Paloma Hernández: “Si borramos a Dios no seremos libres y felices. Es el gran engaño de la modernidad”

Paloma Hernández (Madrid 1977) es licenciada en Bellas Artes, con especialidad en Pintura por la Universidad de Salamanca (usal), y cuenta con dos másteres: uno en Postproducción Digital por la Universidad Politécnica de Valencia (upv) y otro en Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Salamanca. Con más de veinticinco años de trayectoria profesional en las artes plásticas, es conocida en este ámbito como Paloma Pájaro. Es autora de los libros Arte, propaganda y política (Sekotia, 2021) y El fin de la Izquierda (Sekotia, 2023) e Islam y feminismo (2024). Fue investigadora asociada de la Escuela de Filosofía de Oviedo, perteneciente a la Fundación Gustavo Bueno. Además, dirige el canal de YouTube “Fortunata y Jacinta", centrado en la filosofía política y la filosofía de la historia. Desde septiembre de 2018, este canal ofrece análisis sobre fenómenos políticos, sociales, artísticos y religiosos de la actualidad, así como una defensa razonada de España y la Hispanidad.

¿Por qué un libro titulado De la muerte de Dios a la muerte del hombre?

Porque quería subrayar que la crisis contemporánea no es solo existencial, psicológica, moral o política. Es una crisis antropológica y civilizacional: si borras a Dios destruyes también al hombre. El título describe un proceso histórico que se inició hace unos 250 años y que supuso el paso del orden histórico-político de la Cristiandad a un régimen progresivamente secularizado, en el que Dios y la religión fueron desplazados del centro de la sociedad y de la política. Se trataba de construir una sociedad sin Dios, o mejor dicho, contra Dios… contra el Dios de los católicos, para ser exactos.

Evidentemente, Dios no muere porque el hombre deje de creer en Él. La «muerte de Dios» significa su expulsión del horizonte público y, finalmente, de la propia comprensión del ser humano. José Javier Esparza lo explica con precisión en el prólogo que ha escrito para el libro: «Evidentemente, Dios no va a dejar de existir por el hecho de que el hombre diga que ya no hay Dios. De lo que estamos hablando es más bien de una desaparición, de un ocultamiento (…) Nuestra civilización, la civilización occidental moderna, borró a Dios (lo “mató”) y puso en su lugar al hombre con su razón universal».

Primero se destronó a Dios para coronar al hombre y después se declaró que el propio hombre era una construcción cultural modificable. Por eso el libro sostiene que ambas muertes están relacionadas: «sin el Creador, la criatura desaparece». Al perder a Dios, el hombre no se ha encontrado a sí mismo; más bien se ha perdido, se ha quedado sin saber quién es y cómo debe vivir.

¿Cuál es su propósito con este libro?

Mi principal objetivo era responder a la pregunta de cómo hemos llegado hasta aquí y también ofrecer un camino para iniciar la reacción y la reconstrucción. Un camino accesible a todo el mundo, por cierto, porque debo advertir que en el libro hay teología y filosofía, pero que no se trata de un ensayo reservado únicamente a especialistas en teología o en filosofía. Todo lo contrario, está escrito para que cualquier persona pueda entender las conexiones que van desde el Génesis hasta la misión de san Pablo; desde el reinado del rey David hasta la monarquía temperada del Imperio español, pasando por el Imperio romano, el Anticristo de san Juan, el katéchon de san Pablo y la doctrina del Reinado Social de Cristo. También abordo el hilo que va de Lutero al krausismo, así como la ofensiva modernista contra el cristianismo, los fundamentos de la francmasonería, el proceso de folclorización de la fe o la papolatría, tan en boga hoy en día.

El caso es que hoy día muchos viven convencidos de que la religión es un lastre y que había que eliminarla para así alcanzar por fin la plenitud, pero esa es la gran mentira de la modernidad: creer que no necesitábamos a Dios, que el borrado de Dios nos haría definitivamente libres y felices. Pero resulta que el individuo se encuentra hoy más aislado, desarraigado, desesperanzado y desorientado que nunca, incapaz incluso de entender que ahora está más sometido y tiranizado que hace trescientos años.

