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31.05.24

Las aventuras de Huckleberry Finn

   «Mapa de “La aventuras de Huckleberry Finn"». Obra de Everett Henry (1893-1961).

   

    

      

 

«Porque lo que está bien, está bien y lo que está mal, está mal, y cuando uno no es un ignorante y sabe lo que se pesca, no tiene derecho a obrar mal».

Mark Twain. Las aventuras de Huckleberry Finn

 

 

 

¿Novela infantil y juvenil o novela para adultos? ¿Clásico indiscutible o desafortunado intento? Por supuesto que tengo mi opinión personal sobre estas cuestiones, pero, que quieren que les diga; en cierto modo, tales disquisiciones académicas me dan un poco igual. Les recomiendo que lean Las aventuras de Huckleberry Finn si todavía no lo ha hecho, o lo relean si lo hicieron en sus años mozos; y, si les gusta y les parece conveniente, dénselo a leer a sus hijos. Yo lo hice, todo ello, y puedo decirles que estoy muy satisfecho (y mis hijas, también).

Dicho esto –que los expertos en retórica criticarían, pues semeja más la conclusión que la apertura–, si les parece bien, podemos contar algunas cosas sobre Huck y sus aventuras por el Misisipí.

Allá por el año 1875, Mark Twain acababa de terminar uno de sus mayores éxitos literarios, Las aventuras de Tom Sawyer (publicado al año siguiente, y comentado aquí), pero en una carta por esas fechas nos indica que ya estaba pensando en Huck:

«He terminado la historia [Tom Sawyer] y no he llevado al chico más allá de la niñez. Creo que sería fatal hacerlo de cualquier otra forma. En algún momento tomaré a un niño de doce años y lo llevaré por la vida (en primera persona), pero no a Tom Sawyer; no sería un buen personaje para ello».

Un año más tarde, vuelve sobre el asunto en otra misiva:

«Empecé otro libro para chicos, más para trabajar que para otra cosa. Llevo escritas unas cuatrocientas páginas, por lo que está casi a la mitad. Es la Autobiografía de Huck Finn. Me gusta bastante, por lo que he podido leer, y es posible que cuando termine el esbozo, o bien lo titule y lo maquete, o bien lo queme».

Y ya en 1883, en otra carta, escribe:

«Estoy avanzando en un libro extenso que dejé a medias hace dos o tres años. Espero terminarlo en un mes, seis semanas, o, como mucho, dos meses. (…). Es una especie de compañero de Tom Sawyer. Hay en él un episodio con una balsa».

Finalmente, el libro vio la luz (aunque por el camino Twain abandonó su intención inicial de seguir el desarrollo de Huck hasta la edad adulta), siendo publicado primero en Inglaterra en diciembre de 1884, y datando la primera edición en Estados Unidos de febrero de 1885.

La recepción del libro por la crítica fue, por decirlo suavemente, polémica. Recibió gran número de críticas negativas, por ejemplo, Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas, reprochó a Twain que, si no tenía algo mejor que decir a los chicos, dejara de escribir para ellos. Este clima crítico difícilmente podía anticipar los elogios de figuras como T. S. Eliot y Ernest Hemingway cincuenta años después, y, sobre todo, su enorme éxito de ventas, pero entronca con el fuego aniquilador y censurador que soporta la obra en nuestros días, animada por los nuevos movimientos woke que nos asolan.

Eliot elogió la novela en un famoso prólogo, y fue uno de los pocos críticos que consideró “correcto” que la historia volviese en su final, en los capítulos denominados de “evasión”, al estado de ánimo de su precuela Tom Sawyer. Pero, Ernest Hemingway, al tiempo que dedicaba a la novela las mayores alabanzas, diciendo que toda la literatura estadounidense moderna proviene de ella, y que se trata del mejor de los libros estadounidenses, no dejó de advertir lo siguiente:

«Si, debes leerlo, pero debes detenerte donde los chicos recuperan al negro Jim. Ese es el verdadero final. El resto es simplemente hacer trampa».

Discrepo de Hemingway y estoy con Eliot. Quizá porque, como el poeta angloamericano señaló, al igual que «la mayoría de nosotros», Mark Twain «nunca llegó a ser maduro en todos los aspectos. Incluso podríamos decir que su lado adulto era juvenil, y que solo el niño que había en él, que era Huck Finn, era adulto», lo que explicaría su facilidad para trasladarnos, con diversión y deleite, los recuerdos de su propia infancia, «aún dignos de desear, aunque perdidos y desaparecidos para siempre», para que sus lectores pudiéramos disfrutarlos tanto como él.

