P. Gustavo Lombardo: “Los Ejercicios ignacianos son un método casi infalible para discernir la vocación”

El P. Gustavo Lombardo es sacerdote argentino del Instituto del Verbo Encarnado (IVE), ordenado en 2005. Ha dedicado gran parte de su ministerio a la predicación de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola —los ha realizado tres veces como Ejercicios de mes y los ha predicado en múltiples ocasiones en América y Europa—.Creó en 2007 la página Ejercicios Espirituales Online (ejerciciosespirituales.org), a través de la cual miles de personas han podido acceder a los Ejercicios en la vida cotidiana. Obtuvo un Máster en Ciencias Sociales y Humanísticas por la Universidad Abat Oliba CEU (Barcelona), con una investigación sobre la incompatibilidad entre el yoga y los Ejercicios Espirituales. Actualmente reside en Getafe, España. Es autor de Peregrinando hacia la Santidad (2024) y De espaldas a Dios. Guía de discernimiento para la Nueva Era, el Yoga y otras espiritualidades posmodernas (2026). Mantiene el blog verbo.vozcatolica.com
Los Ejercicios de los que habla en esta entrevista tendrán lugar a mediados de julio en el convento de las hermanas clarisas, situado en el Camino de Santa Juana, s/n, en Cubas de la Sagra (Madrid).
Para más información: [email protected]
¿Cómo los Ejercicios ignacianos han sido valorados por la Iglesia históricamente?
La valoración de la Iglesia ha sido sencillamente extraordinaria. Como decíamos, ya en vida de San Ignacio, el Papa Paulo III aprobó los Ejercicios con la Bula Pastoralis Officii (1548), algo insólito para un librito escrito por un laico recién convertido y sin formación teológica. Desde entonces, más de cuarenta Papas los han recomendado.
San Pío X enseñaba que, entre los medios para la perseverancia del clero, en primer lugar está «el piadoso retiro para hacer los llamados Ejercicios Espirituales». Pío XI, en la encíclica Mens Nostra (1929), los llamó «el método más eficaz de santificación» y declaró a San Ignacio patrono de todos los Ejercicios Espirituales. Pío XII los recomendó en múltiples ocasiones, también San Juan Pablo II.
En total son más de 600 las recomendaciones hechas a los Ejercicios por los Sumos pontífices. Luego de la Sagrada Escritura, que yo sepa al menos, no hay escritos más recomendados por la Iglesia que estos Ejercicios y los escritos de Santo Tomás de Aquino.
San Francisco de Sales, ya en el siglo XVII, decía que el librito de los Ejercicios «había operado más conversiones que letras contiene». Y De Causette añadió: «Si la Imitación de Cristo ha enjugado más lágrimas, los Ejercicios han producido más conversiones y más santos». No es una exageración: basta repasar las biografías de los santos de los últimos cinco siglos para comprobar cuántos de ellos se convirtieron, discernieron su vocación o se santificaron haciendo Ejercicios.El P. Leonardo Castellani, con su agudeza habitual, lo resumía así: «Este cuaderno contiene las experiencias ascéticas de un soldado del Renacimiento, y su elaboración por él mismo, de un método y un entrenamiento aplicable a todos», y por ser tal, aplicable a todos sin importar edad, estado de vida o sexo, agregaba: «Si los Ejercicios no existieran, parecerían imposibles».
¿Cómo le hicieron bien a usted e influyeron en su vocación?
No estaría aquí, sin lugar a dudas, sin los Ejercicios Espirituales.
Respecto a mi vocación: fue durante unos Ejercicios cuando «vi» con claridad la llamada al sacerdocio. Tenía 14 años y jamás en mi vida se me había pasado por la cabeza la idea de ser sacerdote. Los Ejercicios son –y perdón que me cite a mi mismo en un artículo escrito hace más de 20 años–, «un método, me atrevo a decir casi infalible, de discernimiento vocacional para quien busque a Dios con rectitud de corazón».