Lo que estamos comprobando hoy día en España y en todas las regiones del mundo que conformaron o fueron herederas del régimen de la Cristiandad es que cuando se elimina a Dios como principio ordenador de la realidad, las consecuencias alcanzan a todos los órdenes de la vida… todo se disuelve, se rompe, se destruye… la moral, la familia, la educación, la economía, la sociedad y también, por supuesto, la política. Europa se construyó desde coordenadas cristianas y una civilización no puede borrar su fundamento sin que todo el edificio termine resquebrajándose. Más teniendo en cuenta que uno de los peligros más inmediatos es el crecimiento de una ideología político-religiosa llamada islam.

Antes ha hablado del peligro de la papolatría, ¿cómo definiría usted ese fenómeno?

Bueno, la papolatría comienza cuando la autoridad pretende ocupar el lugar que corresponde a la Verdad. Es decir, cuando se actúa como si una afirmación fuese verdadera simplemente porque procede de una autoridad eclesiástica, y no porque esa autoridad esté custodiando y transmitiendo fielmente la Verdad revelada por Cristo. La autoridad del papa no es absoluta ni creadora, sino que está al servicio de la Revelación, de la Tradición y de la misión recibida por la Iglesia. Y nuestra función, como la de san Juan Bautista, es señalar a Cristo y decir: «Este es el Cordero de Dios». Esa es la misión de la Iglesia militante, señalar a Cristo.

Hoy día hay mucha confusión interesada sobre estos temas, pero la tradición católica ha dejado siempre muy claro que la dignidad del cargo eclesiástico no garantiza por sí sola la santidad personal. Toda autoridad humana, también la más elevada dentro de la Iglesia, permanece sometida al juicio de Cristo, único Señor y Cabeza de la Iglesia. De ahí que la veneración hacia el ministerio petrino nunca implicara la divinización de la persona del papa ni la identificación automática de todas sus decisiones con la verdad revelada.

Hoy día, sin embargo, pocos saben que un católico puede criticar ciertas ideas, decisiones o conductas de un papa, sin incurrir por ello en desobediencia. La crítica se puede y se debe hacer, aunque siempre desde la caridad, el respeto y la fidelidad a la Iglesia, es decir, sin cuestionar la institución del papado ni la autoridad del papa como sucesor de san Pedro. Y Pedro era una persona de carne y hueso, no necesariamente santa ni impecable. El papa es el sucesor de Pedro, no el sucesor de Cristo. Cristo continúa siendo Cabeza de la Iglesia, de manera que toda autoridad eclesiástica permanece subordinada a Él. Esto significa que la autoridad del papa es vicaria y ministerial, por lo que su misión consiste precisamente en servir a una Verdad que no le pertenece y que no puede cambiar de forma caprichosa o voluntarista para adaptarse al mundo.

¿Por qué las ideas que pretendieron destronar a Dios son las mismas que amenazan hoy con acabar con el hombre? ¿Cuáles son estas ideas?

Porque esas ideas parten de un mismo error: considerar al hombre un ser autosuficiente, capaz de darse a sí mismo su naturaleza, su verdad y su ley moral. Es la vieja tentación del Génesis: «Seréis como dioses». Es decir: proclamaos soberanos absolutos y podréis decidir por vosotros mismos qué es el bien y qué es el mal. Ese es también el principio que impulsa la ideología laicista: negar el Reinado Social de Cristo, expulsar a Dios de la vida pública y recluirlo en el fuero interno de la conciencia individual.

Entre esas ideas encontramos el voluntarismo, el subjetivismo, el individualismo, el relativismo moral, el fundamentalismo científico, el mito del progreso indefinido, la felicidad canalla o la consideración de la libertad como pura autodeterminación. Todas ellas confluyen en la pretensión de que el hombre no recibe una naturaleza, sino que la construye mediante su voluntad.

