El Padre Jorge Hidalgo analiza su tesis doctoral “La Cristiandad en el Padre Julio Meinvielle”

El Padre Jorge Hidalgo nació en la ciudad de Buenos Aires, el 13 de mayo de 1982. Cursó sus estudios primarios y secundarios en la localidad de Ingeniero Luiggi, La Pampa. Estudió en el seminario San Miguel Arcángel, de El Volcán, San Luis. Fue ordenado sacerdote el 20 de marzo de 2009, en la Catedral de Santa Rosa, La Pampa. Tuvo distintos destinos pastorales en la diócesis. Desde el año 2019 está a cargo de la parroquia San Juan Bosco, de Veinticinco de Mayo (La Pampa). Es Profesor en Doctrina Sagrada (EGB 3 y Polimodal) por el Instituto Mater Dei. Licenciado en Educación Religiosa, por la Universidad de FASTA. Es Magister de Estudios en Bioética, por la Universidad Anáhuac, de México. Es doctorando en Filosofía, con el tema “La Cristiandad en el Padre Julio Meinvielle”.
Ha sido docente en diferentes instituciones educativas. Participa como conferencista y profesor, en cursos y eventos culturales, tanto en Argentina como en el exterior. Ha colaborado con EWTN, con la “Academia Cor Immaculatum” (de Mater Fátima), con el “Centro Pieper”, con “Conoce, Ama y Vive tu Fe Católica”, con el programa “En la Iglesia”, con “La Sacristía de La Vendée”, etc. Ha sido conferencista de las Primeras Jornadas sobre la Hispanidad, realizadas en 2024, en la Ciudad de Buenos Aires; y en el Congreso “Las Dos Espadas”, hecho en 2025, en honor al Presidente Gabriel García Moreno, en Guayaquil y Quito, Ecuador. Pertenece a la Red Iberoamericana de Estudios Humanísticos. Es miembro del Instituto Bibliográfico “Antonio Zinny” y de Centro de Estudios “Misión del Nahuel Huapi”, cuya primera actividad oficial ha sido el 18 de julio de 2025, en la localidad de 25 de Mayo. Es autor de algunos artículos de interés en diversos sitios webs, tales como Adelante la Fe, InfoCatólica, Adveniat Media y Luz y Tradición, entre otros. Ha escrito el libro “La obediencia en Castellani”, aparecido en 2023.
¿Por qué decidió hacer una tesis doctoral sobre la Cristiandad en el Padre Julio Meinvielle?
P. Julio Meinvielle es una de las grandes figuras de la Escuela Argentina. Como sacerdote diocesano, su imagen de párroco siempre me ha inspirado. Y, sin embargo, a pesar de sus muchas ocupaciones, el Padre ha sobresalido por su vida de santidad y por su sabiduría. Por su vida de santidad, porque es lo que atestiguan quienes lo conocieron y aún viven. Dicha caridad lo ha llevado a perdonar a sus enemigos, y a ofrecer sus últimos dolores por la Iglesia, por la patria y por las madres argentinas.
Por su sabiduría, por haber sido el primero que ha refutado públicamente a Jacques Maritain por sus errores en la filosofía social. Esto último lo ha llevado a que, en primer lugar su discípulo, el mártir Carlos Sacheri, y luego muchos más después de él (A. Buela, Hernández, A. Caponnetto, Castaño, etc.), lo hayan llamado «el teólogo de la Cristiandad».
El tener frente a sí un gran filósofo tomista, de renombre internacional, tal como era Maritain, no lo hizo amedrentarse, sino que más bien hizo que él sistematizara un pensamiento, que ya era claro en la doctrina eclesial. El «frontón» de su obra sirvió para que él desarrollara la idea, de tal modo como nadie lo había hecho hasta entonces. Sin embargo, este aporte es poco conocido, incluso en el ambiente tradicional católico. El pensamiento de Meinvielle ha sufrido la “conspiración del silencio". Razón por la cual muchos de sus escritos aún permanecen sin conocerse.
He aquí el motivo de mi trabajo: dar a conocer la obra intelectual del Padre Julio (que es el resultado de su vida de unión con Dios); y también, en el ámbito personal, dedicarme a la adecuada formación permanente, cosa que la Iglesia pide a sus ministros, y que es obligación de todo sacerdote.
¿Qué era la Cristiandad para Meinvielle?
El P. Meinvielle define en varios lugares lo que entiende por Cristiandad. En su obra Hacia la Cristiandad, editada en 1940, nos dice: «Cristiandad viene de Christianitas y significa un conjunto de pueblos, que públicamente se propone vivir de acuerdo con las leyes del santo Evangelio de las que es depositaria la Santa Iglesia.» (p. 14).
En ello, se nos expresa que la idea fundamental es que las dos sociedades perfectas, tales como son el Estado y la Iglesia, trabajen mancomunadamente, y cada una aportando a sus subordinados sus directrices propias; de tal modo que los individuos, siendo miembros de la sociedad política y de la sociedad eclesiástica, trabajen para el bien común temporal, en vistas a alcanzar el fin último sobrenatural. En vista al este último fin es como el Estado debe subordinarse a la Iglesia, como las causas intermedias lo hacen con las causas últimas.
Esta doctrina no es una utopía, sino una realidad. Pues dado que solo hay una santidad posible, en el ámbito individual; así solo hay una forma de ser santos en el ámbito familiar y en el social. La expresión de Nuestro Señor Jesucristo: «Aquel que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de Mi Padre que está en los cielos» (Mt. 10, 32), se refiere, sin lugar a dudas, a que no podemos esconder la fe que hemos recibido. No puedo creer solamente en el ámbito individual, y llevar una vida incoherente en el ámbito familiar. O bien llevar una vida inmoral en el ámbito social. Mi fe debe expresarse en los tres ámbitos de la moralidad: el individual, el familiar y el social. Cuando eso hagamos, pondremos nuestro grano de arena para contribuir a que Cristo reine en la sociedad. Por esta razón, la doctrina de la Cristiandad sostiene el Reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Sin dudas, Él reinará al final de los tiempos, cuando venga como Juez, a darle a cada uno según sus obras. Pero nosotros debemos esforzarnos para que el Señor reine ahora, por la fe y por la caridad; para que todos, sometiéndonos en este mundo al yugo suavísimo del Buen Pastor, triunfemos con Él en el Cielo, luego de esta vida.
