El P. Díaz Yepes valora la grandísima repercusión de su artículo “Un país Job” sobre Venezuela

Con motivo del terremoto que asoló venezuela, el P. Díaz Yepes; sacerdote venezolano destinado en España, escribió recientemente un artículo en Religión en Libertad titulado “Un país Job”, que ha tenido una gran repercusión e impacto.

En el mismo, analiza el drama actual de su país enmarcándolo dentro de varias décadas de mucho sufrimiento. En esta entrevista, seguimos profundizando con él sobre el sentido del dolor prolongado de su país a la luz de nuestra fe.

Don Christian Díaz Yepes es sacerdote venezolano, poeta y profesor de teología, nacido en Caracas en 1980 y ordenado presbítero en 2007. Desde 2011 reside en Madrid, donde desarrolla una intensa labor pastoral, literaria y espiritual. Actualmente es párroco de cuatro pueblos en la Sierra de Madrid. Su ministerio une predicación, liturgia, acompañamiento y cuidado del patrimonio espiritual de las comunidades que le han sido confiadas.

¿Por qué ha escrito un artículo comparando a Venezuela con el santo Job?

Porque la imagen de Job expresa con fuerza bíblica lo que Venezuela está viviendo. Job fue despojado de sus bienes, de sus hijos, de su salud, de toda seguridad humana, y, sin embargo, no dejó de mirar hacia Dios. Se quejó, lloró, preguntó, discutió con sus amigos, pero no blasfemó. En medio de la ceniza pudo decir: «Yo sé que mi Redentor vive».

Venezuela lleva décadas sufriendo una cadena de pérdidas: libertad, instituciones, seguridad, convivencia, medicinas, alimentos, futuro para sus jóvenes, familias enteras desgarradas por el exilio. Y ahora se añade la tierra que tiembla bajo los pies. Por eso la comparación con Job no es retórica. Es profundamente espiritual. Venezuela aparece como un pueblo despojado hasta los huesos, pero no vencido en su alma.

¿Se podría decir que ha sido una desgracia sobre una desgracia?

Sí. Es una catástrofe natural cayendo sobre una catástrofe moral, social, política y humana que lleva años abierta. Un terremoto siempre es terrible, pero cuando sucede en un país ya debilitado por la pobreza, el exilio de un tercio de su población, la precariedad sanitaria, la desconfianza institucional y la destrucción de tantas estructuras básicas, el dolor se multiplica.

Por eso en el artículo me preguntaba si se puede perder todo cuando ya todo se había perdido. Venezuela llevaba mucho tiempo rota antes de que temblara la tierra. Sus casas se habían vaciado por el exilio, sus mesas por la escasez, sus hospitales por la falta de medicinas, sus familias por la distancia. Y ahora se rompe también el suelo. Es, sí, una desgracia sobre una desgracia. Pero incluso ahí aparece el misterio de un país que sigue estando consagrado a Cristo.

¿Por qué la profunda catolicidad de Venezuela le da una grandeza de alma?

Porque la fe católica del pueblo venezolano no ha sido una idea abstracta, sino una fuerza interior de resistencia. Es una fe que se expresa como caridad concreta, hermandad, auxilio, oración, sacrificio. Una fe que bendice la mesa aunque haya poco, que acompaña al enfermo, que reza por los muertos, que lleva flores y espinas a la Virgen, que sigue pidiendo la bendición al comenzar y terminar el día.

La fe católica le ha dado a Venezuela una grandeza de alma porque le ha impedido reducirse a sus ruinas. El país ha sido humillado, pero no aplastado. Ha sido dispersado, pero no ha dejado de reconocerse como familia. Ha sido empobrecido, pero no ha perdido del todo la capacidad de compartir. Esa fe sufrida, sencilla y arrodillada sin rendirse, ha sido una de las formas más hondas de dignidad nacional.

¿Qué bienaventuranzas están viviendo sus paisanos en esta tragedia?

Están viviendo, de un modo muy real, la bienaventuranza de los pobres, porque muchos han aprendido a depender de Dios cuando se les han arrebatado las seguridades humanas. Están viviendo la bienaventuranza de los que lloran, porque hay lágrimas por los muertos, por los heridos, por los desaparecidos, por las casas destruidas y por una patria golpeada tantas veces. Están viviendo la bienaventuranza de los mansos, porque tantos cubren la injusticia con ayuda concreta. Están viviendo la bienaventuranza de los misericordiosos, porque en medio de la ruina comparten agua, comida, techo, camillas improvisadas, manos para levantar escombros.

También están viviendo la bienaventuranza de los que tienen hambre y sed de justicia. Porque Venezuela no sólo necesita ayuda; necesita verdad, transparencia y responsabilidad. Necesita que la solidaridad no sea secuestrada por quienes han contribuido a destruir el país. Y están viviendo la bienaventuranza de los perseguidos por causa de la justicia, porque durante años millones de venezolanos hemos sufrido por defender la libertad, la dignidad y la verdad.