Y en cuanto a mi perseverancia en la vocación sacerdotal y religiosa, sin duda que también fueron determinantes. En la congregación a la que pertenezco, el Instituto del Verbo Encarnado, los hacemos todos años de 5 u 8 días y cada 10 años, durante un mes completo. Además de los anuales, entonces, los he hecho tres veces durante un mes completo —los llamados «Ejercicios típicos»— y he predicado muchísimas tandas cortas y 7 veces «de mes» a novicios, seminaristas y sacerdotes. Por experiencia personal y por los frutos que he visto en otros, puedo hacer mías las palabras de San Ignacio: son «todo lo mejor que en esta vida puedo pensar, sentir y entender» para el provecho espiritual personal y para ayudar a otros.
En cada nuevo Ejercicio se puede seguir aprovechando, y mucho… Siempre encontramos cosas nuevas, o las mismas, pero más profundas y en nuevas circunstancias… y justamente por eso cada vez todo suena a nuevo, como venido de Aquel que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).
¿Por qué, especialmente si se hacen con las debidas disposiciones, hacen bien al alma?
San Ignacio lo explica en la primera anotación del libro: así como el ejercicio físico fortalece el cuerpo, los Ejercicios Espirituales fortalecen el alma. Pero, como bien lo preguntas, las debidas disposiciones son muy necesarias. ¿Cuáles son? Generosidad y apertura a la voluntad de Dios. San Ignacio lo llama «entrar con grande ánimo y liberalidad». Si uno entra a los Ejercicios con el corazón cerrado, como queriendo negociar con Dios, los frutos serán escasos. Pero si uno entra diciendo «Señor, aquí estoy, haz conmigo lo que quieras», entonces Dios obra maravillas. Aunque también hay que tener en cuenta que los mismos Ejercicios, por supuesto contando con la gracia de Dios, van «produciendo» esas disposiciones. Digamos que hace falta buena voluntad y «dejarlo hacer» a Dios.
Y hacen bien al alma porque son un encuentro personal con Jesucristo. No se trata de escuchar conferencias ni de leer libros espirituales —aunque eso también puede ayudar— sino de ponerse a solas con el Señor y dejar que Él hable, qué Él obre. Es el Creador tratándo directamente con su criatura, como dice San Ignacio. Y cuando Dios habla, el alma no puede quedar indiferente: o se convierte, o se endurece. Los Ejercicios están diseñados para que suceda lo primero.
Además, los Ejercicios trabajan sobre la persona entera: inteligencia, voluntad, afectos, imaginación, memoria, e incluso el cuerpo (San Ignacio da indicaciones sobre posturas, ayuno, penitencia, etc.). Es un método integral que no deja nada fuera. Por eso producen frutos tan profundos y duraderos.
¿Por qué el mundo de hoy requiere tiempos de silencio para encontrarse con Dios?
Vivimos en la civilización del ruido. El teléfono móvil, las redes sociales, las noticias permanentes, la música de fondo en todas partes… El hombre moderno huye del silencio como de la peste, porque en el silencio aparece la verdad de uno mismo, y eso da miedo. Pascal ya lo decía en el siglo XVII: «toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: no saber quedarse tranquilos en una habitación». ¿Qué diría hoy, con un smartphone en la mano?
Pero Dios habla en el silencio. Lo vemos en la Escritura una y otra vez: habla a Elías no en el terremoto ni en el fuego, sino en la brisa suave (1 Re 19,12). Habla al joven Samuel en la quietud de la noche (1 Sam 3). Habla a María en la soledad de Nazaret. Y San Ignacio entendió esto perfectamente: por eso los Ejercicios exigen silencio, no como un capricho ascético sino como condición indispensable para escuchar a Dios.
Hay un dato que a mí me parece interesante: la gran mayoría de las personas que se acercan a prácticas como el yoga, el mindfulness o la meditación oriental, lo hacen buscando precisamente eso: silencio, paz interior, un respiro. Es decir, buscan a Dios, aunque no siempre lo sepan. Y en lugar de ofrecerles al Dios verdadero, a veces encuentran sucedáneos. Como trato de explicar en mi libro De espaldas a Dios: buscan saciar su sed en cisternas rotas que no contienen agua. Los Ejercicios de San Ignacio son la fuente de agua viva que el mundo necesita.
