Christiane Waked da voz a los católicos perseguidos en el Líbano y advierte que puede suceder en Europa

Christiane Waked. Columnista, analista política y escritora franco-libanesa especializada en geopolítica de Oriente Medio, arte y cultura.
Autora del libro “El cedro y la cruz: las milicias cristianas frente a Siria” (SND). Su trabajo se centra en la Guerra de los Cien Días en el barrio cristiano de Achrafieh, Beirut (Líbano), que se libró en el año 1978 (entre el 1 de julio y 10 de octubre).
¿Por qué decidió escribir el libro El cedro y la cruz: las milicias cristianas libanesas frente a Siria?
Decidí escribir El cedro y la cruz por varias razones profundamente personales. La más importante fue la muerte de mis padres, Joseph y Hilda. Tras su fallecimiento, sentí una necesidad casi urgente de preservar su memoria y de contar la historia de lo que ellos vivieron, de lo que sufrió mi familia y de lo que soportó mi ciudad durante aquellos años oscuros.
A menudo, cuando las personas mayores desaparecen, también desaparecen con ellas recuerdos, testimonios y experiencias que nunca fueron escritos. Me di cuenta de que, si yo no contaba su historia, quizás nadie lo haría. No quería que sus sacrificios, sus miedos y su extraordinaria capacidad para seguir adelante quedaran olvidados.
Además, comprendí que el silencio no cura las heridas de la guerra. Muchas personas creen que no hablar del dolor les permitirá superarlo, pero la realidad es que el trauma permanece dentro de nosotros. Escribir este libro fue una forma de dar voz a quienes ya no pueden hablar y de rendir homenaje a toda una generación que sobrevivió a circunstancias inimaginables.
En mi caso, la escritura se convirtió en una forma de reconciliarme con mi propia historia. Durante mi exilio y tras alejarme de mi tierra, sentí la necesidad de volver a mis raíces y comprender quién era realmente como mujer libanesa que había vivido varias guerras. Investigar y escribir este libro me permitió enfrentar recuerdos difíciles, pero también descubrir historias de valentía, fe y resistencia que merecían ser contadas.
De alguna manera, este libro es una carta de amor a mis padres, a mi familia, a mi ciudad y a todos aquellos que resistieron cuando parecía imposible hacerlo.
¿Por qué es importante dar a conocer la Guerra de los Cien Días en el barrio cristiano de Achrafieh en Beirut?
Es importante porque se trata de una de las páginas más dramáticas y menos conocidas de la historia reciente del Líbano.
Durante la Guerra de los Cien Días, el barrio cristiano de Achrafieh fue sometido a un bombardeo devastador por parte del ejército sirio. Los testimonios hablan de momentos en los que llegaron a caer cien bombas por minuto sobre zonas civiles. Resulta difícil incluso imaginar una situación semejante. Las familias vivían refugiadas bajo tierra, sin saber si al salir encontrarían su casa en pie o reducida a escombros.
Las calles que antes estaban llenas de vida, comercios y niños jugando se transformaron en escenarios de destrucción. Sin embargo, la población resistió.
Aunque militarmente la batalla fue ganada por la resistencia libanesa, la historia no terminó allí. Aquel enfrentamiento fue seguido por casi treinta años de presencia e influencia siria en el Líbano. Por eso esta batalla tiene un significado tan profundo para muchos libaneses: representa una victoria militar que no logró impedir una larga etapa de ocupación e intervención extranjera.
Dar a conocer estos hechos es importante porque ayuda a comprender no solo la historia del Líbano, sino también el enorme coste humano que tienen las guerras y las intervenciones externas en la vida de los pueblos.
También es una forma de preservar la memoria histórica. Cuando una sociedad olvida su pasado, corre el riesgo de repetir los mismos errores.
¿Por qué tienen especial interés las crónicas no contadas?
Las crónicas no contadas tienen un valor enorme porque permiten descubrir la dimensión humana de los acontecimientos históricos.
Los libros suelen centrarse en líderes políticos, generales y movimientos militares, pero las historias que más nos enseñan son las de las personas corrientes: madres que rezaban mientras caían las bombas, jóvenes que abandonaban sus estudios para defender sus hogares o vecinos que compartían el poco alimento que tenían.
Son precisamente esas pequeñas historias las que nos permiten comprender cómo se vive realmente una guerra.
Además, estas crónicas nos recuerdan que detrás de cada conflicto hay seres humanos con sueños, miedos y familias. Cuando escuchamos esas voces, la historia deja de ser una sucesión de fechas y se convierte en una experiencia profundamente humana.
¿Cómo fue el proceso de documentación para contar esas escenas con rigor?
Fue un proceso extremadamente exigente y mucho más complejo de lo que imaginaba al principio.