Pero el mismo principio que prometía liberar al hombre permite ahora afirmar que el cuerpo carece de significado, que la diferencia sexual es una construcción social, que una vida enferma puede dejar de ser digna, que el aborto libre es un «derecho humano» que los Estados están obligados a brindar constitucionalmente, que la familia es una institución opresora, que la maternidad es una «injusticia biológica» o que el ser humano es débil y defectuoso y debe ser superado tecnológicamente. Lo que vemos es que las ideologías que proclamaron la soberanía absoluta del hombre han terminado convirtiéndolo en material disponible y fungible para el Estado, el mercado y la tecnología.

Desde los inicios de la modernidad, ha persistido la seductora idea de que es posible construir una sociedad perfecta, libre de sufrimiento y de conflictos. ¿Por qué se desatan estas utopías tras la ruptura del régimen de la Cristiandad?

Porque el catolicismo siempre ha mantenido una perspectiva realista sobre la condición humana y sobre la naturaleza del mundo, una visión que mantuvo a las sociedades católicas a salvo de idealismos pánfilos y de aspiraciones irrealizables. Si rompes el orden de la Cristiandad, consigues derribar el dique que frenaba la expansión de todo ese tipo de irracionalismos.

Diversos socialismos, los utópicos, los marxistas, también ciertas visiones liberales, los anarquistas, el feminismo en cualquiera de sus corrientes, filosofías propias de la Ilustración, el krausismo, la paz perpetua kantiana, el fundamentalismo democrático, también el globalismo oficial, el humanismo metafísico de nuestros días, etc., todas estas corrientes se presentan como ideologías salvíficas. En nuestros días, los autotitulados progresistas han asimilado estas funciones soteriológicas, mesiánicas, razón por la que se presentan como los nuevos redentores de la humanidad: la sociedad perfecta es posible y sólo nosotros sabemos cómo construirla, ¡vótanos!

Y entonces llega el transhumanismo, que da un paso más allá…

Exacto, el proyecto de comprender al «Hombre por el Hombre», y no «desde Dios», también ha dado lugar al peligroso proyecto del transhumanismo: ya no se trata de construir una sociedad perfecta, sino de crear al hombre perfecto. Gracias a la biotecnología, dicen, podemos transformar la imperfecta naturaleza humana en una naturaleza superior: aumentaremos la inteligencia, eliminaremos el sufrimiento, prolongaremos la vida e incluso venceremos la muerte… La clave es entender que la ideología transhumanista interpreta la imperfección humana como un fallo técnico, susceptible de corrección.

Para confrontar esa aberración aparece la Verdad de la teología católica, que sostiene que el mal tiene una dimensión moral y espiritual y que no puede eliminarse solo con tecnología. La perspectiva católica devuelve las cosas a su quicio, pone orden en toda esta confusión… En primer lugar, el catolicismo advierte que el problema fundamental del hombre no es su limitación biológica, sino la desorientación de su voluntad. Por eso, la solución no es huir del sufrimiento, sino integrarlo en una vida de amor, donde la libertad no se pierde, sino que alcanza su plenitud a través de la gracia, la vida moral y el ejercicio de la virtud.

En segundo lugar, desde la visión católica podemos entender con claridad que el transhumanismo representa un intento de salvación inmanente, una salvación sin Dios que, aseguran, podríamos llevar a cabo los hombres aquí en la Tierra solo con nuestras fuerzas. Pero no olvidemos que esta búsqueda de una redención sin trascendencia es el error de la Torre de Babel… En realidad, nuestras sociedades descristianizadas son la Torre de Babel 2.0… Además, según el transhumanismo solo se salvarían los elegidos, no todos los hombres. No hay que olvidar que la ideología transhumanista cuenta con numerosos apoyos en el sector tecnológico y financiero internacional, y que cuando hablan de generar seres «aumentados», perfeccionados, no están pensando en proveer a toda la humanidad de esas «bondades», sino únicamente a los «elegidos» que puedan pagarla.

¿Cuáles han sido las principales revoluciones que han desencadenado la decadencia de Occidente desde la Cristiandad medieval hasta la posmodernidad?

