Dr. Escolà-Gascón: "La reencarnación no tiene base científica y las ECM están influenciadas por una dictadura ideológica"

El matemático y psicólogo advierte a los católicos sobre el peligro del mensaje sincretista detrás de las ECM (Experiencias cercanas a la muerte) 

El Dr. Álex Escolà-Gascón es matemático, psicólogo y profesor universitario. Ha codirigido diversos proyectos científicos internacionales, entre ellos un programa oficial de la Unión Europea sobre los derechos de libertad de creencias y de conciencia, y ha sido asesor de la Dirección General de Asuntos Religiosos del Gobierno de Cataluña. En 2024 fue nombrado miembro de la Sociedad de Honor en Investigación Científica por la revista American Scientist y galardonado por la Society for Psychical Research del Reino Unido por el mejor proyecto científico del año. Autor del Handbook of Statistics (McGraw-Hill) y Las Fronteras de lo Posible (Penguin Random House), ha publicado numerosos trabajos de alto impacto. Su investigación actual se centra en los márgenes y estados alterados de la conciencia.

¿Cómo nació su interés por estudiar las ECM desde el punto de vista científico y qué es lo que le ha aportado a nivel personal?

A diferencia de la mayoría de médicos, investigadores y personas interesadas en las ECM, mi interés no surge de una experiencia personal. Afortunadamente, yo no he tenido ninguna ECM, al menos por ahora. Mi acercamiento a las ECM proviene de mi fe católica. Dicho así sonará raro a más de un lector, pero permíteme razonarlo. Mi fe no es ciega. Tampoco es esclava del dogmatismo. Mi fe es parecida a la figura de santo Tomás apóstol: dudo y necesito cuestionarme lo que vivo para ser de Dios. No puedo entregarme a Dios en totalidad si no le busco, si no le encuentro y no le reconozco en mi vida. Desde esta perspectiva, la muerte es para los cristianos el misterio de encuentro con Dios más explícito. Si soy buscador y seguidor de Jesús como lo fueron santo Tomás y los demás discípulos, por una cuestión de coherencia y de razón, el misterio de la muerte debe ser objeto de duda científica, pero también motivo de fe en la resurrección.

Desde este tipo de búsqueda y trascendencia, me pregunté: ¿qué puede haber de Dios en las ECM? ¿Qué aspectos (y verdades) de la fe podrían manifestarse en las ECM? Estas cuestiones me condujeron a otros planteamientos menos religiosos, como, por ejemplo, la hipótesis sobre si la consciencia humana sobrevive fuera o más allá de nuestro cerebro. Y si sobrevive, ¿de qué manera lo hace, qué recursos emplea y cómo se manifestaría en la experiencia humana? Fíjate, las primeras preguntas obedecen a inquietudes personales y subjetivas, principalmente desde mi fe cristiana, pero las segundas ofrecen planteamientos que nos conducen al enigma sobre cómo medir la consciencia, lo cual es una idea científica; ¿acaso los científicos no nos dedicamos a medir “cosas”? Por lo tanto, mi interés y fascinación por las ECM tienen esta doble vertiente: como cristiano, una búsqueda de Dios; como científico, la búsqueda de su medición o demostración matemática de su inconmensurabilidad.

¿Cuáles son, a grandes rasgos, las principales conclusiones y más relevantes aportaciones a la ciencia de sus trabajos al respecto?

En nuestras investigaciones nos confrontamos con la realidad de cómo las creencias, opiniones e ideologías de los científicos afectan a la interpretación de sus resultados. A menudo la gente piensa que la ciencia es independiente de los sistemas de creencias, pero esta idea es completamente falsa. Todos tenemos algún tipo de creencia porque todos tenemos alguna forma de pensar o de entender qué es la realidad, qué significa existir y cuáles son los límites de la vida. Tener algún tipo de noción sobre eso implica tener alguna creencia. Y los científicos también “padecemos” esta condición. Pero cuidado, nuestro deber y responsabilidad no es privarnos de tener creencias, sino aplicar los medios necesarios para evitar que interfieran con nuestro trabajo de investigación. Esta es la parte más delicada.

