Paola Navotti analiza el libro A los Tibios los vomitaré de Fabio Baroncini, discípulo fiel de Luigi Giussani

Paola Navotti (nacida en Milán en 1976) es periodista y jefa de redacción de la revista Pedagogika (bimestral de educación, formación y cultura). Es la editora del libro de don Fabio Baroncini, Tiepidi… mai! (¡Tibios… nunca!), publicado por Rizzoli en 2024. Está casada y es madre de dos hijos.

¿Qué ha significado para usted la edición de este libro de don Fabio Baroncini?

Una profunda gratitud. Durante más de 50 años, don Fabio documentó la grandeza de la tradición cristiana y cómo don Luigi Giussani la dio a conocer a todos nosotros. Don Fabio repetía siempre que la vida cotidiana está llena de esta tradición, al igual que la historia y mucha de la literatura: nuestra responsabilidad es no censurar esta tradición. Por eso, don Fabio no quería que olvidáramos a Dante, Dostoievski, Eliot, Lagerkvist, Manzoni, Bardy, Claudel, Martindale, Pedro Abelardo y Eloísa, Milosz.

¿Lo conoció personalmente?

Sí, lo conocí por primera vez en el último año del liceo clásico. Yo ya formaba parte del movimiento de Comunión y Liberación y había oído hablar de este sacerdote tan particular, apasionado de la literatura y sencillo a la hora de hacerse entender.

En la universidad, en el momento en que las preguntas sobre mi vocación se volvían más urgentes, regresé a él. Estudiaba la facultad de Filosofía en la Católica y, debido a este tipo de estudios —además de por mi propio carácter—, me daba cuenta de que corría el riesgo de conceptualizarlo todo, incluso las preguntas existenciales. Sentía la necesidad de alguien que me hiciera poner los pies en la tierra, que me enseñara a leer los signos que ocurrían en la vida.

Dos años después de graduarme, durante un período bastante largo, fui a verlo todos los sábados por la mañana. La cita era a las 8:15 y a las 8:30 don Fabio celebraba la misa en la parroquia e me invitaba a participar. Nuestra conversación duraba 5 minutos porque —no se cansaba de repetir— cuando se tienen las ideas claras, es inútil desperdiciar palabras. Su propuesta era esta: «Hablamos 5 minutos y me cuentas qué ha pasado en la semana. Si tienes una pregunta, bien. Si no la tienes, no importa: en ese caso tomamos el café y luego viene la misa». En realidad, era como si nuestra conversación continuara en la misa, en el sentido de que él quería comunicarme que confiar en Cristo es todo lo que se necesita en la vida. De este modo, don Fabio me testimonió que la fe no consiste en un discurso, sino en una Presencia.

¿Cuál ha sido el legado de don Fabio Baroncini al movimiento de Comunión y Liberación y a la Iglesia?

Ser decididos, nunca tibios (como dice el título de la edición italiana del libro) frente a Cristo. Nunca tibios, es decir, nunca indiferentes ante lo que Cristo trae a la historia a través de la vida de la Iglesia. Esto vale especialmente hoy: estamos llenos de información, pero ¿sabemos qué es lo esencial para vivir? ¿Sabemos que no estamos solos en la búsqueda de sentido? ¿Sabemos que lo que marca la diferencia en la provisionalidad de la vida no son las preguntas, sino la respuesta a esas preguntas? ¿Sabemos, en definitiva, de dónde viene la salvación?

He aquí, pues, a qué nos exhortaba don Fabio: «Quien tenga hijos, procure recordarles que vivimos en un momento en que la palabra Dios se ha convertido en una especie de mala palabra de la que avergonzarse, y que no será una discusión teórica lo que cambiará las cosas, sino la fuerza de un testimonio».

¿Qué testimonio? La comunión fraterna entre los hombres y las mujeres de hoy; la disponibilidad al sacrificio por el bien del otro; la capacidad de dedicación y de compartir; el reconocimiento de que somos criaturas, de que no podemos hacer lo que queramos. Todo esto hoy parece lejano y prevalece una voluntad de poder que nos hace concebirnos como totalmente autónomos: consideramos que no pertenecemos a nadie y que no necesitamos a nadie.

¿Por qué la predicación de don Fabio sacudía contra la tibieza?

Porque sus palabras nunca eran teóricas: partían siempre de su vida concreta y de la de las personas que encontraba. ¿Qué salva en la vida? ¿Qué da alegría? ¿Qué diferencia hay entre bien y bienestar? ¿Qué añade el cristianismo a la existencia? Sobre todo esto, don Fabio nos educó a no ser tibios (precisamente no indiferentes, ni fríos ni calientes…).

¿Cómo fue su labor formativa con los jóvenes al recomendar buenas lecturas?

Cuento mi experiencia. Don Fabio me hacía leer libros que mostraran a hombres y mujeres lidiando con contradicciones mucho mayores que las mías y que, precisamente a través de esas contradicciones, habían descubierto la fe y la compañía cristiana como posibilidad de salvación.

Cada semana elegía un libro de su biblioteca y me lo prestaba. A menudo eran textos cortos, porque tenía que devolvérselos el sábado siguiente. Cuando se los devolvía, no me pedía un resumen ni un comentario literario, sino qué me había quedado de eso para mi propia existencia. Esto dice mucho de su método educativo: a través de una historia o de un personaje, él deseaba que yo me diera cuenta de que las contradicciones no se resuelven necesariamente eliminándolas, sino manteniendo viva la fe. Es decir, la fe hace la vida más humana: más fácil de afrontar.

