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19.03.25

La mejor arma para la batalla: la educación en las virtudes de la Caballería (II)

                  Reproducción del grabado de una vasija griega; Aquiles y Héctor.

  

    

«El hombre que se enoja por las cosas correctas, con las personas correctas, y además como debe, cuando debe y durante el tiempo que debe, es elogiado. Este es el hombre al que se llama ‘manso’ (praos)».

Aristóteles. Ética a Nicómaco.

  

 

Sin entrar en el asunto, polémico y del todo fuera de mi alcance, de dilucidar si el origen remoto de la Caballería se encuentra o no en la tradición greco-latina (que si los griegos eupátridas, que si los romanos équites), les hablaré de dos héroes seculares clásicos, Héctor y Alejandro (junto con Julio César), quienes fueron elevados en la Cristiandad medieval al podio de los más grandes de los caballeros: los conocidos como los nueve de la Fama. También buscaré trazas de ese origen clásico clásico del caballero en uno de los primeros arquetipos del «miles Christi», en un soldado y mártir, tribuno de Capadocia al servicio de Diocleciano según La Leyenda Dorada, quien, junto con Santiago el apóstol, es uno de los patronos de la Caballería.

ALEJANDRO

 

El gran Alejandro de Macedonia, héroe griego por excelencia, alabado y cuasi divinizado por numerosísimos autores, cronistas y poetas ya desde sus mismos días, fue incorporado en la Edad Media a esa cohorte de la Caballería de la fama. Así se dice en la obra medieval francesa del Li Romans D’Alexandre:

«Conquistó a los Armenios, a los Persas y a los Asirios.
Y a la gente del Oriente, y a todos los de la India,
Y a todos los de África, y a los de Etiopía:
Esto cuenta el libro, que todo el mundo fue suyo
Y que él fue el mejor príncipe de la tierra».

En nuestra España en trance de ser reconquistada, su vida y sus hazañas fueron el tema de una famosa obra, el Libro de Alexandre, de autor anónimo, donde se cristianiza al héroe clásico. Allí, entremezclando historia y leyenda a pares, el autor nos habla de la educación aristotélica que recibió el héroe, al que el maestro estagirita, enlazando con la relación extraña pero virtuosamente fructífera de la ira y la mansedumbre, le habría inculcado la siguiente enseñanza:

«Muéstrate condescendiente ante las súplicas, esfuérzate con ahínco en el estudio de las leyes, y a los culpables trátalos con humanidad. Retrasa la venganza hasta que haya pasado la cólera, y, una vez que ha sido infligido el castigo, procura olvidarte del resentimiento».

Libro este que enseña, a modo de moraleja, que fue la desproporcionada ambición y hambre de poder y fama del héroe lo que provocó su fin: según el autor anónimo, la Providencia lo llevó a una pronta muerte como castigo a su desmedido orgullo. Así, el más dotado de los héroes se muestra como el más humano, sucumbiendo, a pesar de sus dones y cualidades, en la misión sagrada y trascendente de todo caballero.

  

HÉCTOR

 

En la Ilíada, Héctor, príncipe de Troya y su mayor guerrero, representa en su actuar las virtudes de la Caballería.

El primer rasgo que acerca a Héctor al ideal caballeresco es la razón principal por la que actúa: no para buscar gloria, sino para proteger a su ciudad y su familia. Mientras Aquiles se deja llevar por su orgullo y su deseo de fama (aquello que perdió a Alejandro), Héctor asume la responsabilidad de la supervivencia de Troya.

Y es en este actuar donde da muestras de su caballerosidad. Tres son los momentos en los que principalmente se manifiesta: en sus combates con Áyax, Patroclo y Aquiles; en su comportamiento ante su esposa e hijo frente a un destino fatal; y en su relación con su hermano Paris, causante de las desgracias troyanas.

En tales circunstancias, un hombre vulgar habría perdido el control de sí. En el fragor de la batalla, es fácil caer en una furia brutal; ante la muerte inminente, es natural descargar la frustración en los más débiles; y en una guerra de supervivencia, tentador culpar sin piedad al responsable. Pero Héctor no se comporta así.