Bueno, en el libro no planteo una sucesión mecánica en la que cada acontecimiento produzca necesariamente el siguiente, pero sí existe una genealogía filosófica. El primer gran quebrantamiento aparece en la Baja Edad Media con el nominalismo y el voluntarismo, que debilitan la comprensión de la realidad como un orden objetivo e inteligible. Después llega la revolución protestante. El libre examen rompe la unidad religiosa de la Cristiandad, subjetiviza la fe y prepara su progresiva reducción a un asunto privado… el individuo se comunicaría directamente con Dios y para nada necesitaría a los curas ni a la Iglesia ni los sacramentos ni nada de nada más que su fe y su sentimiento. Ese es el gravísimo error luterano que, lamentablemente, está ahora penetrando en amplios sectores católicos… Jamás en la historia de España había habido una apostasía tal generalizada de la misa y de los sacramentos.

Pero bueno, tras Lutero aparece la Ilustración, que desplaza la soberanía de Dios hacia una Razón humana abstracta, mientras que la Revolución francesa intenta traducir esa ruptura al orden político mediante la destrucción del trono y del altar. Las revoluciones liberales del siglo XIX profundizan en la secularización del Estado, la educación y la sociedad. Posteriormente, el marxismo convierte la política en un proyecto de redención terrenal y presenta la religión como una forma de alienación. Finalmente, la revolución cultural y sexual del siglo XX dirige el combate contra la familia, la autoridad, la moral sexual y la propia naturaleza humana. La posmodernidad culmina el proceso: ya no se limita a negar a Dios, sino que niega también la verdad y la propia naturaleza del hombre y de la sociedad. Y así llegamos hasta nuestros días.

El problema es que hemos borrado de nuestra brújula el norte verdadero, que es Dios. Y ya sabemos qué ocurre cuando acercamos un imán a una brújula: la aguja no deja necesariamente de señalar una dirección, sino que empieza a señalar un norte falso. Eso es precisamente lo que hacen las ideologías. Una vez retirado Dios como principio ordenador, cualquier ideología basura que disponga de suficiente poder político, económico y mediático puede imantar la brújula de una sociedad, falsear su sentido de la orientación y convencer a millones de personas de que caminar hacia el precipicio es avanzar en la dirección del progreso.

¿Cómo luchan las ideologías por suplantar los grandes ideales de la fe católica?

Haciendo una sustitución. Las ideologías modernas no han eliminado la necesidad humana de creer, esperar y encontrar una salvación. Lo que han hecho es secularizar esas aspiraciones y dirigirlas hacia nuevos objetos. Tampoco han destruido el sentido de lo sagrado, lo que se ha producido ha sido un desplazamiento: se han desacralizado unas cosas y se han sacralizado otras. La fe en Dios ha sido sustituida por la fe en el progreso, en la ciencia, en la democracia o en el Estado; la esperanza en la vida eterna ha sido sustituida por la promesa de una sociedad perfecta o de un hombre perfecto; las virtudes cristianas, por un conjunto de buenos sentimientos; la caridad cristiana, por un sentimentalismo humanitario que habla constantemente de solidaridad, pero prescinde de la Verdad, de la Justicia y del Bien.

También se sustituye el Bien por el bienestar, el pecado por la opresión social o la gracia por la terapia, el entretenimiento o el asistencialismo estatal. Todos son desplazamientos y sustituciones. El resultado son doctrinas políticas con estructura religiosa: el liberal-progresismo, por ejemplo, tiene dogmas que no pueden discutirse, pecados ideológicos, inquisidores, herejes, rituales públicos y, sobre todo, promesas de salvación. El liberal-progresismo es una ideología mesiánica cuyos voceros se autopresentan como los nuevos redentores de la humanidad y de la pachamama.

Por eso sostengo que nuestras sociedades no son verdaderamente posmetafísicas. No han dejado de sacralizar; simplemente han cambiado de dioses… se han paganizado. La democracia, la identidad, el mercado, la naturaleza, el bienestar o los derechos individuales ocupan ahora el lugar de lo absoluto. Pero son falsos absolutos porque no ordenan el conjunto, no responden al Bien Común, sino a los particularismos, por lo que finalmente terminan enfrentando, fragmentando y disolviendo la sociedad.

