán a su discípulo, el gran Alejandro, que allá donde iba llevaba consigo su colección de libros. Aunque, como sabemos, biblioteca, lo que se dice biblioteca, hubo muchas antes, aunque menos personales quizá. Y así, hubo bibliotecas de tablillas de arcilla pobladas de incisiones cuneiformes en Nínive, y bibliotecas de rollos de papiro con tinta negra y roja en Egipto. Cada desierto parece haber albergado una biblioteca, y entre sus arenas todavía yacen los restos de algún templo en el que moraban rollos, papiros o códices entre orden y desorden; lo que parece contradecir la afirmación de Charles Lamb de que una ciudad sin biblioteca es un lugar desierto e indeseable. El viajero todavía puede ver en las ruinas de Tebas, en los restos del templo Ramesseum, el lugar que ocupaba la sala de libros de Ramsés II, llamada el «Hospital del alma», tal y como nos cuenta Diodoro Sículo en su Biblioteca Histórica; y solo nos queda imaginar la grandiosidad de aquella mítica biblioteca que albergara Alejandría, destruida por las hordas del califa Omar en el otoño del 640. Se dice también que la primera biblioteca romana la fundó Sila con los libros que sacó del templo de Apolo en Atenas.

Más tarde, cuando la desolación y la destrucción bárbara se apoderó de todo aquello que fue el Imperio, en monasterios semi ocultos en oscuros bosques de Europa central, sobre escarpados montes del centro de Italia, o en medio de las brumosas islas de la Bretaña e Irlanda, afanados monjes copiaban y almacenaban manuscritos en enormes bibliotecas. A un tiempo, en las iglesias, conventos y cenobios dispersos por los estrechos callejones de Sevilla y Toledo, otros religiosos cristianos atesoraron códices y manuscritos, y promovieron también su estudio, traducción y difusión, asegurando así que este conocimiento sobreviviera a través de siglos de inestabilidad política y social. Entre los muchos monjes y estudiosos anónimos, destacaron nombres como Benito, Agustín, Isidoro, Jerónimo, Beda, Casiano, Alcuino, Juan Escoto y Tomás. Todo lo demás, hasta hoy, ha sido mera continuidad de esto, ni más ni menos.

Pero volvamos a las bibliotecas personales, que son una derivada en pequeñito de las grandes bibliotecas.

Una cuestión importante en este asunto es: ¿Cuántos libros? La cantidad no lo es todo, es verdad, pero siempre ha sido algo a considerar. Thomas Carlyle valoraba a sus conocidos por la extensión de sus bibliotecas, y decía, que un hombre valioso, es un hombre de 3.000 volúmenes. Recientemente Arturo Pérez Reverte manifestó que poseía 32.000 volúmenes, por lo que, bajo este estándar sería unas 30 veces valioso para Carlyle. Santo Tomas Moro vivía asediado por los libros. Su amigo Erasmo escribió sobre él: «es increíble la cantidad de libros antiguos que se extienden por todas partes: hay tantos que terminan en un mirador sostenido por pilares, que da al jardín»; por lo que parece, Moro había hecho caso de Cicerón. Por su parte, el obispo Richard de Bury tenía la mejor biblioteca privada de su tiempo en Inglaterra, conteniendo más libros que todos los demás obispos juntos. Los guardaba en sus distintas residencias, y eran tantos que muchos de ellos permanecían esparcidos por toda su alcoba, tanto que sus amigos, cuando entraban, no encontraban lugar para pararse o caminar sin pisotearlos.

En nuestro país, además de la citada biblioteca privada de Reverte, la de Luis Alberto de Cuenca rebasa los 35.000 volúmenes; y al parecer la de Ortega y Gasset constaba de unos 13.000 volúmenes; todas ellas, sin embargo, lejos de la de Sánchez-Dragó, de cerca de 100.000 ejemplares. Y, en el ámbito de la literatura infantil y juvenil, destaca la biblioteca que había atesorado Carmen Bravo-Villasante, más de 5.000 volúmenes que fueron donados a su muerte por su hija a la Universidad de Castilla-La Mancha, donde se creó el fondo bibliográfico “Bravo-Villasante” en el CEPLI (Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil).

