Si es que somos la leche
Imaginen. Pongan imaginación, que eso es baratito (al menos de momento, que cualquier día hasta por eso nos van a cobrar). Imaginen que ustedes, en un deslumbramiento psicodélico, deciden abrazar el islam con todas las consecuencias. Cómprense una chilaba, vistan a su señora y a sus hijas en edad núbil con el hiyab, hagan sus rezos y, por supuesto, manden a sus niños a la escuela coránica para que aprendan a ser buenos musulmanes. Lo normal ¿no?
El problema es que ustedes, a pesar de llevar la vista recogida, han visto un día en la terraza de la tasca más cercana al profe islámico de sus niños poniéndose tibio de jamón, chorizo y lomo y con una melopea más que considerable. No solo eso, sino que acaban de enterarse de que el susodicho se ha casado civilmente con un maromo. Supongo que ustedes, amigos, en un ataque de sentido común se van a la mezquita para mostrar su desacuerdo y borrar a sus hijos de la formación que esté impartiendo tamaño infiel.

Tengo la costumbre, buena o mala no lo sé, de dar la razón a la gente en todo lo que me dicen. Por principio. Pero una cosa es que dé la razón y otra muy distinta que me calle, porque servidor, una vez aceptada la cuestión, tiene por costumbre sacar sus propias conclusiones. Ahí comienzan los problemas.
No voy a hablar de parroquias grandes. En templos con mucho culto los horarios suelen ser fijos y además estar colocados en sitios visibles. Me referiré especialmente a parroquias pequeñas, aunque para todos podrían valer.
Yo no sé si somos conscientes de las repercusiones pastorales que van a tener las nuevas medidas para tratar de frenar la pandemia. No se puede salir de casa desde las once de la noche y hasta las seis de la mañana. Los templos, al 50 % de manera habitual y en las zonas de especial riesgo al 30 %, y así hasta mayo.
O al menos parte del personal. La mayor parte de los católicos vive feliz en su nube haciendo su vida y practicando su fe, y pasando bastante de lo que digan obispos y papa. De los más enterados o al día de la vida de la Iglesia hay, a su vez, que hacer subdivisiones. Unos cuantos que viven la actualidad eclesial como a distancia, sin implicarse especialmente, otros que están entusiasmadísimos con el papa Francisco, aunque tengo la impresión de que son menos y por eso manifiestan un entusiasmo creciente para compensar. Y, finalmente, mucha gente agobiada y cabreada con la actual situación.





