Pablo Marini profundiza en los solidísimos cimientos de la fe católica, inmunes a todo viento de doctrina

Pablo Marini, casado, 8 hijos, es licenciado en Filosofía (UNSTA) y licenciado en Educación religiosa (UFASTA). Durante más de 30 años se desempeñó como docente universitario dictando las materias de formación (Teología, Filosofía y Ética) en distintas universidades católicas. Autor de más de 10 libros, artículos y conferencias de esas disciplinas, también ha realizado investigaciones de política internacional. Ha ocupado cargos de gestión educativa de Nivel secundario en distintas instituciones educativas. Siendo también editor, estuvo a cargo de proyectos de libros de textos para colegios católicos. Actualmente sigue ejerciendo la docencia.
¿Por qué un libro sobre los fundamentos de la fe católica?
Este libro es el resultado de haber enseñado durante 30 años las materias de formación en universidades católicas ubicadas en la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires, Filosofía, Teología, Moral católica. Tiempo harto suficiente para darnos cuenta de la orfandad en la formación católica de la juventud que llega a las aulas (y, en general, de los católicos adultos). Cuando empecé a finales de la década de los ’80 del siglo pasado, casi todos los alumnos (más del 90%) estaban bautizados en la Iglesia Católica y el 60% de ellos provenía de haber pasado un mínimo de 10 años en colegios católicos. Progresivamente fui acumulando horas de estas materias de formación que eran parte de la currícula de todas las carreras de la universidad (de tal modo que llegué a tener 10 cursos por año), así que puedo decir que por mis aulas pasaron no menos de 7.000 alumnos de distintas carreras y con diferentes intereses.
Mi primera clase empezaba haciendo una sencilla pregunta: “¿Conocen el ‘catecismo de perseverancia’, ése de las 99 preguntas que nosotros, los mayores, teníamos que memorizar cuando éramos chicos?”. Obviamente, no tenían ni idea (y cuantos más años pasaban, peor venía la cosa). Entonces, les repreguntaba: “¿Saben lo que decía la primera de esas 99 preguntas? Decía así: ¿Soy cristiano? (Una pregunta “rara” si se quiere, teniendo en cuenta que se trataba de un catecismo católico). Bueno, la respuesta a esa pregunta era: Sí, soy cristiano por la gracia de Dios”. Inmediatamente, les seguía preguntando: “¿Y qué es la gracia?”. Pues bien, en los 30 años que di clases universitarias, de esos millares de alumnos, UNO SOLO contestó “aproximadamente” qué era la gracia (ni siquiera fue muy preciso). Recordemos que estoy hablando de alumnos mayoritariamente “católicos” que habían cursado no menos de 10 años en instituciones que supuestamente les brindaban “educación católica”. Ante el embarazoso silencio que seguía a esto, entonces los confrontaba con lógica de este modo: “¿Se dan cuenta lo que pasa aquí? Si ninguno de ustedes sabe qué es la gracia, entonces, no tienen ni la más p…álida idea de por qué son cristianos?” (haciendo así, una pausa después de pronunciar la letra “p”, lo que distendía algo el clima de tensión pero, por cierto, generaba al mismo tiempo un murmullo de risitas nerviosas).
Así iniciaba mis cursos anuales.
¿Por qué empieza planteando la distinción entre el orden natural y el sobrenatural?
