La virtud de la misericordia y el sentimiento de la compasión (La muerte de Iván Illich)

  «Jacob, en su lecho de muerte, besa a los hijos de José». Obra de Rembrandt (1606-1669).

   

 

   

«La cualidad de la misericordia no es la obligación.

Se derrama simplemente, como la dulce lluvia sobre la tierra.

Es dos veces bendita: bendice al que la da y al que la recibe».

 

William Shakespeare. El mercader de Venecia.

 

   

   

Chesterton nos advirtió en su día de que el mundo moderno estaba invadido por viejas virtudes cristianas que se habían vuelto locas. Que una de esas locas virtudes es la de la misericordia, no parece presentar dudas. El problema con esta virtud es común a todas ellas. Me estoy refiriendo al sentimentalismo, entendido como la confusión de las virtudes con los buenos sentimientos, y el otorgamiento a estos últimos de la dirección de la conducta, dándoles una primacía indebida sobre la voluntad y la inteligencia.

Sí acudimos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, veremos que define a la compasión como el «sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien». Se trata por tanto de un resorte emocional que, a modo de un motor de arranque, conduce a la acción y mantiene y apuntala el empuje de la misma.

Sin embargo, no podemos olvidar que la compasión es un sentimiento y, como todo sentimiento, es en sí mismo neutro moralmente. Por ello precisa de una guía que encauce su impulso y lo dirija a su fin; una orientación y pilotaje que venía siendo dada tradicionalmente por la virtud de la misericordia. Una virtud que podría definirse como un acompañar, consolar y atemperar en lo posible, el sufrimiento y la miseria ajena, y cuyo fundamento último descansaría en el amor.

Pero, de un tiempo a esta parte, el sentimiento y la virtud han sido separados, y en este vagar errante y solitario de ambos, el sentimiento compasivo ha dejado de ser encauzado a través de la práctica de la virtud misericorde, conduciendo con frecuencia a un error en el obrar.

La cultura contemporánea, alejada de todo lo trascendente, generalmente considera, en aras del sentimentalismo comentado, que los sentimientos altruistas son una sólida guía de conducta. Su regla de oro ya no es, como nos dice la sabiduría perenne, que se debe obrar el bien y no hacer el mal, sino que consiste en que hay que evitar el dolor y el sufrimiento y procurar el placer y el disfrute. La moralidad a menudo se reduce a hacer todo lo posible para minimizar los padecimientos y maximizar los goces. Siguiendo esta senda hedonista, con demasiada frecuencia podemos encontrarnos ante la tentación de tratar de lograr el bien haciendo el mal, que es precisamente lo que ocurre cuando este sentimiento compasivo mueve a las personas a suicidarse para aliviar o ayudar a otros, o a matar a otros ––a petición suya o no–– para poner fin a sus sufrimientos.

Y aquí es donde se fundamenta la falsa y perversa identificación de la eutanasia con un proceder compasivo y hasta con una expresión de amor.

Pero, la decisión de suicidarse o de matar a otro no es nunca un ejercicio de caridad, sino que es gravemente contraria a ella porque la destruye. La vida es la realidad concreta de una persona y la muerte es su dejar de ser. Consecuentemente, la decisión de matar a un ser humano conlleva siempre la voluntad de aniquilarlo. Frente a ello se alza, luminosa, la caridad, que crea, sostiene, nutre y valora, pero que nunca destruye.

Y en la literatura encontramos reflejos de todo ello. Hay una novela donde la armonía entre la virtud de la misericordia y el auténtico sentimiento de la compasión está bien mostrada. Me refiero a La muerte de Iván Illich (1886), de León Tolstói. No es una obra que trate específicamente el problema del que les hablo, sino que su temática es más amplia, abarcando cuestiones tan profundas como el sentido de la vida y de la muerte, o la de como la inminencia de esta última puede hacernos conscientes de una vida malograda, y a menudo, puede brindarnos la ocasión para una redención final. No obstante, el relato de Tolstói establece un escenario apropiado para el tema (los últimos días de un hombre con una agonía atroz) y ejemplifica en uno de sus personajes la armoniosa confluencia entre la virtud y el sentimiento tratados.

La novela relata la vida y, sobre todo, la muerte del hombre que da título a la obra, Iván Illich, y representa, entre otras cosas, un retrato detallado y fiel de una agonía, y de los sufrimientos físicos, espirituales y morales que la acompañan. El personaje que quiero destacar aquí es el modesto criado Gerasim, el único que reconoce la realidad de la muerte del protagonista con naturalidad, frente a la posición de indiferencia que muestran todos los demás (esposa, hija, médicos y otros sirvientes). Esta actitud le conduce a empatizar con su amo moribundo y a hacer todo lo posible para que se encuentre bien, permitiéndole incluso que apoye las piernas sobre sus hombros durante horas para aliviar un poco su dolor. Gerasim no es nadie para su patrón, es el lacayo más humilde de todos, pero es la única persona que le conforta. El protagonista va viendo como cada día que pasa la muerte está más cerca, y aunque el dolor y la angustia son agudos y constantes, encuentra consuelo en su criado:

«Gerasim era un joven campesino, limpio y lozano, siempre alegre y espabilado, que había engordado con las comidas de la ciudad.

(…)

Iván Ilich llamaba de vez en cuando a Gerasim, le ponía las piernas sobre los hombros y gustaba de hablar con él. Gerasim hacia todo ello con tiento y sencillez, y de buena gana y con notable afabilidad, lo que conmovía a su amo».

El moribundo solo se siente bien en la compañía de su asistente, porque este es el único que le comprende y que se preocupa de verdad por él, y la sola persona que no le miente. La síntesis de esta conducta misericorde y compasiva se recoge en un breve pasaje de la novela, en el cual el solícito criado le dice a su patrón:

«—Todos tenemos que morir. ¿Por qué no habría de hacer algo por usted? —expresando así que no consideraba oneroso su esfuerzo porque lo hacía por un moribundo, y esperaba que alguien hiciera lo propio por él cuando llegase su hora».