Me parece oportuno terminar con estas palabras escritas por el Padre Julio en De Lamennais a Maritain, cuya primera edición fue en 1945: «Creo que es oportuno recordar que, cualesquiera sean las circunstancias históricas de los tiempos, la enseñanza de la Iglesia en la Bula dogmática Unam Sanctam de Bonifacio VIII: “Es necesario que la autoridad temporal se someta a la autoridad espiritual”, es tan cierta y verdadera hoy, como en los días de los Apóstoles cuando un puñado de hombres se presentaban a la hostilidad de un mundo de judíos e infieles, como en los días de San Agustín y del Santo Imperio Romano Germánico y como será mañana en los días de la apostasía universal del Anticristo; tan cierta y verdadera hoy en España y la Argentina como en Inglaterra, Estados Unidos y Rusia; tan cierta y verdadera en el mundo de la idea como en el de la acción –aunque por la impiedad de los hombres no en el de la conducta vivida– y entonces como ahora esta verdad ha de servir como norma de conducta que impulse la acción de los individuos, de las familias y de los Estados, porque “ayer, hoy y siempre”, Jesucristo es Rey de las Naciones. Que esa norma de acción frente a circunstancias concretas de un lugar y de un momento histórico, haya de limitarse a una realización imperfecta, o casi inexistente en razón de una imposibilidad de hecho que por la malicia de los hombres ofrecen esas circunstancias, es admisible; pero aún entonces, será obligación de individuos, de familias y de los Estados emplear todas sus energías, bajo el imperio de la prudencia, en cada caso particular, para que esas resistencias, derivadas de circunstancias de hecho, desaparezcan y se logre la más perfecta concordia del Imperio y del Sacerdocio, en reconocimiento del vasallaje universal, debido a la Realeza de Jesucristo.» (2° ed., 1967, 98)
¿Qué es lo que aportó en el estudio de esta materia?
Sin lugar a dudas, la doctrina respecto de la Cristiandad ya estaba formulada. Pero Meinvielle la sistematizó de manera definitiva, en particular al dejar al descubierto los errores de la filosofía social de Jacques Maritain.
El sacerdote argentino deja de manifiesto la conexión que hay entre el orden especulativo y el práctico. Un error en el ámbito teórico conlleva una mala praxis de la doctrina. Por eso el Padre Julio ha sostenido la necesidad de estudiar en profundidad la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, para luego ponerla por obra.
La Realeza social de Nuestro Señor Jesucristo implica que en todo momento se dé testimonio de la fe que profesamos. La Iglesia no puede renunciar a su misión y a su origen: por la misma razón, no puede descuidar que hemos sido adquiridos por la Sangre de Cristo, y que a Él pertenecemos. Esa es la conclusión de la doctrina política de la Iglesia: la ciudad debe gobernarse hacia el bien común inmanente, con apertura a la trascendencia. Por ello, la Doctrina Social de la Iglesia tiene que tener este fin, y ha de ser el motor de todas las acciones que realizamos en este mundo.
Por ello, es fundamental la refutación que él hiciera de Maritain, que lo llevara a ordenar de modo científico toda la doctrina que ya había sido formulada.
¿Qué importancia tuvo que refutase la filosofía social de Maritain?
Jacques Maritain fue uno de los principales exponentes del Tomismo en el siglo XX. Pero él sostuvo varias ideas incompatibles con la doctrina tomista, en particular; y con la doctrina católica en general.
De hecho, el Padre Meinvielle fue el primero que refutó sus errores en el campo social. En su libro De Lamennais a Maritain, de 1945, señala la continuación que hay entre la enseñanza de Maritain con la de Lamennais y Marc Sagnier, ambos condenados, respectivamente, por los Papas León XIII y S. Pío X.
Incluso antes señaló los errores del filósofo francés, cuando éste se opuso a la doctrina de la guerra justa, librada por España contra el comunismo, el cual había provocado una multitud de mártires. Meinvielle defiende a los Obispos españoles del momento, los cuales, a su vez, amparaban el régimen católico de Franco, y lo comparaban a una verdadera Cruzada católica, al estilo de las medievales. Esto lo hizo en ¿Qué saldrá de la España que sangra?, del año 1937; donde, en realidad, recopila una serie de escritos publicados en Criterio (en su primera época), de un poco antes.
Pero Maritain no sólo no reconoció el error que le marcaban, sino que incluso buscó justificar desde el punto de vista metafísico la novedad que estaba introduciendo. Fue así como nos presenta la distinción entre individuo y persona. El individuo estaría sometido al Estado; pero la persona sería insubordinable a cualquier todo o sociedad, ya sea el Estado o la Iglesia. De este modo, introduce en la hipóstasis humana una dualidad, más de estilo cartesiano que realista, más de la filosofía moderna que propia de Santo Tomás. El hecho lo intenta justificar con algunos textos del Doctor Angélico, alterando la doctrina del mayor Santo entre los sabios e incluso negando lo que él mismo había defendido antes.
Lo peor de la cuestión fue que Maritain era considerado como un gran exponente del tomismo contemporáneo. Ya Pío XII aceptó su nombramiento como embajador de Francia ante la Santa Sede, desde 1945 a 1948. Allí estrechó amistad con Mons. Montini, futuro Pablo VI. Incluso después de su muerte (1973), es enumerado como una personalidad, por el Papa Juan Pablo II, en 1998 (cf. Fides et Ratio, n. 74).
Las apreciaciones de Maritain fueron ampliamente difundidas por Emmanuel Mounier, en su revista Esprit. Esto dio origen al personalismo. Dicha corriente filosófica busca amalgamar la doctrina de Santo Tomás con la de otros pensadores, incluso con algunos supuestos aportes de Kant. Es paradigmático, por ejemplo, el rechazo que se experimenta entre dichos autores a la noción de persona como «sustancia individual de naturaleza racional», definición de Boecio y expresamente defendida por Santo Tomás, dada la refutación que sufría de parte de los pensadores de la Escuela de San Víctor. Dichos argumentos de esta última escuela fueron reutilizados y reelaborados por Duns Scoto en contra de la solución tomista. Por ende, el personalismo usa argumentaciones no tomistas en contra de la doctrina genuina más clara.
