Juan Manuel Aznárez cuenta la transformación espiritual que produjo en su vida tener un hijo ciego

Juan Manuel Aznárez Chacón (Toledo) es periodista, especialista en comunicación institucional y director de proyectos editoriales. Estudio Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid, muy pronto orientó su vida profesional hacia el periodismo y la comunicación, ámbitos en los que acumula más de tres décadas de experiencia.
A lo largo de su trayectoria ha trabajado en radio, prensa escrita, televisión y medios digitales, desarrollando también labores de comunicación estratégica para instituciones públicas, empresas y organizaciones sociales. Fue responsable de prensa de la Delegación del Gobierno en Castilla-La Mancha y posteriormente director de Comunicación del Partido Popular de Castilla-La Mancha. En la actualidad dirige proyectos editoriales y de comunicación desde GMC Toledo, es director de Comunicación de ASITECO y desarrolla iniciativas de comunicación corporativa a través de Gestión de Medios y Contenidos S.L.
Como reportero independiente ha cubierto acontecimientos políticos y sociales, conflictos internacionales, catástrofes naturales y procesos de cambio en distintos países. Su vinculación con la oposición democrática en el exilio de Guinea Ecuatorial dio lugar al libro A la sombra del Elón, un testimonio periodístico sobre la lucha por la libertad en ese país africano.
Sin embargo, más allá de su trayectoria profesional, Juan Manuel Aznárez se define ante todo como padre y creyente. Padre de dos hijos, la experiencia de acompañar durante cuarenta años a Sergio, nacido con ceguera total y posteriormente diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista (TEA), transformó profundamente su manera de entender la vida. El camino recorrido junto a su hijo, el cuidado de su madre y el redescubrimiento de la fe en la parroquia de San Fernando, en Cuenca, le han llevado a descubrir que las lecciones más importantes no siempre se aprenden viajando por el mundo, sino en el silencio del hogar, en una comunidad cristiana y en el amor cotidiano de la familia.
En esta entrevista comparte ese itinerario vital con la esperanza de que su experiencia pueda servir de aliento a otras familias que atraviesan situaciones similares.
¿Cómo reaccionó cuando le dijeron que su hijo había nacido ciego?
Sentí un vértigo difícil de describir. Tenía veintinueve años y, de pronto, el mundo que había imaginado para mi hijo desapareció en un instante. Me quedé completamente desorientado. Hasta entonces, el único ciego que conocía era el vendedor de cupones que veía cada mañana por mi barrio. No sabía absolutamente nada sobre la ceguera. No sabía cómo educar a un niño que nunca vería mi rostro, ni cómo sería su infancia, ni su futuro. Solo sabía que era mi hijo.
Recuerdo aquellos primeros días como una batalla interior. En realidad, comprendí que delante de mí solo había tres caminos. El primero era el de la huida: negar aquella realidad, pensar que alguien más preparado que yo podría hacerse cargo de él. El segundo era aceptarlo como quien acepta una condena, resignándome a vivir una vida marcada por el sacrificio y la tristeza. Pero había un tercer camino, el único que merecía la pena recorrer: querer a mi hijo con todas mis fuerzas, defenderlo, aprender todo lo necesario para darle la mejor vida posible y caminar a su lado, pasara lo que pasara.bEse fue el camino que elegimos su madre y yo.
Nos pusimos a estudiar, a preguntar, a escuchar, a equivocarnos y a volver a empezar una y otra vez. No teníamos experiencia, pero sí una enorme determinación. Comprendimos que el amor también se aprende y que, cuando un hijo necesita más de ti, la respuesta no puede ser el miedo, sino el compromiso.
Sin embargo, cuando empezábamos a entender qué significaba criar a un niño ciego, la vida volvió a sorprendernos. A los siete años llegó un nuevo diagnóstico: Trastorno del Espectro Autista. Otra vez sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Todo aquello que tanto esfuerzo nos había costado aprender parecía quedarse corto. Tocaba empezar de nuevo.
Los primeros años fueron muy difíciles. Hubo momentos de cansancio, de incertidumbre y de muchas preguntas sin respuesta. Pero, con el paso del tiempo, comprendí algo que jamás habría imaginado aquel joven de veintinueve años que salió del hospital lleno de miedo.