Las conclusiones a las que hemos llegado son que la ciencia, o sea, la forma en la que construimos conocimiento científico, carece de recursos para poner en diálogo las creencias y la investigación. Y esto incluye los encuentros e intercambios inevitables entre ciencia y fe. Lo que demuestran muchos de nuestros trabajos científicos es que fe y ciencia no son competidoras, como históricamente se nos ha pretendido enseñar, sino que son colaboradoras de una misma verdad. Y algo sí podemos decir con claridad: lo cierto es que las fronteras donde termina la vida y comienza la muerte no son las que nos han contado. No son las que la evidencia científica ha establecido hasta ahora. Nuestros experimentos rompen con esos límites que se supone que son imposible de superar. El auge de las ECM es justamente un signo social de cómo la ciencia sale al encuentro de las creencias y las creencias se ven necesitadas del conocimiento para seguir aprendiendo y expandiéndose.

Y cuidado, a nivel científico, quiero aclarar que el problema no está en tener la certeza subjetiva de que las ECM puedan ser la prueba de que exista vida después de la muerte. Para el científico, las creencias son hipótesis o certezas que pueden tener o no fundamento y aquí viene lo importante: el verdadero problema no recae en las creencias, sino en cómo rastreamos las huellas o las pruebas de nuestras hipótesis, que nos conducen a reforzar un sistema de creencias u otro. En términos humanos, somos libres para creer en lo que queramos, pero el valor de nuestras creencias recae en los motivos y en los fines que justifican que las tengamos.

Entonces, ¿qué es más importante, el acto de creer o aquello que nos permite o nos hace creer?

Pues eso no lo sé, pero lo que sí sé es que una persona puede decirme que está convencida de la existencia de los unicornios o que cree indudablemente que los unicornios son reales. En esa situación, mi deber como científico no es juzgar esa creencia; la responsabilidad que tendríamos todos, y especialmente el científico, es la de consultarle y valorar con esa persona cómo ha rastreado o medido los indicios que le llevaron a estar convencida de la existencia de los unicornios. En la búsqueda del rigor y la objetividad, ese es el problema al que nos enfrentamos en el campo de las ECM: qué motivos (pruebas) ofreceremos a favor o en contra de nuestras hipótesis y qué fundamentos subyacen a nuestras creencias. Piénsalo así: santo Tomás pudo tocar algunas de las llagas de la crucifixión, pero no todo el mundo dispone de esa oportunidad o recurso, ni pretende tolerar ninguna confrontación de este tipo. La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿de qué tenemos tanto miedo para reaccionar con tanta vehemencia? ¿Quizás de que los unicornios puedan ser reales?

¿Dirías que en las ECM se han divulgado opiniones con demasiados unicornios?

Existen numerosos científicos opinando públicamente sobre las ECM, pero casi ninguno realiza investigación cuantitativa sobre ellas y tampoco enseña a la gente los resultados de ciertos estudios que apoyaron o no el hecho de que las ECM sean una prueba de la supervivencia de la consciencia más allá del cerebro. A estos científicos yo les diría que no me hablen de sus “unicornios”. O sea, que no me hablen de sus “cuentos”, sino que me “cuenten” sobre sus trabajos objetivos y rigurosos de investigación; dónde los publicaron, qué hipótesis formularon, qué diseño utilizaron y cuáles fueron sus resultados. Y esto mismo debería pedir la gente a estos profesionales, para que la divulgación no se quede limitada a los titulares. Incluso los cristianos debemos rescatar la duda de santo Tomás para reconectar con nuestro pensamiento crítico y analítico. Y lo más maravilloso es que el ejercicio de la razón no contradice la fe, sino que, bien utilizado, nos conduce a reafirmarnos o a la disposición del acto de creer, como mencionabas antes.

¿Cómo valora el hecho de que nunca en la historia ha habido tantos medios para estudiarlas a fondo, tanto a nivel científico como académico, y para registrar miles de testimonios con todo lujo de detalles?

