Un obispo venezolano al que hay que escuchar

No somos del todo conscientes de lo que están viviendo en Venezuela. Quizás porque no hay fotos como las que levantan acta de las hambrunas que desgraciadamente azotan de vez en cuando algunas regiones de África, quizás porque gran parte de la izquierda, con esa repetida fascinación por los tiranos a la que nos tiene acostumbrados, minimiza el horror en que aún viven miles de venezolanos (y del que han escapado millones, muchos de los cuales malviven lejos de su patria). Por cuestiones de trabajo viajo con frecuencia a Hispanoamérica y he tenido la ocasión de charlar con venezolanos que prefieren dormir en los parques de Bogotá a seguir viviendo bajo el régimen chavista. Les aseguro que su testimonio no deja indiferente.

Que el peso de China en el mundo es creciente ya es un tópico. También para la Iglesia católica, enfrascada en un pulso con el régimen comunista chino que, por mucho que les pese a algunos, está en las antípodas de la Doctrina social de la Iglesia y se empeña en demostrarlo sin apenas pudor. Las terribles noticias que nos llegan desde China en los últimos tiempos parecen confirmar los peores augurios acerca del acuerdo secreto entre China y el Vaticano.
He leído el último editorial de Philippe Maxence en L’Homme Nouveau, titulado “Predicadnos a Cristo, no la asimilación al mundo”, y me ha parecido magnífico. Un grito dolorido de un católico humilde que no se resigna a acostumbrarse a ver a la Esposa de Cristo convertida en una ONG buenista. Un grito que, aunque originado en Francia, es perfectamente trasladable a nuestro contexto español.
He de empezar mis comentarios sobre
Cuando hace diez años Benedicto XVI anunció la creación de un ordinariato para anglicanos que deseaban la plena comunión con Roma no hubo grandes entusiasmos. La decisión fue tildada por algunos de capricho personal del Papa entonces reinante y criticada abiertamente por los expertos en “ecumenismo” (que demostraban, así, que su ecumenismo no era el de la Iglesia).