Dichas conclusiones llevan a dichos autores a hablar de la bondad de los “derechos humanos”, en abstracto, descuidando la necesaria ordenación al bien que deben hacer todas las personas. Pues dicha direccionalidad del bien hacia el fin último es el bien simpliciter (absolutamente considerado), mientras que el bien exclusivamente de la persona es el bien secundum quid (relativamente). El segundo aquí nombrado es bien en sentido relativo, tanto y cuanto se ordene al bien común.
Incluso Maritain llega a postular la existencia de una “nueva Cristiandad”, donde el ser humano ha llegado a la mayoría de edad, dejando atrás la función maternal de la Iglesia en el cuidado de un Estado temporal abierto a la trascendencia. Es decir, dicho de otra manera, Maritain reniega de la Edad Media, considerando que, bajo determinados aspectos, la modernidad le ha aportado una mejoría al Estado cristiano; como, por ejemplo, un mejor desarrollo de la libertad.
Pero, en realidad, aunque es posible que hayan habido mejorías per accidens (es decir, secundarias), sustancialmente el proceso de revolución ha tenido tres etapas. Para decirlo con las palabras del Papa Pío XII: «No nos preguntéis cuál es el “enemigo”, ni cuáles vestimentas usa. Él se encuentra en todas partes y en medio de todos; sabe ser violento y furtivo. En estos últimos siglos ha tratado de realizar la disgregación intelectual, moral y social de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces la autoridad sin la libertad. Es un “enemigo” vuelto cada vez más concreto, con una falta de escrúpulos que deja todavía atónito: Cristo sí, Iglesia no. Después: Dios sí, Cristo no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más bien: Dios nunca ha existido. Y he aquí el intento de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no dudamos en señalar como principales responsables de la amenaza que se cierne sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios. El “enemigo” se ha esforzado y se esfuerza para que Cristo sea un extraño en la Universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de justicia, en la actividad legislativa, en el consenso de las naciones, allí donde se determina la paz o la guerra. Él está corrompiendo el mundo con una prensa y con espectáculos que matan el pudor en los jóvenes y las muchachas y destruyen el amor entre los esposos; inculca un nacionalismo que conduce a la guerra.» (Discurso a la Acción Católica, 12 de octubre de 1952).
Aquí se ve el triple paso del proceso revolucionario: «Cristo sí, Iglesia no»: es decir, el protestantismo; «Dios sí, Cristo no»: es decir, la Revolución Francesa (que sostenían el deísmo, no un Dios católico), que es el proceso histórico por antonomasia del liberalismo; y «Dios ha muerto» o «Dios no ha existido»: la Revolución bolchevique, que fue llevado a cabo por el comunismo.
Esta frase, pronunciada por el Papa Pío XII en 1952, fue explayada por el Padre Meinvielle en 1936, en su obra Concepción Católica de la Economía, y fue desarrollada en muchas de sus obras. Por ello nos dice varias veces: «Tres y sólo tres son las Revoluciones posibles.» (El comunismo en la revolución anticristiana, 1961, 31) Tres pasos de la única revolución. Pues, como escribe más adelante, en la misma obra: «Bajo este aspecto no hay tres revoluciones sino una sola Revolución. La Revolución en que los príncipes de la tierra se confabulan contra Yavé y contra su Cristo. Rompamos, dicen, sus coyundas, lejos de nosotros arrojemos sus ataduras. (Salmo 2, 2). La Revolución Anticristiana por excelencia.» (88-89).
En este sentido, la filosofía social de Maritain y el consiguiente personalismo han atacado la pureza de la doctrina tomista; y, por lo mismo, ha contribuido a acelerar el proceso revolucionario anticristiano, al quitarle a muchos miembros de la Iglesia la defensa propia que da la sana doctrina. La libertad mal entendida, tal como la de Maritain, es, en palabras del Papa León XIII, «una pura y absurda licencia», que se parece a la rebelión del demonio. (Libertas, 20 de junio de 1888, n. 11) Esta es la razón por la cual Meinvielle es tajante en su juicio: «La ciudad del Anticristo será una ciudad personalista y totalitaria.» (Crítica a la Concepción de Maritain sobre la Persona Humana, 2° ed., 1993, 374-377).
¿Qué fruto dieron sus apostolados de los scouts católicos de Argentina y el Ateneo de Versailles?
El Padre Julio, además de ser un intelectual de fuste, fue párroco en un lugar marginal de la Ciudad de Buenos Aires, tal como era en ese momento el barrio de Versailles. Cuando él llegó, había una pequeña capilla y un cuartito contiguo, que era la casa parroquial.
El Padre realizó un gran apostolado, en todos los campos. Edificó un nuevo templo parroquial, que fue de tal magnitud que el Card. Copello, al consagrarlo, dijo: «Esto es no es una iglesia, es una Catedral.» Para ello, los amigos de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Versailles me han contado que recientemente se han enterado que el terreno donde la parroquia fue edificada era más grande que el original: el Padre lo compró de su pecunio, sin que nadie se enterara.
Dio también origen a todas las instituciones del barrio, de tal modo que no quedó afuera de ningún proyecto… Se preocupó hasta de la edificación de los colegios primarios, de las líneas de colectivo, de la realización del asfalto en el barrio, de la primera sala de primeros auxilios, etc.
Una de sus grandes preocupaciones fue el atraer a los jóvenes. Tenía la intención de sacarlos de la calle. Por ello ideó dos cosas diferentes: el Ateneo de Versailles y el grupo scout.
