Nunca pasa nada, ahora, porque antes sí que pasaba
Se han empeñado o nos hemos empeñado en mirar para otro sitio. Mil reuniones, planes, proyectos pastorales, sugerencias y ocurrencias. Vale. Completamente inútil mientras no nos atrevamos a reconocer la actual situación de la Iglesia católica.
Algunas cosas de ahora mismo para que nos demos cuenta de cómo estamos.
Parto de mis pueblos. Tres años y medio ya. Tres bodas en total y de ellas dos de amigos míos que decidieron venir a casarse a la sierra madrileña. Va a hacer un año desde el último bautizo.
El otro día celebré la misa, día laborable, en un pueblo de la comunidad de Madrid con un censo de más de seis mil habitantes. Tres personas rezando el rosario previo a la misa y catorce en la eucaristía, de ellas, seis religiosas. Creo que un servidor era el más joven. Me dicen que en la misa vespertina del domingo apenas llegan a las veinticinco personas.

Me dice que todavía no se ha repuesto pero que se quedó tan a gusto. El caso es que hacía años que no pasaba por el pueblo su prima Angelita, que de joven se fue de monja con las Társilas y a la que había perdido la pista hacía tiempo. Postulantado, noviciado, misiones… años sin volver a España y menos al pueblo.
Es que esto es un jolgorio y no precisamente místico. Un total desmadre que va a más por momentos. Cualquier cosa en esta Iglesia nuestra es posible. No pasa nada. Nunca pasa nada.
A ver, si la cosa es muy sencilla. Tan sencilla como que alguien nos diga si lo del sexto mandamiento es como siempre o si últimamente se ha concedido una dispensa general de facto.