¿Por qué el transhumanismo no es más que una continuación de los viejos mitos de Prometeo o de Frankenstein?

Exactamente, recordemos que Prometeo representa la voluntad de arrebatar a los dioses un poder reservado al ámbito divino. Frankenstein, cuyo subtítulo es precisamente El moderno Prometeo, presenta a ese hombre que pretende producir vida mediante la técnica, pero que finalmente se muestra incapaz de gobernar moralmente aquello que ha creado. El transhumanismo reproduce esa misma tentación. Ya no propone únicamente curar enfermedades o aliviar padecimientos, objetivos perfectamente legítimos, sino rediseñar la naturaleza humana, como decíamos antes.

Por eso es tan importante entender la diferencia que hay entre medicina y transhumanismo. La medicina trata de restaurar la naturaleza humana cuando está dañada; el transhumanismo considera esa propia naturaleza un defecto que debe ser superado. Ya no acepta al hombre como criatura, sino como materia prima de un proyecto tecnológico. Es una nueva promesa de salvación, pero una salvación inmanente, sin Dios y reservada únicamente a quienes puedan pagarla. Es toda una impostura… el hombre pretende emanciparse de dios para convertirse en creador de sí mismo, pero termina fabricando una criatura sometida como nunca antes a los poderes tecnológicos, financieros y políticos que controlan ese proceso.

¿Por qué no tiene ningún sentido que la criatura se rebele contra un Creador todopoderoso que la va a juzgar?

Porque la criatura no existe por sí misma, el hombre no es causa sui. Todo cuanto posee —la vida, la inteligencia, la libertad y la capacidad de obrar— lo ha recibido de Dios. Rebelarse contra Él es utilizar los dones recibidos para negar la fuente misma de esos dones. Obedecer a Dios significa confiar —tener fe— y ordenar nuestra vida conforme a la verdad de lo que somos. El problema es que nuestra rebelión no perjudica a Dios ni amenaza su soberanía. Quien resulta destruido es el propio hombre, como el sarmiento que pretende vivir separado de la vid. En eso consiste la tragedia del pecado: la criatura quiere alcanzar su plenitud separándose de quien constituye precisamente su principio y su fin. Dios permite esa rebelión porque creó al hombre libre, pero la libertad no elimina las consecuencias ni el juicio. Podemos rechazar el orden de Dios, pero no podemos construir una realidad en la que Dios deje de ser Dios, por eso vamos tan desnortados.

Frente al espejismo utópico de un mundo sin dolor, ¿por qué es más actual que nunca la propuesta de Cristo, que con su muerte en la cruz da un sentido profundo al dolor?

Porque el proceso de descristianización ha generado una sociedad sin referentes ejemplares: vidas modélicas de personas que enseñen que el sufrimiento forma parte de la vida y que, lejos de evitarlo a toda costa, es necesario dotarlo de sentido y dignidad. Porque de lo que se trata, en suma, es de dignificar esa vida humana doliente. Jesús de Nazaret es el mayor ejemplo que tenemos: una persona que soporta el escarnio, la traición, el abandono, la incomprensión, las tentaciones más duras, un extremo sufrimiento físico y moral, calumnias, etc., pero que se sobrepone, aguantando con fortaleza y perseverando hasta el final por una causa que trasciende su propia vida. Cristo, crucificado, se sacrifica por algo que está por encima de Él mismo: el Amor al Padre. Esa idea está desapareciendo, la idea de que en la vida unas veces vienen bien dadas y otras mal dadas, y que en el momento en que las cosas vienen mal dadas hay que ejercitar la fortaleza. Cristo no promete una existencia sin dolor, sino que entra en el sufrimiento humano, lo asume y lo transforma. En la Cruz, el dolor deja de ser únicamente una desgracia absurda y puede convertirse en entrega, amor, sacrificio y redención.