Respecto del Ateneo, debemos decir que el Padre lo fundó desde su parroquia. Su magnificencia le hizo dotarlo con lo mejor. Como ha escrito el P. Carlos Buela: «Su preocupación por la salud moral y física de los jóvenes y de las familias lo llevó a fundar el Ateneo Popular de Versailles, calle Roma 950, del que fuera presidente hasta su muerte. En la actualidad [que sería en el año 1975] cuenta con más de 7000 socios, de toda raza, credo y color, con más de 2000 metros cuadrados de superficie cubierta, provisto de cine, gimnasio cerrado con piso flotante, frontón de paleta cerrado, pileta de natación cubierta y con agua caliente, dos piletas de natación al aire libre, dos canchas de tenis, canchas de pelota al cesto, de básquet y volley, canchas de bochas, biblioteca, salón de juegos, tatáme para práctica de yudo y karate, quincho para asado, gran salón confitería, jardín de infantes, vestuarios de damas y de caballeros con duchas individuales, y un gran anexo en Dique Luján (Tigre) para la práctica de remo, natación y pesca. ¡Y pensar que comenzó con 450 pesos que pidió prestados a los vicentinos!»
Fue la obra práctica más importante y exitosa que realizó, al decir del arquitecto Patricio Randle. Como dice Guzmán Cámara (quien escribiera sus memorias para la Junta de Estudios Históricos del barrio de Versailles), el Ateneo «fue orgullo no sólo de la zona, sino de la capital.» «Fue uno de los clubes de barrio primeros en tener pileta olímpica propia cubierta…, uno de los primeros en tener piso flotante… Era una obra social de enorme envergadura… El Ateneo era una asociación civil. No dependía de la Curia porque él no quiso que dependiera de la Curia.»
El Ateneo era, en palabras del periódico deportivo El Gráfico, con llegada a nivel nacional, “el Club del Cura”.
Su deseo apostólico hizo que creara los scouts católicos en la Argentina. Ya hemos hablado sobre esto en otro lugar. Dado que existía un grupo de scouts no católicos, de faceta liberal, y dado que los exploradores de Don Bosco estaban circunscriptos a los grupos salesianos; se inspiró en ellos para fundar el grupo scout n° 1 en la Argentina, en su propia parroquia. Otra fuente suya de inspiración fue el Padre Jesuita Jacques Sevin, con su obra Le Scoutisme, quien fue declarado como Venerable en 2012, y que, por ende, está en proceso de beatificación.
En palabras del P. Meinvielle: «Esta voluntad nuestra de adoptar íntegramente el movimiento de Baden Powell con el sistema de patrullas, la ley Scout, la divisa y las especialidades nos obliga a definirnos en el nombre para evitar todo equívoco y nada mejor entonces que adoptar el nombre inconfundible y universal de scouts.» (Discurso en La Sociedad Rural, 17 de octubre de 1943) En su visión, el scoutismo se emparenta con el espíritu medieval de caballería, donde debe imperar la ley del servir. Al buscar la lealtad ante todo forma naturalmente líderes, pues suscita que los que tengan mejores condiciones asuman mayores responsabilidades. Al disciplinar a los jóvenes contribuye a su educación integral. Su fin es, en palabras del Padre Julio, «que el niño jugando adquiera el hábito de estar listo para servir a Dios, a la Iglesia y a la Patria y de servir al prójimo en toda circunstancia.»
Ese scoutismo lo enseñó siempre con espíritu católico. Pues, en sus mismas palabras, «sostenemos que el programa Scout no puede cumplirse sin deformaciones sino lo penetra íntima y profundamente el espíritu sobrenatural de la Iglesia.» Por eso debe tener un padre capellán; el maestro scout y sus ayudantes deben ser católicos practicantes, con alma de apóstoles; y es fundamental el rol de jefe de patrulla como testimonio entre los demás scouts. «En suma, que Jesucristo nuestro Señor sea en verdad reconocido, amado y vivido como el Gran Jefe de los scouts.» Es decir, llamar a Cristo como el Gran Jefe es designarlo a Él como el Rey del grupo scout. Por eso el Padre combatió el laicismo en estas y en las demás actividades. Como él mismo lo dijo: «Si no fuera así [profundamente penetrado por el espíritu sobrenatural de la Iglesia] lo repudiamos con todas las fuerzas de nuestra alma.»
Además, él buscó que el scoutismo no sólo fuera católico, sino también argentino. Nos sigue diciendo: «En esta palabra argentinos, no encerramos un concepto sentimental sino un contenido profundamente identificado con el destino del país, que es una unidad económica, cultural y espiritual, soberana, dueña de su propio destino, entroncada en la tradición hispánica, y con vocación de singular grandeza entre los pueblos hermanos de América.»
Esto que el Padre comenzara en su parroquia, en 1934, se fue extendiendo, primero por Capital Federal, y luego por todo el país. Del grupo de La Salud, el n° 1 del país, salieron los primeros dirigentes de los demás grupos. Y luego, para darle formación y poder trabajar mancomunadamente, el Padre tuvo que fundar la USCA (Unión de Scouts Católicos Argentinos), en 1938. Así se extendió a toda la nación.
Más tarde fue traicionado por alguno de ellos, pues buscaron desplazarlo de la dirección de la USCA. Así lo cuenta el P. Carlos Buela: «Con malas artes, cierta persona buscó y logró desplazarlo de la Asesoría Nacional de la Unión de Scouts Católicos Argentinos. Los dejó hacer sin oponer resistencia. Años después defendió con bríos a ese eclesiástico y le ayudó en alguna empresa difícil. Perdonaba de verdad.» (Revista Verbo [Argentina], septiembre de 1979, 196). Además de apostólico y sabio, Meinvielle era un hombre santo.
Como escribió Ángel Tacchela: «El breve resumen de las mil obras realizadas quedaría vacío, sin espíritu, en silencio, si no habláramos del sacerdote ejemplar. […] La gran virtud del padre Julio fue siempre y en todo momento, su humildad, su gran humildad. Versailles no conoció a fondo al ilustre filósofo, ni tampoco al teólogo tomista, certero en sus juicios y lúcido en sus libros. Tampoco conoció a fondo al periodista de estilo claro y de polémica incesante y aguda. Ni al político combativo de todas las horas. Ni al profesor erudito, ni al conferenciante aplaudido. La parroquia de Versailles, sí conoció y conoció mucho al sacerdote para toda la eternidad, al sacerdote piadoso, al sacerdote que amando a los pobres, amaba a sus hermanos en Cristo; al sacerdote que nunca cobró un bautismo o un casamiento; al sacerdote que siempre tenía una palabra justa y un consejo sano. Al sacerdote tan humilde, que había dejado atrás su apellido para llamarse solamente padre Julio.»