Los actos del sirviente hablan a las claras de caridad. Su sentimiento de compasión es verdadero, porque es expresión de esa caridad. Su atención y sus cuidados, su compañía y su talante no dejan lugar a dudas, y le dicen al moribundo que vale la pena padecer con él, que le aprecia lo suficiente como para compartir sus penurias y sufrimientos, y que su continua presencia consoladora ––hasta el último instante–– es un signo del aprecio que siente por él. Por el contrario, una malentendida compasión que conduzca al suicidio o a la eutanasia, solo hará sentir al moribundo ––en el mejor de los casos–– la resignación ante su muerte, la creencia de que su vida ya no vale la pena, que su sufrimiento no tiene sentido alguno, que su existencia es indigna y que su presencia es una carga.

El contraejemplo literario a la obra de Tolstói podemos encontrarlo en el final de Cántico por Leibowitz (1960), de Walter M. Miller Jr., una novela olvidada y valiosa que va más allá de la temática de la ciencia-ficción en la que habitualmente se le encasilla. En esta historia el autor nos muestra hacia dónde puede conducir esa desorientación moral de la que les hablo, con su descripción de los campamentos de eutanasia mostrados en su novela, denominados, eufemística ––y perversamente––, «campos de la misericordia», en los cuales se practican asesinatos en serie «después del debido proceso de suicidio en masa, bajo el apoyo del Estado y con las bendiciones de la sociedad». Porque, no hay nada más despiadado que un sentimiento no atado a una brújula moral.

¿Alguien nos cuidará con la misericordia compasiva de Gerasim cuando llegue nuestra hora? Si nuestros hijos crecen en la virtud de la misericordia, y no se dejan confundir por un sentimentalismo disfrazado de falsa compasión, probablemente así será, y el caso de Iván Illich, descrito con tanta habilidad por Tolstói, tiene una resonancia universal que podría ayudarles a perseverar en ese buen camino.

37 comentarios

  
Scintilla
Le estábamos echando de menos, don Miguel.
Sólo venía por aquí para recordar, tras santo Tomás, un par de notas de la misericordia que el sentimentalismo moderno suele pasar por alto para dejarla en mera pasión destinada a bendecir el pecado: el misericordioso rechaza el mal que padece el otro. De corazón y expresamente. No lo lamenta hipócritamente o lo saluda como un bien que enriquece la existencia mientras en su corazón da gracias por no encontrarse en su situación. Cuando acude en ayuda del otro, por tanto, es el otro, y no el misericordioso, el que resulta beneficiado por la acción. Por eso las obras de misericordia son, en términos humanos, naturales, sin el horizonte sobrenatural, un incordio: dar de vestir al desnudo, visitar al preso, enseñar al ignorante...
La otra nota que me parece necesario subrayar es que la misericordia es virtud, como dice usted, cuando es guiada por la razón, lo que implica, dice expresamente santo Tomás, que deja a salvo la justicia. No es misericordia soltar al preso si no lo exige la justicia. Es misericordia acompañarle, asumir aquello que padece y que produce horror en el otro, que se sobrepone a ese horror con las miras puestas más allá de esta vida.
Son esas dos notas las que creo que brillan extraordinariamente en la actitud y comportamiento de Gerasim.
Por cierto, Tolstoy, que no daba puntada sin hilo, buscó muy bien el nombre de este fiel sirviente, que significa algo así como el honorable, con una raíz que lo emparenta con la ancianidad (geron-). El joven que actúa como viejo honorable.
Aun así, no sé si Gerasim expresa en su pureza el actuar misericordioso cristiano, como Tolstoy no dejaba de ser un excéntrico respecto del cristianismo. Como nuestro amor mira al Señor en lo que hacemos por nuestros hermanos, nuestra esperanza está puesta en el Señor, no en que alguien actúe con nosotros como nosotros lo hemos hecho con otros. Eso puede ser una consecuencia debida pero no expresamente buscada.
05/06/21 6:00 PM
  
África Marteache
Buen artículo y buen comentario, gracias a Miguel y a Scintilla, que tan bien ha sabido recoger el mensaje de la misericordia. No hay más Misericordia que la cristiana, de hecho ya los ilustrados intentaron deshacerse de ella cuando Auguste Comte acuñó el término altruismo. Pero la perversidad ha sido mayor cuando se utiliza la palabra "misericordia" para un campo de la muerte o para la eutanasia y altruismo para actos positivos. Lo mismo le pasó a la Caridad que acabó siendo sinónimo de dar limosna o el ropero de los pobres y resultó que fue sobrepasada por algo tan inane como solidaridad.
Llevamos 200 años de perversión del lenguaje y no nos enseñan a descubrir las trampas, tenemos que hacerlo nosotros mismos y si, lo comentamos, ya pocos entienden la diferencia.
05/06/21 8:15 PM
  
Federico María
Además del sentimentalismo es un problema grave el naturalismo.

La caridad es una virtud sobrenatural, infusa...: va infinitamente más allá del solo amor natural. Se pueden "repartir todos los bienes para alimentar a los pobres" y "entregar el cuerpo a las llamas" y no tener caridad... (cf. 1 Cor 13, 1 y ss.). Sin fe sobrenatural no se puede tener caridad, en estado de pecado mortal es imposible la caridad. Y sin embargo hay muchos infieles que realizan verdaderos actos de compasión y amor natural respecto de sus prójimos, pero no actos de caridad sobrenatural (los cuales supone la justificación, la gracia sobrenatural).

Y la caridad, por áspero que pueda sonar, no es incompatible con matar a una persona (como es el caso de Abraham, entre otros). Cuando se confunden los planos en ocasiones se llega incorrectamente a condenar, por ejemplo, una guerra justa, la justa pena capital en determinadas condiciones, por parecer contrarias al sentimiento de compasión meramente natural.
08/06/21 4:18 PM
  