Siempre pensé que nosotros íbamos a enseñar a vivir a Sergio. Hoy sé que ha sido exactamente al revés. Él nos ha enseñado a nosotros. Nos ha enseñado paciencia cuando queríamos correr. Humildad cuando creíamos saberlo todo. Fortaleza cuando pensábamos que ya no podíamos más. Y, sobre todo, nos ha enseñado una forma de amar que no espera recompensas.
Si hoy alguien me preguntara qué hemos hecho por Sergio durante estos cuarenta años, respondería con sinceridad que probablemente hemos recibido mucho más de lo que hemos sido capaces de darle. No conozco a nadie como él.
Es una de esas personas que llegan al mundo para cambiar la vida de quienes tienen la fortuna de encontrarse con ellas. Difícil de explicar con palabras, pero imposible de olvidar una vez que la conoces.
Además, tenía autismo, lo que dificultaba más interactuar con él…
Cuando nació Sergio, toda nuestra atención estaba puesta en aprender a convivir con su ceguera. Cada día era un descubrimiento. Había que aprender a comunicarnos con él de otra manera, a enseñarle un mundo que nunca podría conocer con los ojos, a entender sus silencios y a celebrar pequeños avances que para cualquier otra familia podían parecer insignificantes, pero que para nosotros eran auténticas victorias.
Con mucho esfuerzo empezábamos a sentir que caminábamos por terreno firme. Entonces llegó otro diagnóstico que volvió a cambiarlo todo: Trastorno del Espectro Autista. Recuerdo perfectamente aquella sensación. Era como si, cuando ya habíamos aprendido un idioma nuevo, alguien nos dijera que ahora debíamos aprender otro completamente distinto. De nuevo aparecieron las dudas, los miedos y la incertidumbre. Otra vez tocaba empezar desde cero.
No sabíamos nada del autismo.Otra vez hubo que buscar profesionales, leer, escuchar, preguntar y aceptar que tendríamos que desaprender muchas cosas para volver a aprenderlas de otra manera. La vida nos estaba enseñando, quizá por primera vez, que educar a un hijo no consiste en aplicar recetas, sino en descubrir cada día quién es esa persona única que Dios ha puesto en tus manos.
Si algo hizo posible ese camino fue que nunca estuvimos solos. Nuestra familia, nuestros amigos y las personas que nos querían se implicaron de verdad. Nunca sentimos que aquella carga descansara únicamente sobre nuestros hombros. Cuando una familia atraviesa una situación así, no necesita grandes discursos; necesita manos que ayuden, personas que escuchen y corazones que permanezcan cerca. Nosotros tuvimos esa suerte y siempre estaremos agradecidos.
Pero, si hay alguien que merece un lugar muy especial en esta historia, ese es Manuel, el hermano mayor de Sergio. Entre ellos apenas hay un año de diferencia y, sin embargo, desde muy pequeño entendió a su hermano de una forma que todavía hoy me sigue sorprendiendo. Nunca lo vi sentir lástima por él ni tratarlo como alguien diferente. Simplemente lo quería. Lo protegía con una naturalidad extraordinaria, estaba pendiente de él constantemente y parecía comprender necesidades que los adultos tardábamos mucho más en descubrir.
A veces pienso que los niños tienen una capacidad especial para mirar el corazón de las personas, sin detenerse en sus limitaciones. Mientras los mayores buscábamos explicaciones, diagnósticos o respuestas, Manuel simplemente abrazaba a su hermano y seguía jugando con él. Con el paso de los años he comprendido que Sergio no solo nos educó a sus padres.
También regaló a su hermano una sensibilidad, una capacidad de entrega y una madurez poco comunes. Y, al mismo tiempo, Manuel le regaló a Sergio algo que ningún especialista puede enseñar: la tranquilidad de sentirse querido, aceptado y acompañado desde el primer día de su vida. Creo sinceramente que Dios tuvo un detalle precioso con nuestra familia al hacer que crecieran juntos. Porque, muchas veces, cuando nosotros no sabíamos cómo llegar hasta Sergio, era Manuel quien ya había encontrado el camino.
¿Cómo fue superando su rebeldía inicial, a medida que fue creciendo su hijo?
No hubo un día concreto en el que dejara de estar enfadado con la vida. No ocurrió de repente. Fue un proceso lento, casi imperceptible, como esas gotas de agua que terminan horadando la piedra sin hacer ruido. Al principio luchaba contra la realidad. Me preguntaba por qué nos había tocado vivir aquello. Buscaba respuestas donde no las había y, en el fondo, pretendía que el mundo se pareciera a la idea que yo tenía de él, en lugar de aceptar el mundo tal y como era.