La trama de la historia es bien conocida, narrando las tribulaciones y peripecias de joven Huck Finn tras huir de su padre borracho y encontrase con su futuro amigo, el esclavo fugitivo Jim; ambos deciden efectuar una accidentada bajada por el río Misisipí en una balsa, culminando el relato con un reencuentro final con su camarada Tom.

Pero el libro guarda entre sus tapas mucho más que eso. Hay en él, por supuesto, una enseñanza moral, aunque esta no esté garabateada en cada página, y a pesar de la advertencia –muy probablemente humorística– con la que Twain presenta su libro:

«AVISO

Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán perseguidas. Aquellas que intenten hallar una moraleja serán desterradas.
Y las que traten de encontrar un argumento serán fusiladas».

Decía Chesterton que la Odisea es, y siempre será, uno de los grandes libros de la literatura universal, porque realmente toda vida es como un viaje. Una idea que ha sido objeto de innumerables declinaciones literarias, aunque quizá tenga su versión más auténtica y trascendente en la parábola del hijo pródigo. Y una de esas variaciones podrían encontrarse ciertamente en las aventuras de Huck Finn; hay en esta historia algo de la Odisea, y en su protagonista, Huck, algo de Ulises.

El viaje —representado por la navegación en balsa por el Misisipí—, es el centro de la historia. Un viaje que transforma al protagonista en muchos aspectos. Andrew Lang opinaba que Mark Twain se había vuelto homérico con este libro, aunque quizás no se había dado cuenta; lo cierto es que se han señalado muchas analogías entre las dos obras, no solo la del viaje en sí: el uso de disfraces de Tom y Huck al final del libro está en la tradición del regreso a casa de Ulises y de su buscado anonimato una vez llega; y el encarcelamiento de Huck en la cabaña, la destrucción de la balsa, e incluso, Huck fingiendo su propia muerte y más tarde escondiendo oro en un ataúd, en una especie de descenso al mundo de muertos, pueden verse como reflejos —algunos muy tenues, es verdad— del viaje que nos cantó Homero.

Pero si hay alguna moraleja en el libro —sea a causa o a pesar de su autor—, es la forma en la que se produce el crecimiento moral del protagonista, la lucha que en su interior libran su conciencia y su conformidad con el estado de opinión en el que había crecido al respecto de la legitimidad de la esclavitud. Huck había sido educado en un perverso ambiente esclavista, pero su odisea por el río se convierte para él en una camino hacia la verdad, y la amistad que brota entre Jim y él desencadena la liberación de su conciencia, dándole su verdadera dimensión de profundidad y verdad (he tratado este tema aquí).

El crítico Lionel Trilling, escribió una buena recomendación sobre Huck y sus aventuras que no me resisto a reproducir:

«Uno puede leerlo a los diez años y luego cada año, y cada nuevo año descubrir que es tan fresco como el año anterior, que sólo ha cambiado algo por hacerse un poco más grande. Leerlo joven es como plantar un árbol joven: cada año añade un nuevo anillo de crecimiento de significado, y es tan poco probable que el libro se vuelva aburrido como el mismo árbol. Así, podremos imaginar como habrá sido el crecimiento de un niño ateniense junto a la Odisea. Hay pocos libros que podamos conocer tan jóvenes y amar durante tanto tiempo…».

Totalmente de acuerdo.

Así que, ahora toca acabar, pues tras esto nada más se puede añadir; y lo hago al estilo de Huck:

«No queda nada más por escribir».

20.05.24

El misterio y la tragedia de un lamentable olvido

    «Los cinco cerditos». Elizabeth Shippen Green (1871-1954).

    

 

«Algunos libros nos dejan libres y otros nos hacen libres».

Ralph Waldo Emerson


«La lectura es importante porque si sabes leer, puedes aprender cualquier cosa sobre todo y todo sobre cualquier cosa».

Tomie de Paola

 

 

Uno de esos pequeños misterios que nos rodean es por qué los libros para niños han recibido –y, a pesar de todo, siguen recibiendo– tan poca atención. Y, también, por qué han sido relegados siempre –hoy, también–, a la cola de los retrasados y menos favorecidos y elogiados. Vamos, que suele considerarse a esta literatura como de segunda categoría. Sin embargo, ninguna clase de libros es tan importante en el desarrollo de los hábitos de lectura de una nación, y, por ende, son tan cruciales para elevar, no solo en grado de alfabetización de su población, sino, igualmente, su nivel de espíritu crítico, independencia y libertad. Consecuentemente, aunque sólo fuera por esta razón, deberían ser estudiados, apreciados y, en su caso, alabados como ningún otro tipo de libro. 