Cuando señalamos a la luna y la gente se fija en el dedo, algo estamos haciendo mal. A veces nos olvidamos de que la tecnología no es el fin, sino únicamente el medio. El hecho de que actualmente las ECM se puedan rastrear mejor por los recursos que tenemos no significa que hayamos resuelto su misterio. Yo al menos no lo doy por resuelto: ni para quienes afirman que son una prueba de la existencia de vida después de la muerte, ni para sus detractores, quienes también afirman que, más allá de errores perceptivos y alucinaciones, las ECM carecen de valor. Ambas posturas están equivocadas y la humildad intelectual consiste en reconocer que todavía no tenemos una respuesta objetivamente satisfactoria para este tipo de enigmas. Para mí está claro que en las ECM hay algo más que ilusiones o defectos perceptivos, pero no te puedo decir que la tecnología actual nos permita mostrarlas ante el mundo como la prueba científica de la existencia de un “más allá”.

O sea, que no está ni a favor ni en contra de las ECM…

Yo, de creer, creo en Dios; lo demás me gusta comprobarlo. Yo no estoy a favor de ninguna ideología que pretenda construir un discurso de consumo y un modelo de mercado para manipular a la gente; eso es precisamente lo que hacen muchos gurús actuales. Me da igual si en eso intervienen creencias de un tipo o de otro, incluidas las ateas. En el momento en que periodistas y científicos convierten el trabajo académico de alguien en una venta ideológica, ya sea para desprestigiarle o para elogiarle, están actuando, en términos cristianos, como los mercaderes del templo. Eso es una forma de doble rasero que no deberíamos tolerar.

Este tipo de comunicación ideológica, que genera mucho impacto, ventas, interacciones y que también sirve para llenar teatros, solamente pretende alimentar la notoriedad del comunicador y reforzar a través de él un modelo, o bien de negocio, o bien de activismo social, o de ambas cosas juntas. El principal problema de la divulgación de las ECM tiene dos caras: la necesidad de ser generadores de influencia y networking en la sociedad, como también la conveniencia de hacer caer “estrellas” para facilitar que otras brillen más. Lo que algunos consideran selección natural, poniendo en valor la lucha del más fuerte, yo lo llamo dictadura ideológica a discreción. Lo del networking, aunque suene bien, a veces se parece más al enchufismo de toda la vida. Así me lo dijo mi abuela. Y tristemente está de moda en la actualidad. La gente debe urgentemente tomar consciencia de este problema en general, en cualquier tipo de divulgación y, en particular, dentro del ámbito de las ECM.

Entrando de lleno en el contenido de las ECM, una de las cosas que más llama la atención, como denominador común, es la sensación de paz y felicidad que experimentan muchas de las personas, independientemente de su credo…

Sí, la evidencia estadística apunta que la mayoría de quienes vivieron alguna ECM tuvieron sentimientos de armonía, comunión y paz. Estas vivencias son claramente positivas, pero se registraron únicamente después de que la ECM sucediera. O sea, se trata de emociones elaboradas y reinterpretadas con posterioridad y no en el momento de tener la experiencia. Esto, aunque parezca una obviedad, es crucial, ya que cuando nos sentimos tristes, la tristeza se manifiesta en el aquí y el ahora. Las emociones, cuando ocurren realmente, no son pasadas ni futuras, son presentes. En caso contrario no estarían ocurriendo, sino que estarían siendo recordadas. Esto es lo que sucede en las ECM; no es que científicamente hayamos medido qué estados emocionales positivos suceden en el momento de la ECM, sino que se registra el recuerdo o la manera en que la persona cree haberse sentido en su ECM. Nuevamente, también en esto, intervienen los sistemas de creencias y, por lo tanto, necesitamos preguntarnos qué hubiese sentido una persona en su ECM si cambiase sus creencias sobre su propio recuerdo.

Sin embargo, cada vez se documentan más testimonios de personas que se atreven a hablar de ECM negativas… que van más en consonancia con los dogmas católicos de la existencia del infierno, del purgatorio…

Lo más próximo al purgatorio que conozco y que estadísticamente hemos registrado en las ECM es la presencia de una figura desconocida que se encarga de evaluar los actos que la persona cometió en vida. Según estos testimonios, esta figura es la que se encarga de decidir si debe regresar a la vida o si debe completar su tránsito. Esta información me resulta especialmente sugerente para los cristianos. Dado que parte del infierno también ocurre en el “más acá” y no solo en el “más allá”, me preguntaría lo siguiente: ¿será que algunas personas regresan a la vida porque parte de su purgatorio lo deben vivir en el “más acá”? Me lo pregunto como reflexión personal, sin atribuir a nadie ningún castigo.