Scintilla
Aunque concuerdo con usted como siempre en la arquitectura general, querido Federico María, creo que sería más cauteloso al juzgar las apariencias. Si no recuerdo mal, la teología post-tridentina clásica distinguía entre el auxilio especial infuso y el hábito infuso que hace más fácil el cumplimiento del mandato de la caridad (amar a Dios con todo el corazón). De modo que, aunque lo normal es que los actos de caridad, los movidos por esta virtud del cielo, nazcan de los fieles santos, justificados y en disposición de merecer en grados progresivos la gloria, es perfectamente posible (y no diría yo que esto sea el caso tipo de la potentia Dei absoluta) que Dios quiera infundir en esos infieles (o en cristianos pecadores o heréticos) que, por ejemplo, conocen por la razón natural (o por cierta fe deforme o no informada por la caridad) en estado caído que hay un solo Dios y que es sumamente amable, el auxilio para ejecutar esos actos de caridad que le serían agradables en tanto que parte de su proceso de justificación (gracias previnientes). Ahí tiene el caso de Job.
De hecho, es un buen indicio ver resplandecer la rara belleza de ciertos actos de amor de infieles que no se explican por puro amor humano, donde siempre hay concupiscencia) para ver en ellos, como una lucecita, la invitación del Señor a acercarnos a esas personas para darles a conocer mejor a Dios y a su Hijo, de quien proceden los méritos que hacen posible ese auxilio que acogen.
En cuanto a lo de matar, creo también, sinceramente, que Dios ha enviado más especiales auxilios y ha concedido ese hábito para morir por Él (es el caso de los mártires) que para matar por Él. De hecho, los casos en los que a priori puedo pensar, y usted sugiere, que se puede matar por Dios, el de defender la fe como parte de defender la patria o a otros fieles y la pena de muerte, en el primero va implícito el riesgo de ser muerto, es decir, como se decía en tiempos, de caer por Dios y por la patria, cuando esta asociación, fe y patria, se ha perdido, por lo que parece que debiera ser algo excepcional y al margen del ejército oficial y las órdenes del Estado, por lo general anticatólico, algo muy delicado de justificar. Y en el caso de la pena de muerte, en estos ordenamientos jurídicos que no se someten ni formal ni prácticamente a la ley natural, la cosa no parece que sea mejor. Fuera de esos dos casos que hoy han desaparecido de hecho, sólo queda el caso de Abraham, ante lo cual le digo que no por menos cierto que sea eso, a la luz de Cristo, parece que, como le decía, lo más normal es que lo que nos pide y para lo que nos da fuerzas normalmente el Señor es para que le amemos hasta el punto de dar la vida por él, no para que busquemos la muerte del otro. Llegar a la conclusión de que uno ama a Dios matando por él es una conclusión a la que me parece muy difícil de llegar, siendo ya difícil llegar a la misma conclusión (más habitual entre los santos) de que es necesario (o no hay otra alternativa digna para la fe a) ser muerto para defender la religión y el santo nombre de Dios.
10/06/21 8:30 AM
  
Federico María
Conforme a la doctrina de santo Tomás y de su escuela, es imposible un acto de caridad sobrenatural por parte de una persona no justificada, i.e., que no posee la gracia sobrenatural habitual (que no "está" en gracia).

Si el infiel realiza un acto de caridad sobrenatural, es que está justificado (al menos en ese mismo instante).

Pero de todos modos no se puede saber a ciencia cierta si lo es, me refiero a si es un acto de caridad sobrenatural: pues equivaldría a saber que se está en gracia sobrenatural... "Muchas veces parece caridad lo que es carnalidad", como dice la Imitación.

Todo acto honesto puede ser inspirado, en el fiel justificado, por la caridad sobrenatural, la cual puede imperar el acto de cualquier otra virtud, incluso natural (es "forma virtutum"). De allí que un justo homicidio, i.e., honesto, puede ser imperado por la virtud sobrenatural de la caridad.

Y sin necesidad de buscar otros casos, tiene el de la legítima defensa.

De cualquier manera, llevé el caso a un extremo que "hace ruido" deliberadamente, para poner de manifiesto que la caridad sobrenatural no es lo que el ambiente naturalista (e irenista) suele entender por la misma...

Otra cosa que no ayuda: en Argentina, por ejemplo, la Sagrada Escritura que se emplea en la sagrada liturgia (nada menos que la que está en "vatican.va"), en 1 Cor 13 trae como infeliz traducción "amor" (en lugar de "caridad"). Y no son pocos los que lo entienden en sentido puramente natural...
11/06/21 2:21 AM
  
Federico María
Los comentarios que hice vienen a colación de la siguiente frase, que también me parece infeliz, al menos en cuanto ambigua:

"Los actos del sirviente hablan a las claras de caridad. Su sentimiento de compasión es verdadero, porque es expresión de esa caridad".
11/06/21 2:38 AM
  
Scintilla
Efectivamente, Federico María: el auxilio especial implica la justificación del pecador en ese mismo instante, algo de lo que no podemos estar seguros, ni nosotros ni aquel que lo recibe. La gracia tiene esas cosas. Por eso hablaba de indicios, de los que siempre nos ha sido dado hablar, conjeturar, como le decía. La caridad no es algo que muere en la propia justificación, sino que arrastra, tiene un aura expansiva, aquella de la que nos habla san Pablo en el capítulo que usted cita. Y es sorprendente, y se lo digo por experiencia, lo fácil que calan las palabras de Cristo en alguien tocado por ese don aunque lejano de Él en apariencia, por desconocimiento.
En cuanto a la legítima defensa, no es evidente eso que dice para la mayoría de los lectores, creo. Hay que explicarlo y no dejarlo ahí, porque si no parece que cualquier legítima defensa es un acto de caridad. Y eso no es cierto, como sabe como buen conocedor de san Agustín y santo Tomás. Así que le invito a que lo haga, puesto que usted ha sido quien ha tirado la piedra. Que la ciencia infla, mientras que la caridad edifica.
El lenguaje (y sobre todo en la traducción, donde ya no se trata de trasladar el propio pensamiento al entendimiento de otro, sino llevar el entendimiento de un tercero a un cuarto, siendo el tercero, en estos casos, Dios, nada menos, inspirando a un quinto) es así, querido amigo: siempre trae problemas. ¿Traducir amor o caridad? Se usa indistintamente, aunque en ocasiones parece más adecuado un término castellano que otro. Explicado, con una buena catequesis, y sin malos usos detrás (que es lo que nos falta a los cristianos para que las palabras nos supiesen a lo que debieran), el problema se reduce. Pero también caridad los trae. Hoy se ha cargado tanto esta palabra de esos actos de fatuidad de los ricos hacia los pobres que no dificulta poco que quien oye hablar de caridad no salga corriendo si no está formado. En ambientes anglosajones, por ejemplo. Además, el lenguaje del amor humano es del que místicamente siempre se ha servido Dios para enseñarnos sin muchos rodeos por dónde van los tiros del amor sobrenatural: en el Cantar, es 'ahab, 'ahabah, aunque los LXX traduzcan agape y san Jerónimo caritas. Y cuando el amor de Dios te pilla, te pilla por completo, cuerpo y alma. Pero que diga usted esto después de soltar lo de matar como parte de la caridad sin más detalle y como para distinguirla, y luego lo de la legítima defensa... así, como para provocar. Pues se empieza provocando y se termina... Si queremos rigor, empecemos por ofrecerlo.
Feliz día del Sagrado Corazón, fuente del Divino Amor.
11/06/21 12:58 PM
  