¿Por qué el país debe seguir firme en la batalla espiritual y confiando en el Señor?

Porque si Venezuela pierde la fe, pierde su última gran riqueza. Puede perderse la infraestructura, puede perderse la seguridad, pueden perderse los bienes materiales, puede quebrarse la tierra, pero no debe perderse la confianza en Dios. Job no fue vencido porque, aun sentado sobre ceniza, seguía mirando hacia Dios. Venezuela tampoco debe dejarse vencer interiormente.

La batalla espiritual consiste en no permitir que el dolor se convierta en desesperación, que la indignación se convierta en odio, que la pobreza destruya la caridad, que la injusticia apague la esperanza. Confiar en el Señor no significa negar la gravedad de lo que ocurre. Significa afirmar que la ruina no tiene la última palabra. Significa seguir diciendo, incluso entre escombros: «Yo sé que mi Redentor vive».

¿Qué frutos espirituales espera de esta situación?

Espero, ante todo, un fruto de conversión. Que esta tragedia nos recuerde la fragilidad de la vida, la vanidad del poder, la urgencia de la caridad y la necesidad de volver a Dios con un corazón purificado. También espero un fruto de comunión: que los venezolanos de dentro y de fuera nos reconozcamos nuevamente como una sola familia herida, pero no rota.

Espero un fruto de purificación de la solidaridad. No basta con conmoverse. La caridad debe ser ordenada, limpia, verificable, responsable. Cada ayuda debe llegar a quien la necesita. Cada donativo debe tener destino claro. Cada gesto internacional debe ir acompañado de vigilancia. Sería una nueva herida que el sufrimiento del pueblo terminara administrado por la opacidad o por la propaganda.

Y espero un fruto de esperanza: que Venezuela vuelva a descubrir que su fe es una riqueza más profunda que todo lo que le han quitado.

¿Qué ejemplos le han edificado más estos días?

Me edifican los mensajes de tantos venezolanos que no hablan primero de sí mismos, sino de los demás. Me edifican quienes preguntan por sus vecinos, quienes ayudan a levantar escombros con las manos heridas, quienes improvisan camillas, quienes comparten agua cuando también la necesitan, quienes rezan el rosario sobre las ruinas de las casas, quienes siguen diciendo una palabra de aliento sin olvidar nunca la más importante: Dios.

Me ha conmovido especialmente el testimonio de una familia que llegó a un centro de acopio de Cáritas en Caracas con medio paquete de espaguetis. Habían dejado para ellos la mitad, pues era todo lo que tenían, y compartían la otra con quienes lo habían perdido todo. ¿Sorprendente? No lo creo. Mis padres hubieran hecho lo mismo. Estoy seguro de que millones de venezolanos también lo están haciendo. Esto es lo que somos. Así nos lo enseña a ser nuestra fe.

También me sumo a la solidaridad de quienes, desde fuera, aman a Venezuela sin resignarse a verla destruida. Los hijos dispersos del país siguen sintiendo como propias las heridas de la patria. Y eso también es una forma de permanencia. El exilio no ha roto del todo el vínculo. La distancia no ha cancelado el amor. Venezuela sigue siendo una familia, aunque muchos de sus hijos estén repartidos por el mundo.
Y no puedo dejar de reconocer cuánto me edifica y estimula la cercanía y solidaridad efectiva de quienes nos han acogido a los nueve millones de emigrados en tantos países del mundo. Ellos hoy nos sienten como propios de cada nación, sin olvidar nunca de dónde provenimos y a dónde queremos volver.

¿Cómo está siendo su ofrecimiento sacerdotal por las víctimas?

Como sacerdote venezolano, vivo esta tragedia con un dolor muy personal. No es una noticia lejana. Es mi país, mi gente, mi memoria, mi historia, mi propia carne. Mi ofrecimiento sacerdotal pasa, ante todo, por la oración y por la Eucaristía. Llevo al altar a los fallecidos, a los heridos, a los desaparecidos, a las familias que lo han perdido todo, a quienes trabajan en el rescate, a quienes lloran lejos sin poder abrazar a los suyos.

Ofrezco también la impotencia. Porque estar fuera del país en una hora así duele mucho. Uno quisiera estar allí, tocar las heridas, levantar piedras, abrazar a los suyos. Pero también desde lejos se puede amar sacerdotalmente: intercediendo, consolando, despertando conciencia, pidiendo ayuda, exigiendo transparencia y recordando que ninguna víctima es una cifra.

Mi oración es que Venezuela no sea sepultada bajo sus escombros, sino sostenida por la misericordia de Dios. Que los muertos a este mundo alcancen el reino de Dios. Que los heridos sean consolados. Que los pobres sean socorridos. Que la ayuda llegue limpia. Que el país no pierda la fe. Y que, como Job, en medio de la ceniza, Venezuela pueda seguir diciendo: «Yo sé que mi Redentor vive. Sí, mis ojos lo verán».

Por Javier Navascués

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