Muchos testigos viven el regreso a la vida como una segunda oportunidad, como una bendición o una gracia, también para sus seres queridos. Y sí, volver a la vida es sin duda un regalo, pero precisamente por eso no debemos subestimar la otra cara de la moneda: ¿y si se volviera para aprender a morir (y no solo a vivir)? ¿Y si se volviera para aprender a aceptar el sufrimiento (y no solo el placer)? Y me gustaría añadir que, con independencia de lo anterior, también ocurren ECM negativas, que no se recuerdan con felicidad, sino como aterradoras. In este tipo de casos predominan estadísticamente emociones basadas en el estrés, angustia, incertidumbre, confusión, impotencia y soledad. Estas personas a menudo necesitan acompañamiento psicológico y a veces también psiquiátrico, para poder integrar y reconducir el recuerdo perturbador de su ECM.

También llama mucho la atención que muchas personas cambian de vida hacia una espiritualidad difusa, que nada tiene que ver con el retorno a Dios a través de los sacramentos…

El ser humano es extremadamente vulnerable para perderse. ¡Si podemos perdernos en nuestra propia experiencia ordinaria, imagínate en lo extraordinario! Precisamente por esta vulnerabilidad, en las ECM el acompañamiento personal y espiritual resultan convenientes. Te diría que en este contexto de las ECM hay mucha gente que desea sentirse acompañada o siente que necesita un acompañamiento profundo; el problema es que suele verse atropellada por los titulares y la publicidad masiva de los encantadores de serpientes. Y obviamente, ningún encantador de serpientes va a presentarse públicamente advirtiendo que lo es. Con tantas trampas, manipulaciones, desinformación y cepos en el camino, nuestra percepción y experiencia colapsan, dejándonos indefensos ante esa dictadura ideológica a discreción que mencionaba antes. Como te podrás imaginar, así es incoherentemente complicado realizar un discernimiento espiritual que permita a algunas personas tener un encuentro personal con Dios y volver a los sacramentos. But para quienes tenemos fe, incluso en este escenario imposible, no debemos tirar la toalla.

Igualmente, a través de estas experiencias se hace apología de la reencarnación, en nombre de la ciencia, cuando no hay ninguna prueba científica sobre ello…

No, no existe ninguna prueba científica de que la reencarnación sea real. Eso hay que desmentirlo. Varios investigadores y divulgadores lo defienden porque como titular vende muy bien, pero los estudios científicos que se hicieron sobre reencarnación (y con niños), siguiendo la creencia de que acumulamos vidas pasadas encarnadas, no ofrecen pruebas de que dicho fenómeno sea real. Las supuestas pruebas científicas son, en el mejor de los casos, fenómenos inexplicados o anómalos que desbordan el conocimiento científico que la ciencia ortodoxa intenta estudiar, a través de la consciencia y la experiencia. Que algo desafíe lo que científicamente podamos reproducir, controlar y medir no significa que sea una demostración a favor de algún tipo de creencia, como sucede con la reencarnación.

El problema de estos titulares es que transforman en ideología trabajos científicos que se publicaron sin que necesariamente los científicos implicados en ellos pretendieran estar a favor o en contra de la reencarnación. Se construyó un discurso de consumo polarizado y mediático que tuvo una doble vertiente: por un lado, fue motivo de engaños para el público, pero por el otro, a mi juicio, también despertó en algunos científicos que investigaron la reencarnación el deseo de sentirse más famosos de lo que ya eran. Alguno de estos científicos me dijo: “si no lo contamos, no cuenta para la gente”. Y mi respuesta fue una pregunta: ¿Pero “cuántos” “cuentos” “contaríais” para seguir vendiendo vuestro “cuento”? En otra ocasión, otro científico me comentó que si me unía a él llegaría muy lejos, profesionalmente y dentro de la academia. Le contesté que en la vida lo importante no es llegar lejos, sino bien, sea cual sea el destino. Quizás tenga una forma de ser demasiado directa o extraña, no lo sé, pero sí sé que no pretendo responder con dureza, sino hacer pensar a la gente, incluidos a estos científicos, a quienes respeto y estoy abierto a extenderles mi mano (San Mateo, 12:13), si pudiera ayudarles o aportarles algo bueno.