Federico María
No solté "lo de matar como parte de la caridad sin más detalle".
Sino que dije, lo cual es rigurosamente verdadero, que "no es incompatible con matar a una persona". Esto, en buen español, no significa que sea "parte de" sino que cabe la posibilidad de que esté "con" o "junto a", servatis servandis: es decir, que pueden "compadecerse". En todo caso, los lectores también pueden preguntar...

"Caridad", al menos en castellano, parece un término más teológicamente preciso que "amor". No se usan indistintamente. Al menos "caridad" no se suele emplear para "quereres" objetivamente desordenados y pecaminosos (como sí "amor"). Esto ya es bastante. Pienso que cualquiera que entendiera un poco de teología clásica preferiría traducir la "caritas" latina por "caridad" y no por "amor", lo cual remite claramente al tratado clásico de las virtudes infusas. Y parece mejor aclarar todo lo que se pueda antes de una catequesis que, cuando existe..., a veces es mejor que no existiera...

El detalle que di es clave: el acto ha de ser honesto (moralmente bueno) y ha de estar imperado por la virtud sobrenatural de la caridad: entonces se hace por caridad y sería meritorio: sea orar, sea amar naturalmente, sea dar un vaso de agua fresca, sea, incluso, en algunos casos extraordinarios, matar. Nuevamente, fue un ejemplo provocativo para despertar a los que el naturalismo y el irenismo tienen adormecidos y sedados (y en orden a esto pienso que sumamente pedagógico). Y la explicación está dada: pues precisamente aludí al imperio o inspiración de la caridad sobrenatural sobre un acto honesto, lo cual, obviamente, supone que el acto honesto de suyo, en sí mismo, no es un acto de caridad (pues si así fuera no se requeriría el imperio de la caridad sobre el mismo). Es claro que los comentarios no son el marco para exponer ni desarrollar un tratado de teología moral: basta que sean verdaderos, inteligibles ("intelligenti, pauca") y pertinentes.

Santa y feliz Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, estimado Scintilla, el cual es "fornax ardens caritatis".
11/06/21 4:33 PM
  
Scintilla
Pero es que está el caso de la mal llamada eutanasia, el suicidio asistido y su argumento sin explicación, en el naturalismo ambiente, no viene a aclarar, sino a confundir. No explica, escandaliza o sirve al que quiere coger lo que le interesa, para pensar "menuda tontería oponerse a esas prácticas si se hacen por amor, sea lo que sea eso o lo que a mí me parece que es". Sobre todo cuando el mayor acto de caridad que puede hacer nadie no es matar a nadie sino dar la vida por Cristo. La inversión de la regla en la excepción, para los no legos ha de ser explicada. Que es nota de caridad.
En latín no sólo se utiliza caritas, sino también amor e incluso dilectio, de diligere. Y en castellano amor lo utilizan todos los santos y espirituales sin problemas: san Juan de Ávila, santa Teresa, san Juan de la Cruz... Donde los santos no andan con cominerías no andaré yo tampoco. Y en cuanto a la precisión, no sé en Argentina, pero aquí lo que se suele decir es "menos caridad y más justicia". Y así la caridad es nombre que se utiliza para despreciar a la Iglesia, reduciendo la caridad a determinadas obras de misericordia hechas, todo hay que decirlo, no siempre con espíritu evangélico. Así que no daré tampoco mi brazo por defender su uso como más preciso. El que mejor hable utilizará mejor lo uno y lo otro. Y no me escandaliza ninguno. Aunque sí, y en eso coincido con usted, la tontorronería en la que se ha convertido la prédica de un vagaroso amor desde los púlpitos que a nada obliga y a nada eleva.
No se me escape vivo: no ha contestado ni explicado el caso. Lo que cuenta, como teoría, está muy bien. Se sabe las generales de la ley (y podría desarrollarla algo más, darle algo más de carne, explicando, por ejemplo, que para ser bueno santo Tomás exige que la muerte del otro en la legítima defensa sea un accidente, no esté en la intención expresa: no se puede desear la muerte del agresor, como sí lo permite la ley civil e incluso la ley moral no cristiana). Pero ponga un caso de eso que parece que, en la teoría, podría suceder plausiblemente de una manera real y no teórica. O tan real como el martirio del que tenemos miles de casos registrados. Yo en este caso soy tan escéptico como san Agustín en De libero arbitrio (I,5): es un caso de mal menor que no es perfecto como quiere la caridad. Piense que ha de matar al otro por amor al otro. Da más argumentos a los defensores de la eutanasia que a los de la pena de muerte (el problema de la voluntad). Y desde luego, el que mata a otro en legítima defensa, no sé si conoce a alguien real y no en teoría, queda tocado, aun siendo persona de fe.
No siempre somos inteligentes los que leemos. Y menos en internet. La inteligencia no se supone, se comprueba.
Muchas gracias por su felicitación, que acojo encantado. Ojalá pueda decir un día con el corazón lleno de Vuestro amor: En Vos confío, Señor.
11/06/21 6:49 PM
  
Federico María
Pues se está tratando de actos moralmente buenos, honestos: ergo es claro que no se aplica a esos que Ud. cita, que son moralmente malos, de modo que no pueden ser imperados por la caridad.

La cuestión vino por la frase del artículo que cité. Que si se aplica el nombre de caridad a lo que puede no ser más que un mero amor natural, eso sí que es grave, y más grave que lo que Ud. dice, pues es una perversión de la doctrina católica que sabe a pelagianismo. Ante todo se trata de la verdad, en la que la caridad se regocija.
11/06/21 8:07 PM
  
Federico María
De lo que se trataba era de esclarecer la distinción entre el amor sobrenatural de caridad y el amor meramente natural (que hasta a veces se confunde con el sentimiento). Ese era el punto.