Tuve que leer muchísimo, consultar documentos, revisar testimonios, estudiar fuentes históricas y contrastar diferentes versiones de los hechos. Mi principal preocupación era asegurarme de que todo lo que narraba correspondiera realmente a esta batalla concreta: la Guerra de los Cien Días de 1978 en Ashrafieh y Ain El Remmaneh.
A lo largo de la investigación descubrí que muchos acontecimientos de la Guerra Civil Libanesa suelen mezclarse en la memoria colectiva debido a la cantidad de conflictos, invasiones y enfrentamientos que sufrió el país. Por eso era fundamental separar los hechos y reconstruir con precisión lo ocurrido durante aquellos cien días.
También tuve la oportunidad de hablar con supervivientes y familiares que compartieron recuerdos muy valiosos. Algunas conversaciones fueron emocionalmente difíciles porque muchas heridas siguen abiertas incluso décadas después.
Quisiera además expresar mi agradecimiento a Martin Ynestrillas, quien quiso publicar el libro prácticamente desde el momento en que recibió el manuscrito. Su confianza en el proyecto fue un impulso enorme para que esta historia pudiera llegar al público.
También quiero agradecer a Carlos Paz por dirigir la colección Tablero Internacional, que fue inaugurada con mi libro, y por haber escrito el prólogo de esta obra.
¿Qué motivaciones principales llevaron a las milicias cristianas a tomar las armas frente a la intervención siria? ¿Por qué está plenamente justificada esta resistencia?
Desde la perspectiva de quienes participaron en aquellos acontecimientos, la principal motivación fue la defensa de sus hogares, de sus familias, de su fe, de la libertad religiosa y de la soberanía del Líbano.
Muchos de aquellos jóvenes no eran militares profesionales. Eran estudiantes, trabajadores o padres de familia que se vieron obligados a tomar decisiones extremadamente difíciles.
Sentían que estaba en juego la supervivencia de sus comunidades y que, si no actuaban, podrían perder todo aquello que amaban. La resistencia era vista como una cuestión de supervivencia y de dignidad.
Por ello, quienes vivieron aquellos acontecimientos consideran que su resistencia estaba plenamente justificada, ya que respondía a la necesidad de defender su tierra frente a una intervención extranjera que percibían como una amenaza directa para su existencia.
¿Qué acciones destacaría de la heroica resistencia de las milicias cristianas libanesas frente al asedio y ocupación del ejército sirio?
Lo más impresionante fue la capacidad de resistencia demostrada frente a un enemigo mucho más poderoso y mejor equipado.
A pesar de los bombardeos constantes y de las enormes dificultades materiales, los combatientes y la población civil continuaron resistiendo durante meses.
Durante meses, los combatientes soportaron bombardeos intensos y escasez de recursos sin abandonar sus posiciones.
También destacaría la solidaridad entre vecinos. La resistencia no fue únicamente militar; fue también humana. Las familias compartían alimentos, refugios y recursos básicos. Los heridos eran atendidos incluso bajo el fuego enemigo y la comunidad permaneció unida cuando todo parecía derrumbarse.
Esa capacidad de mantenerse unidos frente a la adversidad es uno de los elementos que más se resaltan en la obra.
Lo que más emociona al estudiar este episodio es comprobar cómo personas normales fueron capaces de realizar actos extraordinarios cuando la historia llamó a su puerta.
¿Cómo era la vida espiritual y la preparación ante la muerte de los milicianos?
La dimensión espiritual ocupaba un lugar central en la vida cotidiana de muchas personas durante aquellos años.
Los combatientes vivían sabiendo que podían morir en cualquier momento. Por ello, la fe les ofrecía fortaleza, esperanza y sentido.
Muchos llevaban rosarios, cruces o estampas religiosas. Antes de las operaciones militares era habitual rezar juntos. Pero la vida espiritual no se limitaba a los combatientes.
En los refugios, mientras las bombas caían sobre la ciudad, muchas mujeres organizaban rezos colectivos del rosario. Aquellas oraciones no solo eran actos de fe; también eran una forma de mantener viva la esperanza y de ofrecer consuelo a quienes tenían miedo.
Resulta conmovedor imaginar a madres, abuelas y jóvenes rezando juntas bajo tierra mientras el mundo parecía derrumbarse sobre ellas. Aquellos rosarios fueron, para muchas familias, una auténtica tabla de salvación espiritual.
A pesar del miedo, intentaban mantener la dignidad, la esperanza y la confianza en Dios.
¿Habría algún héroe concreto que querría destacar?
Sí, hay varias personas cuya memoria merece ser honrada.