Además, la reencarnación va radicalmente contra la concepción tradicional del hombre como unión sustancial de cuerpo y alma…

El problema de la reencarnación para el cristianismo es que viola la unicidad del ser, cayendo en la contradicción principal de que un único ser sea muchos seres (a saber, tantos como reencarnaciones). Como bien apuntas, el alma no es una verdad independiente del cuerpo, ni el cuerpo es una posesión exterior que tengamos a modo de vestimenta. Si cuidar nuestro cuerpo también implica cultivar una parte del alma, haciendo una clara analogía con la idea de que nuestro cuerpo es templo para el alma, entonces, aunque podría estar equivocado, yo no encuentro sentido a que las almas vayan de uno a otro, como si el cuerpo y la vida que contiene pudieran perder su carácter sagrado.

Las vivencias que algunos llaman “experiencias de vidas pasadas” podrían ser científicamente una manifestación disociada de nuestro yo, reproduciendo una nueva personalidad e identidad de nosotros que, de otro modo, no podría expresarse. A nivel sociológico esto también ocurre con otro tipo de actividades que Occidente ha paganizado, como el carnaval. Lo que me interesa destacar del carnaval es únicamente su funcionalidad social: muchas personas aprovechan este tipo de fiestas para disfrazarse de aquello de lo que nunca se podrán vestir en su día a día. Obviamente, el carnaval cumple con muchas más funciones y significados, pero no me interesa entrar en ellos. Me interesaba ejemplificar cómo una disociación también podría ser no clínica, o sea, sin sufrimiento en cuanto a salud mental. Lo mismo siento que sucede con las experiencias de vidas pasadas y las llamadas hipnosis regresivas. En este caso, no tengo ningún problema en que haya gente que crea en esas vidas pasadas; tampoco hay inconveniente en reconocer los efectos clínicos científicamente probados de la hipnosis. El problema es cuando se junta una parte de la ciencia (la eficacia de la hipnosis) con una creencia confusa, como hacer pensar a la gente que dicha técnica nos permite revivir reencarnaciones pasadas. Ahí está lo que me preocupa porque pervierte el ejercicio de la investigación científica aplicada a la hipnosis, haciendo que algunos científicos la reconozcan como falsa o pseudociencia, cuando en realidad se trata de una técnica legítima.

¿Qué explicación encuentra al hecho de que muchas personas que pasan por una ECM pierdan el miedo a la muerte e incluso tengan fuertes deseos de volver a ese estado?

Yo te diría que, en las ECM, perder el miedo a la muerte no equivale a conocer qué hay después de ella. En realidad, tememos a lo desconocido hasta que le ponemos algún rostro; en términos generales, eso es lo que permiten hacer las ECM con la muerte. Nuestro cerebro está preprogramado para no tolerar el vacío. Cuando una experiencia pasada quedó sin resolver en nuestra historia personal, automáticamente nuestra mente establece conjeturas, reinterpreta lo desconocido e intenta darle alguna forma en búsqueda de soluciones comprensibles. Sea cual sea la solución que apliquemos en una experiencia inconclusa de nuestro pasado, se trataría de un constructo mental inaccesible a la comprobación. Solamente sería una construcción de nuestro cerebro.

Así, las ECM también son constructos en sus testigos que les permitirían reaprender el significado de la muerte, perdiendo su miedo, no porque sepan resolver este enigma, sino porque sienten que lo comprenden mejor desde la vida. Ciertamente, las ECM pueden ser un signo social de cómo el ser humano aprende a vivir este misterio, pero tampoco contienen la respuesta a él a través de las construcciones que hace nuestra mente. Al fin y al cabo, la verdad debería ser algo superior a los constructos que hace y deshace nuestra mente, ¿no?