Si nos ponemos a considerar las condiciones para la rectitud moral de un acto determinado, en concreto..., da para largo. Estábamos moviéndonos sólo en el orden del objeto (finis operis): y allí cabe la licitud moral del matar a una persona en determinados casos, como los citados. Esto basta para llamar la atención sobre lo anterior. Y en ese sentido, tal acto moralmente bueno puede (es susceptible de) ser imperado por la virtud sobrenatural de la caridad. Que hoy esto, que es la pura doctrina tradicional y católica de siempre, suene mal a algunos, quizá a bastantes, es un claro indicio de la gran desorientación, de corte naturalista, que desgraciadamente reina. Y un motivo más, pienso, para justificar la pertinencia de mis comentarios.

Tal como está expuesto no cabe, objetivamente, que esto se "aproveche" en orden a justificar lo injustificable. Pero, en fin, si se trata de los necios entonces no se podría ni abrir la boca.

Coincidimos, me alegro, en lo de la "tontonorrería". Lo del uso y sentido de las palabras, es verdad, depende mucho del lugar (que al fin es eso la semántica). Por ejemplo, esa frase que cita nunca la escuché en Argentina. Sí puedo sostener que por aquí el denominar amor lo que es caridad sobrenatural, sin aclararlo, pienso que es un desacierto no menor.

Si no se aplicara lo que digo el servicio militar y las guerras serían siempre intrínsecamente incompatibles con la caridad. Lo mismo la pena de muerte, la muerte del injusto agresor... (servatis servandis). Hasta sería absurda la existencia, como la hubo, de Órdenes religiosas militares. No se olvide que nada menos que el Doctor melifluo, que cantó con lírica sublime los castos amores de caridad del Cantar, escribió a su favor. Y también, claro está, el Águila de Aquino, cuya sublime y sacra teología no he hecho más que, pobre y burdamente, tratar de esbozar.

In Corde Iesu.
11/06/21 8:55 PM
  
África Marteache
Después de leerles a ambos solo me queda desear a todos un muy feliz día del Sagrado Corazón de Jesús, Corazón ardiente de amor, con permiso de Federico María, aunque en este caso podría decirse igualmente de Caridad ardiente. Creo que en eso estaremos de acuerdo.

¡Corazón de Jesús, en Vos confío!
11/06/21 10:20 PM
  
Scintilla
Eso que es moralmente evidente para nosotros no lo es para un buen número de gente, que bombardeada por el sentimentalismo ambiente, y vuelvo al principio y origen del post, piensa, sin reflexionar, que la eutanasia es algo bueno, un acto de amor por el otro: usted con la teórica caridad de la legítima defensa y la pena de muerte y ellos con el palpable "amor" al otro de la eutanasia (que no es tal amor, aunque ya se haya asimilado sin batalla por nuestra parte: y se debe defender que el amor es otra cosa) en la repulsiva película de Sampedro.
Con esta forma de atacar los debates los católicos estamos perdidos: ni aclaramos qué es el amor ni qué es lo moralmente bueno... más que en teoría. Esto es lo que vengo a decirle. Y lo que le pido por caridad (enseñar al ignorante): que se baje del pedestal de la teoría y que piense un poco más con el corazón y busque en la fe cómo hacer entender algo que para usted es automático.
No es cuestión de llamar la atención, sino de enseñar, de no parar de enseñar, amigo, porque como recuerda usted y lo hace don Miguel, hoy en día no hay guías. Y no veo sentido a soltar una rareza para esperar a que pregunten: "Ah, y eso, ¿cómo es así según ustedes?" El debate público no funciona así. Y esperar que provocando con teorías (que los ejemplos siguen sin salir) sobre la compatibilidad entre matar a otro y caridad el respetable se va a dar la vuelta a preguntar...
De ahí el valor de lo que hace don Miguel: mediante ejemplos literarios explica aspectos de la fe y la moral cristianas que pueden servir a un ajeno a ella o a los propios cristianos a contemplar la belleza. Haga usted lo mismo: ponga un ejemplo real o literario del que mata a otro y resplandezca en ese acto la caridad, cómo así demuestra amar al prójimo como a sí y a Dios, un Dios que se encarnó y murió por los pecadores que éramos todos, sobre tdas las cosas, más que a sí mismo.
12/06/21 8:58 AM
  
Scintilla
Muchas gracias también, África. Y feliz día del Inmaculado corazón, generoso y magnánimo porque es de reina verdadera, y compasivo porque es de madre: que en él reposen los anhelos de nuestra alma.
12/06/21 9:07 AM
  
Federico María
Muchas gracias e igualmente, África.
De acuerdo. En Jesucristo no cabe esa confusión, pues todos sus actos estuvieron inspirados por la más pura y ferviente caridad sobrenatural.
13/06/21 1:27 AM
  
Federico María
El problema es que la literatura se mueve, en general, en el campo de los sentimientos y de las imágenes, sin fundamentar racionalmente, pues es claro que no es una ciencia. En todo caso no justifica racionalmente si los comportamientos humanos son moralmente buenos o malos. Esto es tarea de la ética o moral. Y así la literatura es peligrosa si no está rectamente inspirada: puede llegar a presentar la “eutanasia” o bien como un acto de compasión laudable (y así promoverla), o bien como un crimen repugnante (como en efecto lo es, pero ella no lo justifica). Si vamos a la ética, entonces conocemos su inmoralidad, y esto nos permite discernir entre literatura y literatura. En todo caso, las teorías no sólo son importantísimas, sino que no podemos prescindir de ellas y la literatura siempre las supone.
13/06/21 1:33 AM
  
Federico María
La “teórica caridad de la legítima defensa y de la pena de muerte” y de la guerra justa, es la enseñanza católica de siempre. Y si es enseñada en el Catecismo, no he dicho nada escandaloso ni ninguna rareza. Y se refiere a la caridad real, existente en los justificados y no a una abstracción. La teoría verdadera habla de la realidad, de lo que es, también de la realidad palpable. Y la teoría metafísica habla de lo más real, que es precisamente lo metafísico, que nos permite comprender lo palpable, que no es en sí inteligible en cuanto material y potencial. Y así, la doctrina de la “teórica caridad” nos induce a elevar los ojos más alto, para ver que el máximo bien no es la vida natural, la vida presente.
13/06/21 1:34 AM
  