¿Qué publicaciones sacó a la luz en defensa de la verdad católica?
Es difícil sintetizar en pocas palabras sus grandes aportes, en defensa de la verdad.
Además de sus obras polémicas contra Maritain, Meinvielle escribió numerosos libros. Además, fundó sus propias publicaciones, como hemos hablado también en otra ocasión.
En 1932 escribió Concepción Católica de la Política, editado por los Cursos de Cultura Católica, que formaron multitud de personas en Argentina. Allí el Padre coloca como cúspide de la doctrina moral al gobierno de la Ciudad, en orden al bien común. Señala que la soberanía viene necesariamente de Dios, y que debemos alejarnos tanto de una concepción liberal como marxista del Estado. Explica, por ello, el rol de la autoridad. Desarrolla la relación que ella debe tener con las distintas partes de la sociedad. También nos indica la coordinación que ha de tener con la Iglesia, que como sociedad perfecta, en el ámbito espiritual, tiene la función también de cristianizar al Estado, aunque sin mezclarse los ámbitos propios de cada sociedad. El Estado debe cooperar con la comunidad internacional, pero sin renunciar a la búsqueda de su propio bien común, ni a su soberanía, ni a la defensa de la propia tradición nacional. Algunas ideas suyas fueron perfeccionadas en un texto posterior, llamado Un Juicio Católico sobre los Problemas Nuevos de la Política, de 1937.
En 1936 publicó Concepción Católica de la Economía. Allí se nos muestra que la economía debe servir al hombre, puesto que el alma en él es más importante que el cuerpo. Se describen diferentes errores del mundo moderno respecto de la economía bien entendida. Se nos enseña sobre la importancia de la producción de la tierra y de la producción industrial. El mundo de las finanzas ha de estar al servicio de la economía real, y no en función de los commodities o de los fines globalistas. Se nos explaya cómo ha de ser el consumo, y cómo tiene que estar al servicio del verdadero orden económico y social de la nación. Algunas de sus ideas fueron precisadas por él mismo en su obra Conceptos Fundamentales de la Economía, aparecido en 1953.
En 1940 publicó Hacia la Cristiandad. Allí nos deja claro lo que entiende por ello, y cómo no podemos nosotros dejar de trabajar en el ámbito social por el triunfo del Reinado de Nuestro Señor Jesucristo. Se expone cuál es el rol de los pueblos en la búsqueda del triunfo de Cristo Rey en la obra titulada Los Tres Pueblos Bíblicos en su Lucha por la Dominación del Mundo, de 1937; en donde se extiende la labor del paganismo, del judaísmo y de la Iglesia. Se agrega, además, la razón de ser de los musulmanes en la historia, a quien considera un pueblo intermedio. En la edición de 1974 aparece un capítulo que el Padre escribiera en 1973, explayando el problema de la sinarquía y el gobierno mundial.
En 1936 amplía el problema del judaísmo, con su obra llamada El Judío, que desde 1959 se llamó El Judío en el Misterio de la Historia; y en México, en 1996, fue editado con el nombre de El Judío. La Teología en Defensa del Catolicismo. Muchos, con mal espíritu, han malinterpretado esta obra (incluso algunos que han publicado notas “científicas”), sin darse cuenta que Meinvielle aborda la cuestión desde el punto de vista de la teología. “El Señor quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2, 3-4), y si eligió al pueblo judío fue en atención a su más ilustre descendiente: Nuestro Señor Jesucristo. A través de Él, el Señor quiere bendecir a todos los pueblos de la tierra. Sin embargo, los judíos han rechazado al Señor Jesús, llevándolo a la Cruz, y han carnalizado las promesas de Dios. Por ello sostienen que son elegidos simplemente por la sangre que llevan. Cuando, en realidad, Dios le dijo a Abraham que por su descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra (cf. Gen. 22, 18). Y esa descendencia es Jesucristo (cf. Gal. 3, 16).
Sin embargo, es muy claro que Meinvielle no tuvo una ideología nazi (como hoy torpemente se dice), porque en 1937 él escribió Entre la Iglesia y el Reich. Cuando todavía estaba en auge el partido nacional socialista, siguiendo las enseñanzas del Papa Pío XI en su encíclica Mit Brennender Sorge, Meinvielle se aparta de dicha doctrina política. Ve en ella una reedición del paganismo, con la cual se buscaba la conquista del mundo. Y, por ello, desde la visión de la Cristiandad, esta doctrina es incompatible con la doctrina católica.
En 1956 compila un conjunto de artículos que fueron publicados en uno de sus periódicos, llamado Presencia. El texto se llama Política Argentina 1949-1956. Aunque, evidentemente, tiene elementos circunstanciales; sin embargo, los principios que cita son permanentemente válidos, en todo tiempo y lugar. Por esto el valor de este texto. Además, aquí el Padre Julio reconoce la autoría de muchos textos que en el citado periódico fueron firmados con el nombre genérico de la editorial.
Escribió además dos obras respecto del problema del comunismo. En 1961 edita El Comunismo en la Revolución Anticristiana, y en 1962 El Poder Destructivo de la Dialéctica Comunista. En la primera de estas obras enmarca el problema dentro de la teología de la historia; y en la segunda, explica la filosofía materialista que hay de fondo en el comunismo, señalando la incompatibilidad que hay entre ella y la doctrina católica. Explica, por ello, qué se entiende por la dialéctica comunista, y cómo es aplicada ella, tanto en general (con sus propias leyes), como en particular (en el trabajo; en el ámbito social, político, filosófico y religioso; y en el económico), para luego desalienar al hombre.
La obra de 1974, publicada post mortem por su mejor discípulo, el mártir Carlos Sacheri, denominada El Comunismo en La Argentina, contiene una serie de conferencias que el Padre Meinvielle dictó en diferentes lugares de nuestra patria.