Con el tiempo comprendí que el que tenía que cambiar no era Sergio. Era yo. Empezamos a rodearnos de personas que sabían más que nosotros: psicólogos, maestros, especialistas, familiares y amigos. Todos aportaban algo. Cada conversación, cada consejo y cada pequeño avance iban construyendo un camino que ninguno de nosotros habría podido recorrer solo. Pero hubo un momento en el que me di cuenta de algo mucho más importante.
Mientras todos creíamos que estábamos educando a Sergio, era él quien nos estaba educando a nosotros. Nos obligó a ser más pacientes. A escuchar más y hablar menos. A renunciar a la prisa. A celebrar pequeños logros que antes habríamos pasado por alto. A comprender que el éxito no siempre consiste en llegar más lejos, sino en aprender a caminar al ritmo de quien tienes al lado. Sergio nunca pidió nada para sí. Nunca exigió privilegios ni reclamó una vida distinta. Sin embargo, necesitaba prácticamente todo de nosotros. Y esa realidad nos enseñó una forma nueva de entender el amor. Vivimos en una sociedad acostumbrada a medirlo todo por lo que recibe a cambio. Queremos que nos comprendan, que nos agradezcan lo que hacemos, que nos devuelvan el cariño en la misma medida en que lo damos.
Con Sergio descubrí que el amor verdadero funciona exactamente al revés. Al principio era difícil. Como cualquier padre, necesitaba sentir un abrazo espontáneo, una mirada de complicidad, una conversación larga o un gesto que confirmara que todo el esfuerzo tenía una respuesta. Muchas veces eso no llegaba. Había días en los que resultaba frustrante porque uno esperaba manifestaciones de afecto que no aparecían de la forma habitual.
Hasta que comprendí que el problema no estaba en él. Estaba en mis expectativas. Sergio quería de otra manera. Se comunicaba de otra manera. Expresaba su cariño con un lenguaje que yo todavía no sabía leer. Y cuando aprendí ese lenguaje, descubrí un mundo completamente nuevo. Entonces entendí que amar de verdad significa amar sin condiciones, sin exigir nada, sin pasar factura, sin esperar recompensas. Es un amor que se parece mucho al que Dios tiene por nosotros: permanece incluso cuando no lo entendemos, cuando no sabemos corresponder o cuando ni siquiera somos conscientes de cuánto estamos recibiendo.
Mirando hacia atrás, creo que mi rebeldía desapareció el día en que dejé de preguntarme: «¿Por qué me ha ocurrido esto?» y empecé a preguntarme: «¿Qué quiere enseñarme Dios a través de mi hijo?». Ese cambio de pregunta cambió también mi vida.
¿Cómo su hijo le ayudó a vivir la fe con más intensidad?
Mi camino hacia la fe no comenzó leyendo un libro de teología ni escuchando una gran predicación. Empezó en casa, casi sin darme cuenta, observando a mis hijos.
Durante una etapa de nuestra vida yo trabajaba en Toledo mientras su madre residía en Cuenca. Cuando ellos venían a pasar unos días conmigo, tenía mucho tiempo para contemplarlos. Los veía jugar, convivir, entenderse sin apenas palabras. Observaba especialmente a Manuel con Sergio. Uno veía por los dos. El otro confiaba plenamente en su hermano. Aquella relación tenía una belleza difícil de explicar.
Sin saberlo, estaba asistiendo a una lección que tardaría años en comprender. Siempre pensé que era yo quien debía enseñarles a vivir. Con el tiempo descubrí que eran ellos quienes estaban enseñándome a mí. Fue una transformación lenta. Dios no irrumpió en mi vida con un acontecimiento extraordinario. Lo hizo de una forma mucho más discreta y, precisamente por eso, mucho más profunda. Me hablaba cada día a través de dos niños. Uno de ellos era ciego y, además, autista. El otro había aprendido a querer a su hermano con una naturalidad que me desarmaba.