Es lo mínimo y primero que hay que hacer para evitar que la gente reduzca la religión católica a una de las tantas opciones del “menú religioso” contemporáneo. Si hay algo que uno nota enseguida, es que la gente vive en una enorme indiferencia práctica hacia lo religioso. Es cierto que, seguramente, en una charla personal –como rezaba el lema cardenalicio de John H. Newman, “cor ad cor loquitur” (el corazón habla al corazón)– la gracia de Dios, “usándolo a uno” podría despertar genuino interés, pero no hay duda de que hoy millones de personas viven “como si Dios no existiera”. Podría decirse que cuando se trata de tomar decisiones existenciales, esas decisiones “serias” en las que uno pone todo su interés –sea que tengan que ver con la familia, el dinero, el sexo, el trabajo– no parece que haya mucha diferencia entre cómo las toma un pagano moderno, ateo, agnóstico o personas incluso de otras religiones o confesiones, y un católico “nominal” (“católico en estado de coma”, los denomino). Y la explicación de esa indiferencia práctica está en que la absoluta mayoría de los católicos en el mundo, debido a una pésima formación doctrinal, no logran ver la diferencia abismal que existe entre la religión católica y cualquier otra religión o forma de pensamiento humano.
Por eso inicio en el Capítulo 1 con ese apartado sobre la “radical originalidad de la religión católica frente a otras religiones y frente a cualquier forma de sabiduría humana”. Y señalo claramente las diferencias que hay entre Cristo y los fundadores de otras religiones, entre la Iglesia Católica y las otras religiones y cualquier otra expresión del pensar humano.
Segundo, también hay que enseñar a los mismos católicos que el hombre está radicalmente incapacitado para llegar a Dios por sus propias fuerzas naturales. Como siempre se ha intuido, el enemigo mortal del cristianismo, y específicamente de la religión católica ha sido siempre el naturalismo y su expresión herética pelagiana.
Y tercero, que sin la gracia de Cristo, el hombre no puede mantenerse en el bien y conocer la verdad moral natural sin error (demostrado patentemente con la sistemática violación de los Diez Mandamientos en la legislación del mundo moderno). Lo que en buena teología se llamaba “Necesidad absoluta de la gracia”, algo que hoy no se enseña en casi ningún lado, y por eso es rarísimo escucharlo en los púlpitos. “La gente” cree que puede ser buena sin Cristo, y en realidad, no toma conciencia de que sin la gracia de Cristo no podemos estar sin pecar ni siquiera 24 horas. ¿Puede extrañar, acaso, que uno de los dogmas más desconocidos hoy (y omitidos en toda predicación) de la Revelación divina sea el Pecado Original y sus terribles consecuencias en la naturaleza humana?
Por eso esa primera pregunta en la primera clase de mis cursos. Si hay algo de lo que estoy convencido después de tantos años, es que uno de los errores más graves que ha cometido la catequética moderna dentro de la Iglesia ha sido no remarcar el tema de la gracia. Y que no se ha insistido en que lo más importante para un católico debería ser vivir en estado de gracia santificante y morir en gracia sin pecado mortal (total, dicen algunos, el infierno podría llegar a estar vacío). Además de que tendríamos que volver a señalar el papel no solo extraordinario de la gracia santificante, sino también esa expresión notable de la misericordia divina que es la acción de la gracia actual. Porque esa ignorancia del papel de la gracia no solo convierte a los católicos en “pelagianos” de hecho.
También dinamita la convicción de que la Iglesia Católica es la única verdadera religión, y transforma a la Iglesia Católica en un remedo de alguna “onegé” haciendo inentendible a los fieles la necesidad, no solo de la existencia de la Iglesia, no solo para qué son los sacramentos (por eso pareciera que no hay problema para la jerarquía eclesiástica, acá en la Argentina, que apenas un 5% de católicos asista a misa cumpliendo el precepto dominical), sino que convierte en “innecesario” el mismo Sacrificio Redentor de Cristo. No hay un solo documento de la Conferencia Episcopal Argentina en 40 años que haga hincapié en que la Argentina es un país “católico sin sacramentos”, como se lo ha definido acertadamente al respecto.
Por eso, no se trata solo de hablar de la gracia como “participación en la vida divina”, o que “nos hace hijos de Dios”. Todo eso está muy bien. Pero se trata también de entender el papel absolutamente necesario de ella para salvarse eternamente (algo de lo que también se habla poquísimo), y de que el pecado mortal se llama precisamente así porque mata la vida divina en nuestra alma y expulsa a Dios de ella (a pesar de lo que pueda pretender enseñar el herético capítulo 8 de Amoris Laetitia).