En todo caso, creo que podemos convenir que la verdadera fuerza de una biblioteca no es el número sino la calidad de sus obras. Y así, por ejemplo, la biblioteca del Dr. Samuel Johnson era solo de 841 volúmenes; Montaigne poseía 1.000 ejemplares; Robert Burton, 1.700; Samuel Pepys, 2.474; Thomas de Quincey, 5.000; y Gibbon, 7.000.

Algunos incluso necesitaban menos. Shelley sostenía que una buena biblioteca se compone de las obras de Platón, las de Lord Bacon, Shakespeare, y los viejos dramaturgos, Milton, Goethe, Schiller, Dante, Petrarca, Boccaccio, Maquiavelo, Guicciardini, y Calderón. La biblioteca del emperador Severo consistía en Horacio y Virgilio, Platón y Cicerón. William Hazlitt tenía menos obras aún, pero conocía de memoria a Shakespeare y a Rousseau; y Shakespeare, Voltaire, y Goethe, aunque apasionados bibliófilos, no tenían una colección de libros a la que pudiera aplicarse el termino biblioteca, ya que su número era escaso.

Nuestra reina Isabel I, la católica, quizá la mujer más culta de su tiempo, poseía una biblioteca personal de alrededor de cuatrocientos títulos entre manuscritos y libros impresos. Su colección consistía en múltiples ejemplares de las Sagradas Escrituras, y exposiciones y comentarios de las mismas; obras de los Padres de la Iglesia; vidas de Santos; el Kempis; Las Meditaciones de San Buenaventura; Las Etimologías de San Isidoro de Sevilla; la historia de Tito Livio; obras de Cicerón; las Epistolae de Plinio; y obras de Virgilio, Salustio, Terencio, Séneca, Justino, y Valerio Máximo. Poseía el Decamerón, de Boccaccio; y los Triomphi de Petrarca. Y entre los libros en castellano aparecía el Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita, y un nutrido grupo de libros de caballería, además de las obras de Alfonso X el Sabio, Juan de Mena, Nebrija, o el Liber Proverbiorum de Raimundo Lulio.

En El Quijote, Alonso Quijano posee más de trescientos libros, que, dice, «son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida». Pero su autor, según sesuda investigación de Daniel Eisenberg, habría tenido algunos menos; quizá poco más de doscientos, aunque bien selectos.

Aun así, las bibliotecas domesticas pueden tener grandes dimensiones sin perder calidad. Probablemente una de las más grandes colecciones de libros que se recuerdan es la que, en pleno Renacimiento, el duque Federigo III da Montefeltro reunió en Urbino; una amalgama de libros como no se había visto en mil años, a la que el duque esperaba incorporar un ejemplar de cada libro que en el mundo hubiera. Sus fondos se conservan todavía en el Vaticano, y en él figuran los nombres de todos los clásicos, los Padres y los Escolásticos, muchas obras sobre arte y casi todas las obras griegas y hebreas que se conocían en aquel momento.

Sacando algo de ventaja a Reverte, Umberto Eco, manifestó en su día que poseía 50.000 libros. Pero, una de las preguntas que se presentan en estos casos de grandes poblaciones librescas es: ¿Realmente se pueden leer tantos libros? Eco dijo lo siguiente sobre este asunto:

«Es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, como es una tontería criticar a quienes compran más libros de los que jamás podrán leer. Sería como decir que deberías usar todos los cubiertos o vasos o destornilladores o brocas que haya comprado antes de comprar otros nuevos. “Hay cosas en la vida que necesitamos para tener siempre suficientes suministros, incluso si solo usaremos una pequeña porción. “Si, por ejemplo, consideramos los libros como medicina, entendemos que es bueno tener muchos en casa y no pocos: cuando quieres sentirte mejor, entonces vas al ‘botiquín’ y eliges un libro. No uno al azar, pero el libro adecuado para ese momento. ¡Por eso siempre debes tener una opción de nutrición! “Quienes compran sólo un libro, leen sólo ese y luego se deshacen de él. Simplemente aplican a los libros la mentalidad consumista, es decir, los consideran un producto de consumo, un bien. Quienes aman los libros saben que un libro es cualquier cosa menos una mercancía».

