Vamos a atrevernos a decirlo: el problema de la Iglesia hoy es de falta de fe
La primera lectura de ayer domingo anda que no clarifica cosas:
En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no atendía a sus viudas. Los Doce convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron:
«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra».

Cuánto hemos disfrutado, la verdad. 
¿Cómo que todo es igual? Ni en la vida, ni en la religión o la política. Y quien dice que todo es igual, en definitiva, lo que está afirmando es que no admite crítica hacia lo suyo.
En alguna ocasión, comentaristas me han dicho que por qué no nos olvidamos ya de la Amoris Laetitia. Facilito: no nos olvidamos porque los hay empeñados en sacar el asunto a colación día tras día. En Madrid, por ejemplo, y sin ir más lejos, este curso ya hemos tenido dos tandas de charlas para sacerdotes sobre el particular, y todavía hace poco otra sesión organizada por PPC y con tal relevancia que el propio cardenal Osoro presidió su inauguración.





