Coros parroquiales: elevar, no amenizar
Hace ahora como un año que inició su andadura la coral parroquial. Evidentemente, imperfecta, porque la suma perfección está solo en Dios y en un par de elegidos por el dedo de Dios para comprenderla y señalarla. No es nuestro caso. Qué se le va a hacer.
La coral parroquial ha alcanzado un más que notable nivel musical, nos ha deleitado ya con un par de conciertos y, de momento, está cantando en la misa mayor una vez al mes. No más porque para los participantes ensayar dos veces por semana y encima cantar cada domingo es mucho. Además, yo creo que no es bueno que el pueblo se acostumbre a ser simplemente “escuchador” -perdón por el palabro-, y por eso los demás domingos cantamos todos, que, por cierto, tenían que escuchar cómo suenan los kiries y el agnus de la misa de angelis en la parroquia.

Hermano, hermano, si nos remontamos al mismísimo origen, soy hermano de aquel negrito del África tropical, de la viuda incinerada a la fuerza en la India, de Gandhi y de Lenin, de Buda y Mahoma, Lutero y Calvino, santa María Goretti y Mata Hari, incluso soy hermano de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol, y del sol.
Cada día me asombro más no de la falta de formación de los católicos, sino de la pura y simple de formación en cuestiones de fe.
Creo que ni los más optimistas esperábamos llegar aquí, porque mañana miércoles, día 17 de febrero, celebramos en la parroquia el tercer aniversario de la puesta en marcha de la capilla de adoración perpetua.
Hace ahora cinco años, la actual portavoz del ayuntamiento de Madrid, doña