¿Por qué cada cierto tiempo necesitamos reencauzar nuestra vida?
Porque somos peregrinos, no hemos llegado todavía a la patria. Y un peregrino que no revisa el mapa de vez en cuando se pierde. San Ignacio tenía una expresión muy gráfica: hablaba de las «afecciones desordenadas», esos apegos y querencias que van torciéndonos sin que nos demos cuenta. Es como un barco que se desvía un grado de su rumbo: al principio no se nota, pero al cabo de muchas millas termina en un puerto completamente distinto al que quería llegar.
Yo suelo decirles a quienes doy Ejercicios: tenemos que «barajar y dar de nuevo». Es una expresión argentina de los jugadores de cartas, pero refleja bien lo que pasa en los Ejercicios: uno pone toda su vida sobre la mesa —trabajos, relaciones, pecados, proyectos, miedos— y deja que el Señor reordene las cartas. A veces el Señor confirma el rumbo que llevamos; otras veces nos pide un cambio drástico, o pequeño ajuste. Pero siempre, siempre, sale uno con más claridad y más paz.
Además, la vida tiene etapas, y cada etapa necesita su discernimiento. No es lo mismo la situación espiritual de un joven soltero que la de un padre de familia, ni la de quien acaba de sufrir una pérdida que la de quien está en la cima del éxito. Los Ejercicios se adaptan a cada persona y a cada momento. Por eso la Iglesia recomienda hacerlos no una vez en la vida, sino periódicamente.
Incluso pueden ser ideales para definir el estado de vida…
Así es, como comentaba, y se por experiencia propia y por haber acompañado a muchas personas en este discernimiento. Si bien el fin principal de los Ejercicios no es discernir la vocación —el fin es ordenar la vida según el proyecto de Dios—, los Ejercicios ayudan muchísimo en el discernimiento vocacional para quien busque a Dios con rectitud de corazón. ¿Por qué? Porque te ponen ante la pregunta fundamental: «Señor, ¿qué quieres que haga con mi vida?» Y te dan las herramientas para escuchar la respuesta.
San Ignacio dedica una parte central de los Ejercicios a lo que él llama la «elección»: el momento en que el ejercitante, habiendo meditado sobre la vida de Cristo y habiendo purificado sus afectos, discierne con claridad el camino que Dios le señala. Muchos santos descubrieron su vocación haciendo Ejercicios, tantos que prefiero no nombrar a ninguno para no reducir la lista a algunos ejemplos.
¿Por qué es clave la buena formación para prevenirnos contra la Nueva Era y demás doctrinas orientales que hacen mucho daño al alma?
Porque el que no conoce la verdad, no puede distinguir el error. Es así de simple. En mi experiencia pastoral, la grandísima mayoría de los católicos que caen en prácticas de la Nueva Era lo hacen por ignorancia, no por malicia. Practican yoga, reiki o mindfulness creyendo que «no tiene nada de malo», porque nadie les ha explicado por qué sí lo tiene.
La Nueva Era es la resurrección del antiguo gnosticismo revestida con lenguaje moderno. Su denominador común es el panteísmo —todo es Dios— y el monismo —no hay distinción entre Creador y criatura—, lo cual es radicalmente incompatible con la fe católica. Pero si un católico no sabe qué es el panteísmo, ni qué es la gnosis, ni por qué Dios es personal y trascendente, ¿cómo va a discernir?
Varios exorcistas contemporáneos —como el P. Amorth y el P. Ripperger— han dado testimonio de casos de posesión diabólica vinculados a la práctica del yoga y del reiki. El P. Verlinde, científico belga que fue discípulo de un gurú en la India, descubrió que estaba poseído durante una Misa celebrada por un exorcista. No son cuentos: son testimonios documentados. La formación sólida en la fe es la mejor vacuna contra estos engaños. Y los Ejercicios de San Ignacio son, en mi experiencia, un instrumento muy poderoso para esa formación, porque no solo enseñan verdades sino que las hacen vivir.
¿Por qué es necesario combatir con firmeza el error y no tener ninguna connivencia con él?
