InfoCatólica / Caballero del Pilar / Categoría: Textos

29.07.21

Entre en la web y redes sociales de Nuestra Señora de la Cristiandad – España para conocer a fondo la peregrinación

Animo de corazón a los lectores de InfoCatólica que así lo deseen a entrar en la página web de Nuestra Señora de la Cristiandad – España (NSC-E) para apoyar esta iniciativa y conocer más a fondo todo lo relativo a esta peregrinación, que ha tenido lugar recientemente, y de la que se han hecho eco numerosos medios nacionales e internaciones.

En los próximos días los administradores irán subiendo poco a poco todas las fotos de la peregrinación

WEB DE NUESTRA SEÑORA DE LA CRISTIANDAD - ESPAÑA:

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REDES SOCIALES

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¿Qué es la Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad?

Nuestra Señora de la Cristiandad – España (NSC-E) es una peregrinación anual al santuario de Nuestra Señora de Covadonga (Asturias) organizada por un grupo de fieles católicos laicos devotos de la celebración de la Santa Misa según la Forma Extraordinaria del Rito Romano. Tiene lugar en torno a la fiesta del Apóstol Santiago (25 de julio), patrono de España.

El objetivo de la peregrinación es la santificación del alma a través de las gracias pedidas a Nuestro Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, ofreciéndole oraciones, sacrificios y mortificaciones durante tres días. En estos días de peregrinación encomendamos especialmente a nuestra Patria y al Santo Padre.

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28.07.21

Peregriné a Covadonga viviendo un momento histórico para la reconquista espiritual de España

Todavía con las secuelas del cansancio a las espaldas me dispongo a escribir una sencillísima reflexión sobre la I Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad a Covadonga, en la que tuve la enorme dicha de participar y de recibir numerosas gracias espirituales y copiosos consuelos para el alma.

Desde hace meses sabía que tenía que estar ahí, que era un momento importante para la fe en nuestra patria. La peregrinación, como bien describe su propia web, busca contribuir a la restauración del espíritu de la Cristiandad —según las posibilidades y siempre con el auxilio divino—, que ha dado a la Iglesia y al mundo tantos santos, héroes y defensores de la Fe. Nos referimos al orden social cristiano, el cual no es posible sino comprometiéndonos en la restauración de todo en Cristo, comenzando por quienes peregrinamos, nuestras familias, y los diversos ámbitos de la sociedad en que nos movemos.

Fueron tres días muy intensos, en los que a muchos de nosotros se nos hizo extremadamente duro el camino por la longitud y exigencia y las consiguientes molestias físicas como rozaduras, sobrecargas y un sinfín de dolencias que endurecían mucho la marcha, especialmente en los últimos kilómetros. Una penitencia ofrecida con amor por la Iglesia y por la conversión de España. Aunque era un gozo indescriptible poder caminar 30 kilómetros entre rezos, cánticos y pías conversaciones, también charlas distendidas y amenas, con correligionarios con los que compartimos el mismo amor a Dios y a la patria española. Se dieron cita también hermanos portugueses y de diferentes países de la Cristiandad, principalmente de la España de ultramar. Todos unidos bajo el más grande ideal, nuestra santa religión. Se vivió la caridad fraterna compartiendo el alimento espiritual y material, el pan cotidiano del Sacrificio del Altar con la presencia real de Cristo y el que nos daban para reponer fuerzas físicas.

Una de las cosas que más me llamó la atención era como vibraban en los pueblos las gentes asturianas al paso de los más de 400 peregrinos, jóvenes en una buena proporción y muchas familias con niños pequeños que valientemente caminaron. Muchos de ellos portaban con orgullo estandártes y banderas de España con el Sagrado Corazón de Jesús, con la Cruz de San Andrés e incluso con la bandera de la Santa Inquisición, que llevábamos en el Capítulo de Nuestra Señora de Monserrat. Cada Capítulo llevaba presidiendo una Cruz. Incluso en la propia ciudad de Oviedo llamó mucho la atención la presencia de los numerosos peregrinos y la gente se emocionaba al igual que en los pueblos y casas rurales.