Yo tardé mucho en entender ese lenguaje. Durante bastante tiempo seguía haciéndome la misma pregunta: «¿Por qué?». ¿Por qué un niño nace sin poder ver? ¿Por qué además tiene autismo? ¿Por qué una familia tiene que recorrer ese camino? Hasta que un día comprendí que quizá estaba formulando la pregunta equivocada. La cuestión ya no era por qué había sucedido aquello. La verdadera pregunta era para qué. Y esa respuesta fue cambiando mi vida.
Comprendí que nadie llega a este mundo por casualidad. Que cada persona tiene una misión, aunque muchas veces no seamos capaces de descubrirla de inmediato. Estoy convencido de que Sergio vino a este mundo para remover muchas conciencias. La primera, la mía. Él abrió unos ojos que yo creía tener abiertos. No los del cuerpo. Los del alma.
Yo había recorrido muchos países como periodista. Había visto guerras, pobreza, terrorismo, sufrimiento e injusticias. Pensaba que conocía bastante bien la condición humana. Sin embargo, fue mi propio hijo quien terminó enseñándome las lecciones más importantes sobre el ser humano y sobre Dios. Con los años empecé a comprender que Dios no siempre habla mediante acontecimientos espectaculares. Muchas veces habla con un susurro. A través de personas sencillas. De una mirada. De un silencio. De una mano tendida. O de un hijo que, sin pronunciar grandes discursos, transforma el corazón de toda una familia. Entonces empecé a dar gracias.
No gracias porque mi hijo fuera ciego o tuviera autismo. Sería absurdo decir eso. Doy gracias porque Dios fue capaz de sacar un bien inmenso de una situación que al principio yo solo contemplaba con dolor. Hoy puedo decir, con toda humildad, que Sergio ha sido uno de los mayores regalos que Dios ha puesto en mi vida. Pensé que había venido para que yo lo protegiera. Con el paso de los años comprendí que, en realidad, Dios lo había enviado para protegerme a mí de algo mucho peor que la ceguera. De la soberbia de creer que podía entender la vida sin Él. Desde entonces procuro vivir atento. Porque he aprendido que Dios sigue hablándonos todos los días. El problema no es que Él guarde silencio; el problema es que nosotros vivimos demasiado deprisa para escuchar su voz.
Tras acompañar a su madre mayor a Misa y al Rosario, ¿por qué ha acabado participando con devoción?
La vida tiene una manera muy curiosa de cerrar los círculos. Durante muchos años mi madre cuidó de mí. Después me tocó cuidar de mis hijos. Y ahora, con el paso del tiempo, soy yo quien acompaña a mi madre en esta última etapa de su vida. Tengo que decir que la cuido cuando me toca. Somos cinco hermanos y nos repartimos la responsabilidad de estar con ella. Sigamos. Pero hay algo que nunca imaginé. En este camino también me acompaña Sergio. Cada tarde salimos los tres. Mi madre va en su silla de ruedas. Sergio camina a mi lado con su bastón blanco, apoyado en mi brazo. Damos un paseo, hablamos lo que podemos y terminamos entrando en la parroquia para rezar el Rosario y participar en la Santa Misa.
Muchas veces pienso que, si alguien nos viera desde fuera, contemplaría una escena muy sencilla. Para mí, sin embargo, es una imagen llena de significado. Tres generaciones caminando juntas hacia Dios.
Mi madre, que me enseñó las primeras oraciones cuando era un niño. Mi hijo, que me ha enseñado a descubrir el verdadero sentido de esas mismas oraciones siendo ya un hombre. Y yo, caminando entre ambos, aprendiendo todavía. A Sergio le gusta profundamente la iglesia. Muchos piensan que una persona con autismo necesita únicamente rutinas. Yo creo que necesita mucho más: necesita verdad, serenidad y un orden que le permita comprender el mundo. Y eso lo encuentra en la liturgia.
Conoce perfectamente el desarrollo de la Misa. Sigue las oraciones, hace la señal de la cruz con un respeto que conmueve, responde cuando corresponde y vive cada celebración con una naturalidad que, muchas veces, me interpela a mí mismo. El Rosario le fascina. Le gusta su ritmo pausado, la repetición de las oraciones, el silencio entre misterio y misterio. Hay personas que creen que repetir una oración es algo mecánico. Cuando observo a Sergio rezar comprendo que puede ser exactamente lo contrario: una forma de descansar el alma en Dios.