¿Y por qué continúa con el tema de la relación razón y fe?
Porque otro de los “mitos” que arrastran los jóvenes prejuiciosamente de la escuela o desde la misma casa es que la teología no es ciencia y que no tiene rigurosidad de ningún tipo. Se trataría de un pensamiento “mágico” y, en el mejor de los casos, debería ser reducido a una “filosofía” que me ayuda a vivir y soportar los avatares de la condición humana. Pareciera que ha triunfado claramente un pensamiento comtiano positivista que hace creer que el único conocimiento científico digno de ese nombre es el científico-positivo, que constituiría la “edad adulta” de la Razón (así con mayúscula). Y que la filosofía y la teología, en el mejor de los casos (como lo decía Comte), tienen que ser reducidas a pasos previos de crecimiento, iniciando en la “infancia teológica” y pasando por la “adolescencia filosófica” hasta llegar a la madurez de la ciencia “dura” del método positivo-físico-matemático.
Un poco para escandalizar, siempre en las clases iniciaba también con lo siguiente. “Sabemos que en la escuela secundaria, cualquier profesor que respetara su disciplina y a sí mismo, supongamos de literatura o de química, no tenía empacho en decir: ‘No será la materia más importante, pero tienen que estudiarla igual’. [Imagínense que yo era profesor de teología o filosofía o de moral, es decir, materias que los alumnos tenían que estudiar “obligadamente” y que para colmo de males, no tenían directamente que ver con la carrera que los alumnos cursaban (ingeniería, administración de empresas, analista de sistemas, letras, historia, ciencias ambientales, lenguas modernas, turismo, geografía, y otras)]. Bueno, –continuaba diciéndoles–esta materia (teología, filosofía o moral) no será la más importante de sus carreras, pero es la más importante de su vida”.
Gracias a Dios, (y repito despacio pesando las palabras, gracias-a-Dios) terminó siendo la materia más importante de su vida para varios de mis alumnos, porque se convirtieron y se hicieron bautizar o confirmar (tuve el honor y la gracia de ser padrino de bautismo y de confirmación de varios de ellos).
Que los alumnos entendieran que la teología sobrenatural es ciencia suprema (por la excelsitud de su objeto, por su grado de certeza y por su relación directa al fin último del hombre), superior incluso a la filosofía, y que la razón y la fe pueden ir de la mano, constatando que solo en la Iglesia Católica puede darse auténtica armonía entre ellas (contra el fideísmo protestante y el racionalismo cientificista), era fundamental para que pudieran eliminar sus prejuicios y abrirse de corazón a la verdad revelada por Dios.
¿Por qué el tema de la existencia de Dios es fundamental?
Supongo que su pregunta se dirige a la demostración racional de la existencia de Dios. Es parte de esa constatación de que el tema de Dios no es fruto de alguna forma de ilusión, de autoengaño, cual si fuéramos zombies narcotizados según la conocida denuncia que hiciera todo el humanismo ateo, con Feuerbach y Karl Marx a la cabeza, por ejemplo. Se trata de que los jóvenes (y no tanto) comprueben que la misma ciencia positiva con sus extraordinarios logros y descubrimientos nos ayuda a maravillarnos del asombroso orden de la Creación y de todo lo viviente, que solo puede ser fruto de una “Mente Brillante”.
Científicos creyentes –e incluso no creyentes– de todas las épocas (entre ellos varios sacerdotes católicos) lo han probado y comprobado en sus propias vidas. Y esto, obviamente, es un refuerzo para la solidez de nuestra fe, confirmando así la armonía razón y fe de la que hablamos antes. Pero, también será necesario señalar las insuficiencias del argumento metafísico. Como siempre digo, “la gente no se arrodilla ante la Causa Incausada, el Primer Motor Inmóvil, el Ser Necesario, la Bondad Absoluta, o el Principio Ordenador” (como si alguna vez hubiéramos escuchado a alguien rezando: ¡Oh, Primer Motor Inmóvil, sálvame, ten piedad de mí!”). Pero, millones de personas se han arrodillado ante un Dios Crucificado, y eso es esencialmente distinto. Mirar ese Divino Rostro agonizante, escupido, burlado, abofeteado, coronado de espinas en la Cruz es lo que realmente transforma el corazón de piedra de una persona en un corazón de carne (Ez 11, 19).