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2.07.21

San Benito José Labre, un antídoto contra la impiedad y el hedonismo de nuestra sociedad

Agnus Dei Prod acaba de sacar a la luz un librito llamado San Benito José Labre, el peregrino del Santísimo Sacramento. Por su interés comparto con ustedes las reflexiones de su autor Carlos Fernando María Bellmont. Unas palabras fuertes, pero certeras y necesarias, que comparto plenamente. Y recomiendo encarecidamente el libro. Para mayor información y adquisición puede escribir a: [email protected]

Reflexiones del autor sobre el libro

“Una sociedad prostituida con supuestos adelantos tecnológicos alienantes y esclavizantes, unos gobiernos que aprueban el crimen de infanticidio en el vientre materno, la criminal eutanasia, la aberrante manipulación genética, la sodomización y perversión de los niños, jóvenes y adultos, el divorcio, los espectáculos inmundos e infectos en televisión, cine, radio, música, modas, literatura, marquesinas con propaganda inmoral por las calles, la proliferación de sectas malvadas, la hipocresía y la mentira en la política, la corrupción, la manipulación de la historia, y un largo etcétera… van aumentando el monto del estercolero de una sociedad estrangulada por el vicio normalizado, la hediondez cultural y la sin razón.

¡On, Dios mío! ¡Oh, Madre Inmaculada! ¡Enviadnos santos operarios forjados en la escuela del Espíritu Santo para que nos libren de esta plaga y nos formen para la santificación de nuestras almas!

La vida de este santo varón, como la de todos los santos de nuestra amada Iglesia, interpela al cristiano a la oración y al amor a Jesús Sacramentado; es una llamada a alabar a Dios, hacerle reverencia, a conocerle, amarle y servirle, a acompañarle en la Custodia, en el Sagrario, en las parroquias, en las iglesias, en las catedrales.

Es un toque de diana a poner nuestras vidas bajo el amparo seguro de la Divina Providencia, dirigiendo siempre nuestra mirada, no hacia las cosas perecederas y caducas que acaban apolilladas y corroídas por el orín, sino hacia las verdades inmortales y en la eternidad.

Es un aviso a las sociedades que buscan construir la ciudad terrena al margen de Dios y de sus Santos Mandamientos, porque allí donde no habite el Espíritu de Dios no habrá libertad sino que solo se encontrará desolación, muerte y corrupción.

San Benito José Labre, también conocido como “El santo de las Cuarenta Horas”, “El santo de la Virgen”, “El penitente del Coliseo” o “El nuevo San Alexis”, nos avisa de la necesidad urgente que tiene el hombre de recurrir, en su día a día, en el silencio y en el recogimiento, al Santísimo Sacramento, manantial de gracias y despensa del alimento sacro imperecedero.

Este “fraile errante”, que no dejaba de pasar las cuentas de su rosario por entre sus dedos, nos avisa igualmente, a servir a los pobres, a los enfermos de cuerpo y de alma, a los encarcelados, al moribundo, al pordiosero, y a ejercitarnos, en definitiva, en obras de misericordia, espirituales y corporales…

Este santo piadoso y desprendido de lo mundano, que buscaba su sustento entre la basura y los desechos de los hombres, que nunca pidió limosna, y si alguien le daba alguna moneda, lo repartía entre los pobres, nos invita a soportar todas las contrariedades que nos sobrevengan por amor a Dios; oprobios, pobreza, menosprecios, calumnias, humillaciones…

Este hombre de Dios nos sigue convocando a formarnos en la doctrina Católica tradicional, a forjarnos en las máximas del Santo Evangelio, en el amor a la Virgen Santísima, a San José y a los santos, a perseverar en la oración sin desfallecer, a tener por meta la Sabiduría Divina de la Cruz, a la práctica de la mortificación de los sentidos, a la austeridad de vida, a la imitación de Cristo.

