Clase de religión: mal futuro, buen futuro ¿quién sabe?
Una de las noticias de esta pasada semana, que ha pasado sin especial repercusión, ha sido la nueva propuesta sobre la clase de religión que la conferencia episcopal ha presentado a la ministra de educación. Leo en Alfa y Omega que “la propuesta del episcopado español pasa por que los contenidos de la asignatura de Religión se integren en el ámbito de la educación en valores, donde estos –comunes para todos– puedan ser explicados desde distintas perspectivas, entre ellas, la católica". Me da que esto es el fin.
La delegación de enseñanza de la archidiócesis de Madrid publicó en algún momento un documento en dos columnas explicando lo que es y no es la enseñanza religiosa escolar.

Gordos, gordos… muy pocos. Precisamente, además, son los graves los que menos importan, porque grave, gravísimo, es que se cambie la plegaria eucarística, se permita la comunión eucarística de personas que viven en pareja de manera ilícita, no haya confesiones, se siga explicando la cristología iuxta modum, al cura no se le encuentre más que a la hora de misa y a carreras o el archivo parroquial lleve sin actualizarse años y años.
Hay un dato que nos tiene que hacer pensar alguna vez. Y es la cantidad de gente sin más formación religiosa que lo que Fulanito decía en mi casa o lo que comenta Menganita tomando café.
¿Pi… qué?
El lavabo en la misa, tras la presentación de ofrendas, es uno de esos signos que casi ha desaparecido en la liturgia de la Iglesia, aunque últimamente parece que algo se recupera. De hecho, todavía hay gente, no solo laicos, también sacerdotes que, abiertamente, cuestionan su obligatoriedad. Es de esas cosas que van desapareciendo y que de repente, un día, no existen y si alguien se empeña en continuar con ese rito ya sabemos que va a ser tachado como mínimo de “rarito” y “tiquismiquis”.