Ahora, para que vean cómo Dios puede valerse incluso de algún “silogismo metafísico” para acercar al que está alejado, todavía recuerdo a esa alumna “en la búsqueda” que, desde su tambaleante agnosticismo, me dijo reflejando la emoción en su rostro: “¡Profesor, el día que usted dijo en clase: ‘De la nada, nada sale’, algo se rompió en mi corazón!”. Así que, ya ven, los recursos que usa Dios con tal de acercar a la creatura racional a la salvación pueden llegar a ser sorprendentes.
Una vez demostrado que hay Dios… ¿por qué es clave tratar el tema de la revelación?
Porque por más que nos maraville el orden cósmico que podamos constatar con nuestra razón, si Dios no se hubiera revelado, si Dios no hubiera tomado la iniciativa amorosa de encontrarnos abajándose de la manera que lo hizo Su Hijo, si no hubiera franqueado el “abismo de infinitud” que nos separa de Él, imposible de cruzar “desde nuestro lado”, nos habríamos topado con un silencio divino espantoso ante los enigmas del dolor, del sufrimiento y de la muerte, y hubiera sido muy fácil caer en el “resentimiento ateo”. Y podríamos llegar a decir, casi blasfemando como lo hizo el gran escritor inglés C. S. Lewis, amargado en un primer momento por la muerte de su amada Joy:“Estamos encerrados como ratas en un experimento cósmico y Dios es el vivisector” (Una pena en observación).
Pero, el misterioso Amor inconmensurable de Dios por los hombres ha hecho que la Encarnación del Verbo sea la clave de toda la historia humana, y los católicos somos aquellos que sabemos positivamente dos cosas fundamentales e inauditas: uno, que desde el Viernes Santo –en el que el mismo Verbo Encarnado murió por nosotros–, ya nadie puede dudar del amor de Dios por todos los hombres; y dos, que desde la Resurrección definitiva del Domingo de Pascua, ya nadie puede dudar de que la muerte y el sufrimiento no tienen la última palabra. Y a ese misterio de la Redención, fruto de Su Bondad, de Su Justicia y Misericordia divinas, habrá que sumarle el portento del dogma de la Santísima Trinidad, totalmente fuera del alcance de la razón creada, que, en definitiva, nos revela que Dios no es un “dios solitario”, algún anónimo Gran Arquitecto del Universo, indiferente al sufrimiento humano como difunde el deísmo de la impía masonería, por ejemplo, sino que es una Plenitud de Amor Interpersonal y que en el colmo de su Bondad y Misericordia nos invita a participar íntimamente de su Verdad Total y de su Amor inagotable para que sus creaturas racionales sean felices con Él por toda la Eternidad.
¿Por qué Cristo y su Evangelio es el culmen de la revelación de Dios?