Federico María
La “teoría” filosófica y teológica se encarga precisamente de “aclarar qué es el amor y qué es lo moralmente bueno”. Cosa que la literatura no suele hacer… De hecho, llamar “caridad a las claras” a la fuente de actos de compasión humana no aclara para nada las cosas. Y por aquí vinieron mis comentarios. Y es el Espíritu Santo el que dice que uno puede hacer estas cosas o semejantes, como “entregar todos los bienes para alimentar a los pobres”, sin caridad. Algún motivo habrán tenido para llamar así la atención el mismo Dios y el Apóstol… Y no sólo eso, sino que dijo el Señor que, aunque se haga eso, sin la caridad lo otro no sirve para nada, no aprovecha para nada, por más bueno que sea naturalmente, en orden al verdadero y definitivo bien.
13/06/21 1:36 AM
  
Federico María
Pues no sé dónde está el problema en aclarar qué es el amor y lo moralmente bueno “en teoría”. Así han procedido el Magisterio de la Santa Iglesia y la sagrada teología y la filosofía siempre…
13/06/21 1:38 AM
  
Federico María
No he pretendido subirme a ningún pedestal, estimado Scintilla. Sucede que el problema es más hondo que la eutanasia y el aborto, que en sí son crímenes y pecados muy graves… Es el naturalismo que está carcomiendo el Occidente cristiano. Sin la fe y la caridad sobrenaturales el hombre no puede ser verdadera y plenamente hombre.
13/06/21 1:41 AM
  
Federico María
Lo que se ha de enseñar es que el máximo bien del hombre es la salvación eterna y obrar el bien en orden a ella, que sólo se puede por la gracia y la caridad. Que el máximo mal es el pecado. Que sin la gracia sobrenatural el hombre está irremisiblemente perdido, por más actos moralmente buenos de orden natural que pueda hacer y de hecho haga. Que la auténtica caridad no mira directamente al prójimo por el prójimo ni consiste en algo natural, como solos actos de compasión hacia un moribundo…, por más que estos sean algo naturalmente bueno y laudable en su orden (pero que, al fin, no sirven para nada, sin la caridad sobrenatural, en orden a la vida eterna). La caridad no es entonces ese solo amor natural, por más compasivo que pueda ser. Es amor fundado en Dios, en la participación en la bienaventuranza, merecido por Jesucristo. Y desde allí, desde arriba, se ha de entender todo. De lo contrario Jesucristo y la Revelación serían vanos.
13/06/21 1:43 AM
  
Federico María
Se piensa con la razón, con el entendimiento…, no con el corazón.
Pero con el corazón en carne viva cualquier creyente ve cómo se tiende cada vez más a hacer de la fe católica una religión “dentro de los límites de la razón”, y cómo la auténtica caridad se reduce a beneficencia y compasión puramente naturales.
13/06/21 1:44 AM
  
Federico María
Y en cuanto a “rarezas”…, pues abra la Sagrada Escritura y las encontrará en abundancia: castigos y muertes infligidas por Dios y sus ministros a los hombres… Pero sucede que no son rarezas sino para los raros.
13/06/21 1:45 AM
  
Federico María
Entonces, dado que lo pide, aun cuando pienso que no haga falta, vayamos a un ejemplo, que tiene nada menos que autoridad divina. Y luego al comentario del más grande de los Doctores.
13/06/21 1:45 AM
  
Federico María
«Él [Moisés] les dijo: “Así habla el Señor, el Dios de Israel: Que cada uno se arme de su espada; recorran el campamento pasando de una puerta a otra, y maten sin tener en cuenta si es hermano, amigo o pariente”. Los levitas cumplieron la orden de Moisés, y aquel día cayeron unas tres mil personas del pueblo. Entonces Moisés dijo: “Reciban hoy la investidura sacerdotal de parte del Señor, uno a costa de su hijo, otro a costa de su hermano, y que Él les dé hoy una bendición» (Éx 32, 27-29).
13/06/21 1:46 AM
  
Federico María
«…los que mataron a los parientes y amigos por mandato del Señor no parece que ellos mismos lo hayan hecho, sino, antes bien, aquel a cuya autoridad obedecían, como un soldado mata al enemigo por orden del príncipe y el verdugo al ladrón por autoridad del juez» (S. Th., II-II, q. 64, a. 3, ad 1).
13/06/21 1:47 AM
  
Federico María
Y recuerde las ideas heterodoxas de Tolstoi...

Jesucristo no vino para que nos compadezcamos de nuestros hermanos y evitemos las guerras y seamos todos hermanos, en un sentido naturalista e irenista.
13/06/21 1:54 AM
  
Federico María
Ningún error ni desorden se ha de combatir presentando algo que no es correcto.

Y aquí hay otra frase incorrecta:

"la decisión de [...] matar a otro no es nunca un ejercicio de caridad, sino que es gravemente contraria a ella porque la destruye".

Esto se carga toda la doctrina católica de la guerra justa, de la muerte del injusto agresor en legítima defensa, de la justa pena capital..., todo servatis servandis, pero al fin, guardadas las debidas condiciones, actos moralmente lícitos, buenos y por ende susceptibles de ser informados, vivificados e imperados por la caridad sobrenatural.

(Lo del suicidio, que quité, sí es válido y verdadero, está claro).
13/06/21 1:59 AM
  
Federico María
En un momento sumamente crítico de la historia de la Iglesia y de la humanidad, donde no hay guías, como bien dice; donde cada vez se va difundiendo más la errónea idea de que todas las religiones son casi igualmente válidas y salvíficas, y así tanto salvaría N. S. Jesucristo como Buda, Mahoma o la pachamama; donde se pretende por algunos fundar una hermandad meramente natural de todos los hombres prescindiendo o al margen de la fe y caridad sobrenaturales, prescindiendo de Jesucristo y de su Santa Iglesia Católica; momento en que ha llegado a celebrarse y festejarse al heresiarca Lutero y su deformación; momento en que se profanan impune y públicamente los sagrados Sacramentos instituidos por Jesucristo para la salvación eterna de las almas... En estos tristes momentos no parece nada improcedente insistir, ante infelices frases, en la radical e infinita diferencia y distancia entre la caridad sobrenatural, infusa, que Jesucristo nos dona, y todos los otros amores habidos y por haber de orden puramente natural, que nada aprovechan para la vida eterna, valiéndose para ello de un ejemplo que pone bien de manifiesto que la vida natural, por la que tantos parecen desvivirse de modo no poco desordenado, no es, como piensan, lo más importante... Y en todo caso parece que la caridad, en el orden magisterial, no miraría, primeramente, sino a eso: a que los hombres, al menos en primer lugar, tomen conciencia de ella misma, de que es una perla escogida, única, preciosa...