Al enfrentar a Áyax, prioriza la paz de todos sobre la gloria personal:

«No he venido a buscar fama por mi cuenta, sino a cumplir el deber que los dioses me han encomendado. Si en ti reside gran valor, que así lo reconozcan los dioses y hombres; hoy, que la noche nos alcanza, permitamos que la paz se haga en el combate».

Tras vencer a Patroclo, atribuye humildemente su triunfo a los dioses:

«No es mi mano la que ha sellado el fin del noble Patroclo, sino la voluntad inexorable de los dioses, que teje el destino de héroes y hombres en el gran tapiz del tiempo».

Incluso en su último combate, con Aquiles «el de los pies ligeros», aun sabedor de su final, Héctor se comporta con una serenidad que denota mansedumbre, dignidad y honor:

«Si los designios divinos han dispuesto que mi fin se encuentre en el cruce de espadas con Aquiles, lo aceptaré sin altivez, pues la verdadera gloria radica en cumplir con el deber y en entregarme al destino marcado».

Con su familia se muestra como un padre ideal. En la conmovedora escena de su despedida de Andrómaca, su esposa, y de su hijo Astianacte, muestra un extraordinario control sobre la ira y la frustración que le asedian al verse obligado a afrontar su destino:

«Amada mía, el destino me convoca hoy a la lid, aunque el dolor de separarnos pese en mi alma. No es la gloria personal lo que me mueve, sino el honor de defender a Troya y a ti, aun sabiendo que los dioses ya han trazado mi sino».

(…).

«Hijo, no temas a la sombra de la muerte. La grandeza no se mide por la victoria en cada batalla, sino por el coraje de enfrentar lo inevitable con el corazón sereno y humilde».

Finalmente, las relaciones de Héctor con Paris muestran también su autoridad mesurada. Aunque critica a su hermano por haber causado la guerra, lo hace sin desprecio, instándolo, firme pero respetuosamente, a regresar a la lucha:

«Paris, no basta con haber sido agraciado por los dioses en belleza; la verdadera nobleza se forja en el temple del honor y en la valentía de asumir el destino. Levántate, aunque sea con humildad, y cumple tu parte en este llamado que nos une».

Héctor es un poderoso príncipe y un gran guerrero. Pero también es un hombre. Y, como todo hombre, débil, ciertamente, pero conmovedor en esa debilidad. La tragedia de su personaje, como señala Simone Weil, reside en su vulnerabilidad, una cualidad que lo hace más humano frente a la ira desmesurada de Aquiles.

Desde siempre los cristianos hemos recibido a Héctor con más benevolencia que a cualquier otro personaje homérico. Desde siempre lo hemos preferido a Aquiles. Héctor es colocado en el Limbo por Dante. También fue elevado a la categoría de uno de los nueve caballeros de la fama del mundo cristiano medieval. Y ello no debería sorprendernos.

Su figura todavía resuena con ecos aristotélicos y estoicos, pero igualmente cristianos, mostrando que el verdadero heroísmo no se encuentra en el poder desmedido, sino en el cumplimiento del deber asumido con prudencia y humildad. Como T. S. Eliot señala, «la sabiduría que podemos esperar adquirir es la de la humildad», que Héctor refleja en su vida y muerte.

  

SAN JORGE

 

Por último, a un héroe santo quiero recoger aquí. A uno de los patronos de la Caballería, con el Apóstol Santiago. Me refiero a San Jorge, uno de los más grandes paladines de la Cristiandad, caballero y mártir. El padre Alfredo Sáenz lo describe así:

«San Jorge, el héroe por excelencia, el arquetipo de los caballeros. El Oriente recogió con amor la memoria de aquel a quien consideraba como a uno de los más grandes mártires: Constantino le levantó templos, Justiniano colgó su espada victoriosa junto a su sepulcro, San Basilio pronunció ante sus restos sermones encendidos. También el Occidente lo veneró con predilección, considerándolo como el modelo de los guerreros, el caballero andante de la fe, el defensor de la justicia y de los débiles. Junto con San Miguel y Santiago, compartía la dirección invisible de las batallas, especialmente contra los enemigos de la fe. Su figura aparece en los tapices bizantinos y coptos, en los marfiles carolingios, en los estandartes de los ejércitos, en las piedras románicas, en los escudos de los caballeros medievales, en los retablos renacentistas. Siempre como el símbolo de la lucha contra el pecado, la tiranía, Satanás y sus adláteres en la tierra».