Lo esencial está dicho en lo último de la pregunta anterior, pero aquí quiero agregar lo siguiente: se trata de argüir al hombre sobre la terrible soberbia de creer que él tiene el monopolio de la sabiduría, de que todo lo racional puede provenir solo del esfuerzo de su propia mente, de que toda sabiduría es puramente humana. Por el contrario, “hay que hacerse como niños” dijo Nuestro Señor, y eso no tiene nada que ver con una pueril adulación de la infancia. Se trata de una niñez espiritual que abate la soberbia humana, y que nos hace conscientes de que solo teniendo la humildad del niño, que se sabe necesitado del padre, es como el hombre puede rendirse y arrodillarse frente a Dios y encontrar la Verdad que no viene de uno, que no es la propia autocomplacencia en las elucubraciones de mi sola mente. La Revelación divina nos habla de una sabiduría infinita que “viene de Arriba”. Una sabiduría que viene de otra dimensión totalmente fuera del plano cósmico, que no tiene forma alguna de ser alcanzada por nuestro tiempo y espacio, si es que Dios mismo no hace el “puente” hacia nosotros. Ni tampoco tiene que ver con “El día de la revelación” de algún ignoto extraterrestre, como algunos delirantes nos quieren hacer creer (no es casualidad la referencia a la última película de Spielberg). Es algo que jamás se le podría haber ocurrido a algún humano (o alienígena). Los paganos podían fácilmente aceptar que los hombres amaran a los dioses, pero era impensable, imposible que “los dioses” amaran en el sentido auténtico y propio a los hombres, y mucho, muchísimo menos que estos “dioses” se humillaran hasta el punto de morir por ellos. Por eso, la Cruz de Cristo termina siendo “escándalo para los judíos y locura o necedad para los paganos” (I Cor 1, 23). De ahí las palabras divinas de Nuestro Señor que “no pasarán” (cfr. Mt 24, 35) (aunque siempre tengamos que sufrir la soberbia infame de algún teólogo o algún obispo desubicado y felón, que pretendan “actualizarlas”, alegando que no había ningún aparato magnetofónico para grabarlas). Por eso, sus palabras tienen una novedad, un “mordiente”, un “filo cortante” que ninguna sabiduría humana puede siquiera llegar a igualar.
¿Es clave demostrar que la Iglesia Católica es la única Iglesia que fundó Cristo?
En los primeros meses de mi docencia, allá por 1987 me habían asignado comenzar con la materia Teología III, cuyo tema principal era, justamente, la Iglesia. ¡Uff! Imaginen a un novel profesor creyendo que si daba clases en una “universidad católica” no tendría que haber ninguna dificultad en enseñar este tópico. Iluso de mí, rápidamente me di cuenta que si no encaraba el tema de otro modo, lo único que seguiría escuchando de parte de los alumnos “católicos” eran las típicas protestas y lugares comunes al respecto: “Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia”, “una cosa es Jesús, sin duda algo especial (quizás divino), y otra son los curas”; “puedo creer en Dios, pero no en una Iglesia llena de deficiencias”. Y así hubiera podido seguir meses y años. Curiosa incongruencia –obviamente se los hacía notar– porque alababan a un personaje histórico (“una cosa es Jesús, otra los curas”) cuestionando al mismo tiempo a la institución que se los había hecho conocer, ya que, por cierto, no sabríamos mucho de Él (algunas pocas –pero fundamentales– referencias históricas romanas y judías) si no hubiera existido la Iglesia Católica.
Por supuesto, que todas esas frases se habían gestado en las casas (se las escuchaban seguro a sus padres, y en el colegio). La objeción, en el fondo, puede sintetizarse más o menos así: ¿cómo una institución particular, históricamente condicionada, marcada por deficiencias humanas de todo tipo, puede pretender ser el lugar obligado de la salvación de Dios? ¿Por qué esa salvación tiene que pasar por la mediación de algo tan particular, tan concreto como estos ritos, estos hombres, estos dogmas? En definitiva: ¿por qué el asunto más importante de la humanidad (la intervención de Dios en la historia) tiene que depender de condiciones relativas, de tiempos e individuos determinados? Éste es el escándalo que produce la Iglesia.