Porque la caridad sin verdad no es caridad, es complicidad. Santo Tomás enseña que tolerar las injurias hechas a Dios no es paciencia, sino impiedad. Y cuando alguien —aunque sea con buena intención— mezcla el yoga con los Ejercicios ignacianos, o presenta al mindfulness, –que es budismo maquillado– como compatible con la oración cristiana, o reduce a Cristo a un avatar más junto a Buda y Krishna, está hiriendo la verdad de la fe. Y ante eso no cabe el silencio cómodo.
En mi libro cito extensamente un texto del Cardenal Pie, a través de Jean Ousset, que dice algo tremendo: «no basta combatir los errores en abstracto; hay que combatirlos en las personas concretas que los difunden». Eso suena duro, pero es lo que ha hecho la Iglesia desde siempre: San Pablo nombra a Himeneo y Fileto (2 Tim 2,17); San Ignacio de Antioquía señala a los docetas por su nombre; los Concilios condenan heréticas concretas con nombre y apellido.
Pero atención: combatir el error no es juzgar a las almas. Lo dice muy bien un amigo sacerdote al que cito en el libro: «Sus libros, al infierno; él, Dios quiera que se haya salvado». Nosotros juzgamos las ideas y las acciones, no las intenciones ni el destino eterno de nadie. Eso se lo dejamos al Juez Divino. Pero las ideas sí debemos juzgarlas, y con firmeza, porque de ellas depende la salvación de muchas almas.
¿Por qué animaría a hacer los Ejercicios ignacianos en julio?
Julio es un mes providencial para los Ejercicios, pues el 31 de julio de 1548 fueron aprobados y 8 años después, en 1556, el mismo día, nacía para la eternidad su autor, San Ignacio.
La vida ordinaria se detiene un poco —las vacaciones, el parón laboral— y eso nos da una oportunidad que el resto del año no tenemos: tiempo. Y el tiempo es justamente lo que Dios nos pide para hablar con nosotros. San Ignacio decía que los Ejercicios son «todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a sí mismo como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos». ¿Por qué no aprovechar este julio para darle al Señor unos días que pueden cambiar el rumbo de nuestra vida?
Hacer Ejercicios en cualquier época del año hace muy bien, sin duda, pero los de verano pueden tener algo especial: la gente viene más descansada, más dispuesta, con menos excusas. Y Dios aprovecha eso.
¿Qué diría a los indecisos para que se animasen a hacerlos?
Les diría lo que le dije a tantas personas a lo largo de estos veinte años: ¡no tengan miedo! ¡No le tengan miedo a la voluntad de Dios! Él no va a pedirles nada que no sea para su bien. Los Ejercicios no son una tortura ni un lavado de cerebro: son un encuentro con Alguien que los ama más de lo que se imaginan y que quiere hablarles al corazón.
El peor enemigo de los Ejercicios es la excusa. «No tengo tiempo», «este año no puedo», «ya veré más adelante»… y así va pasando la vida; pero la vida es corta y la eternidad es larga. ¡Vale la pena dedicar unos días al Señor! Yo conozco miles de personas que los han hecho y ninguna —ninguna— se ha arrepentido.
San Ignacio afirmaba: «No es el mucho saber lo que llena y satisface al alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente». Los Ejercicios son eso: una experiencia, no una teoría. Y las experiencias no se explican, se viven. Así que mi consejo es sencillo: anímense. Den el paso. No lo van a lamentar. Y si necesitan una mano, estamos aquí para ayudarlos.
Que la Virgen Santísima, que inspiró a San Ignacio a hacer y escribir los Ejercicios, les ayude a dar el paso, para aprender como Ella a responder siempre «fiat», es decir «hágase» en mí según tu palabra.
Por Javier Navascués
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[230] Contemplación para alcanzar amor.
[231] ... el amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que si el uno tiene sciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro.
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El título del punto 230 ya es una expresión al menos confusa. Y lo que dice en 231,... Si esperamos ser correspondidos en nuestro amor, eso no es amor, es comercio. Según esa definición, Dios no amaría a quienes no le aman, no le corresponden.
Recordemos que no está localizado el manuscrito de los E.E. de S. Ignacio. Y me parece imposible que el santo escribiera eso.
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