Julián Villanueva: “Dar la vida por los demás, aunque duela, es el camino a la verdadera felicidad”

Analiza el libro sobre su tío el P. Ignacio Galobart Satrústegui
Julián Villanueva es profesor de marketing en IESE Business School (Universidad de Navarra), y ha dedicado su vida académica a entender cómo las decisiones de marketing y ventas crean valor. En esta obra cambia el objeto de estudio: la vida, la vocación y el amor desinteresado de su tío, el padre Nacho Galobart, misionero en Venezuela. Escribe este libro para rescatar del olvido una vida callada que enseña, sin teorías ni cifras, una forma distinta de comprender el verdadero sentido de la palabra valor.
¿Por qué ha decidido escribir la vida del P. Ignacio Galobart Satrústegui?
Al ver que apenas había información sobre él en internet o incluso dentro de la familia, me convencí de que una vida que hizo tanto bien no podía caer en el olvido. Mi intención es reivindicar el ejemplo de tantos sacerdotes y misioneros que se entregan al prójimo sin buscar protagonismo ni campañas publicitarias. Aunque realmente la decisión fue tomada poco a poco: inicialmente simplemente empecé a hablar con los que lo conocieron, pero a medida que me iban contando detalles de su vida, decidí emprender este proyecto.
¿Cómo le ha inspirado a usted la vida de su tío?
Aunque lo conocí brevemente en 1983, aquel encuentro me impactó profundamente: su figura corpulenta con sotana blanca y sus historias de mordiscos de pirañas quedaron grabadas en mi memoria. Su fotografía me acompañó en mi escritorio durante toda mi vida profesional, recordándome su entrega radical, que entonces solo suponía pero de la que apenas sabía nada. Investigar su vida ha sido una experiencia enriquecedora que me ha mostrado cómo dar la vida por los demás, aunque duela, es el camino a la verdadera felicidad.
¿Por qué merece la pena que sea conocida esa vida?
Porque esta obra es el testimonio de lo que considero una “biografía útil": la crónica de una vida que nos enseña una forma particular de amar. La trayectoria del padre Nacho nos enseña que no hay que ser perfecto para hacer el bien, sino estar dispuesto a vivir preocupándose verdaderamente por los demás incluso en medio del dolor. Él encarnó la figura del emprendedor social mucho antes de que el término se pusiera de moda. En un mundo empresarial que hoy busca desesperadamente dotar de “propósito” a sus marcas, su ejemplo surge como una referencia necesaria: él nos demuestra que el verdadero cambio social no depende de campañas, sino de personas capaces de comprometerse hasta las últimas consecuencias con su misión.
¿Por qué ha permanecido casi desconocida hasta ahora?
La reconstrucción de su vida ha sido un ejercicio de arqueología documental. Hay que entender que el padre Nacho falleció justo antes de la eclosión de la era digital, y en un contexto geográfico y político muy complejo. Muchos de los periódicos locales donde él escribía sus columnas o donde se reseñaba su incansable labor social —como el diario La Idea o diversas publicaciones regionales del estado Apure— no solo han dejado de imprimirse por la situación política de Venezuela, sino que sus archivos físicos se han perdido. En Venezuela, la ausencia de hemerotecas digitales ha provocado un apagón informativo sobre las últimas décadas del siglo XX, haciendo que figuras tan relevantes como la suya quedaran en riesgo de desaparecer del registro histórico.
A esto se suma la naturaleza de la región donde él trabajó: el estado de Apure. Es una zona que parece encapsulada en el tiempo, donde la geografía impone sus propias reglas en una gran pobreza material. En ese Llano remoto, lejos de cualquier foco mediático o centro de poder, el padre Nacho realizó una labor sin aspavientos. Su legado, sin embargo, quedó en el corazón de los llaneros y especialmente en sus hijos de crianza, ahijados y estudiantes.
¿Qué es lo que tiene de particular su entrega misionera?
Su entrega fue total y desinteresada, una verdadera “locura de amor” en términos humanos. Tenía una capacidad extraordinaria para transitar entre dos mundos: podía cenar con gobernadores e incluso con el presidente de la República y al día siguiente estar sentado en el suelo compartiendo con los indígenas del Capanaparo, viendo la bondad en cada ser humano sin el más mínimo prejuicio. Pero lo más asombroso es que logró levantar una infraestructura educativa en un lugar donde no había nada. En medio del Llano, totalmente aislado del mundo civilizado, llegó a dar de comer y educar a más de 400 niños. No solo les daba sustento físico, sino que, en una proeza logística, conseguía llevar y mantener a profesores en esa zona remota, garantizando una formación de calidad. Su sueño era que ese modelo de “escuelas granja” se multiplicara por toda Venezuela, convencido de que la educación y el trabajo de la tierra eran las llaves para la dignidad de los más pobres. Se cuenta que el obispo de la zona (quien luego sería Cardenal y Arzobispo de Caracas, Ignacio Velasco), inicialmente se resistía a que fuera enterrado en la misión por lo remoto del lugar y las dificultades del traslado. Sin embargo, al ver la devoción del pueblo y tras ceder a enterrarlo a orillas del Capanaparo, dijo que, aunque debía buscar un sucesor para la escuela, iba a ser imposible encontrar a otro misionero que estuviera dispuesto a vivir en esas condiciones.