Esto no significa glorificar el sufrimiento ni dejar de combatir la enfermedad, la pobreza o la injusticia. El cristianismo nunca ha dicho que debamos buscar el dolor por sí mismo. Lo que afirma es que, cuando el sufrimiento inevitablemente llega, no destruye la dignidad ni vuelve inútil la vida. Unido a Cristo, puede adquirir un sentido sobrenatural. Las utopías modernas prometen eliminar el sufrimiento mediante la política, la psicología, la tecnología o el consumo. Pero, cuando no pueden eliminarlo, terminan eliminando al que sufre. Ahí están la eutanasia, el aborto e incluso ciertos proyectos transhumanistas. La Cruz ofrece una respuesta radicalmente distinta: no te dice que tu vida carezca de valor porque sufras, sino que Dios mismo ha entrado en tu dolor y puede transformarlo.

¿Por qué está en juego la dignidad del hombre y su vocación dentro del plan de Dios?

Porque estamos enfrentando dos ideas radicalmente distintas del ser humano, incompatibles entre sí. Para la antropología contemporánea, el hombre debe convertirse en un individuo autónomo que pertenece únicamente a sí mismo y cuyo valor depende de su voluntad, su salud, su productividad o su capacidad para disfrutar, consumir y votar. Para el catolicismo, en cambio, el hombre es criatura de Dios, hecho a su imagen y semejanza, dotado de razón y libertad y llamado a convertirse, mediante la gracia, en hijo adoptivo de Dios. Su dignidad no depende de que esté sano, sea autónomo, resulte útil o pueda colmar todos sus deseos. La posee desde su concepción hasta su muerte natural.

Por eso está en juego mucho más que un debate cultural. Está en juego la propia idea de hombre, porque de eso dependerá que cualquiera pueda ser descartado si no cumple ciertas exigencias sociales, biológicas o ideológicas. Pero sobre todo está en juego la vocación sobrenatural del ser humano. El hombre no está llamado a convertirse técnicamente en una criatura superior, como promete el transhumanismo; está llamado a participar de la vida divina.

¿Cómo, a raíz de su conversión, comprende más profundamente el misterio del hombre y su relación con Dios?

Mi conversión me permitió comprender que el hombre no puede explicarse completamente desde la política, la sociología, la psicología, la filosofía o la biología. Todas estas disciplinas iluminan aspectos verdaderos, pero parciales. La razón natural no alcanza por sí sola. Cristo no solo revela quién es Dios: también revela la verdadera naturaleza del hombre: quién es realmente, cuál es su herida, cuál es su dignidad y para qué ha sido creado. La conversión, en mi caso particular, tiene que ver con el entendimiento: entender los límites de la razón humana, los peligros del exceso de mundanización, el sentido de la vida y de la historia… Tiene que ver, en definitiva, con una suerte de comprensión de la estructura que lo ordena todo… con un asentimiento ante el principio que ordena la voluntad, la vida familiar, la política, la economía, las artes, la educación, etc. Tiene que ver con la certeza de que Dios es necesario.

¿Por qué merece la pena leer el libro?

Porque no es simplemente un catálogo de quejas contra la modernidad. Tampoco propongo una nostalgia estéril por el pasado, sino una invitación a comprender las ideas que gobiernan nuestro presente y una guía para reaccionar frente a ellas con inteligencia y con propósito, de forma realista, sin triunfalismos ni derrotismos.

Muchas personas perciben que algo no funciona: el triunfo del narciso, el individualismo estrecho, el nihilismo político, la conversión del Estado en policía de la conciencia, la destrucción del individuo desde el sistema educativo, la pérdida de autoridad de padres y maestros, la desmaternalización de las mujeres, la feminización de los hombres, la desintegración de la familia, la soledad, la eutanasia, el aborto, el abandono de la patria, la sentimentalización de la fe, el neopaganismo, la infantilización de la sociedad, el victimismo constante… Muchos lo ven, pero contemplan estos fenómenos como problemas separados. El libro muestra que están relacionados porque proceden de una determinada idea de Dios, del hombre, de la libertad, del cuerpo, de la verdad, de la política y del bien.