Entre ellas destaca mi tío, Elie Waked. Era un joven estudiante de segundo año de Ciencias Políticas cuando decidió abandonar temporalmente sus estudios para defender su pueblo. No era un soldado profesional ni un hombre entrenado para la guerra. Era simplemente un estudiante que tomó una modesta escopeta de caza porque no podía soportar la idea de que sus hermanas pudieran ser violadas o asesinadas, ni que su iglesia fuera incendiada y destruida.
Su historia representa la de miles de jóvenes libaneses que jamás buscaron la guerra, pero que sintieron el deber de proteger aquello que amaban.
También quiero destacar a mi padre, Joseph, quien durante aquellos años protagonizó un acto de enorme valentía al salvar la vida de un anciano que había pisado una mina. En medio del peligro y del caos, eligió ayudar a otro ser humano arriesgando su propia seguridad.
Además, deseo recordar a Karim, Fouad, Neemtallah (Nano), Riad, Marie, Tera, Georges, Elie, Camille y Tony, cuyos nombres aparecen en el libro y representan a tantos hombres y mujeres que resistieron con coraje.
Sin embargo, el mayor homenaje es para todos aquellos héroes anónimos cuyos nombres nunca aparecerán en los libros de historia, pero gracias a los cuales muchas familias, incluida la mía, siguen aquí hoy.
En ese sentido, el libro presenta un heroísmo colectivo construido por toda una comunidad que se negó a rendirse.
¿Por qué cree que nadie en la comunidad internacional denunció este atropello?
Es una pregunta difícil y dolorosa.
Muchas veces la comunidad internacional actúa guiada por intereses políticos y estratégicos más que por consideraciones humanitarias. Durante la Guerra Civil Libanesa coexistían numerosos actores regionales e internacionales, y el sufrimiento de los civiles quedó frecuentemente relegado a un segundo plano.
Para quienes vivieron aquellos acontecimientos, existió una sensación de abandono. Mientras las bombas caían y la población sufría, parecía que gran parte del mundo miraba hacia otro lado.
Muchas tragedias humanas pasan desapercibidas porque ocurren lejos de los focos mediáticos o porque resultan incómodas para determinados gobiernos. Precisamente por eso es tan importante la labor de los escritores y testigos que conservan la memoria de esos acontecimientos.
Esta experiencia demuestra la importancia de preservar la memoria histórica. Si las víctimas no cuentan lo que sucedió, existe el riesgo de que esas tragedias sean olvidadas o minimizadas.
¿Por qué merece la pena leer el libro?
Porque no es solamente un libro sobre una batalla o sobre una guerra. Es un libro sobre seres humanos.
Es la historia de personas que sobrevivieron al miedo, a la pérdida y al sufrimiento sin perder completamente la esperanza. Es la historia de familias que resistieron juntas y de una ciudad que se negó a desaparecer.
También es una obra que invita a reflexionar sobre la importancia de la paz. Después de leerla, uno comprende que ninguna ideología, ninguna ambición política y ninguna victoria militar justifican el sufrimiento de los civiles.
Pero además, El cedro y la cruz pretende ser una advertencia. No solo habla del pasado del Líbano; plantea preguntas sobre el presente y el futuro de otras sociedades.
Desde la perspectiva presentada en mi libro, la tragedia libanesa comenzó cuando conflictos regionales y actores externos fueron trasladados al interior del país, alterando un equilibrio social y político ya frágil. La guerra del Líbano comenzó cuando la izquierda libanesa, que defendía una plataforma política para los musulmanes y drusos libaneses, se alió con los palestinos que habían sido expulsados de Jordania por el rey Hussein porque querían crear un Estado dentro de otro Estado. Estos grupos empezaron a perseguir a los cristianos libaneses, matarlos y expulsarlos de sus aldeas. Así, tras dos años de intensas matanzas contra los cristianos, la Liga Árabe envió al Líbano una Fuerza Árabe de Disuasión como misión de paz, pero esta terminó convirtiéndose en una presencia de 15.000 soldados sirios, y más tarde de 30.000, que volvieron a atacar ciudades cristianas y acabaron invadiendo el Líbano. El mensaje es claro: esto puede suceder en Europa con la inmigración ilegal y el islam político; el peligro es real.
Europa debería estudiar atentamente la experiencia libanesa porque cree que algunos de los desafíos actuales relacionados con la integración, la inmigración irregular, el comunitarismo y el extremismo político o religioso pueden generar tensiones profundas si no son abordados con claridad y responsabilidad.
Mi libro invita al debate y a la reflexión sobre cómo nacen los conflictos, cómo se destruyen las sociedades y qué puede hacerse para evitar que la historia vuelva a repetirse.
Por encima de todo, el mensaje central sigue siendo humano: la paz es frágil, la libertad nunca debe darse por garantizada y la memoria histórica es una herramienta esencial para proteger el futuro.
Por Javier Navascués
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