Su historia puede encontrarse en numerosos textos. Un clásico es el relato recogido en la famosa obra de Jacobo de la Vorágine, La Leyenda Dorada.

La historia de San Jorge es especialmente ilustrativa en todo tiempo, por supuesto, pero resulta muy conveniente sobre todo hoy.

El dragón al que se enfrenta el héroe es un ser ambivalente, pues es real y arquetípico a un tiempo. Representa a un universal, pero supone, asimismo, una encarnación específica y concreta del mal. Es una expresión encarnada y simbólica del Enemigo mismo. Siempre ha sido así. Aunque quizá hoy menos que nunca.

En esta historia, si nos fijamos bien, veremos algunos trazos de la Verdad, y claras advertencias y llamadas a la atención y a la prudencia, a la protección y al auxilio de los débiles, e indicaciones muy útiles sobre cómo procede el Enemigo, lo que nos permitirá conocerlo mejor, y nos impulsará a hacerle frente con más denuedo y eficacia.

Lo que el Enemigo persigue al final; lo que desea con más fuerza, es siempre lo mismo: nuestros niños. Exige un pago en sangre y sufrimiento en las personas de nuestros hijos. Pero, antes, contamina el aire, el ambiente, con su pestilente y venenoso aliento.

«El monstruo era tan sumamente pestífero, que el hedor que despedía llegaba hasta los muros de la ciudad y con él infestaba a cuantos trataban de acercarse a la orilla de aquellas aguas».

(…).

«Con la podredumbre de su hediondez, contaminaba el ambiente y causaba la muerte a muchas personas».

Ello hace que los hombres desvaríen, presas del pánico, temerosos de perder sus mezquinas posesiones materiales, de las cuales, su propio cuerpo físico, que es dado a cuidar y proteger, deviene en prioridad absoluta y pasa a ser objeto de un culto desmedido, de un amor desviado y desordenado. Y así, harán lo que sea para salvar ese cuerpo, para darle satisfacción y desahogo a sus pasiones. Incluso a dar en sacrificio a sus propios hijos.

«La gente de la ciudad trató de exigir al rey que les entregara a su hija para arrojarla al lago, y clamando, enfurecidos, ante su palacio decían a gritos:

—¿Es que estás dispuesto a que todos perezcamos con tal de salvar a tu hija? ¿No ves que vamos a morir infestados por el hedor del dragón que está detrás de la muralla reclamando su comida?».

Esta leyenda nos lo cuenta. Es pues intemporal, dolorosamente intemporal. Pero trae consigo, también, y sobre todo, esperanza. Esa esperanza que señaló en gran Chesterton:

«El niño conoce al dragón desde siempre, desde que supo imaginar. Lo que el cuento de hadas hace es proporcionarle un San Jorge capaz de matar a ese dragón».

Y fíjense que quien aporta esa esperanza, San Jorge, es un caballero.

5.03.25

La guerra y la literatura

                      «Rocrois, el último Tercio». Augusto Ferrer-Dalmau (1964-).

    

 

«La guerra, así como es madrastra de los cobardes, es la madre de los valientes».

Miguel de Cervantes. El Quijote.

  

«Es bueno que la guerra sea tan terrible, no vaya a ser que nos encariñemos demasiado con ella».

General Robert E. Lee

 

 

Dice Pedro Mexia en su entretenida Silva de varia lección:

«La guerra y la discordia entre los hombres, con todos los otros males, claro está que trajo origen del primer pecado de nuestros primeros Padres. Y así sabemos, que de los dos hijos de Adán, que primero tuvo, el uno mató al otro, porque, perdida aquella justicia original por el pecado, nunca faltó entre los hombres discordia e inquietud; de manera que la guerra y enemistad particular luego con los primeros hombres comenzó».