In Corde Mariae.
13/06/21 2:15 AM
  
Scintilla
A ver, don Federico María: creo que no soy sospechoso de haber pasado de puntillas sobre “las ideas heterodoxas” (y me parece suave el término) de Tolstoi. No obstante lo cual le recuerdo lo que decía el Apóstol: “contrastadlo todo: retened lo bueno y absteneos de toda especie de mal.” Como una obligación. Y eso es lo que creo que venimos aquí a hacer: a sacar pepitas del lodo de los días. Entre todos, en comunidad, con ayuda de Dios.
En cuanto a la frase de don Miguel “la decisión de suicidarse o matar a otro no es nunca un ejercicio de caridad”, no dice más que una verdad como un templo de grande y no se carga ninguna doctrina católica. Eso es una exageración suya. El propio santo Tomás señala, como le dije ya, que la intención del que mata a otro en legítima defensa no puede ser nunca la de ese resultado. Y, hasta donde sé castellano, decidir matar a alguien o suicidarse es lo mismo que tener la intención de hacer esas acciones. Y tampoco contradice la teoría de la guerra justa: matar a alguien es algo bien distinto de hacer la guerra. Al menos, en mi idioma. Y sobre la guerra justa ya le he explicado lo suficiente para que entienda, si quiere, por qué, como dice el Catecismo, hoy es una acción fuera de nuestro horizonte normativo. Sin que eso suponga mengua ni a la palabra de Dios ni a lo que decía santo Tomás (por cierto: ¿tiene un agujerito para verle en ese trono sobre todos los demás doctores de la Iglesia? Un doctor que metió tan a fondo la pata y que dio tanta correa a los que tanto se empecinaron contra el dogma de la Inmaculada no sé si merece tal asiento. Dicho sea desde mi admiración, que rechaza, por eso, los homenajes de latón).
¿Y no le parece a usted que su teologismo reduce también la fe dentro de los límites de la razón?
No diga eso, hombre. Lo de sólo pensamos con la razón. Hay una preciosa palabra hebrea (también hay verbos a los que le pasa lo mismo), leb, que, como tantas otras, no tiene una traducción fija, aunque normalmente se traduce por corazón, entraña, lo interior. Y al principio de la Biblia, en la decisión que pesa sobre el diluvio, se emplea dos veces seguidas: para decir que son las “maquinaciones, los pensamientos (machashabet) del corazón” de los hombres lo que lleva al “corazón” de Dios la decisión de arrasar con todo. Pensamos con todo, incluso los que creen que sólo lo hacen con la razón, y sólo una insuficiente formación (incluso escolástica) le puede haber hecho creer lo contrario.
El amor nunca queda nunca del todo claro, amigo. Y sobre todo el amor de Dios nos supera, como lo hace el amor humano cuando este otro lo embarga, y hablar de todo esto como de un producto de diseño de departamento universitario… categorizado, diseccionado... en fin.
Creo que cae justamente en lo que critica: habla del amor sin amor, aunque se crea justificado. Y por mucha teoría que tenga, si en ésta no late el amor por el otro, un amor efectivo en su palabra (que Dios mira el corazón del que habla, no las palabras que pronuncia su boca), una palabra que no sea, en el fondo, oración…
En fin, no se me ocurre qué más decirle. Así que sólo me queda la oración y desearle, en lo que le quede de día en aquellas tierras, un feliz domingo.
13/06/21 7:42 PM
  
Federico María
Estimado Scintilla:

No dije que fuera Ud. sospechoso: únicamente llamé a recordarlo. Sí está claro que respecto de este punto Tolstoi suscribiría más a su parecer que al mío.

Quizá el problema es que el diálogo se torna difícil con quien admite otra instancia que no sea el logos, la razón, el entendimiento, para conocer la verdad... En eso la escolástica y santo Tomás son intachables y han expresado la verdad. Y en ese sentido me alegro de tener una «insuficiente formación». Mientras que uno de los graves problemas del mundo moderno es quizá, siguiendo lo que dice, que la tienen muy «suficiente»: pues piensa con todo (menos con la razón). La autosuficiencia... Puede mirar el último post de Alonso Gracián.

Admitir lo intrínsecamente sobrenatural, como lo hago, es justamente el mentís de aquello que Ud. incorrectamente plantea como posibilidad en mi posición. Más bien diluir la distancia y diferencia entre la caridad sobrenatural y el amor natural es, en efecto, acercarse a lo de Kant (o ya meterse).

¿"Agujerito"? Pues es lo que dice la Santa Madre Iglesia: que iluminó más a la Iglesia que todos los otros doctores juntos (más testimonios: los hay a montones).

Lo que Ud. dice de la Inmaculada..., en fin, parece que no ha estudiado el tema. Fíjese en "La síntesis tomista" del P. Garrigou-Lagrange y quizá aumentará su admiración hacia el Doctor Común, "cuya doctrina la Iglesia ha hecho suya" y que no sólo terminó sus días defendiéndola, sino que incluso la que negó en la Summa fue la misma que negó la Ineffabilis Deus. Y si todavía tiene más tiempo, puede leer la obra del P. del Prado sobre santo Tomás y la Inmaculada.
13/06/21 9:14 PM
  
Federico María
Decisión e intención son dos momentos distintos del acto voluntario, en buena ética, en buena teología, en buen latín e incluso en buen castellano.

En cuanto a la frase de marras: el «nunca» excluye toda posibilidad. Ahora bien, basta la licitud de iure para que la frase sea entonces incorrecta, como lo es. Y eso de que esté lejos de nuestro horizonte normativo...: hoy por hoy sigue habiendo guerras. Y en el enfrentamiento armado, si no hay la decisión de dar muerte al que injustamente ataca, entonces del lado del que guerrea justamente ¿no se mataría a nadie?