Como puede verse, la obra de Meinvielle fue muy prolífica.
¿Qué trascendencia tuvo su oposición a la Nouvelle Théologie?
Respecto de la Nouvelle Théologie, Meinvielle atacó a sus más importantes exponentes. Especialmente, buscó prevenir de los errores de Teilhard de Chardin, de Congar, de Chenu y de Rahner, entre otros.
Encuentra que el común denominador de los nuevos teólogos es el olvido de los principios claros de la doctrina de Santo Tomás, para elaborar una nueva concepción teológica. Ello se expresa en su rechazo por la doctrina de la Cristiandad. Esto lo deja de manifiesto en su obra La Iglesia y el Mundo Moderno, editada en 1966, que es la primera gran síntesis de su pensamiento. Algunas ideas de estos pseudo teólogos fueron presentadas bajo el nombre de En Torno al Progresismo Cristiano; luego en Un Neocristianismo sin Dios y sin Cristo, Término del Progresismo Cristiano; y por último en la manipulación del primer documento de Pablo VI, llamado La “Ecclesiam suam” y el Progresismo Cristiano, todas publicadas en 1964. Otros conceptos fueron ampliados en 1967, bajo el nombre de Un Progresismo Vergonzante y Presencia en la Hora Actual.
Anteriormente devela los errores de Teilhard, dado que las ideas del citado jesuita eran ampliamente difundidas en Europa, y empezaban a infectar el ambiente católico de Argentina. Por ello escribió en 1960 La Cosmovisión de Teilhard de Chardin, y dicha obra la amplió y la perfeccionó en 1965 en el libro llamado Teilhard de Chardin o la Religión de la Evolución. En el primer texto el pensamiento del francés es analizado desde el punto de vista filosófico y teológico; pero en el segundo, además de estos importantes análisis, le agrega la mirada metodológica, biológica y paleontológica; concluyendo en la búsqueda de un “transcristianismo”, como religión propia del evolucionismo radical teilhardiano. No por nada la Santa Sede advirtió, con el Monitum del 30 de junio de 1962, que la doctrina de Teilhard es incompatible con la doctrina católica.
El Padre Julio ve que la raíz de todos los males, tanto en la cultura, como en la filosofía y en la teología, se encuentra en la cábala judía; la cual es una tergiversación de la verdadera doctrina, incluso de la revelada por Dios en la Antigua Alianza. La obra, editada en 1970, se llama De la Cábala al Progresismo. Es la segunda y gran síntesis de su magna obra. En ella, comenta cómo los errores paganos pasaron a ser parte de la enseñanza hebraica, y cómo ésta terminó inficionando la enseñanza, incluso en el seno de la Iglesia, dando pie a lo que Meinvielle denominó como “iglesia de la publicidad”, en la cual se busca quedar a gusto con la opinión de turno del mundo, y dándole la espalda al verdadero Dios y a la doctrina revelada.
Por último, el Padre pensaba escribir una obra contra el pensamiento de Karl Rahner. Logró escribir unos artículos al respecto, pero no pudo realizar una síntesis cabal del pensamiento del teólogo alemán, dado que fue atropellado, cruzando la Avenida Nueve de Julio, en pleno centro de la Ciudad de Buenos Aires. Años más tarde dichos artículos fueron reunidos en la obra titulada Escritos sobre el Pensamiento de Karl Rahner – ¿Teólogo Católico? –, en 2013.
¿Por qué destacó por su oposición al sionismo y a la masonería?
Como antes hemos dicho, sus escritos sobre el judaísmo nunca fueron bien entendidos. Porque quien desconoce teología juzga las cuestiones de la fe de manera puramente terrenal. Pero, además del judaísmo, denunció al sionismo y a la masonería.
Respecto del primero, el Padre narra el encuentro entre Teodoro Herzl y el Papa S. Pío X. Según el testimonio del mismo Herzl, el Santo Padre le dijo: «La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez.» Y cuando Herzl le pidió el apoyo a la Santa Sede para tomar Palestina, el Papa dijo: «Nos no podemos declararnos en favor de este proyecto. El Papa prosiguió diciéndome que él sostenía relaciones amistosas con los judíos; que los cristianos ruegan por ellos, y que si los judíos llegaban a instalarse en Palestina, la Iglesia estaría pronta a bautizarlos a todos.» (“Apéndice”, El Comunismo en La Argentina, 1974, 493-495).
Más aún, Meinvielle denuncia el plan sionista para apoderarse de la Patagonia argentina. Dice, literalmente: «Los judíos […] disponen de un poder cultural, económico, político y militar excepcional, pues manejan todos los medios de comunicación y tienen un control total sobre todas nuestras riquezas. Pero hay más. Tienen desde el siglo pasado un plan para apoderarse de la Argentina y constituir aquí una segunda Palestina. O apoderarse de la totalidad del país o seccionar una parte, y constituir luego la república de Andinia.» (Idem, 481) Tristemente, esto es lo que parece querer realizar el actual gobierno de Argentina, favoreciendo irrestrictamente su ingreso.
El sionismo aparece como un capítulo más de la obra anticristiana judaica, que busca la conquista del mundo. El Padre desarrolla esta idea en un libro escrito en conjunto, con el Padre Joaquín Sáenz y Arriaga y otro autor laico (que, hasta donde sé, sus familiares quieren que su nombre permanezca en el anonimato), bajo el nombre de Maurice Pinay. El texto en cuestión se llama Complot contra la Iglesia.
Respecto de lo segundo, P. Meinvielle fue quien divulgó las obras de Pierre Virion en Argentina, en particular El Gobierno Mundial y la Contra-Iglesia, de 1965; y La Masonería dentro de la Iglesia, de 1968. A ello hace alusión muchas veces en sus obras, tales como La Iglesia y el Mundo Moderno, de 1966; Presencia en la Hora Actual, de 1967; y De la Cábala al Progresismo, de 1970.
En esta última obra, en efecto, se nos habla de todos los sentidos que tiene la cábala. Además de una interpretación buena, que indica la revelación primordial que Dios le hizo a Adán y a Eva; hay una interpretación naturalista, otra ocultista y por último otra masónica. Allí se explica de la existencia de una falsa gnosis, con la cual los iniciados en los misterios manipulan a los demás.
