Una ventaja más del latín

Todavía tenemos fresca en la memoria la visita del Papa León XIV a España y, en mi caso, especialmente su estancia en mi ciudad, Barcelona. La mayoría de los recuerdos que guardo son buenos, muy buenos: desde sus palabras hasta sus gestos (cómo no recordar el cariño con el que iba tomando en brazos y bendiciendo a tantos bebés) y también la reacción, totalmente imprevista, de fervor que se produjo entre tanta gente. Y sin embargo, guardo un pequeño recuerdo negativo: el penoso espectáculo que nos ofrecieron tantas personas y medios nacionalistas con la cuestión del uso de la lengua catalana.
Quiero advertir que yo no tengo ningún problema con que el Papa emplee una lengua que también es la mía, la de mi padre, la de mis abuelos… Pero la obsesión por obligarle en hablar en una lengua que no domina (¡teniendo la suerte de que este Papa habla español tras media vida en Perú!) y, sobre todo, el despliegue de contabilidad lingüística, fueron actitudes vergonzosas. Que si había hablado medio minuto más en español que en catalán, cronómetro en mano, que si el catalán iba a ser usado en tal momento, menos importante, y no en tal otro, se supone que de mayor importancia… miserias de un nacionalismo lingüístico que no atiende a lo que el Papa dice, sino que se fija solamente en que lo diga en una determinada lengua.
En medio de aquel penoso espectáculo, cuando el asunto se volvió más insistente, a propósito de la lengua que iba a emplear el Papa en la bendición de la Sagrada Familia, recuerdo que pensé que aquello se solucionaba haciéndola en latín. Y todos contentos y atentos al carácter religioso del acto.
Este verano, leyendo el libro del cardenal Sarah, El cántico del Cordero, me encontré con esta cita de Juan XXIII: «La lengua latina, por su naturaleza, se adapta perfectamente para promover toda forma de cultura en todos los pueblos: no suscita envidias, se muestra imparcial con todos, no es privilegio de nadie y es bien aceptada por todos».
Lo que yo intuía lo había expresado mejor y con mayor autoridad san Juan XXIII. Imparcialidad, ausencia de envidias, de cronometrar cuánto tiempo habla en uno u otro idioma, aceptación de todos… se puede hablar y discutir mucho sobre la introducción de las lenguas vernáculas en la liturgia, pero lo que me parece evidente es que las lenguas vernáculas, en territorios donde conviven dos o más lenguas, y donde además alguna de ellas es usada con fines políticos por ciertos grupos, es fuente de enfrentamiento y división. El remedio también parece evidente: la lengua de la Iglesia, el latín, que refleja su universalidad y nos recuerda, en palabras del cardenal Sarah, «que somos una porción de la Iglesia, que es mucho mayor que nuestra comunidad».
9 comentarios
+ en sus alocuciones a los catequistas (como la Radiomensaje de Navidad de 1961), el Papa matizó que el latín era para la universalidad institucional, mientras que la instrucción viva del pueblo debía realizarse en la lengua común para alcanzar el corazón del creyente.
+«La Iglesia no es un museo de antigüedades, sino un jardín lleno de vida. Debe hacerse entender por los hombres de cada época y de cada nación, usando su propia voz y su propia habla, pues el Espíritu Santo en Pentecostés no impuso un solo idioma, sino que hizo que todos escucharan las maravillas de Dios en su propia lengua».
FUENTE.- Discurso con motivo de la preparación del Concilio Vaticano II (1962).
Esta misma tarde he ido a Misa a una gran iglesia aquí en Granada. Han entrado un matrimonio maduro de ingleses. No sabían ni una palabra de español, pero se han integrado desde el primer minuto. Han seguido la Misa estupendamente porque la estructura, el misterio y los gestos son los mismos en todo el mundo. Y cuando ha llegado el momento de dar la paz, me la han dado con una unción, una devoción y una emoción tan sinceras que me ha impactado el alma.
Ahí tienes la verdadera «imparcialidad» y la autentica universalidad de la Iglesia. Ese matrimonio británico no necesitaba que el sacerdote hablara en una lengua que el 99% de la poblacion ni entiende ni va a estudiar nunca para encontrarse con Cristo y sentirse en su casa. Se integraron porque celebraban en una lengua viva, y la fe traducida al corazón traspasa cualquier frontera lingüística.
Pretender que necesitamos el latín para evitar tiranteces o para unir a los fieles es de una miopía pastoral enorme. La comunión no la da un idioma de laboratorio que nadie habla en su casa; la da el Espíritu Santo cuando nos permite rezar, comprender y darnos la paz con emoción compartida. A ese matrimonio inglés no le hizo falta el latín para darme un abrazo de fe que me llegó al corazón; le bastó la vida de la Iglesia. Menos nostalgias elitistas y más fe encarnada en la realidad de la gente.
A continuación citaré un célebre y asombroso discurso de Pablo VI sobre el elogio del latín, lengua de ángeles, y su paradójico abandono en aras de la pretendida participación de los fieles.
Pablo VI, Audiencia general, 26 de noviembre de 1969:
“Un nuevo rito de la Misa: un cambio en la venerable tradición que ha durado por siglos.
Esto es algo que afecta nuestro patrimonio hereditario religioso, que parecía gozar del privilegio de ser intocable y consolidado, que parecía traer a nuestros labios la oración de nuestros antepasados y de nuestros santos y darnos el consuelo de sentirnos fieles a un pasado espiritual, que manteníamos vivo para transmitirlo a las nuevas generaciones. …
No más latín, sino que el lenguaje de la Misa será el lenguaje vernáculo.
La introducción de éste será ciertamente un gran sacrificio para quienes conocen la belleza, el poder y la sacralidad expresiva del latín.
Estamos abandonando el habla de siglos de cristiandad, estamos transformándonos en algo así como intrusos profanos en la reserva literaria de la expresión sagrada.
Vamos a perder una gran parte de aquella realidad estupenda, incomparablemente artística y espiritual, el canto gregoriano. Tenemos motivos de lamentarnos, de hacerlo incluso con desconcierto. ¿Qué podemos poner en lugar de ese lenguaje de ángeles? Estamos renunciando a algo de valor incalculable.
Pero ¿por qué? ¿Qué es más valioso que esto, el más alto de los valores de la Iglesia?
La respuesta parecerá banal, prosaica, pero es una buena respuesta, porque es humana, porque es apostólica.
Entender la oración vale más que los paramentos de seda de que está vestida la realeza; la participación del pueblo vale más, especialmente la participación del pueblo moderno, tan amiga del lenguaje sencillo que se entiende fácilmente y que se convierte en habla cotidiana”.
Da la casualidad que es lengua oficial de España y que la domina el Santo Padre.
Quizá en la abadía de Montserrat estaba justificado el uso del catalán, aunque la Virgen es madre de todos los catalanes y estos hablan en su mayoría en castellano.
Lo de la misa en lenguas vernáculas (más allá de la homilía) no deja de ser algo muy propio de la 'era del estado-nación', que para bien (las tendencias nacionalistas) o para mal (la tendencia globalista) la Iglesia parece haber definitivamente abandonado a nivel teórico.
A otra escala 'conflicitva', solventaría el lío de las parroquias de zonas turísticas donde hay que cuadrar los horarios de las misas en francés, inglés, alemán, etc...
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