Dos pecados que no merecen la pena
Los peces pican porque los pescadores son listos y ponen el cebo más apetecible. Los humanos pecamos porque el tentador despliega ante nuestros sentidos goces, sensaciones, satisfacciones personales, destellos de la más alta felicidad. Y si no, piensen un poco.
Se peca porque te colocan delante algo que te agrada en grado sumo y eso te hace olvidarte de tus principios, tus compromisos, tu moral y al final la tentación te puede.
Uno comprende que ante una buena mesa y unos caldos apropiados, la gula nos venza. Se sabe perfectamente lo que supone la tentación de la carne y no precisamente la del plato, pero a cambio la gente se lo pasa pipa. El que peca por murmuración, al menos ha pasado un rato entretenido, y el que roba eso que gana en bienes materiales. Mal pecado la pereza, pero las siestas no te las quita nadie, y si faltas a misa un domingo o día de precepto, sacas a cambio una horita para hacer otras cosas.

Empiezo por el milagro gordo de este verano. La verdad es que en verano son unos cuantos los turnos que quedan libres por las vacaciones de los adoradores, y esto no es una zona de veraneo donde unos van y otros vienen. Aquí se van y se van, así que si durante el curso lo normal es tener que cubrir con suplentes apenas catorce o dieciséis horas por semana, en agosto podemos irnos a más de sesenta.
Vaya por delante que servidor tiene colocadas en su parroquia no una, ni dos, ni tres… sino cuatro pilas de agua bendita, a saber: dos en el templo principal, una en la capilla de diario y otra en la capilla de adoración perpetua.
No somos más bobos por falta de entrenamiento. Pobre de mí, que cuando me encontré con la tal Yayo Herrero en una mesa redonda sobre el cuidado del medio ambiente en una parroquia madrileña, atribuí el hecho a un gol que le habían colado a D. Carlos Osoro por toda la escuadra.
Pero vamos, que si en lugar de sensación quieren leer certeza, tampoco me voy a molestar.