Lo dicho por Eco podría entroncar con un concepto japonés denominado tsundoku (積ん読): el fenómeno de adquirir incesantemente materiales de lectura, pero dejar que se acumulen en la casa sin leerlos. Combina elementos de los términos tsunde-oku (積んでおく, “apilar cosas listas para más tarde”) y dokusho (読書, “leer libros”). Quizá a alguno de los lectores les haya ocurrido algo parecido alguna vez, si bien, seguramente, a una escala menor que la de Eco.

En su libro, El cisne negro, Nassim Nicholas Taleb parte de lo comentado por el intelectual italiano, para decir que los libros leídos son mucho menos valiosos que los no leídos. Una biblioteca personal debe contener de lo que no se sabe, tanto como los recursos financieros lo permitan. Y continua:

«Acumularás más conocimiento y más libros a medida que crezcas, y el creciente número de libros no leídos en los estantes te mirará de manera amenazante. De hecho, cuanto más sabes, más grandes son las filas de libros no leídos. Llamemos a esta colección de libros no leídos una antibiblioteca».

Dicho todo ello, el número de libros de las bibliotecas personales no es una marca del amor por lo que hay en ellos, sino más bien, como apunta Taleb, de las finanzas de uno, y, como no, del espacio del que se disponga. La riqueza o la pobreza, por lo general, no son determinantes; la riqueza está en los libros, no en quien los compra. Una riqueza que en el caso de los niños puede ser decisiva.

Un profundo estudio de dos décadas de duración encontró que la mera presencia de una biblioteca en casa aumenta el éxito académico, el desarrollo del vocabulario, la atención y el logro laboral de futuros adultos.

«La exposición de los adolescentes a los libros es una parte integral de las prácticas sociales que fomentan las competencias cognitivas a largo plazo», ha declarado la investigadora principal.

El estudio también mostró que «la diferencia entre crecer en un hogar sin libros en comparación con crecer en un hogar con una biblioteca de 500 libros tiene un efecto tan grande en el nivel de educación que alcanzará un niño, como tener padres que apenas saben leer y escribir en comparación con tener padres que tienen educación universitaria”. En ambos casos, tener padres con estudios universitarios o una colección de libros impulsaba “a un niño 3,2 años hacia delante en su educación, por término medio"».

Por lo tanto, parece que el número de libros almacenados en casa si puede ser importante, al menos en el caso de los niños y los jóvenes. Aunque hacerse con quinientos libros puede ser complicado y no está al alcance de muchos hogares; además, el espacio es escaso. Sin embargo, el informe también sostiene que tener tan solo veinte libros en el hogar impacta igualmente, y de manera significativa, en la educación futura de los niños.

Pero, aun más allá, trascendiendo esas ventajas, utiles y necesarias para la vida práctica, y dando fundamento y sentido real a la existencia misma, esos libros, pocos o muchos, acercarán a nuestros chicos a un conocimiento sobre el mundo al que poder acceder, un conocimiento que es invisible, intangible e inmensurable, y que está más allá del nivel de la experiencia cotidiana: hablo de la realidad primera (en cuanto a fundamental) y última (en cuanto a misteriosa) de las cosas. Una realidad, paradójicamente, oculta y manifiesta al mismo tiempo. Los antiguos y los medievales sabían que la expresión en términos mundanos y materiales de ese saber primero solo puede llevarse a cabo a través de símbolos. Lo llamaban conocimiento poético, y como señalaba santo Tomás, es una vía puesta nuestra disposición para tratar de acercarse a la realidad tal y como es en su misterio oculto.

Solo nos queda decidir cuáles serán –al menos– esas veinte obras. Para ello, entre otras cosas, mantengo este blog y he publicado un libro; para ayudarles en esta tarea. A ustedes les corresponde hacerse con ellas.

16.06.24

De charla con los libros: la gran conversación

 
                                  «Niñas leyendo». Hugo Salmson (1843-1894). 

     

   

 

«Le encantaban los libros, esos amigos poco exigentes pero fieles».

Víctor Hugo. Los Miserables

  
«En los libros encuentro a los muertos como si estuvieran vivos,
en los libros veo lo que está por venir…
Todo decae y pasa con el tiempo…
Toda fama caería víctima del olvido
si Dios no hubiera dado a los hombres mortales el libro para ayudarlos».