Lo curioso del caso es que, además de todo ello, son igualmente dignos de atención por sí mismos, lo que acrecienta enormemente el misterio. Grandes clásicos de la belleza literaria, la poesía y el romance se cuentan a docenas entre ellos. Autores consagrados de todos los tiempos recurren a la mente y el espíritu infantil en momentos de exuberancia creativa, alegría y fantasía y, en ese trance, crean un tipo muy especial de libro que a menudo surge de una inspiración profunda, bebiendo, como ninguno, de la emoción más propicia y creadora: el asombro.

Más, a pesar de todo ello, la literatura infantil y juvenil sigue siendo la hermanita pequeña, fea y desaliñada, que nadie quiere, la cenicienta olvidada por todos, a la que todos repudian, y con la que nadie desea relacionarse públicamente, o a lo sumo el juguete ocasional con el que algunos se distraen y otros experimentan magnanimidad y generosa grandeza de corazón: migajas del supuesto talento artístico de muchos, un talento que se pretende poseer en cantidades a espuertas, pero del que se da poca cuenta y razón.

Sin embargo, si nos fijamos bien, esa descalificación, que se anuda con insistencia a la literatura para niños y jóvenes, no tiene fundamento. Como ya he apuntado, los libros para niños puede ser una muy útil herramienta para el desarrollo y la formación lingüística, cognitiva y moral, amén de un eficaz medio de entretenimiento y distracción. Es más, muchas de esas obras tienen igualmente valor literario, artístico y estético, tanto como pudiera tener cualesquiera otro tipo de literatura. Por esta razón, la literatura infantil y juvenil escapa a cualquier tipo de encasillamiento, y se resiste a ser encerrada entre las estrechas paredes cronológicas de la infancia y la juventud. Trasciende y desborda esos límites, abarcando todas las épocas, todos los estilos y géneros (poesía, narración, teatro, humor, fantasía, relato histórico, detectivesco, entre otros), y todas las edades (desde la primera hasta tercera edad).

Así, algunos estudiosos sostienen que sus inicios podrían rastrearse en la antigua civilización babilónica, en la tercera dinastía Ur; en todo caso, las Fábulas de Esopo tienen su claro origen en la Grecia clásica, y los cuentos de hadas populares se forjaron en las duras noches de inviernos inmemoriales, con las familias –niños incluidos– reunidas alrededor de una hoguera.

Por otro lado, ¿es Emilio y los detectives, de Erich Kästner, un simple thriller? ¿Es la serie de La casa de la Pradera, de Laura Ingalls Wilder, un caso de novela histórica? ¿Una arruga en el tiempo, de Madeleine L’Engle, es quizá una clásica historia de ciencia ficción? ¿Podría ser El conejo de terciopelo, de Margery Williams Bianco, un relato de juguetes como cualquier otro? ¿Son acaso los cuentos de Beatrix Potter meras historias de animales? ¿Es Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, únicamente una narración de humor absurdo? La respuesta a todas estas preguntas es sí, pero también no, ya que en tales obras hay más de lo que esas simples etiquetas pueden expresar.

Por último, muchas de las obras de la literatura infantil y juvenil van más allá de la infancia y la juventud. Tienen un largo alcance que las hace intemporales. Alguno de sus clásicos autores nos lo explican, como por ejemplo, el gran George MacDonald, quien sostenía lo siguiente:

«Yo escribo, no para niños, sino para aquellos que son como niños, ya tengan cinco, cincuenta, o setenta y cinco años».

Por su parte, su discípulo espiritual, C. S. Lewis, apuntalaba el caso diciendo que «no merece la pena leer ningún libro a los cinco años a menos que valga la pena leerlo también a los cincuenta y más», y continuaba argumentando de esta manera:

«Cuando tenía diez años leía cuentos de hadas en secreto y me habría avergonzado si me hubieran encontrado haciéndolo. Ahora que tengo cincuenta los leo abiertamente. Cuando me convertí en hombre, dejé de lado las cosas infantiles, incluido el miedo a la infantilidad y el deseo de ser muy adulto».

Lewis pone aquí de manifiesto una especie de complejo a ser calificado de infantil, y, por tanto, inmaduro y poco sofisticado, que anida, no nos engañemos, en las profundidades del alma de muchos adultos, cosa que por otro lado no afecta al niño, quien, como apunta agudamente Gianni Rodari, sin complejo alguno «trepa a la estantería de los adultos y se apodera en donde puede de las obras maestras de la imaginación»; ya les hablé de esto aquí. Por tales razones, la mayoría de los grandes y buenos libros infantiles y juveniles son para todo tiempo y edad.