Todavía hoy me sigue sorprendiendo. No deja de descubrirme cosas nuevas. Curiosamente, no disfruta demasiado con las procesiones. Sin embargo, participa con enorme recogimiento en un Vía Crucis. Sergio tiene su propia forma de vivir la fe y yo he aprendido a respetarla sin intentar encajarla en mis esquemas. Después de cuarenta años sigue siendo un misterio para mí. Y doy gracias por ello. Porque cada vez que creo conocerlo del todo, vuelve a enseñarme algo que no había visto.
Quizá esa sea una de las razones por las que hoy participo en la Misa y en el Rosario con una devoción muy distinta a la de hace unos años. Al principio acompañaba a mi madre. Hoy siento que es Dios quien nos reúne allí a los tres. Y, mientras contemplo a mi madre rezando con la serenidad de quien ha recorrido toda una vida y a mi hijo pronunciando las mismas oraciones con la sencillez de un niño, no puedo evitar pensar que el Cielo, muchas veces, empieza precisamente así: en una pequeña parroquia de barrio, sin ruido, rodeado de las personas que más quieres.
Es en esos momentos cuando comprendo que la felicidad no suele llegar haciendo cosas extraordinarias. Casi siempre llega compartiendo, con quienes amas, las cosas más sencillas.
¿Cómo el hecho de conocer a unas monjas y a personas de fe le ayuda en su vida espiritual?
Durante muchos años conocí a personas importantes. Por mi trabajo como periodista tuve la oportunidad de entrevistar a políticos, empresarios, responsables internacionales y personas con un gran reconocimiento público. He viajado mucho, he visto escenarios muy diferentes y he conocido a gente extraordinaria. Sin embargo, la mayor riqueza humana la he descubierto mucho más cerca de casa. La he encontrado en personas sencillas. En una parroquia. En unas religiosas. En hombres y mujeres cuya mayor preocupación no es aparentar, sino amar a Dios y procurar hacer el bien al prójimo.
Yo siempre digo, medio en broma y medio en serio, que era católico por tradición. Era español, la fe que había recibido de mis padres, formaba parte de mi cultura y de mi educación, pero reconozco que durante muchos años mi vida espiritual fue bastante superficial. Vivía demasiado deprisa, demasiado pendiente de mis proyectos, de mis viajes y de mis preocupaciones. La fe estaba. Pero ocupaba muy poco espacio. Al comenzar a acompañar a mi madre cada día a la parroquia empezó a suceder algo inesperado. Sin darme cuenta, fui conociendo personas cuya manera de vivir me desarmaba. No intentaban convencer a nadie. No hablaban continuamente de Dios. Simplemente vivían como personas que creen de verdad. Y eso se nota.
Lo descubrí en pequeños gestos. En cómo saludan. En cómo escuchan. En cómo se interesan por mi madre. En el cariño sincero con el que tratan a Sergio. En la naturalidad con la que ayudan cuando hace falta, sin esperar reconocimiento alguno.
Son personas que hacen del Evangelio algo cotidiano. No necesitan grandes discursos porque su vida ya habla por ellas. Eso me ha hecho pensar muchas veces.
Vivimos en una sociedad que admira el éxito, el dinero, la notoriedad y el poder. Sin embargo, cuanto más tiempo paso con personas verdaderamente humildes, más convencido estoy de que los mayores tesoros de este mundo no suelen ocupar titulares. He descubierto almas inmensas escondidas detrás de vidas aparentemente normales. Y esa ha sido una lección enorme para mí.
Las religiosas que he conocido, las personas que rezan cada tarde el Rosario, quienes se acercan a preguntar por Sergio o simplemente regalan una sonrisa a mi madre me han enseñado algo que ningún libro puede explicar. La santidad no siempre hace ruido. Muchas veces pasa desapercibida. Tiene el rostro de quien sirve sin que nadie lo vea. De quien escucha más de lo que habla. De quien ayuda sin esperar agradecimiento. De quien vive convencido de que el prójimo nunca es una molestia, sino un regalo de Dios. Con frecuencia me descubro pensando que llegué muy tarde para conocer a personas así. Ojalá las hubiera encontrado muchos años antes. Pero, enseguida, rectifico ese pensamiento.
Dios tiene sus tiempos.