Richard De Bury. Philobiblon

    

 

 

Al tratar de las bonanzas y los provechos de los libros es un tópico, y de los más usados, el de la gran conversación. Les hablo de un tipo de conversación densa y profunda, nacida de los mismos libros, que, a poco que nos descuidemos, pueden envolvernos ––a nosotros y a nuestros hijos–– en un diálogo que no conoce límites temporales ni espaciales, poniéndonos en contacto con algunas de las mayores y más geniales mentes que han existido.

Robert M. Hutchins, decano de la Universidad de Chicago, donde a finales de los años 30 del pasado siglo, junto con su amigo y colega, el filósofo católico Mortimer Adler, puso en marcha el primero de los programas universitarios de estudio de los grandes libros, escribió al respecto lo siguiente:

«La tradición de Occidente se manifiesta en la gran conversación que se inició en los albores de la historia y que continúa hasta nuestros días. Cualesquiera que sean los méritos de otras civilizaciones en otros aspectos, ninguna civilización es como la occidental en este sentido. Ninguna puede pretender que su característica definitoria sea un diálogo de este tipo. (…). Su elemento dominante es el Logos».

Pero, por supuesto que para iniciar y mantener esa conversación no es imprescindible embarcarse en ningún curso universitario como el de los señores Hutchins y Adler. Puede comenzarse ya de niño, y si bien a esas alturas los niveles de dificultad y profundidad serán, obviamente, superficiales, la charla irá preparando –como escribió John Senior–, a la imaginación y al intelecto para las ideas más elevadas de los grandes libros. Proseguía el profesor Senior: «No es un comentario frívolo decir que una persona que haya tomado contacto en su infancia con las rimas y los ritmos de las rimas y pareados infantiles también ha cultivado los sentidos y la mente para la lectura de Shakespeare». Y ello, porque, según él, «las ideas seminales de Platón, Aristóteles, San Agustín y Santo Tomas germinan únicamente en un suelo saturado con imaginativas fábulas, cuentos de hadas, historias, rimas y aventuras: los cientos de libros de Grimm, Andersen, Stevenson, Dickens, Scott, Dumas y el resto».

Así que nunca es demasiado pronto para comenzar este fecundo el dialogo.

En todo caso, he de precisarles que esta conversación va más allá de la mera recepción intelectual, emocional y vivencial por el lector de aquello que el autor trata de transmitir (que ya sería mucho). Va más allá, sí. Cada vez que leemos con atención concentrada; cada vez que ponemos el corazón, el alma y todos los sentidos en un buen libro, algo más sucede.

Ciertamente, los libros son objetos materiales, no hay duda. Algo compuesto de pasta y celulosa; una ingeniosa mezcolanza de papel y tinta. Pero no debemos olvidar que también son creación del esfuerzo intelectual de otros seres humanos. Así como tampoco, que no surgen en cualquier momento y de cualquier forma, sino con la intención –otra cosa es su logro– de ser lo mejor dicho y pensado, fruto de intelectos brillantes y, al menos, peculiares, en un momento de plena conciencia creativa.

Además, no es baladí constatar que su lectura tiene lugar, muchas veces, en la intimidad de nuestros corazones, con nuestro intelecto abierto y atento a recibir y acoger. Por ello, los libros, al leerlos de esta forma, nos hacen más vivos, más sabios, más humanos; desafían nuestra subjetividad, nuestras convicciones, nuestros prejuicios, nuestra posición ante la vida; y nos inducen a escuchar todo tipo de voces: las voces de otros hombres. Y, por si fuera poco, además de hablarnos y permitirnos hablar con sus autores, los libros hablan con otros libros y nos enseñan a leer de una forma nueva: conversando, contrastando, discutiendo y amando. Y todo ello, a través de los siglos.

Por último, los libros nos impulsan –a algunos– a escribir; que es una forma derivada y más sutil de leer; y quizá, una forma más elevada e intensa de hacerlo. El que escribe ve afinar su pensamiento; lo ordena y depura; se vuelca hacia la precisión; atiende a un texto con atención y cuidado extremos; trata de desentrañar todos sus significados; e incluso, de añadir otros menos evidentes.