Pero lo que acabamos de relatar que acontece a la literatura infantil no es un fenómeno aislado; lo mismo ocurre con la enseñanza y con el rol de aquellos en quienes debe, por naturaleza y disposición, descansar aquella: padres y maestros –verdaderos padres y maestros, aclaro, no solo nominales y figurantes–. No se les reconoce, ni siquiera, la obligación –no digamos el derecho–, y no se da la suficiente importancia y trascendencia a esa digna y fundamental labor a la que están llamados.

La razón de uno y otro olvido, de una y otra relegación y desprecio, está el mismo lugar, y no por escandalosa es menos cierta. No hay un deseo real de criar y educar hombres libres, espíritus críticos (de ahí la postergación de aquella, antaño central, educación liberal); una educación liberal que consistía en la formación integral del hombre, lo que el cardenal Newman identifica como educación bajo la llama de una razón iluminada o esclarecedora, un «cultivo real de la mente» que permita a una persona «tener una visión o comprensión coherente de las cosas», que le dé el «poder de discriminar entre la verdad y la falsedad», así como la capacidad «de ordenar las cosas según su valor real». Una educación que se manifiesta en «buen sentido, sobriedad de pensamiento, razonabilidad, franqueza, autocontrol y firmeza de visión», de tal manera que dé a su destinatario la «facultad de entrar con relativa facilidad en cualquier tema de pensamiento, y de emprender con aptitud cualquier ciencia o profesión»; «el poder de ver muchas cosas a la vez como un todo, de remitirlas por separado a su verdadero lugar en el sistema universal, de comprender sus respectivos valores y determinar su dependencia mutua».

Sin embargo, hoy, lo que se pretende con aviesa intención, es formar buenos esclavos, dóciles, manipulables, fabricar en serie zombis espirituales a los que domeñar y conducir doquiera lugar deseen los que ostentan el poder.

Y es que, muchas veces –si no, la mayoría de ellas– la simpleza y la sencillez adquieren el destello deslumbrante de la verdad. A menudo, el misterio de la existencia misma es más fácilmente intuido en el breve esbozo de un relato infantil, o en un poema en apariencia trivial, impactando profundamente en el fondo del alma. Somos más simples, y a la vez más complejos, de lo que nos imaginamos. Ocurre que nos creemos complejos en aquellos aspectos en los que no lo somos, y más simples de lo que en ocasiones nuestro orgullo nos permitiría aceptar.

Pero lo cierto, guste o no a nuestro ego, es que, como resalta Romano Guardini en su libro Los sentidos y el conocimiento religioso (1922), en todas y cada una de las cosas creadas hay un algo originario, peculiar y propio que se encuentra detrás de su realidad concreta y singular, de aquello que aparentemente vemos con nuestros ojos físicos, y que eso es, ni más ni menos, «el poder creador de Dios». Esta experiencia originaria, centrada en el verdadero asombro, es lo que puede conducirnos a un hecho básico: que todas las cosas –y nosotros entre ellas– han sido creadas. Un hecho que, según Guardini, se ve. Pero, ciertamente, hoy día muchos no ven ni con sus ojos físicos. Solo aquellos más simples, menos sofisticados, menos adocenados y artificialmente condicionados –como son los niños– pueden realmente ver. De esta manera, sus ojos, al mirar las cosas, les dicen:

«¡Mira el misterio; siente tu condición de criatura!».

Así que, lo que nos resta para alcanzar esa visión es la humildad primigenia de la infancia, los «ojos del alma» del niño. Nos falta rescatar para nosotros la original, la lúcida y pura mirada del pequeño que se asombra con todo, volver a poseer esos ojos infantiles, según Chesterton, tan «grandes y brillantes que parecen contener en su admiración a todas las estrellas»; y nos falta también ayudar a nuestros hijos a que conserven esa preclara visión suya, como el precioso tesoro que es. Pero, antes, hay que volver a hacer nuestra una virtud nada popular hoy (en realidad nunca lo ha sido), la ya mentada humildad. El cardenal Newman nos lo explica:

«Su percepción (de la belleza poética de las cosas y lo que nos transmite sobre la realidad), exige pues, como condición primordial, que no nos acerquemos a los objetos en los que reside, sino a sus pies: que los consideremos por encima y más allá de nosotros. Que debemos mirar hacia arriba, por sobre ellos. Y que, en lugar de imaginarnos que podemos superarlos, debemos dar por sentado que nosotros mismos estamos rodeados y comprendidos por ellos».

Solo así podremos intentar acercarnos al misterio de la existencia misma. Y si los libros infantiles alcanzan alguna vez la importancia y trascendencia que realmente encierran, en verdad estaremos cerca de ello.