Las guerras, por lo tanto, han existido siempre, desde que el hombre fue expulsado del Edén. Aunque la relación entre unos y otros contendientes no lo aparente, se trata siempre de conflictos fratricidas, pues, en última instancia todos somos hermanos, creados por un mismo y único Dios.

Lo de Caín y Abel solo fue el comienzo.

En esos conflictos, además, siempre, siempre están envueltas las pasiones. Y, lamentablemente, las escasas veces en que la razón interviene, suele hacerlo de la mano de la malicia. En su novela Meridiano de sangre, Cormac McCarthy hace decir a uno de sus personajes:

«La guerra siempre ha estado aquí. Antes de que el hombre existiera, la guerra le esperaba. El oficio supremo aguardaba a su máximo practicante».

Sin embargo, las pasiones nos fueron dadas para ayudarnos a actuar, y para actuar en pos del bien. Tomando prestado de Platón, las pasiones son como caballos poderosos que nos arrastran a la acción. Pero, dada nuestra imperfección, para llevar a cabo su cometido natural la pasión no puede ni debe actuar sola. Debe estar guiada por la razón. El hombre virtuoso, por lo tanto, «no es el esclavo de las pasiones». Esto no significa que deba reprimirlas, sino más bien debe sentirlas de la manera correcta, y reorientarlas hacia los fines correctos, siempre hacia el bien, la belleza y la bondad. En la célebre imagen platónica, la razón es el auriga que controla los caballos de las pasiones para que conduzcan el carro del hombre en la dirección y velocidad correcta.

No obstante, esta concepción, propia del derecho natural clásico, ha sido objeto de demolición desde Guillermo de Ockham. En esta línea, el filósofo David Hume expresa una idea diametralmente opuesta, y hoy predominante:

«La razón debe ser esclava de las pasiones».

El sentido común y la experiencia, sin embargo, nos advierten de los peligros de dejarnos arrastrar por las pasiones más allá de la medida de la razón, con consecuencias dañinas a corto y largo plazo (y, más aún, trascendiendo el tiempo). Este peligro es particularmente intenso en tiempos de guerra. Escribía Erasmo sobre esta afición nuestra a la guerra:

«De modo que un animal plácido, nacido benevolente, se precipita a la destrucción mutua en una locura bestial».

La guerra es siempre terrible. Uno de los momentos en el que la matanza se mostró al hombre tal cual es, fue la Primera Guerra Mundial. El poeta inglés Siegfried Sassoon, testigo de las trincheras, la describe así al referirse a un joven soldado que conoció en el frente:

«Conocí a un simple soldadito
Que sonreía a la vida con vacía alegría,
Dormía profundamente en la solitaria oscuridad,
y silbaba temprano con la alondra.
En las trincheras de invierno, acobardado y cabizbajo,
Con grumos y piojos y falta de ron,
Se metió una bala en el cerebro.
Nadie volvió a hablar de él.
Vosotros, multitudes engreídas de ojos encendidos.
Que vitoreáis a los soldados,
escabullíos a casa y rezad para nunca conocer
El infierno adonde van la juventud y la risa».

La Iglesia, Mater et Magistra, consciente de esta realidad, ha desarrollado directrices para guiarnos en esta espinosa cuestión, buscando evitar, salvo en casos estrictamente necesarios, ese infierno en la tierra «adonde van la juventud y la risa». De ahí surge la doctrina de la guerra justa, fundamento de todo ius ad bellum.

No obstante, este concepto es complejo y presenta desafíos tanto en el ámbito práctico como en el moral. Requiere un análisis detallado de cada situación, una reflexión constante y un firme compromiso con el bien moral, algo difícil de sostener en un mundo dominado por el relativismo y el utilitarismo.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en su sección 2309, refiriéndose tanto a la legitimidad y la finalidad para emprender la guerra, como al modo de llevarla a cabo, establece varias condiciones que deben cumplirse de manera simultánea para considerar una guerra como justa:

1ª.- El daño causado por el agresor debe ser grave, duradero y evidente.

2ª.- Todas las alternativas para poner fin al conflicto deben haber sido consideradas y resultar ineficaces.

3ª.- Debe haber una probabilidad real de éxito en el conflicto.