Al leer y escribir buenos libros, y reflexionar sobre ellos, se entra en esa gran conversación que ha durado siglos y que perdurará mientras perdure el mundo. Escribió el poeta Robert Southey una vez:

«Mis amigos infalibles son ellos,
Con quienes converso día a día».

Y nuestro Francisco de Quevedo nos regaló sobre el asunto estos conocidos versos:

«Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos».

Los libros, por tanto, nos hablan. Y conversan con nosotros, incluso cuando nadie más lo hace. El Dr. Johnson escribe: «Tengo una razón más para leer, que el tiempo, al quitarme a mis compañeros, me dejó sin oportunidades para conversar»; así, el gran conversador que fue pudo continuar con su gustoso hábito cuando ya no podía hablar con sus amigos fallecidos.

Aunque, es verdad, se trata de una conversación peculiar, pues suele ser silenciosa (he hablado de esto aquí). Señala con agudeza Holbrook Johnson en su curioso Anatomy of Bibliomania, lo siguiente:

«Muchos han dicho que una de las preciosas cualidades de esta compañía [la de los libros] es que es silenciosa; pero hay toneladas de evidencia de que, aunque silenciosos, los libros no son mudos, saludan a sus amantes y están siempre dispuestos a hablar con ellos».

Así que, aunque silenciosos, no son mudos, claro que no. A pesar de que no hablen en alto (si bien a veces lo hacen, solo tenemos que prestarles nuestra voz), sus musitados discursos llegan muy profundamente, al fondo del alma; conmueven el corazón, estimulan el intelecto; apremian y azuzan a la voluntad; ejercitan nuestra memoria; acarician el alma; e incluso la sacuden y la despiertan cuando parece dormida o anestesiada. Pero para ello, hay que estar atentos.

Tal y como nos dice Emily Dickinson, su musitar es como el viento, y

«Ofrecen una música, como de melodías
sopladas trémulamente en un cristal».

Una música muda que invita a escuchar. Con un silencio de «melodía sin frase», de «melodía sin fecha», como dice la poeta. Silencio cuyos «ecos vuelan por el aire frío», o hacen «retumbar el aire mudo». Un silencio de lo más elocuente, íntimo y locuaz en su susurro. Así es la lectura profunda, que nos adentra en las entrañas mismas del libro.

Además, se trata de un dialogo agradable, que, con el tiempo, puede hacer nacer en nosotros un afecto que podríamos denominar libresco. Maquiavelo, que poco tenía de compasivo y sentimental, decía que cuando leía y estudiaba «pasaba a las antiguas cortes de los hombres antiguos, para ser recibidos con amor por a ellos».

Se trata de un sentimiento que nos toca el corazón y puede condicionar nuestra vida. San Anselmo se apartaba del mundo para dedicarse a sus libros favoritos, que apenas podía abandonar ni de noche ni de día, pues, como san Jerónimo y san Isidoro, era un gran amante de los libros. A mediados del siglo XIV, Richard de Bury, obispo de Durham, llegó a escribir un breviario sobre el amante del libro, el Philobiblon, donde puso de manifiesto su gran pasión.

Este afecto libresco va más allá de la trama, del estilo, o de la brillantez de la escritura, profundizando en una sima arcana y muy particular, y despertando una sensibilidad densa y significativa difícilmente explicable. Y termina conduciendo a una ligazón con la obra, a un compromiso. Asumir un compromiso con alguien implica vincularse totalmente con él, hacerle una promesa. Comprometerse con un libro es algo parecido. Hay una conversación, a veces incluso una relación continua, entre el lector y lo leído, y el lector y el escritor. En algunos casos se circunscribe al solo libro de un solo escritor, incluso aborreciendo al escritor mismo. En otras ocasiones la relación se establece con un escritor concreto y con todo lo que produce. Y muchas veces abarca a varios libros y varios escritores.