Este peregrino incansable, que tuvo por hogar el Coliseo Romano -arco XLIII-, las cuevas de Montecavallo y al final de su vida el Hospicio de San Martino al Monti, nos exhorta a vencer sin miedo los respetos humanos permaneciendo en la paz de Dios ante los menosprecios de los hombres. Una vez le llamaron con grosería “desgraciado", pero él santamente respondió:

-¡Yo soy feliz porque tengo a Dios! ¡Los que no tienen a Dios si que son desgraciados!-.

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29.06.21

Enrique Martínez: “Rezar el Santo Rosario en casa es el arma idónea para la educación de los hijos”

Enrique Martínez García es Catedrático de Filosofía en la Universidad Abat Oliba CEU, miembro ordinario de la Pontificia Academia de Santo Tomás, Director del Instituto Santo Tomás de Aquino de Barcelona. Es a su vez Terciario carmelita y miembro de Schola Cordis Iesu. En esta entrevista nos habla de algunos de los principales aspectos de la familia con relación a la educación de los hijos según Santo Tomás de Aquino.

Santo Tomás de Aquino nos enseña que los padres deben dar fundamentalmente tres cosas a los hijos: el ser, el alimento y la instrucción. ¿Por qué esto que nos enseña el santo debe ser así?

Porque la educación paterna es una prolongación natural de la generación y la crianza. Si lo propio del hombre es vivir según la razón, la generación de los hijos tiende a culminar lo que se ha iniciado al engendrarlos, y eso es darles el debido alimento material para que crezcan según el cuerpo y darles el debido alimento espiritual para que crezcan según el alma. Y esto es educar. Esta continuidad pone de manifiesto algo muy digno de ser admirado, y es el orden de la naturaleza, tan rechazado en nuestros días. Nuestra época quiere precisamente eliminar ese orden natural, porque es el que más claramente manifiesta la huella de Dios creador; e incluso de Dios redentor, pues quiso hacerse hombre para nuestra salvación en el seno virginal de María y formando parte de una auténtica familia. De ahí que se ataque con tanta fuerza la generación y la educación de los hijos.

El Aquinate explica con mucha claridad que si bien para alcanzar la generación del hijo es claro que basta la unión sexual; no es suficiente con dar a luz un hijo, sino que hay que llevarlo a su perfección. ¿A qué perfección se refiere?

Se refiere a la virtud. La definición de educación dada por santo Tomás al afirmar que el matrimonio es algo natural es: “conducción y promoción de la prole hasta el estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud”. Esta definición luego fue asumida literalmente por el Papa Pío XI en su formidable encíclica Divini Illius Magristri sobre la educación, y que debieran leer los padres y maestros. La virtud es una disposición estable para obrar bien. Que la virtud sea el fin de la educación significa que el niño ha alcanzado con la virtud el gobierno de sí mismo, ya sea en lo intelectual, en lo moral o en lo técnico; ya es capaz de obras de adultos, como dice el Aquinate.

En el orden moral la virtud que identifica esa mayoría de edad es la prudencia, es decir, tener providencia de sus propios actos, tal y como la Providencia divina ha dispuesto que obre el hombre. El hombre virtuoso es el que manifiesta más claramente que es imagen de Dios. Y si atendemos a la virtud infusa, que ordena a la salvación, esa mayoría de edad es la que se da cuando el niño espiritual pasa a dejarse mover por el Espíritu Santo. Por eso suelo decir que la educación cristiana de los hijos debe conducirlos a realizar un día Ejercicios Espirituales ignacianos para discernir ante Dios qué quiere de Él.

Tan importante es esta estabilidad del matrimonio en orden a la educación de los hijos que santo Tomás afirma que debe durar toda la vida, y que, por consiguiente, la indisolubilidad del matrimonio es de ley natural. ¿Por lo tanto el educar a los hijos es un factor clave en
el matrimonio y una gran responsabilidad?