¿Cómo ha podido reconstruir lo más destacado de la vida del P. Nacho?
Ha sido un trabajo de tirar de hilos. Al no existir una huella digital de su labor, tuve que localizar a través de redes sociales y WhatsApp a personas dispersas por todo el mundo debido a la diáspora venezolana. Realicé decenas de videoconferencias con sus hijos de crianza, benefactores, maestros y alumnos. Entrevisté a unas treinta personas y en todas hallé la misma admiración profunda. En este proceso, fue clave Javier Silva, uno de sus hijos de crianza, quien actuó como catalizador para movilizar a antiguos alumnos que hacía décadas que no se veían. Gracias a él y a las cartas rescatadas por mi familia, hemos logrado salvar un legado que estaba a punto de perderse.
¿Por qué más que una biografía, este libro es una oración narrada, una invitación a mirar la vocación como respuesta de amor radical?
Bueno, esa frase no es mía, sino del editor, Humberto Pérez-Tomé. Pero imagino que lo dice poque el libro, junto al relato de unos hechos y testimonios impresionantes, añade una reflexión sobre la vocación. Como decía Gregorio Marañón, la vocación es «una pasión de amor» que busca «la exclusividad en el objeto amado y el desinterés absoluto en servirlo»; y ese fue el caso de Nacho. El libro también aborda una realidad social que muchos hoy niegan: la importancia del amor matrimonial. Reflexiono sobre cómo un matrimonio sólido es la mejor institución para el desarrollo humano, mientras que su ausencia o fracaso tiene efectos desastrosos, dejando a miles de niños y a sus madres en una vulnerabilidad extrema. El padre Nacho tuvo que ejercer de “padre” de cientos de niños que eran víctimas de esa desarticulación familiar. Es una invitación a mirar la entrega —ya sea sacerdotal, profesional o familiar— como la única fuerza capaz de reconstruir una sociedad herida».
¿Se podría pensar que su tío vivió las virtudes cristianas en grado heroico?
No me corresponde a mí decir si vivió las virtudes en grado heroico; eso es algo que, en todo caso, corresponde valorar a la Iglesia. Lo que sí puedo decir es que yo no habría sido capaz ni naciendo cien veces de renunciar a lo que él renunció. Ver a alguien dejar atrás todas las comodidades en las que se crió, que fueron muchas, para desgastarse en la sabana venezolana es algo que no puede entenderse si no se cree en Dios.
Dicho esto, tampoco quiero dibujar a un hombre perfecto o inalcanzable, porque sería faltar a la verdad. El padre Nacho era un hombre de carne y hueso, con una humanidad desbordante que incluía sus “pequeños vicios” y un carácter muy fuerte. Le encantaba la buena mesa, disfrutaba de un buen habano y de un whisky de vez en cuando; no era un asceta huraño, sino alguien que celebraba la vida. Y su temperamento a veces le hacía chocar con los demás, aunque siempre tuviera la humildad de pedir perdón después. Creo que precisamente eso es lo que hace su figura más atractiva: que no fue un superhéroe, sino un hombre con sus debilidades y sus pasiones que decidió poner todo lo que era —con sus virtudes y sus defectos— al servicio de una causa más grande que él mismo
¿Qué anécdotas reflejan mejor su entrega y su carisma?
Hay muchas anécdotas, pero se me ocurren estas tres:
Primero, su paternidad de crianza. Nacho venía de una familia acomodada y no había hecho una cama ni planchado una camisa en su vida. Sin embargo, cuando la Sra. Cabello le pidió en su lecho de muerte que cuidara de sus hijos, él no dudó: se convirtió en padre de la noche a la mañana, asumiendo el cuidado directo y la educación de esos niños con una entrega absoluta.
Luego está su faceta de generosidad con lo suyo pero también con lo de los demás. Lo divertido es que su desprendimiento era tal que ¡regalaba hasta lo que no era suyo! En los años 50, mis abuelos le regalaron a mi tía una radio Sony, que entonces era un lujo. Pues bien, Nacho decidió por su cuenta que los niños del orfanato de las Hijas de la Caridad en Pamplona la necesitaban más que su hermana, y se la entregó sin más.
Por último, su amor por los indígenas. Una vez, un cacique al que él había abroncado por tratar mal a su comunidad, apareció en la escuela con más hombres armados con arcos y flechas. Nacho, para disuadirlos, disparó su escopeta y, por error, le dio al cacique en el trasero. Lo increíble es que al día siguiente este volvió para presentarle al padre Nacho sus respetos; quedó tan impresionado por el valor de aquel “gigante” que terminaron siendo íntimos amigos e incluso llamó Ignacio a uno de sus hijos.
¿Por qué merece la pena leer el libro?
Porque rescata un testimonio de entrega radical y emprendimiento social que demuestra que el amor al prójimo puede transformar las realidades más pobres. Es una invitación a dotar de propósito nuestra propia vida y a creer en la capacidad del ser humano para mejorar el mundo.
Por Javier Navascués
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