Además, el libro culmina con un último apartado que he llamado «Del desorden al orden» porque no basta con diagnosticar la enfermedad: en la medida de lo posible hay que intentar curarla. La crítica radical no sirve de nada si no va acompañada de una reacción posible, inteligente y eficaz, capaz de reconstruir la vida moral, social y política. Primero hay que reconocer los errores, comprender sus causas y medir sus consecuencias; después, hay que recuperar un principio de orden. No basta con criticar y triturar, hay que poder reconstruir. Así que el libro ofrece una respuesta: el camino del desorden al orden continúa abierto y todos podemos actuar, no es una tarea que debamos confiar únicamente en los políticos.

Por Javier Navascués

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8 comentarios

  
Juan Mariner
Son tremendamente interesantes las disertaciones en YouTube de esta señora. No se las pierdan. No tienen desperdicio.

Lo único que no comparto es su visión de España. Yo sólo comparto la de los Reyes Catolicos antes de que entrasen a gobernarnos los extranjeros austriacos, cada vez de peor condición, y gabachos, de lo malo lo peor. Regalaron un imperio para destruirnos desde dentro centralizando todo el poder. Y aun los sufrimos hoy gracias a los gilipuertas integrales de la II República.
22/09/26 10:03 AM
  
Luis Fernando
Si no es la mejor entrevista que has hecho, poco le falta.

Matizaría una cosa que dice sobre cierto tema, pero no es este el lugar ni el momento.
22/09/26 10:20 AM
  
sofía
Parece interesante, pero no sé si pretende el retorno a algún punto del pasado que considera el modelo a seguir y en mi opinión nunca existió ningún momento modélico.
La sociedad está enferma, los que la formamos también. Pero siempre lo estuvimos de un modo u otro.
Y a mí me parece correcto rebelarse contra la realidad de la existencia de la injusticia y del sufrimiento, aunque haya que hacerlo con una actitud cristiana. Jesucristo es el modelo a seguir.
22/09/26 10:29 AM
  
Francisco alias martin13 punto com
Otra recién convertida: quizá necesite que le recuerden que la conversión (como el enamoramiento del futuro esposo) sólo es el inicio, y que luego (como en la vida matrimonial) hay que trabajar y trabajar.
Por ejemplo, le falta trabajar para no aceptar vivir con algunos conceptos importantes ambigüos y confusos (erróneos) que expone en su larga entrevista.
22/09/26 11:09 AM
  
María
Me llama la atención lo de la vinculación con los ateos materialistas de la Fundación Gustavo Bueno.
22/09/26 1:05 PM
  
María de África
No es una conversa, es alguien que ha vuelto a la Fe en que fue educada, por lo tanto tiene una buena formación católica.
En cuanto a lo que dice Sofía, no es del todo cierto porque es más que evidente que no todas las épocas son iguales, como decía no sé que profesor de literatura, el Siglo de Oro está empapado de catolicismo y la visión católica se ve en las obras de Lope de Vega y de Cervantes de manera prístina, cosa que hoy no se produce.
Nadie quiere dar marcha atrás, pero ir hacia adelante con el rumbo perdido es como la parábola de Chesterton de las vacas: cuando hay una estampida la vanguardia de la vacada cae por el precipicio, pero a la retaguardia le da tiempo a parar. De eso se trata.
22/09/26 1:36 PM
  
Xavier A.
Una conversión asombrosa de una investigadora de una escuela filosófica materialista. Admiramos la inteligencia de Paloma y seguimos sus videos.
22/09/26 2:03 PM
  
Maximiliano
Quitándome cualquier información preferente, puedo afirmar, por la información que sea, que esta WEB de Infocatólica es leida por bastantes Sacerdotes. Es lógico, porque es una lectura aprovechable cuando los clerigos tienen tiempo libre. Hasta los comentarios porque dan lugar a conocer como caminan los laicos.
22/09/26 3:18 PM

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