Por supuesto. Si me permite, más que “factor clave” hay que decir que es un fin esencial del matrimonio. Los padres no pueden hacer dejación de esa misión, cediéndola a otras instancias. Son muchos los que consideran que llevando los hijos a la escuela ya han cumplido. No es así. Lo fundamental es lo que los hijos reciben de sus padres. Por eso, una de las intromisiones más graves en el ser del matrimonio es que sea el Estado el que pretenda educar a los niños, y esta es una de las batallas más importantes de nuestros días. Además, lo que el Estado pretende con eso es precisamente eliminar la condición natural del matrimonio y de la educación; por eso no es de extrañar que dicha intromisión se haga por medio de las ideologías más contrarias a la naturaleza, como la ideología de género.

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27.06.21

Mons. Guerra Campos, el alumno más brillante del Colegio Español de Roma. Por el P. José María Serra

Un condiscípulo suyo en la Pontificia Universidad Gregoriana me ha dicho que, en el período de sus estudios en la Ciudad Eterna, era fama entre estudiantes y profesores que Don José Guerra “lo sabía todo”. También se ha dicho que ha sido el alumno más brillante que ha tenido el Colegio Español de Roma, en toda la historia centenaria de la institución. El Cardenal Don Marcelo González Martín, que fue Arzobispo de Toledo y Primado de España, dijo en la preciosa Oración Fúnebre de la Misa funeral que Don José Guerra juntó virtud y ciencia, llevando ambas a un grado eximio; por ello la ciencia se convirtió en él en Sabiduría. No utilizada para vano y estéril lucimiento personal sino para iluminar y hacer bien a los demás, dando así razón de su esperanza (cf. 1Pet 3, 15).

En efecto, su preparación científica -extraordinaria cultura religiosa, sociológica, histórica, arqueológica, filosófica y teológica- hizo de él uno de los más esclarecidos prelados del orbe católico. Por ello, todo ensayo de síntesis de la labor y la significación científicas de Monseñor Guerra Campos como “maestro” es fácilmente desalentador. Se requeriría un maestro para escribir sobre un maestro. Y, en el presente caso, es obvio que las objeciones a esta tarea son insuperables.

Por eso, sólo voy a proponer aquí un breve esquema de los puntos más recurrentes -y, por ello mismo, intuyo que más significativos para el mismo Don José Guerra, pues debían constituir la urdimbre más íntima de su reflexión y de su “teología”- que he podido descubrir estos días releyendo algunas de sus páginas más emblemáticas en el campo del pensamiento teológico.

Frente al Humanismo de exaltación -decimonónico, pero perviviente, de signo optimista pelagiano- y frente al Humanismo de depresión -de nuestros días, caracterizado por el pesimismo calvinista- articula Monseñor Guerra Campos su concepción del hombre, como “persona”, es decir, como hijo de Dios. Para él, quizá la cuestión más radical para el hombre podría formularse así: “¿El universo, en el cual la ciencia descubre un sistema de fuerzas encadenadas con necesidad, está dominado por la ley fatal y ciega, o por una Persona?”. En este nivel, una respuesta afirmativa no es, todavía, suficiente, porque -sigue preguntando- “¿la Potencia Personal, que es Dios, ama a los hombres? Que es preguntar: ¿Podemos esperar que todas las cosas funcionen siempre, en último término, para nuestro bien?". El dilema que propone es el dilema del “sentido de todas las cosas”: “¿hay Inteligencia y Amor en la raíz misma del ser, o no hay más que fuerza brutal, sin más racionalidad que la admirable y terrible que captan las matemáticas?” (Teología de la perfección del cuerpo, 1959, 3). Hoy asistimos “al final de ese ciclo de ilusiones vanas. Cuanto más emprendedor y eficaz es el hombre, más siente en sí mismo el vacío. Se ha hecho evidente la imposibilidad de una esperanza que ilumine la totalidad de la vida; y no es compensada por la mezcla de prosperidad hedonista y de permisivismo irresponsable” (Boletín Oficial del Obispado de Cuenca, 1990, 116).

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