Y que coincide, en el fondo, con el escándalo de la Encarnación del Verbo: ¿por qué ese hombre, Jesús, nacido en Palestina, tiene la pretensión de ser el camino, la verdad y la vida? (“¿No es éste el carpintero, el hijo de María…?”, cfr. Mc 6, 3). Está bien que Jesús enseñe uno de los caminos, algunas verdades y se presente como una fuerza estimulante de la vida para muchos. Así lo hicieron los profetas, así lo hicieron Buda, Mahoma y otros; pero que personalmente se identifique con la verdad, con el camino y con la vida, es algo que no se puede aceptar. Como señala Guardini: “La raíz de la protesta se encuentra precisamente en la circunstancia de que una persona histórica pretende para sí una significación decisiva para la salvación” (La esencia del cristianismo, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1983, pág. 49).
Y la respuesta de monseñor Leonard es contundente: “Si la Iglesia fuera sólo un gran club religioso, una libre asociación espiritual, donde todo se decide entre los miembros por mayoría de votos, quizá resultaría más «digerible», porque se parecería a nuestras democracias políticas, pero la consecuencia sería que en ella el hombre únicamente se enfrentaría con su propia religiosidad. Pero debido a que la vida de la Iglesia está regida por una tradición que se nos impone como proveniente de Cristo y de los Apóstoles, y por una Sagrada Escritura que es regla intangible de la fe, y por estar la vida cristiana vinculada a unos sacramentos instituidos por Cristo y administrados por un sacerdocio ordenado al efecto, sus miembros tienen la garantía, si Cristo es verdadero, de que sin duda es a él, Hijo de Dios venido a este mundo, a quien encuentran en la Iglesia instituida y no simplemente a su propia religiosidad natural, por generosa que ésta fuera” (Razones para creer, Ediciones Herder, Barcelona, 1990, pág. 172-173).
Si aceptamos que la salvación es un don que viene de Dios (y ya vimos cuando hablamos de Encarnación, Redención y Gracia, que nada es más claro que el hombre no puede librarse por sí mismo del pecado y de la muerte), no es ilógico que Dios se adecue a la condición humana y nos haga llegar su salvación a través de lo humano. Y como es Dios, es Absolutamente Sabio, por lo tanto, no puede confundirse o equivocarse, y como es Absolutamente Bueno, no puede confundirnos revelándose en muchas religiones, “Iglesias” o “confesiones” religiosas. Por eso “hay un solo Señor, una sola Fe, y un solo Bautismo” (Ef 4, 5-6), y, por cierto, una sola religión verdadera, la católica.
¿Por qué los milagros y las profecías son los grandes criterios de credibilidad de la Iglesia?
Haber abandonado el aspecto apologético de los motivos de credibilidad ha sido otro de los graves errores de la catequesis moderna. Es parte de aquello que dijimos más arriba sobre la falta de convicción de los católicos sobre los fundamentos de su propia fe. Y los milagros y las profecías siempre han sido armas poderosas para demostrar no solo la divinidad de Cristo, sino el origen divino de la misma Iglesia Católica. Hoy es típico escuchar que “no son tan importantes”. Y hay un punto de razón en eso si nos referimos al acto de fe. Porque es cierto que “tampoco creerán aunque algún muerto resucite” (Lc 17, 31). Es decir, el milagro no lleva “automáticamente” a la fe (hay gente que ha visto milagros frente a sus mismos ojos y no ha creído), pero, sin embargo, sí hace razonable que entregue mi inteligencia y mi voluntad al don de la fe que Dios me ofrece. Es obvio, y toda la Biblia lo demuestra, que cualquiera que pretenda en la historia de las religiones “representar” a Dios, “actuar en nombre de Dios” o “hablar en nombre de Dios” tenía que demostrarlo a través de signos sensibles y extraordinarios que superaran totalmente las leyes naturales. Nuestro Señor no solo no fue una excepción, sino que demostró sin ninguna duda su divinidad a través de ellos. Y los ponía como testigos frente a sus mortales enemigos de que Él decía la verdad (Mt 9, 6). Lo mismo puede decirse de las profecías.
¿Por qué aborda el problema del mal?