Y quizá necesitaba recorrer un camino largo para ser capaz de reconocer el inmenso valor que tienen esas personas sencillas que, sin saberlo, iluminan la vida de quienes las rodean. Hoy doy gracias por haberlas encontrado. Porque ellas no solo han acogido con cariño a mi madre y a Sergio. También me han acogido a mí. Y, sin pretenderlo, me están enseñando cada día una forma mucho más auténtica de vivir la fe.
Tras haber viajado mucho como reportero por todo el mundo, ¿cómo ha aprendido ahora a disfrutar de lo cotidiano, de las cosas sencillas?
Durante muchos años mi profesión me llevó a recorrer lugares muy distintos del mundo. Como periodista fui testigo de conflictos, atentados, dictaduras, catástrofes naturales y del sufrimiento de muchas personas que, de un día para otro, lo perdían absolutamente todo. Hay imágenes que nunca se olvidan. He conocido pueblos donde, unas horas antes, los niños jugaban en la calle y las familias hacían una vida completamente normal. Después llegaban la guerra, el terrorismo o la violencia y, en cuestión de minutos, aquella vida desaparecía para siempre.
También he visto cómo un incendio, una inundación o un accidente pueden cambiar el destino de una familia en un instante. Todo eso deja una huella profunda. Aprendes que la vida es mucho más frágil de lo que imaginamos. Que nada de lo que tenemos está garantizado. Y que lo verdaderamente importante suele ser aquello a lo que menos atención prestamos mientras lo tenemos. Quizá por eso hoy disfruto tanto de las cosas sencillas. Un paseo. Una conversación tranquila. La sonrisa de mi madre. El brazo de Sergio apoyado en el mío. El silencio de una iglesia.
Hace unos años probablemente habría pensado que eran momentos demasiado pequeños para cambiar una vida. Hoy sé que una vida cambia precisamente gracias a momentos como esos. Hay una escena que llevo grabada en el corazón. Cada día acompañamos a mi madre, en su silla de ruedas, a la parroquia de San Fernando, en Cuenca. Sergio camina a mi lado, agarrado a mi brazo con su bastón blanco. Cuando llega el momento de la comunión, debo llevar a los dos a acercarse al altar conmigo. El primer día pensé: «¿Y ahora qué hago con mi madre y Sergio? ¿Cómo me las voy a arreglar?». No tuve tiempo de buscar una solución.
Una mujer de la parroquia se acercó con toda naturalidad, tomó la silla de ruedas y acompañó a mi madre a comulgar y esperó hasta que regresamos Sergio y yo. No hizo ningún comentario. No esperaba un agradecimiento. Simplemente vio una necesidad y respondió con una inmensa delicadeza.
Lo más hermoso es que aquello no ocurrió solo una vez. Desde entonces, desde el primer día, siempre hay alguien. Siempre. A veces es una persona. Otras veces otra distinta. Nadie pregunta. Nadie organiza. Nadie espera que se lo pidan.
Simplemente, cuando llega ese momento de la Misa, alguien aparece, coge la silla de ruedas de mi madre y la lleva a comulgar lo que me permite acompañar a Sergio, que también disfruta del momento de recibir la Comunión.
Ese gesto, aparentemente tan pequeño, dice mucho de la comunidad que hemos encontrado en la parroquia de San Fernando. Allí, gracias al cariño de tantas personas y a la cercanía de Chema, su párroco, uno tiene la sensación de llegar a una familia donde nadie sobra y donde todos encuentran un lugar. Muchas veces pienso que eso es exactamente el Evangelio. No grandes discursos. No gestos espectaculares.
Solo una mano que aparece en el momento oportuno. Una ayuda ofrecida con absoluta discreción.
Una caridad vivida con tanta naturalidad que casi pasa desapercibida. Después de haber recorrido medio mundo buscando historias, he descubierto que algunas de las más grandes suceden en silencio.
No ocupan portadas. No salen en televisión. No se hacen virales.
Suceden en una pequeña parroquia de barrio, cuando una persona ayuda a otra sin que nadie se lo pida.
Y entonces comprendes que el mundo sigue siendo un lugar lleno de esperanza porque existen personas así. Si algo he aprendido en todos estos años es que la felicidad no suele encontrarse en los grandes acontecimientos. Se encuentra en esos pequeños gestos que parecen insignificantes y que, sin embargo, son capaces de devolvernos la fe en el ser humano. Y, cuando esa fe en el ser humano renace, resulta mucho más fácil reconocer también la presencia de Dios.