Así que, adentrémonos en esa conversación, y hagámoslo con nuestros hijos. Si elegimos los libros adecuados nacerá entre ellos y nosotros un afecto sincero. Aunque habremos de ser prudentes: no hay que llegar a los extremos de perder casi la razón, como el caso del bibliófilo del que nos habla Flaubert:

«Esta pasión le había absorbido por completo. Apenas comía, ya no dormía, pero soñaba días y noches enteras con su idea fija: los libros. Soñaba con todo lo que una biblioteca real debía tener de divino, sublime y bello, y soñaba con hacerse una biblioteca tan grande como la del Rey. ¡Cuán libre respiraba, cuán orgulloso y fuerte se sentía, cuando echaba el ojo a las inmensas galerías donde la vista se perdía en los libros! ¿Levantaba la cabeza? ¡libros! ¿La bajaba? ¡Libros! A la derecha, a la izquierda, ¡aún más libros!».

Creo que fue John Donne el que afirmó que el mundo es un gran volumen y el hombre su índice. No sé si esto es así, pero es una imagen sugerente. Y con ella les dejo.

    

CONSTRUYENDO UN HÁBITO (VII). LA CONVERSACIÓN

DE NUEVO, SOBRE LA CONVERSACIÓN Y LOS LIBROS

11.06.24

«¡Vive la différence!», con Mark Twain

 «Hellelil y Hildebrand, encuentro en las escaleras de la torre». F. W. Burton (1816-1900). 

  

        

        

«¡Mis hombres se han convertido en mujeres y mis mujeres en hombres!».

Heródoto

  


«¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, varón y mujer los hizo y dijo: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”?».

Mateo, 19, 4.

  

 

Nuestros vecinos franceses han acuñado una frase que se ha hecho famosa en todo el mundo: «¡Vive la différence!». La conocida expresión se refiere a la natural disparidad entre los dos sexos en los que se encarna el ser humano, las mujeres y los hombres, a la vez que hace honor a la dicha que tal contraste trae consigo en el vivir humano.

Si bien la frase suele atribuirse a Anatole France, seguramente ustedes la recordarán mejor por la película de George Cukor, «La costilla de Adán» (1949). En el tramo final de la cinta, tras sostener la protagonista, Katherine Hepburn, la igualdad absoluta entre los sexos, concedía a su partenaire, Spencer Tracy, la posibilidad de alguna diferencia, aunque «insignificante», a lo que Tracy replicaba: «¡Vive la différence!».

No obstante, en nuestro avanzado y confortable presente, la referida frase ha devenido en tabú; se ha convertido en lo que, eufemísticamente, se califica de «políticamente incorrecto» y, por tanto, en algo indecible.

Sin embargo, a pesar de esta negación, día a día hemos de lidiar con dos hechos incómodos relacionados con este tema del sexo y su natural alteridad.

Me refiero, por un lado, al grado de insatisfacción o infelicidad que padecemos como sociedad, y en el que las mujeres parecen llevar la peor parte, y por otro, al enconado enfrentamiento que se ha desencadenado entre los dos sexos.

Numerosos estudios demuestran la conocida como «paradoja del declive de la felicidad femenina»: aunque desde el punto de vista material la vida de las mujeres occidentales ha mejorado en los últimos 50 años, las encuestas muestran que su felicidad ha disminuido, tanto en términos absolutos como en comparación con los hombres, y ello independientemente de la medida utilizada —ansiedad, depresión, miedo, tristeza, soledad, ira—.

Por lo que respecta a la cuestión del enfrentamiento entre sexos no creo necesario remitirles a ustedes a ningún estudio, basta con estar atentos a la actualidad social y política.

Las causas de tal situación son diversas, pero una de las mayores radica en la colonización ideológica de nuestras mentes por credos seculares como la ideología de género y el feminismo, peligrosas e inquietantes cosmovisiones radicalmente contrarias a la realidad, que sostienen, entre otros dislates, la inexistencia de la mentada diferencia, haciendo de la vida masculina que teóricamente venían a derogar, la norma para todos, en directo detrimento tanto de la mujer como del hombre.

Y como suele suceder cuando se altera lo que está en orden, el sinsentido de adueña de todo: fornidos transexuales abusan de las atletas; las demandas para abolir la separación de sexos en los deportes amenazan estos eventos; muchas jóvenes rechazan la maternidad y abortan bajo la amenaza de un invierno demográfico; los denominados drag queens parodian la belleza femenina, mientras esta se usa más que nunca como entretenimiento, instrumento de comercio, o material de consumo sexual; aumenta la esclavitud de mujeres para el placer de los hombres, y cada vez a edades más tempranas; y cada día que pasa son más las mujeres que se esclavizan a sí mismas sin saberlo bajo la proclama de su empoderamiento, al tiempo que minan su dignidad.

