22.06.13

La primera comunión de los dos hermanitos

Prometí hablar del asunto y ahí va, aunque el asunto sea espinoso. Antes de nada, afirmar que tanto en primeras comuniones como en demás sacramentos, es el párroco en definitiva el “administrador” de los sacramentos, es decir, quien debe discernir cuándo, cómo y en qué condiciones. En el caso de primeras comuniones estoy convencido de que hay niños con sus seis – siete añitos que por formación y familia estarían perfectamente preparados para recibir la eucaristía, mientras que los hay que te da igual siete años que diez que son incapaces de distinguir lo básico: el pan consagrado de una galleta María.

El problema es que, por desgracia, se hace necesario mantener unos criterios para salvaguardar la integridad moral e incluso física del pastor. Porque no es nada sencillo decir a los padres que estos niños harán su primera comunión con siete años, esos con ocho y aquellos otros ya veremos. La respuesta puede ser de telediario, fuerzas de seguridad y servicios de urgencia.

Así que lo menos malo es que cada diócesis establezca sus criterios y permanecer firmes en ellos para evitar males mayores.

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21.06.13

Ustedes están para atraer a la gente, no para poner pegas

A mis hermanos sacerdotes estoy seguro de que les ha pasado más de una vez. Estás en el despacho y aparece alguien desconocido o muy poco habitual en la parroquia que te plantea alguna necesidad muy concreta: bautizo, comunión, boda, celebración familiar.

Si es bautizo, exactamente tal día y a tal hora para que coincidan los primos de Burgos, los suegros de Alicante y unos cuñados argentinos que casualmente pasarán por Madrid tres días. Por supuesto los padres no pueden venir a reuniones.

Los problemas de la comunión suelen venir de la mano de los centímetros del niño, sobre todo de la niña que va a parecer una novia, de los dos hermanitos que se llevan un año y nos hace ilusión que hagan la comunión juntos (de paso nos ahorramos una pasta), y de falta de tiempo para la catequesis, así que hemos pensado que mejor se prepare en un año aunque tenga que venir dos días o sino ya le prepara usted personalmente.

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20.06.13

La misa que tuvo que aguantar Javier

Cuando Javier traspasó la puerta de acceso a aquella iglesia para asistir a la celebración de un funeral por el eterno descanso de un amigo, de entrada ya se temió lo peor. Los bancos sin reclinatorio y un altar principal perfectamente móvil no podían barruntar cosa buena. Así que se preparó para intentar vivir la celebración lo más serenamente posible.

Sacerdote con las vestiduras litúrgicas prescritas ¡menos mal! Pero casi fue lo único correcto. Porque en aquella misa se dieron algunas cosas de menos, otras de más y otras de aquella otra forma.

De menos echó el acto penitencial, que no se explica porque había que omitirlo. De menos el lavabo, aunque ya se lo imaginaba. A cambio, moniciones sin parar en todo momento. Abundantísimas morcillas a lo largo de toda la plegaria eucarística, que no respetaron la exactitud ni siquiera de las palabras mismas de la consagración.

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19.06.13

Adoración perpetua: la joya de la corona

Algunos amigos de internet me preguntan de vez en cuando por la capilla de adoración perpetua. Los hay incluso, habida cuenta de que llevo semanas sin escribir del asunto, que hasta se malician que se haya cerrado. Pues no. Más bien todo lo contrario.

Este pasado lunes, cuatro meses desde su apertura. Cuatro meses el Santísimo expuesto. Cuatro meses si que en ningún momento hayan faltado adoradores: mañanas, tardes y madrugadas. Laborables y domingos. Fiestas y puentes. Cuatro meses. Bendito sea Dios.

Sueño nos pareció que hubiera una persona por turno. Ingenuos. Es verdad que hay huecos que cubrir de vez en cuando. Pero es más verdad que en la capilla se produce un trasiego constante de personas de toda edad que pasan a hacer su rato de oración.

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18.06.13

Señores curas: papeles en regla

Esto es una recomendación que quiero hacer hoy a curas y laicos responsables de los consejos de economía de las parroquias.

Tenemos tendencia a ser un tanto “abandonados” en cosa de papeles y documentación. Creo que es algo así como un cierto miedo de que nos puedan tachar de materialistas y una forma de demostrar, forma inconsciente tal vez, que somos gente espiritual, no contaminada con lo terreno y sólo preocupados de las cosas del Altísimo y la atención a los pobres, como si estas dos cosas pudieran llevarse a cabo sin tocar el vil metal.

He sido cura de pueblos –dos- durante nueve años. La gente me contaba que tanto en un pueblo como en otro existían algunas propiedades que se sabía eran de la Iglesia. Gente buena, que siempre la hay, no tuvo reparo en enseñarme algunas cosas: una parcela, una viña, un terreno, una caseta. Miro en el despacho, ni un papel. Pregunté en el arzobispado: nada de nada.

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