Escribe, en efecto, el Padre: «Adam Kadmon, el hombre primordial, es el arquetipo del judío. El judío es el hombre por excelencia. Toda la conocida fraseología sobre el hombre y la humanidad, su liberación y la libertad, sus derechos, etc., debe entenderse como aplicada en primer término a los judíos y luego, por comunicación, a sus afiliados, los masones, pues tan sólo en la masonería se forma al hombre, ya perfecto en el grado 11, de forma que a la pregunta: “¿Eres sublime Caballero Elegido?”, pueda contestar: “Mi nombre es Emmarek, hombre verdadero en toda ocasión”. Emmarek quiere decir en hebreo: “Estoy purificado”.
Aparte del pueblo judío y de los individuos judaizados por los misterios masónicos, “no hay hombres verdaderos pues las otras naciones no son más que una variedad de animales”. “No se pueden llamar hombres los goim”, los no judíos. Esta es la doctrina del Talmud, que es para el judío la Teología moral, como la Cábala es la teología dogmática. Pero, como ya hemos dicho, si los judíos engañan a los masones, ellos son engañados a su vez por el enemigo de la raza humana.» (De la Cábala al Progresismo, 113-114)
Muchas veces nos habla de la infiltración de la masonería dentro del Alto Clero de la Iglesia, tal como sucedió en el siglo XIX y en el XX. En particular, narra los contactos tenidos en Francia entre los jesuitas y los miembros de las Logias. Repitiendo un testimonio del Frankfurter Zeitung, de 1928, cita: «No creemos que el P. Gruber, tanto en su carta como en su encuentro con los francmasones en Aix-la-Chapelle, haya obedecido a su personal inspiración. Un jesuita no se permite en absoluto tales iniciativas. Detrás de él tenía a los jefes de su Orden, y, me atrevo a esperarlo, a una autoridad más importante aún. En efecto, lejos de desautorizar tal política, la “Civiltà Cattolica” de Roma y “Études” de París la sostuvieron con la delicadeza que reclama la profesión.» (Presencia en la Hora Actual, 77-78)
Evidentemente, muchas veces el Padre fue amenazado por su parresía a la hora de anunciar la verdad católica, y denunciar las faltas contra ella.
¿Le pudieron costar la muerte? De hecho fue amenazado…
Por todo lo dicho, queda ampliamente demostrado que Meinvielle era un hombre que no era querido por muchos; aunque fue apreciado por quienes lo frecuentaban. Fue perseguido en todo momento, tanto fuera como dentro de la Iglesia.
Escribió, en efecto, el P. Buela: «Nuestro Señor ya nos advirtió que “el discípulo no es mayor que el Maestro. Si a mí me persiguieron, también lo harán con vosotros.” (Jn. 15, 20) y San Pablo: “Todos los que quieren vivir piadosamente en Jesucristo, han de padecer persecución.” (2 Tim. 3, 12). Dos veces por lo menos lo llevaron preso injustamente; intentaron asesinarlo disparándole varios balazos; recibía múltiples amenazas anónimas, por escrito y telefónicamente; buscaron mil y una manera para silenciarlo. Sin embargo no cejó en lo que entendía era misión. Conoció como pocos la “conspiración del silencio” que, al modo de nebuloso manto, pesó sobre él. Asimismo se intentó empañar su obra tratando de restarle brillo y densidad, ridiculizando la importancia y actualidad de la misma. Las calumnias que tuvo que soportar merecerían todo un artículo: los que no son “verdaderos israelitas” (Jn. 1, 47) lo llamaban “nazi”, aunque escribió un libro denunciando los errores del nacional-socialismo, también “antisemita” aunque condenó explícitamente el antisemitismo; mientras otros afirmaban que sería judío porque no atacaba la Compañía de Jesús (!). Algunos lo tildaron de marxista solapado, mientras que los marxistas intentaron hacerle un juicio por insania porque veía “marxistas por todos lados”. Algunos católicos de inspiración liberal afirmaron que tenía una “mentalidad desaprensiva frente al derecho de la propiedad”; los comunistas decían que tenía una cosmovisión capitalista. Los progresistas lo trataron de “cerrado”; los inmovilistas le achacaron un “irenismo imprudente” y de no caracterizarse su escuela “por su combatividad, frente al progresismo”. Los que no quieren subordinar lo temporal a lo eterno lo llamaron “teologizante”, los que niegan la sana autonomía de lo temporal lo estigmatizaron como “economicista”, etc. Y muchas otras calumnias. Sé, circunstancialmente, que llegaron a calumniarlo con denuncias fundamentadas en fotos y grabaciones fraudulentas. Por todo comentario dijo: “La Virgen no va a permitir que triunfen.”
El P. Meinvielle fue, pues, incesantemente perseguido. Pero jamás perdió por ello la alegría.»
Como se ve, por este testimonio, el Padre Julio fue siempre hostigado. Pero todo lo sufrió con fortaleza cristiana. Más aún, él decía: «Luchar es una gracia».
El día martes 26 de junio de 1973 el Padre estaba cruzando la Avenida Nueve de Julio, en su intercesión con la Avenida Independencia, a metros de su casa. Allí un vehículo oficial, de la Municipalidad de Florencio Varela, arrojó al Padre, lo cual le produjo traumatismos en todo en cuerpo, en especial en su cabeza. Fue trasladado al Hospital Ramos Mejía y luego al Sanatorio San José.
Su muerte todavía hoy es motivo de discusión. Según algunos, entre los que se encuentran algunos intelectuales argentinos y su misma familia, fue solo un accidente. Por ello nunca hicieron ningún juicio al Municipio de Florencio Varela. Según otros, entre los que están en especial sus siempre cercanos parroquianos de Versailles, el Padre fue atropellado a propósito.