Porque es la objeción clásica contra la existencia de Dios, la única objeción “seria”. El ateísmo implica una actitud de soberbia al no aceptar la condición creatural del hombre. Pero al mismo tiempo el ateo se refugia en una actitud puritana –“humanamente comprensible”– de denuncia de inmoralidad de la existencia de Dios. Y al mismo tiempo quiere defender al hombre de un Dios que, de existir, sería “malo”.
En efecto, el ateo plantea que si Dios existe y es Dios entonces es omnipotente. Y, si a pesar de su omnipotencia, el mal tiene una terrible presencia en este mundo, una de dos: o Dios lo quiere, y entonces Dios es malo, o Dios no lo quiere y entonces no puede evitarlo, y si no puede evitarlo, no es omnipotente y no es Dios. Luego Dios no existe. Ante el espectáculo bien-mal el hombre “se pone del lado bueno”. Se generaliza la concepción del mundo como algo absolutamente negativo y absurdo.
Para el ateísmo el dolor y el mal son inexplicables: esto sólo ya “demuestra” que no hay Dios. Sin embargo, la experiencia real de los hombres redimidos por el dolor hace ver que, en realidad, si el dolor y el mal son inexplicables, es porque, en primer lugar, se ha negado a Dios.
En realidad, se sabe que la metafísica realista ha refutado hace mucho esta objeción a la existencia de Dios. Esa refutación tiene una sólida simplicidad, porque efectivamente la posición atea siempre ha sido muy débil. El ateo jamás ha podido demostrar “la no existencia de Dios” porque no se trata de un razonamiento sólido, sino de una negativa que reside en lo profundo de su corazón. Se trata, para el ateo, de “no querer que Dios exista”. Por algo, en el Antiguo Testamento encontramos: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Sal 53, 1). Y lo podemos completar con aquello de Pascal: “No hay más que dos clases de hombres razonables: los que aman a Dios con todo su corazón porque lo conocen, y los que lo buscan de todo corazón porque no lo conocen” La 3ra. vía de santo Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios, la de la necesidad y contingencia es suficiente para desbaratar el supuestamente “sólido” argumento ateo que pusimos arriba. En definitiva, se sabe que el mal descubre la existencia de un sujeto contingente, el cual, como no puede justificar su existencia “por sí mismo y desde sí mismo” (existe, pero puede no existir y, de hecho, no existió en algún momento) plantea la necesidad de un sujeto Absoluto (existe y no puede no existir, y de hecho, ha existido desde siempre). Hasta aquí la filosofía. Pero, conocemos, incluso por dolorosa experiencia propia, que “el problema del mal” no se soluciona existencialmente de este modo.
Sabemos que en el plano natural la inteligencia puede también referirse al valor “educativo” del dolor. Pero es absolutamente insuficiente cuando el hombre se enfrenta con otros aspectos del dolor y del mal (pensemos, por ejemplo, en la muerte de los niños y de los inocentes). La respuesta total, la respuesta “existencialmente válida” solo se puede dar en el plano sobrenatural de la fe cuando se contempla el misterio cristiano del “Dolor Redentor”, del “Dolor Reparador”, del “Dolor Expiador”. Frente al dolor y la muerte, solo la visión de un Dios crucificado por todos nosotros puede comenzar a darnos la clave definitiva de tan tremenda cuestión.
¿Por qué acaba hablando de la gracia y de las postrimerías?
Lo de la gracia ya lo hemos señalado más arriba. Aquí solo digamos que se trata de un tema absolutamente clave para la comprensión cabal de lo que ha significado Jesucristo y la religión católica en la historia. Por lo tanto, por qué tendríamos que asombrarnos de la crisis formativa y la crisis interna de la Iglesia en nuestros días, si la inmensa mayoría de los católicos no sabe qué significa.