Por si fuera poco, tales ideologías han azuzado un forzado enfrentamiento entre los sexos que ha engendrado una hostilidad antinatural, lo que ha perjudicado a mujeres y hombres por igual.

Y es que, ambos sexos sufren cuando se menosprecian los atributos y la verdad natural de uno de ellos. Cuando a las mujeres no se les permite ser mujeres, los hombres no pueden ser hombres, y viceversa. Los dos sexos están hechos el uno para el otro y, si se corrompe uno, se corrompen ambos.

Así, hoy, asistimos a un mundo infeliz, atiborrado de pastillas y de soledad, donde las mujeres y los hombres vagan perdidos, explotados, infelices, alienados, y en guerra las unas con los otros.

Y a pesar de este desastre, las feministas y los ideólogos del género se aferran a sus ilusiones de liberación. Sin embargo, una parte cada vez mayor de la población, incluyendo por igual a hombres y mujeres, se ha dado ya cuenta de la gran estafa.

La buena noticia es que hay respuestas reales a estos disparates. Respuestas que derriban falsos y dañinos mitos. Para las víctimas de estas ideologías perversas, hay una luz que brilla en la oscuridad. La puerta está abierta y las luces están encendidas. Solo hay que regresar a casa.

Aunque no hay que ser ingenuo; no será fácil. Estas ideologías se presentan engalanadas bajo la seductora máscara de la igualdad y de la justicia.

Sin embargo, digan lo que digan estos ideólogos y sus voceros, la realidad siempre termina imponiéndose. Los hombres y las mujeres son esencialmente iguales, claro que sí. La fe cristiana sostiene que Dios ha dado a cada persona humana, sin distinción de sexo, la inteligencia y la voluntad, y sobre esta base se asienta una igualdad ontológica fundamental de todas las personas, como imágenes del Dios del entendimiento y del amor. Pero al mismo tiempo, mujeres y hombres son diferentes.

Y estas diferencias (estructurales, funcionales, manifestadas en el sexo y en diferentes disposiciones, no solo físicas, sino también espirituales y de carácter) tienen, además, una razón de ser. No son fruto de un azar sin sentido, así como tampoco imposiciones nacidas de una dominación (en este caso, de los hombres sobre las mujeres: el tan mentado patriarcado). Por el contrario, responden a un propósito y a una función. Los cristianos creemos que a una disposición de Dios mismo, y, por tanto, su razón última está oculta tras el misterio.

Ahora bien, le guste o no a estas ideologías, es una realidad que, en esta existencia terrenal nuestra, los hombres están más (e incluso, únicamente) cualificados para determinadas funciones, y las mujeres para otras. No porque unos sean superiores a otros, sino porque, debido a esas cualificaciones, ejercerán mejor esas funciones o serán los únicos capaces de hacerlo (pensemos en la paternidad y en la maternidad). 

Diferencias estas que, además de existir, son fundamentales para el vivir humano, pues son las que permiten que el hombre y la mujer se encuentren, cara a cara, dispuestos a ofrecerse como un don mutuo, y, a su vez, son las que facilitan esa entrega. Solo nos enriquece lo que nos falta. Así sucede entre hombres y mujeres. Y esos dones (la otra cara de esas diferencias) que cada uno aporta a la vida en común, serán necesarios para cumplir su misión, encomendada a ambos:

«Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla».

Es en ese plano de ejercicio de funciones complementarias orientadas al bien común y a la comunión entre unas y otros, donde debe comprenderse la natural diferencia entre mujeres y hombres.

Pero todo ello no es comprendido por el feminismo y sus derivadas ideológicas, que en sus agresivas reivindicaciones no son capaces de concebir un mundo en el que, partiendo de esas diferencias, haya un lugar para la contribución positiva del género masculino en el florecimiento femenino, y viceversa.