En todo caso, vuelva a la cita de santo Tomás que le pasé: allí está claro que hay «decisión», tanto en el que manda como en el que obedece. Y aquí tiene otra, bastante clara:

«Omnis autem pars ordinatur ad totum ut imperfectum ad perfectum. Et ideo omnis pars naturaliter est propter totum. Et propter hoc videmus quod si saluti totius corporis humani expediat praecisio alicuius membri, puta cum est putridum et corruptivum aliorum, laudabiliter et salubriter abscinditur. Quaelibet autem persona singularis comparatur ad totam communitatem sicut pars ad totum. Et ideo si aliquis homo sit periculosus communitati et corruptivus ipsius propter aliquod peccatum, laudabiliter et salubriter occiditur, ut bonum commune conservetur, modicum enim fermentum totam massam corrumpit, ut dicitur I ad Cor. V» (II-II, q. 64, a. 2, c.).

13/06/21 9:15 PM
  
Federico María
No se trata de que quede el amor del todo claro: sino de que, al menos, no quede más oscuro. A eso se ordenaban mis comentarios.

No he «categorizado» ni «diseccionado» (expresiones infelices…) más de lo que lo hace la sana teología, que a estas cuestiones les dedica tratados… Y en todo caso estamos tratando directamente de la verdad de la caridad, y no de la caridad de que las expresiones proceden o puedan proceder. No mezclemos materias. No sé a qué alude con el «creerme justificado», pero no parece pertinente. Si se refiere a la justificación racional de las tesis: pues o se refuta o se acepta, que no es materia de creencia, de «fe». Y si se refiere a la justificación sobrenatural por la gracia: eso no hace al caso.
13/06/21 9:16 PM
  
Federico María
Por mi parte creo que ya he dicho lo suficiente. Le agradezco sus buenos deseos, Scintilla, que hago míos respecto de Ud. Y siempre, sin duda, la oración. Si al menos tenemos alguna diferencia en el modo de apreciar las cosas, que no nos lleve a faltar a la necesaria caridad. Pero no olvidemos nunca que la caridad se goza en la verdad: «caritas… congaudet veritati» (1 Cor 13, 6).

In Domino.
13/06/21 9:19 PM
  
Scintilla
Si alguna vez tengo que vérmelas con un juez, espero que sea usted quien me lo busque, don Federico María. Bueno es haciéndolo: dos dominicos para defender a santo Tomás. ¿Fue María santificada antes de su animación, es decir, de recibir el alma? Respuesta del Angélico: “No”. Y no sólo una vez a lo largo de su obra, como sabe mejor que yo. Luego lo puede adornar todo lo que quiera. Con toda la admiración que me merece su distinción entre acto y débito por el pecado, que tan bien desarrollaron los inmaculistas españoles del XVI y XVII. Y que hubiera esas controversias, especialmente agudas en el XV, como sabe, se debió en gran medida a la pugnacidad antiinmaculista de los dominicos. Que no se oponían a cierta forma de defender la Inmaculada concepción o de llegar a esa conclusión, sino contra la declaración del nacimiento inmaculado de María. Sin ser los únicos, lo sé, como tampoco santo Tomás entre los doctores. Cosa en la cual no erraban en la fe. Como no lo hago yo ahora negando que María sea corredentora, si eso la pone en un plano en la redención, como indica el prefijo co-, equivalente al de Cristo, de quien depende la suya y de quien, en tanto Dios, únicamente podía venir toda redención.
La fórmula decía, si no recuerdo mal, “post Apostolos et primos sanctos doctores”, a los que el propio santo Tomás veneraba. Como san Agustín, a quien tanto debe, o el Crisóstomo, sin ir más lejos.
Toda decisión abraza necesariamente, ratifica una intención, que es como el alma de la decisión. La decisión de defenderse, por tanto, no puede incluir la intención de matar a otro. El horizonte normativo “cristiano”, le dije hablando de la guerra, no me haga decir lo que no digo. Como tampoco, le dije, son ya cristianos nuestros magistrados ni nuestras leyes, por lo que hablar de caridad y pena de muerte hoy en día me parece una broma, insisto. De iure, si quiere.
De todas maneras, no deja de sorprenderme su insistencia para tratar de la muerte, y de la frialdad con que lo hace. Una cosa es no tener reparos en tratar de la muerte, y, otra, esta suerte de hacer de la muerte una bandera. De la muerte del otro, de dársela. Como si en eso tuviéramos que diferenciarnos los cristianos del resto de la humanidad y en ello se pusiera de manifiesto, más que en cualquier otra cosa, el ejercicio de nuestra razón (que consideramos iluminada por la fe) a lo largo del tiempo.
La verdad del amor es inefable. Sólo produce balbuceos. Y si es ya así en el amor natural, qué no hace el amor de Dios. Sobre el que se puede escribir mucho desde luego. Bibliotecas enteras. Y aun así sus misterios no quedan necesariamente para los estudiosos. Ni siquiera para los letrados. Como decía usted, por mucha ciencia que tengamos, si no tenemos caridad, que es un don del cielo...
Le pido disculpas por lo que no haya comprendido bien de sus palabras y por aquello que pueda considerar un exceso o una jactancia.
Y me voy, que llego tarde. Dios le guarde.
14/06/21 8:08 AM
  
Federico María
"Sed quia occidere hominem non licet nisi publica auctoritate propter bonum commune, ut ex supradictis patet; illicitum est quod homo intendat occidere hominem ut seipsum defendat, nisi ei qui habet publicam auctoritatem, qui, INTENDENS hominem occidere ad sui defensionem, refert hoc ad publicum bonum, ut patet in milite pugnante contra hostes, et in ministro iudicis pugnante contra latrones" (II-II, q. 64, a. 7, c.).
15/06/21 2:29 PM
  
Federico Ma.
Pocos comprenden que pueda haber venganza y darse muerte temporal sin odio, sino con caridad, como en definitiva castiga Dios y sus santos con males corporales cuando así lo dicta la justicia y la caridad.

Cf. San Agustín, Contra Adimantum Manichaei discipulum liber unus, 17, 4.
13/09/21 10:20 PM

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