Respecto a los novísimos, a la esjatología, al estudio de las Últimas realidades, cualquier religión que se precie de tal, tiene que dar algún tipo de respuesta sobre esto. Y, obviamente, la religión católica es insuperable en este campo porque el mismo Dios ha revelado en el seno de ella cómo va a terminar el mundo (Esjatología Universal o Final), y aunque no ha dicho exactamente cuándo, nos ha dado algunas pistas extraordinarias. La Iglesia no puede callar en este campo (y un síntoma de la cobardía de muchos eclesiásticos hoy queriendo agradar al mundo es su silencio no solo respecto al Fin del Mundo, sino incluso sobre la Esjatología Individual o Intermedia, la Muerte, el Purgatorio, el Infierno y el Cielo). Esta enseñanza es fundamental para comenzar a instalar la clave de interpretación de la historia humana. Historia que no es “meramente histórica”, sino que es Historia de Salvación.
Frente a esto se han erigido dos posturas típicamente mundanas. Por un lado, el optimismo naturalista, que pretende que las fuerzas del hombre, especialmente a través de la ciencia y la tecnología, y un comportamiento “decente” bastan para salvar al mundo. Por el otro, el pesimismo de la desesperación, expresado en las alarmas de la autodestrucción bélica y la catástrofe ecológica, sumándose a la filosofía existencialista que entendió al hombre como un “ser para la muerte”.
Sabemos que no se trata, entonces, ni del estúpido optimismo carente de fundamento, ni del pesimismo nihilista autodestructivo, sino del realismo de la esperanza por la que el hombre, lleva a cabo su cometido cotidiano poniendo sus ojos en el Cielo. Y esto le permitirá ver, incluso, en la misma catástrofe que anuncia Cristo antes de su Segunda Venida (Lc 21, 11; 25-26), una posibilidad de actuación histórica plenamente dotada de sentido.
¿Por qué si tenemos bien claros los fundamentos del dogma y la moral podemos detectar fácilmente las herejías y doctrinas dañiñas?
Es lógico. Hace poco se me cuestionaba que, al plantear ciertos temas, no solo ponía el acento en lo “positivo”, sino que señalaba también lo “negativo”. Por ejemplo, cuando enseño sobre la virtud de la caridad, también señalo las desviaciones que hoy pueden darse en la predicación modernista de un cierto “amor filantrópico” con pátina de cristiano. Pero, es que es una regla de oro de la docencia, y una comprobación personal patente en mi vida, que a uno lo entienden mucho mejor al enseñar la verdad, sí, pero también contrastando con el error. Y pensemos si no, en cómo se ha enseñado siempre el tema de las virtudes, señalando los vicios que las afectan, o en el caso liminar de los Diez Mandamientos, como frente a la formulación positiva de varios de ellos (vgr. Amar a Dios sobre todas las cosas, Honrar al padre y a la madre), inmediatamente la buena catequesis señalaba los pecados que iban contra esos mandamientos. Es una cosa de sentido común.
Por eso, no dudo en señalar que la combinación que he hecho en este libro de buena apologética y de mejor teología fundada, por supuesto, en el genio luminoso de santo Tomás de Aquino, es una herramienta indispensable para detectar las herejías y las doctrinas que, difundidas por doquier (incluso dentro de la Iglesia), están minando la fe de muchos católicos en el mundo. Permita Dios que este libro sea un instrumento de formación sólida para todos aquellos que quieran seguir lo dicho por el apóstol Pedro: “Siempre dispuestos a responder a cualquiera que os pida razón de vuestra esperanza, pero con dulzura y temor” (1 Pe 3, 15-16).
Por Javier Navascués
4 comentarios
¿ Dónde se puede conseguir el libro?. Me interesa mucho.
Esta ridiculización es bastante infeliz. Dios, tal como puede ser alcanzado por la sola luz natural de la razón, es, sin duda, digno de amor y de adoración. La oración, por lo demás, como enseña santo Tomás, es acto de la virtud de la religión, la cual virtud puede ser natural.
Por otra parte, alguno de esos atributos divinos naturalmente cognoscibles se encuentra en la misma sagrada liturgia. Así, en un himno de Nona se dice: "Rerum, Deus, tenax vigor, immotus in Te permanens...".
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