Por ello, únicamente un redescubrimiento de la verdadera condición de mujer (y de la maternidad), y de la condición de hombre (y de la paternidad) puede sacar a nuestra sociedad del abismo. Esto presupondrá, para mujeres y hombres, la aceptación franca de sus consustanciales diferencias, tomándolas como aptitudes complementarias y enriquecedoras, lo que, a su vez, permitirá recuperar la natural colaboración a la que están llamados ambos. Lo que siempre ha sido, y lo que nos ha traído hasta aquí.

Y, como de costumbre, la literatura puede acudir en nuestra ayuda, brindándonos un pequeño auxilio en esa vuelta al hogar; eso sí, siempre que la dejemos ayudarnos. Solo tenemos que hacernos con el libro adecuado. Y quizá uno de estos libros sea Los diarios de Adán y Eva, escritos por el famoso Mark Twain.

Porque, ¿qué mejor que referirnos en este asunto a lo que fue «en el principio», al momento fundacional del matrimonio, de la ordenación de la más básica comunidad humana, origen de la familia? Un matrimonio como culminación de la atracción natural que nace de esas, siempre reconciliables, diferencias.

Pocos libros muestran como este, el atractivo de las naturales disparidades que median entre los dos sexos, y lo hacen de una forma tan desenfadada, tierna y exacta; al igual que pocas obras describen tan gráfica y claramente la interdependencia y complementariedad que hay entre hombre y mujer, y su disposición natural al matrimonio como unión monógama, indisoluble, fructífera y fiel de ambos sexos.

El planteamiento viene descrito en su expresivo título: Twain escribe sobre la primera historia de amor entre un hombre y una mujer, y muy probablemente la única por lo que tiene de arquetípica, la que todo hombre y mujer que se aman deberían vivir, y que se repite, indefectiblemente, desde el principio de los tiempos. Y lo dispone todo para que sean ellos mismos los que nos la cuenten.

Con sutileza, fina ironía, y una profundidad psicológica pasmosa, Twain nos muestra, no solo la distinta manera de ver el mundo y de vivir la vida que tienen hombres y mujeres; sino, las eternas discrepancias y malentendidos que se dan por ello, que, en unas ocasiones enredan y en otras, dan agudo interés a sus pertinentes e inevitables relaciones.

Por supuesto que excluyo de mi recomendación la lectura satírica que el autor hace del libro del Génesis, impulsado por su conocida postura contra el cristianismo. Aun así, vale la pena acercarse a este libro, ya que su tono humorístico y burlón no afecta a quien está advertido y posee una formación catequética básica, y, su claro enfoque de los complementarios contrastes entre hombres y mujeres lo hace muy actual e interesante.

La obra es también un claro homenaje de Twain al matrimonio que mantuvo con su querida esposa, Olivia Langdon Clemens, nacido de uno de los más curiosos y originales noviazgos de la historia de la literatura (se cortejaron haciendo uso de los libros, expresando a través de su correspondencia sus expectativas, deseos y sentimientos mediante numerosas referencias literarias). Twain comenzó a escribir este breve libro poco antes del fallecimiento de su amada esposa y lo terminó unos años después.

Sus últimas líneas son conmovedoras, y, quizá por eso, verdaderas, como fundamentos del matrimonio al que el libro rinde homenaje:

«Cuarenta años después

Es mi ruego, es mi anhelo que ambos partamos juntos de esta vida —un anhelo que nunca perecerá en la tierra, sino que tendrá un lugar en el corazón de cada amante esposa hasta el fin de los tiempos, y será llamado con mi nombre.

Pero si uno de los dos tiene que partir primero, ruego que sea yo, pues él es fuerte, yo soy débil, y no soy tan necesaria para él como él lo es para mí; la vida sin él no sería vida: ¿cómo podría soportarla? Esta plegaria también es inmortal, y no dejará de ser pronunciada mientras perdure mi raza. Soy la primera esposa, y la última será una repetición mía.

En la tumba de Eva:

Adán:

«Dondequiera que ella estuviera, allí estaba el Edén».

Un esperanzador y divertido libro que deben leer sus jóvenes hijos, y ustedes también, claro. Para que con su lectura redescubramos, y presentemos a nuestros hijos, esa desconcertante y emocionante delicia que es la natural y sana relación entre un hombre y una mujer que se aman.

Porque, recuerden, aunque sea pequeña y, en ocasiones, deliciosamente perturbadora:

«¡Vive la différence!».