En palabras de Mons. Derisi: «Su última enfermedad, llevada con tanta conformidad y fortaleza, sin duda le sirvió para acabar de purificarse y cincelar su recia y extraordinaria figura de sacerdote, consagrado e inmolado totalmente al servicio y al amor de Cristo y de su Iglesia.» (“In Memoriam: R. P. Dr. Julio R. Meinvielle”, Universitas, Julio-Septiembre 1973, Vol. 30, 80)
¿Se puede decir que fue uno de los últimos defensores de la ortodoxia católica?
Que el Padre Meinvielle fue defensor de la ortodoxia, no nos queda la menor duda. Con mucha razón fue llamado “martillo de los herejes”. Sin duda, el Padre Julio puso por obra todo lo que sostenía de manera teórica: transformó a Versailles en una pequeña Cristiandad; trabajó incesantemente para que las almas lleguen a Cristo; se preocupó por la formación de la juventud; buscó que los más preparados crecieran en sabiduría y santidad; y no escatimó en enfrentar a los lobos, que se mezclaban entre el rebaño de Dios. Como escribió el P. Buela: «La obra del P. Meinvielle es una gracia de Dios muy singular a su Iglesia y, en especial, a su Iglesia en Argentina.»
Ahora bien, no creo que haya sido el último defensor de la ortodoxia, pues el Señor seguirá suscitando almas valientes, que defiendan su Iglesia con sabiduría y coraje, para que en todo triunfe la doctrina católica. Le rogamos a Él que los que intentamos ser sus discípulos, nos encendamos con el fuego del Espíritu Santo, tal como lo hiciera el Padre Julio.
¿Cómo ha descubierto recientemente varias cartas manuscritas inéditas y como le ayudan a su tesis?
Ya el p. Carlos Buela afirmaba que la correspondencia del p. Meinvielle era abundante y desconocida.
Por Divina Providencia, me encontré con estas cartas, que ahora divulgamos en el blog Memoria y Archivo.
Yo le he escrito al p. Arturo Ruiz Freites, pues estaba al tanto que él sabía que yo estoy estudiando la obra de Meinvielle. Generosamente, el Padre Ruiz le pidió a la gente del archivo del Padre Cornelio Fabro, que buscara allí las cartas que P. Meinvielle le enviara.
La otra carta me la dio libérrimamente Ignacio Cloppet. Ese día estaba yo investigando la obra del Padre Julio en los archivos de la Biblioteca Nacional, y justo llegó él. Se dio cuenta que era sacerdote porque yo llevaba mi sotana. Por eso se me acercó a hablar… Y desde entonces tenemos comunicación habitual.
Dios les retribuya a todos ellos su generosa colaboración.
Agradezco también a los amigos de Memoria y Archivo que han difundido estos textos; al igual que a los amigos del revisionismo histórico, que tuvieron igual interés.
Quiero aprovechar a los lectores que leen estas líneas a pedirles si es posible seguir reconstruyendo esta importante correspondencia… Sabemos muy bien que el Padre Julio recibía muchas cartas, y que a todas solía responder brevemente. Debe haber, sin lugar a dudas, más cartas del Padre Julio, que deben estar en manos de particulares o de diferentes archivos de algún estudioso. Nos ofrecemos a difundirlas, agradeciéndoles de antemano a todos los que nos ayuden.
¿Qué es lo más jugoso que ha descubierto en ellas?
Lo más interesante que puede verse en estas cartas es, en primer lugar, que el Padre atribuía uno de los intentos de asesinato que sufrió a la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas); por todo lo que antes hemos desarrollado acerca de su pensamiento, tanto acerca del judaísmo, como de la masonería y del sionismo.
Sin embargo, no hay que olvidar que el Padre también tenía trato con algunos judíos. En la cárcel de Villa Devoto se hizo amigo de Cecilio Roth, que era judío. «Era político y le regaló un libro sobre Santo Tomás Moro. “Muy inteligente, hemos hablado mucho”», comentaría más tarde, según el testimonio del p. Buela. También según el testimonio de la Lic. Iliana Rodríguez Villoldo, Presidente de la Junta de Estudios Históricos de Versailles, en el velatorio del Padre, que se realizara en el Ateneo, había allí algún judío, que era amigo personal de Meinvielle, y que estaba en proceso de conversión. Insisto con esto último, para que se note que el Padre Julio no era antisemita, como habitualmente se dice.
En segundo lugar, podemos decir que en las otras cartas aparece la amistad que había entre el P. Julio Meinvielle y el P. Cornelio Fabro. Aquí se ve los grandes contactos que tenía el sacerdote argentino, y cómo se preocupaba de los temas filosóficos. Además, se ve claramente cómo el Padre intentaba promover a sus discípulos, con los mejores contactos a nivel intelectual. Lo mismo hizo con Carlos Sacheri, cuando lo contactó con Charles de Koninck, para que hiciera sus estudios universitarios en la Universidad de Laval, en Quebec.
No quisiera terminar esta entrevista sin agradecer el espacio concedido; y pidiéndole a los lectores que nos preocupemos en profundizar la obra de los grandes maestros que el Señor nos ha dado, para que podamos sobrevivir espiritual e intelectualmente en la época de apostasía en la cual vivimos.
Por último, adhiero a las personas que han conocido al Padre Meinvielle y sostienen que él fue un verdadero santo. Por eso hemos compuesto, para la devoción privada, y sometiendo nuestro parecer al juicio definitivo de la Iglesia, esta oración, que ya antes hemos difundido, aquí y aquí:
«Señor, Dios de los Ejércitos, que has hecho al Padre Julio Ramón
Meinvielle sacerdote del Dios Altísimo, y que por amor a la salvación
eterna de las almas, ha llegado a realizar numerosas obras, a estudiar y a
difundir la verdad en contra de los fautores de herejías; y que le has dado
la firmeza para no claudicar frente a los innumerables ataques que ha
recibido durante su vida terrena (ataques que continúan incluso hoy,
después de su muerte); te pedimos por su intercesión la solidez pétrea de
su fe, la certeza inamovible de su esperanza y la caridad ardiente que lo
hacía ofrecerse cada día a Dios y al prójimo sin reservas; y que, si es para
tu mayor honor y gloria, te dignes que sea elevado a los altares y que, por
sus ruegos en el Cielo, nos concedas las gracias que por él te
suplicamos…
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.»
Por Javier Navascués
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