La ley no importa. Las normas, matan. Tararí que te vi
En más de una parroquia es posible que tengan que escucharlo: la ley no importa, las normas matan. Tararí. Ni caso. Les están dando gato no por liebre, sino por solomillo de ternera de 1ª clase superior.
Lo del espíritu, la letra, la ley, la conciencia, la libertad interior tiene más peligro que escopeta de perdigones en manos de un tirador con estrabismo. Y el caso es que queda bien, parece maduro, pero en el fondo arrastra el peligro del relativismo más feroz: la ley no es importante, lo que vale es la libertad de los hijos de Dios, por tanto vamos a superar todo lo mandado y a actuar según lo que el Espíritu nos sople. Esto, en román paladino, quiere decir que vamos a pasar de toda norma y a hacer lo que nos pida el cuerpo, confundiendo el Espíritu con las apetencias propias de cada cual, que ya es confundir, pero ya sabemos que hay gente “pa tó”.

Soy visceral e incapaz de escribir sin un punto de ironía. Estos dos factores juntos pueden hacer que en ocasiones me salgan escritos tal vez pelín duros e incluso hirientes. Es el problema que tiene el picante: difícil encontrar el punto justo que alegre pero que no queme el paladar. Más difícil aún dar en el gusto a todos: desde aquel que pide su plato con picante nulo hasta el amante de comer entre lágrimas de satisfacción. 
¿De dónde habremos sacado y mamado los católicos ese complejo de culpabilidad que parece que arrastramos desde siempre, y especialmente en el último siglo? Es como si la humanidad, desde Sumer a la Unión Europea, pasando por Egipto, Grecia, Roma, las civilizaciones precolombinas, el islam y el estalinismo hubiera vivido siempre en un estado de bonhomía, paz y fraternidad universal que se rompió hace dos mil años con la llegada del cristianismo al mundo, y especialmente del catolicismo.