La fe de Nick Cave

Nick Cave, aunque es un cantante reconocido en ciertos círculos desde hace mucho, ha llegado en estos últimos años a más público. En España probablemente porque una muy bella adaptación para coro de su pieza «Into my arms» aparece en la premiada película «Los Domingos». Más allá de nuestro país por sus apariciones públicas en las que, para sorpresa de algunos, defiende el cristianismo abiertamente. Corre por las redes una especie de mesa redonda con Tom Holland en la que el moderador le pregunta a Cave cómo puede ser que el célebre cantante punk, famoso por hacerle la peineta al mundo entero, ahora defienda el cristianismo; a lo que Nick Cave responde: «¿es qué hay una mejor manera de seguir haciéndolo?».

Ciertamente Nick Cave es un improbable apologeta cristiano. El cantante australiano, heraldo del punk en aquellas tierras, estrella del rock junto a su grupo The Bad Seeds (las malas semillas), ha sido durante muchos años adicto a la heroína, ha estado casado dos veces y ha tenido tres relaciones más. Pero quizás lo que más ha marcado su vida, además de sus tormentosas relaciones con las mujeres y la droga, haya sido la trágica muerte de dos de sus cuatro hijos: Arthur en 2015, cuando solo tenía 15 años, y Jethro en 2022, con 31 años.

La vida de Nick Cave ha quedado pues marcada por la tragedia y el dolor, pero si hay algo a lo que no juega Cave es al victimismo. En un libro-entrevista cuyo título en español es «Fe, esperanza y carnicería» («Faith, hope and carnage» en el original) se explaya explicando sobre todo su proceso creativo, sus distintos álbumes y canciones. Pero encontramos allí algunas interesantes reflexiones acerca de la religión.

Cave se declara cristiano, y tras la lectura del libro creo que es sincero y que su acercamiento a Dios está ligado, más que a una moda, a su periplo vital. También salta a la vista que su fe es a veces un tanto confusa, intuitiva y con grandes lagunas que le hacen desbarrar de vez en cuando. Pero también es cierto que cree realmente y que a menudo muestra un sentido común que ya quisieran algunos enrevesados teólogos. Comparto con ustedes algunos de los pasajes de su libro-entrevista con Seán O’Hagan que más me han llamado la atención.

–¿Tu madre era religiosa en algún sentido?

–No. De hecho, me decía que envidiaba a quienes sí lo son, pero ella no conseguía tener fe.

–Un poco como tú, entonces.

–Oh, no. Yo sí creo. Especialmente ahora.

–La palabra espiritual es un tanto amorfa para mi gusto. Puede significar casi cualquier cosa, mientras que la palabra religioso es más específica, tiene más que ver con la tradición.

–¿Porque la religión requiere un compromiso más profundo y hace demandas específicas a los creyentes?

–La religión es espiritualidad con rigor, y sí, nos hace demandas.

–¿Te refieres a que eres tradicionalista?

–Está bien. Tradicionalista, si prefieres ese término. No me interesan mucho las ideas más esotéricas sobre la espiritualidad. Me atrae lo que la gente ve como ideas cristianas tradicionales. Me fascina la Biblia y en particular la vida de Cristo.

La idea de que no hubiera Dios o algo divino -ningún misterio del que pudiera hablarse, salvo lo que nos ofrece el mundo racional- era demasiado difícil de aceptar para mí.

Incluso en los momentos más caóticos, cuando batallaba con la adicción, siempre quise ser como aquellos que poseían una dimensión religiosa en sus vidas. Tenía una especie de envidia espiritual, un anhelo de creer, que confrontaba con la imposibilidad de creer, que apuntaba hacia un vacío fundamental en mi interior. Siempre hubo un deseo.

–Así que, ¿crees en la redención, en el sentido cristiano del término?

–Creo que, cuando he hecho cosas que han herido a la gente, también he herido al mundo como tal, o incluso al orden cósmico. He ofendido a Dios y debo enmendarlo de alguna manera. También considero que nuestras acciones individuales, positivas, nuestros pequeños, actos de bondad, reverberan por el mundo, de formas que jamás conoceremos.

–¿Piensas que has creado ante la presencia de algo o alguien divino?

–Lo que me atrevería decir, desde mi particular punto de vista, es que un rechazo explícito de lo divino necesariamente es malo para el oficio de escribir canciones. El ateísmo es malo para hacer música. Creo que te pone en desventaja, porque es una especie de reducción de opciones y una negación de la dimensión sagrada fundamental de la música. En mi experiencia, es muy limitante. Por supuesto que mucha gente está en desacuerdo, aunque pienso que la mayoría de los músicos tienen más tiempo para estas consideraciones espirituales, porque cuando hacen música, cuando se pierden en la música, cuando caen de manera profunda en su interior, se topan con fuertes signos de lo divino. La música nos puede aproximar a lo sagrado.

–¿Qué tipo de preguntas dirías que la religión es más capaz de responder?

–Por ejemplo, sobre la necesidad de perdonar y de tener clemencia, no creo que el secularismo haya encontrado el lenguaje para abordar estos asuntos. El resultado de lo anterior es una especie de insensibilidad hacia la humanidad en general, o eso me parece a mí.

Más allá de lo que pienses del declive de la religión organizada, éste se llevó consigo la consideración de lo sagrado de las cosas, del valor de la humanidad. Esta consideración está enraizada en la humildad hacia el propio lugar en el mundo, en la comprensión de nuestra naturaleza falible. Estamos perdiendo esa comprensión, hasta donde yo puedo ver, y a menudo se reemplaza por arrogancia y hostilidad.

Cuando a mis 30 años me volví a familiarizar con los evangelios, el lenguaje me pareció sumamente hermoso, tocaba una necesidad que tenía. Lo permea todo, en particular, mis canciones. No hay en la literatura nada como los evangelios y el gran drama humano en su núcleo: la historia de Jesús.

Incluso cuando era un adicto a la heroína, entraba y salía de la iglesia para intentar tener alguna conexión con el todo.

Los poemas de Juan de la cruz o de Teresa de Ávila, que trasciende la poesía. Sus poemas guardan un propósito ulterior, no son solo hermosas obras de arte. Están al servicio de lo divino y se convierten en escaleras para la experiencia espiritual.

–Mi obra entera de los últimos seis años no dice nada. Pide algo. Mis discos, los conciertos en directo, incluso este libro: todos piden la misma cosa.

–¿Qué es…?

–La absolución

–No escuchaba esa palabra desde que me confesaba de niño. ¿Te refieres al perdón o a algo más profundo?

–Sí. Pido que me perdonen, que me libren de mi propia culpa personal.

–¿Crees en el pecado en el sentido cristiano?

–Sí, por pecados me refiero a los actos que son una ofensa para Dios.

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