Un balcón y una butaca

Lo de la persiana verde, enrollable con cuerda, y el botijo, queda ad libitum, pero el balcón y la butaca hoy me resultan imprescindibles.
Esto es un lío. Para empezar, la política. La cosa no pinta bien, seamos claros. Demasiadas cosas se avecinan y ninguna buena. Tenemos eutanasia, nueva ley de educación. Socialistas, comunistas, filoetarras y separatistas decidiendo el futuro de España. Unimos pandemia y crisis económica e institucional y ya lo tenemos todo.
No está mejor la cosa eclesial. Otro lío. En Roma no es que estén las cosas especialmente claras. De Madrid no hablo, aunque me entero.
¿Qué podemos hacer?

Siendo un servidor párroco de Guadalix de la Sierra y Navalafuente, nochebuena suponía una evidente incompatibilidad en el horario de la misa. Imposible la bilocación para la misa del gallo, así que celebraba misa del gallo en Guadalix a las doce de la noche, muchos más habitantes y con importante tradición de celebrar y cantar la nochebuena, y en Navalafuente, a las 20 h., la que de forma simpática yo llamaba “misa de pollito”. No se podía hacer otra cosa.
Me preguntan por Rafaela. Que si estará enferma. La verdad es que lo que está es harta de coronavirus, de historias, de componendas y tomaduras de pelo. El problema es que cuando se harta, se calla, así que la hartura debe ser mucha.
Distingamos, que diría un escolástico, entre pobreza personal voluntaria y pobreza institucional. La pobreza voluntaria, especialmente cuando es por el Reino de los cielos, es don de Dios y signo del Reino que vendrá. La austeridad personal por bien de los pobres es caridad cristiana. Aclarado esto, la pobreza de las instituciones, de la Iglesia en concreto, a modo de ver de un servidor, es una tristeza y una desgracia.
O al menos algunos, con la presidenta, Meritxell Batet, a la cabeza.