Incluso dicen que allí la existencia es más plena y son más conscientes de estar vivos…

La experiencia de sentirse consciente de que estamos vivos es un acto de lucidez. Algo de las ECM que resulta científicamente inexplicado es la posibilidad de que un cerebro moribundo (a punto de morir), en condiciones biológicas incompatibles con el recuerdo, sea capaz de desarrollar estados en la experiencia de máxima claridad. Y la lucidez que se ha registrado es doble: hay una lucidez sensorial (relativa al realismo y percepción de los olores, sabores, sonidos, etc.) y otra que es lógica (relacionada con la claridad de lo que se está pensando en ese momento). Científicamente, ante las condiciones biológicas y médicas reales en las que se producen las ECM, ambos tipos de lucidez serían imposibles y, sin embargo, ocurren a través del recuerdo.

La comunidad científica se esfuerza en contrastar y ampliar la hipótesis de la descarga hormonal, cuya explicación neurológica a dichos estados de lucidez consistiría en asumir que el cuerpo, en un último intento desesperado para anteponerse a la muerte y evitar el cese total de sus funciones biológicas, liberaría masivamente monoaminas y otras hormonas estimulantes para activar instantáneamente las funciones ejecutivas del cerebro, relacionadas también con el recuerdo. Pero esto, aunque la evidencia obtenida hasta ahora apoya tal hipótesis, sería un mecanismo biológico insuficiente para poder explicar todo el proceso de cómo emerge y se define dicha lucidez. Por eso bastantes científicos prefieren seguir asumiéndola como enfoque hipotético, dado que en sí misma sigue siendo una solución incompleta.

Ahora, una cosa es hablar de lucidez en las ECM, que tiene valor y sentido científico, y otra idea muy distinta es la reinterpretación que algunos divulgadores le han atribuido. Términos como supraconsciencia o superexperiencias suelen referirse a la creencia esotérica de que ciertos estados de la consciencia son sobrenaturales. Y no en vano digo creencia esotérica, ya que a menudo encontramos una especie de divinización de la experiencia, pero sorprendentemente sin Dios. Fíjate, hace 100 años se proclamaba: Cristo sí, pero Iglesia no; luego vino eso de Dios sí, pero Cristo no. Después fue Dios no, pero la espiritualidad cristiana sí (y por el camino nació la “New Age”). Actualmente, estamos en la fase de espiritualidad cristiana tampoco, pero consciencia universal sí. ¿Cuáles deberían ser los límites?

¿Hasta qué punto es necesario que un católico esté bien formado para no dejarse embaucar por el mensaje esotérico y sincretista que hay detrás del mundo de las ECM?

Los católicos no debemos estar únicamente en el mundo, debemos conocerlo y comprenderlo sin que tengamos que pertenecer a él. Y debemos conocerlo y comprenderlo para aprender a amarlo mejor. Para lograr tal conocimiento y comprensión es inevitable la formación, pero qué significa formarse bien y hasta cuándo es suficiente para un cristiano es una cuestión muy controvertida. Y concretamente, la polémica incide en la cuestión sobre en qué grado es necesario exponerse a determinados tipos de contenido. Dice el refrán que “no hace falta morder una rosquilla para saber que es dulce”. Aunque estoy de acuerdo con esta idea, también existe el desafío de que, para adquirir ciertos conocimientos, es necesaria la experiencia. Siguiendo con ese refrán, sí, para saber que una rosquilla es dulce no hay que morderla, pero saber qué es el dulzor no equivale a la experiencia de vivir y sentir qué sabor tiene el dulce.

Fíjate, es posible conocer toda la historia de las ilustraciones de la Capilla Sixtina, su simbología, sus mensajes, etc. Pero si no vas presencialmente a ese lugar, jamás sabrás cómo huele, qué se siente y qué despiertan en ti sus representaciones artísticas percibidas en directo. Así, excluir la experiencia de la formación únicamente para proteger nuestra paz y moralidad es, en determinadas ocasiones, algo limitante. Cuando la experiencia se incluye en la formación, considero que es esencial hacerlo en condiciones seguras, también en un sentido psicológico y especialmente espiritual. De este modo, si sentimos que una experiencia pone excesivamente en riesgo nuestra integridad y los valores que la definen, entonces es cuando debemos preguntarnos en qué grado es prescindible y si podríamos aprender sus contenidos de otra manera más prudente, teniendo presente esa idea tan extendida de que “prevenir también es curar”.

Por Javier Navascués

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