4ª.- El uso de la fuerza no debe provocar más males y desórdenes que los que se pretenden evitar.

Tras la Segunda Guerra Mundial y con la aparición de armas de destrucción masiva (en especial las atómicas), el cumplimiento de la cuarta condición se ha vuelto extremadamente difícil. En el contexto actual, no parece posible justificar una guerra ofensiva, y hasta una guerra defensiva debe estar sujeta a criterios de prudencia extrema.

Pese a ello, hay quienes rechazan la teoría de la guerra justa, argumentando que en tiempos de guerra no debería haber restricciones. En el otro extremo, existe una extendida posición pacifista que sostienen que la guerra jamás puede ser justificada, aunque, como argumentó la filósofa Elizabeth Anscombe, esta última postura no solo es imprudente y peligrosa, sino que allana el camino para la primera. Porque … ¿Cómo se puede detener un uso de la fuerza injusto si no es con la misma fuerza? Graciano, en sus Decretales, señala:

«Es lícito repeler la fuerza con la fuerza, moderando la defensa según las necesidades de la seguridad amenazada».

Frente a estos dos extremos (violencia sin límite y condición, y pacifismo), la teoría de la guerra justa se presenta como un término medio razonable, que reconoce la legitimidad de la guerra en ciertas y muy contadas situaciones, al tiempo que le impone estrictos límites morales.

Hoy vivimos anestesiados y distraídos, incluso ante la amenaza real e inminente de una guerra total. Y no de una guerra cualquiera, sino de una guerra definitiva. El desarrollo tecnológico ha alcanzado niveles de auto aniquilación: somos tan inteligentes y capaces que podríamos autodestruirnos en solo unos segundos. En este contexto, las reflexiones morales sobre la guerra pueden ser fútiles. Hoy todo puede ser y no ser en un instante. No habrá siquiera un momento para meditar, para analizar, para sopesar y para después actuar. Hoy acción y destrucción pueden ser simultáneas.

Sin embargo, aun cuando solo sea para ayudarnos a despertar de ese letargo que no nos permite ser conscientes del peligro de aniquilación que nos envuelve, estimo que estas pinceladas –que nos recuerdan que un día el hombre era moral–, pueden conducirnos a otro pensamiento olvidado hoy: que el hombre es una criatura mortal. Quizá ese memento mori y las líneas maestras aquí esbozadas, nos ayuden, aunque sea un poco, a volver a ser hombres.

Lo mismo que cierta literatura.

La guerra es un tema omnipresente en lo literario, y tan universal como el amor y la muerte, o el tiempo y la fragilidad humana. La literatura sobre la guerra adopta una amplia variedad de enfoques y géneros literarios, aunque la mayoría de las obras modernas tratan de poner de manifiesto su crueldad y sin sentido, en contraste con las obras más clásicas que la glorifican y exaltan valores como el coraje y el honor.

Por supuesto hay excepciones dentro de cada una de estas tendencias. En las novelas modernas, son ejemplo de lo dicho, La roja insignia del valor, de Stephen Crane, y Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarke, y excepción Uno de los nuestros, de Willa Cather, y Starship Troopers, de Robert Heinlein, con alguna en ambigua posición, como la recientemente comentada Las cuatro plumas, de A. E. W. Mason. Entre los clásicos manifiestan la tendencia glorificadora de las virtudes guerreras y de la guerra misma la Ilíada de Homero, la Epopeya de Gilgamesh, la Eneida de Virgilio, el Cantar de Rolando, el del Mío Cid, las novelas de Troyes y la Vulgata artúrica, y hacen gala de una excepción guerrera matizada nuestro Cervantes y Shakespeare (aunque esta no es una opinión pacífica), ya que en muchas de sus obras puede verse una crítica a las guerras destructivas, exponiendo la brutal y fútil naturaleza de la guerra sin cortapisas morales. En particular, algunos críticos sostienen que en obras como el mismo Quijote y Enrique V, se representa la guerra de manera ambivalente, reflejándose en ellas la doctrina cristiana de la guerra justa ya comentada.

En sucesivas entradas iremos comentado alguna de estas obras.