Hoy, en medio de tanto dolor, don Jesús me ayuda a ser iglesia
“Socio” y un servidor damos paseos y hacemos excursiones. Le encanta el coche y basta abrir la puerta para que, de un salto, se introduzca en su bolso de viaje dispuesto a hacer kilómetros.
Ayer terminamos en Sotillos de Caracena, un pueblín de Soria deshabitado desde los años sesenta. Cuentan las crónicas que llegó a tener ocho casas y treinta y dos vecinos. Hoy, pasear por sus calles es regresar en el tiempo y pensar en una vida que fue y en una nada que es.
Sotillos mantiene aún, milagrosamente en pie, su iglesia parroquial. Me encanta, cuando el azar nos lleva a uno de estos pueblos, entrar en su templo y contemplar la ruina actual. No queda nada del altar. Restos del coro y un púlpito a medio caer. No tenían sacerdote, normal. Cuentan que don Jesús, el cura, acudía a caballo desde Pedro, para celebrar misa cada tres domingos.

Mala cosa es andar por la vida dejándose uno llevar por filias y fobias, especialmente si uno es o pretende ser periodista. Mal negocio.
Y cada vez más. Porque si es verdad que los curas a veces pareciera que andamos medio locos (me he levantado generoso), se supone que alguien debería exigirnos sensatez.
Insistencia, cachondeo, tocada de narices, befa, mofa, burla y añadan más adjetivos. Nos vamos a quedar cortos.
Ya saben mis amables lectores lo que son las parroquias de Braojos, Gascones y La Serna en invierno. Muy poca gente, frío, soledad y los cuatro de siempre en misa (cuatro los días mejores, que a veces uno o…). Pero ahora es verano, y es, sobre todo, agosto, tiempo de vacaciones y tiempo, en consecuencia, en que mis pueblos cobran vida. Mucha gente, fiestas patronales, el sonido de los niños, la gente que toma el fresco a la puerta.