¿Cómo el ejemplo de superación de su hijo ha sido también una lección de vida y un guiño del Cielo?
Durante mucho tiempo pensé que la mayor dificultad de Sergio era no poder ver. Hoy creo que la mayor dificultad era la mía. Yo era quien no veía. No veía todo lo que Dios estaba haciendo silenciosamente en nuestra familia. No veía cuánto tenía que cambiar mi manera de entender el amor, el sufrimiento, la felicidad o la propia fe. Con los años he llegado a una convicción muy profunda.
Las personas como Sergio no son únicamente personas que necesitan cuidados. Son personas que también cuidan. No siempre con las manos. Muchas veces cuidan el corazón de quienes vivimos a su lado. Nos obligan a detenernos. A relativizar lo que creemos importante. A descubrir que el valor de una persona nunca depende de su productividad, de su inteligencia o de aquello que la sociedad llama éxito. Vivimos en un mundo que mide constantemente a las personas por lo que hacen. Dios, en cambio, las mira por lo que son. Y Sergio me ha enseñado precisamente eso.
Con frecuencia, cuando alguien conoce su historia, siento que aparece un gesto de compasión. Lo entiendo. Yo mismo reaccioné así al principio. Pero, después de cuarenta años caminando a su lado, ya no siento pena. Siento un inmenso agradecimiento. Porque él me ha enseñado a mirar la vida desde un lugar al que probablemente nunca habría llegado por mí mismo.
He conocido personas con todas las capacidades del mundo que viven profundamente encerradas en sí mismas. Y he conocido personas como Sergio que, sin apenas decir una palabra, transforman la vida de quienes las rodean.
Eso me ha hecho pensar muchas veces que Dios tiene una manera muy distinta de medir las cosas. Nosotros solemos fijarnos en las limitaciones. Él mira el corazón. No sé por qué Sergio nació ciego. No sé por qué también llegó el autismo. Hay preguntas que probablemente solo tendrán respuesta cuando estemos delante de Dios. Lo que sí sé es otra cosa. Sé lo que Dios ha hecho en mí a través de la vida de mi hijo. Ha derribado muchas seguridades falsas. Ha suavizado un carácter que antes era mucho más irascible y cortante. Me ha enseñado a escuchar. A esperar. A amar sin poner condiciones. Y, sobre todo, me ha ayudado a descubrir que la fragilidad no es un fracaso. Es uno de los lugares donde Dios se hace más presente.
Si hoy alguien me preguntara qué ha significado Sergio para mi vida, respondería que ha sido uno de los mayores regalos que he recibido. No porque el camino haya sido fácil. No lo ha sido. Ha habido lágrimas, cansancio, incertidumbre y momentos muy duros. Pero también ha habido una cantidad inmensa de amor, de aprendizaje y de esperanza que jamás habría imaginado.
Muchas personas sienten compasión cuando conocen a mi hijo. Yo no. Después de cuarenta años a su lado, la única compasión que siento es por quienes todavía no han descubierto que personas como Sergio tienen mucho más que enseñar al mundo de lo que el mundo cree poder enseñarles a ellas.
Si Dios volviera a preguntarme hoy si aceptaría recorrer otra vez este mismo camino, ya no respondería con el miedo de aquel joven de veintinueve años que salió del hospital sin entender nada. Le respondería con serenidad. Sí. Porque el mayor milagro no fue cambiar la vida de mi hijo. El mayor milagro fue cambiar la mía. Y por ese regalo, cada día de mi vida, solo puedo decir una palabra.
Gracias.
Por Javier Navascués
2 comentarios
Un único comentario: donde dice "amar de verdad significa amar ... sin esperar recompensas. Es un amor que se parece mucho al que Dios tiene por nosotros" A mí me parece que no se parece, sino que es ese amor como nos ama. Puro. Desinteresado. Sólo eso es amor. El "amor" interesado, ¿cómo puede llamarse amor? Será manipulación o como queramos llamarlo, pero no amor.
Quisiera añadir que madre Teresa de Calcuta solía decir que el sufrimiento es el beso de Jesús a los seres queridos.
A veces nos empeñamos en juzgar a Dios porque no comprendemos su actuación. Solamente, y tras muchos años ,llegamos a vislumbrar los beneficios.El secreto sigue siendo el abandono en su providencia,que se consigue en la santidad.
Qué Dios bendiga a Juan Manuel y a su familia.
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