¿Cuál fue el criterio para recopilar las presentaciones de los diferentes clásicos?

Este libro (la idea de publicarlo nació junto a los amigos de la Asociación don Fabio Baroncini) recopila 50 años de presentaciones literarias: entre audios, videos y muchísimos manuscritos. De cada obra literaria presentada por don Fabio, recuperé en primer lugar las anécdotas con las que hacía comprender hasta qué punto la experiencia de los autores elegidos tenía que ver con nuestra vida cotidiana. Además, al recuperar las fuentes bibliográficas que él citaba, me di cuenta de cuánto estudiaba y cuánto se documentaba: todo este trabajo era porque quería que nosotros comprendiéramos cada vez más. Es decir, quería que profundizáramos en cómo la cultura cristiana nos educa para dar las razones de vivir. Incluso de vivir a contracorriente, si pensamos en la mentalidad atea que predomina hoy en día.

Don Fabio, entre otras cosas, había estudiado contabilidad, no el liceo clásico: el encuentro con don Giussani le cambió la vida a tal punto que lo convirtió también en un hombre de letras, y esto impactaba a muchísimos jóvenes. En la literatura, al igual que en la experiencia cotidiana, don Fabio buscaba la documentación del encuentro con Cristo. Y nos proponía a nosotros hacer lo mismo.

¿Por qué vale la pena leer el libro?

Para no olvidar que las “personas fuertes” (tanto en las páginas célebres de la literatura como en la cotidianidad de la existencia) son las personas seguras: seguras de la positividad de la vida; de que la vida es una aproximación a la Meta, es decir, a Cristo; y seguras de que la compañía cristiana es el camino para llegar allí. Creo que vale la pena leer este libro, principalmente, como documentación de esa certeza.

Me viene a la mente la primera vez que don Fabio vino a mi casa y a la de mi esposo, que en esa época era un apartamento muy pequeño. Era casi Navidad y yo había puesto el pesebre en el único lugar libre de la sala: dentro de una jardinera colgada en un pequeño muro interior… Al ver esa disposición, me regañó diciéndome que el pesebre no estaba valorado de esa manera: quería hacerme notar que no había valorado el sentido de poner el pesebre. Como diciendo: Jesús está en el centro de la vida y, por lo tanto, debe estar también en el centro de la casa. Sirva esto para decir que la “potencia educativa” de don Fabio tenía siempre la forma de un testimonio decidido, nunca de un sermón, y mucho menos tibio, indiferente o distante.

De hecho, de esto es de lo que siempre tenemos necesidad.

Por Javier Navascués

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6 comentarios

  
Francisco alias martin13 punto com
"las contradicciones no se resuelven necesariamente eliminándolas, sino manteniendo viva la fe. "
Yo diría que hay dos tipos de contradicciones: en las acciones y en los convencimientos (en las creencias, en la fe). Y las primeras son inevitables (colaboramos al funcionamiento de este sistema satánico -sabiendo que lo es- pagando impuestos, trabajando en actividades que fomentan su mantenimiento o incluso empeoramiento,...), y las segundas son las yo diría mucho más graves.
20/09/26 9:30 AM
  
Grego
Ciertamente la tibieza y el buenismo, que podría ser una versión de la tibieza, creo que sin grandes males de la Iglesia hoy en día

Pero me llama la atención el que pareciera que no guardarán el ayuno eucarístico (en el caso del sacerdote al menos que celebraba la Misa...) con el café justo antes de Misa... No me meto claro en la conciencia para decirlos de ellos subjetivamente pero objetivamente sería pecado mortal, necesitado de arrepentimiento y confesión pudiendo para, según la fe, no condenarse.

Creo que si no lo has hecho deberías hablar con Paola y si es el caso advertirla sobre esto, y que alguien hablara con él sacerdote si vive, advirtiéndole en su caso. Y advertir a los lectores, como yo también les quiero también advertir ahora: es obligación para el comulgante salvo causa grave guardar el ayuno eucarístico de una hora (abstenerse de comida y bebidas salvo agua y medicamentos).salvo causa grave.

20/09/26 11:56 AM
  
Javier Navascués
Si la Misa dura cerca de una hora tomar un café antes permite calcularlo y guardar la hora de ayuno estipulada. Otra cosa es que no sea lo ideal apurar tanto y que le haya chirriado la naturalidad con la que habla del café antes de la Misa.
20/09/26 12:15 PM
  
Javier Navascués
Además tal y como está el texto se sobreentiende que no lo tomarían 5 minutos antes de la Misa sino con margen suficiente para cumplir el ayuno y prepararse sin prisa para celebrar. Así lo interpreta un servidor.
20/09/26 12:25 PM
  
Javier Navascués
Me acaba de decir la autora que lo tomar un café era una forma de hablar y de hecho nunca les dio tiempo a tomarlo porque empezaba enseguida la Misa. Y que por supuesto que guarda la hora de ayuno eucarístico
20/09/26 6:18 PM
  
Grego
¡Muchas gracias por las aclaraciones Javier!

Tal como está escrito y durando la Misa un día laboral media hora normalmente la cosa da a pie a confusión. No siquiera con 15 minutos antes daría tiempo.

Me alegro que lo explique Paola.

Un saludo fraterno.
20/09/26 11:13 PM

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