(InfoCatólica) El padre Louis-Marie de Blignières, fundador de la Fraternidad de San Vicente Ferrer, describe con una imagen el origen de su instituto, que según escribe nació «del encuentro de una miseria y de una luz». La miseria era la de unos «niños perdidos, hijos de un siglo nihilista», y la luz, la del rostro de un padre, Santo Domingo de Guzmán. Lo cuenta en el blog de la comunidad planteado como una serie de preguntas y respuestas sobre la historia de la Fraternidad.
La comunidad, de espiritualidad dominicana y fiel al rito propio de los predicadores, se instaló en septiembre de 1979 en el castillo de Ropiteau, en Chémeré-le-Roi (Mayenne), y en 1988 fue erigida como instituto de derecho pontificio. Casi cincuenta años después de aquellos comienzos, De Blignières vuelve sobre sus raíces espirituales, su liturgia y las obras de predicación que han marcado su recorrido.
La primera generación de hermanos llegó a la adolescencia o a la edad adulta en torno a mayo del 68 y se encontró con unas «élites» que ya no sabían responder a las preguntas de sus veinte años. En pleno tránsito de los grandes totalitarismos a la «sociedad de consumo», aquellos jóvenes buscaban «verdaderos padres». Sentían el vacío que abría la ausencia de Dios y comprobaban que el relativismo no hacía felices a sus contemporáneos. Entonces volvieron la mirada hacia Domingo. «Quedamos fascinados por él, quedamos sobrecogidos... nuestras vidas fueron transformadas. Los niños perdidos habían encontrado un padre».
El sabio que llora
Del rostro del fundador de los predicadores les impresionó, en primer lugar, la fuerza de la verdad «buscada, contemplada y amada», y después la ternura de la compasión por quienes se pierden y por quienes sufren. Domingo es, según una expresión que el autor hace suya, un «sabio que llora», el santo de la «misericordia de la verdad», el que «da la noche a Dios y el día al prójimo». Reza postrado ante los altares de la iglesia conventual con un fervor muy castellano, clama «¿Qué va a ser de los pecadores?» y sale después a los caminos cantando y predicando el Evangelio de palabra y de obra.
Esas dos facetas, la angustia por la salvación de las almas y la gracia de la predicación, se unen en una noche concreta, la que Domingo dedica a ganar para la verdad de la Encarnación a su anfitrión maniqueo. De ella nace la certeza de que la palabra del contemplativo tiene eficacia para tocar los corazones cuando ha madurado en el silencio del claustro, en el canto del oficio, en la santa misa y en el estudio. Con esa certeza llega la intuición de una Orden de Predicadores, hecha de vida conventual y fraterna, oración litúrgica y estudio al servicio de la predicación.
El santo es a la vez tradicional y novador. De la antigua tradición de los canónigos regulares toma, en palabras de Humberto de Romans, «lo que es difícil, lo que es bello, lo que es sabio», pero concede al estudio una importancia nueva y templa la dureza de esa vida con la dispensa en todo lo que pueda estorbar al estudio, a la predicación y al provecho de las almas. Las Constituciones dominicanas primitivas lo formulaban así: «Nuestro estudio debe tender por principio, con ardor y con todas nuestras fuerzas, a esto, a hacernos capaces de ser útiles al alma del prójimo».
La apuesta de la Fraternidad fue que lo que dio fruto a comienzos del siglo XIII lo daría también a finales del XX, «simplemente porque lo que es gratuito es eficaz». Los frutos de casi cinco décadas de retiros, de formación de jóvenes y de matrimonios y de publicaciones lo confirman a su juicio, porque «el secreto de Domingo no puede envejecer». A algunas almas les bastó contemplar el fresco de Fra Angelico en el que el santo abraza los pies ensangrentados de Cristo crucificado. «Nosotros fuimos de esas».
Una fundación en tiempo de crisis
El nuevo instituto nació en un contexto de crisis. Entre los propios religiosos se despreciaba la virtud de la religión, y las provincias dominicanas sufrían la ola de cuestionamientos que siguió al Concilio, con interpretaciones heterodoxas, crisis litúrgica, secularización y dudas sobre la eficacia, e incluso la verdad, de la doctrina de Santo Tomás. En 1977, un padre dominico que más tarde ocuparía altos cargos en la Iglesia le escribía que «ninguna de las opciones posibles ofrece una vida dominicana perfecta».
La fundación comenzó en septiembre de 1979 con unos pocos estudiantes que habían seguido los cursos de espiritualidad que el padre De Blignières impartía en París. Conscientes del carácter provisional de la empresa, no pronunciaron votos perpetuos mientras esperaban la regularización. Desde 1980 multiplicaron los contactos con obispos y teólogos y redactaron estudios sobre la crisis de la Iglesia, en especial sobre la libertad religiosa, una de las cuestiones más controvertidas del Concilio Vaticano II.
Ese trabajo condujo en 1988 a un cambio de posición. La declaración conciliar Dignitatis humanae les parecía «débil, equívoca, peligrosa, pero no errónea en su enseñanza principal», y desde esa lectura defendieron una continuidad posible con el magisterio anterior, sin dejar de recordar los derechos de Cristo Rey sobre todas las sociedades humanas. «Esto nos valió tantos enemigos como amigos», reconoce.
La respuesta de Roma fue rápida. La Comisión Pontificia Ecclesia Dei erigió la Fraternidad como instituto de derecho pontificio el 28 de octubre de 1988, solo dos meses después de la solicitud, y sus Constituciones recibieron la aprobación definitiva el 5 de abril de 1995. En una audiencia privada en 1989, San Juan Pablo II felicitó a la comunidad por sus estudios, y más tarde el cardenal Ratzinger, ya como Benedicto XVI, le agradeció su trabajo en la línea de la «hermenéutica de la continuidad». Esa comunión no les ha impedido hacer llegar con respeto, mediante memorias, notas privadas y artículos, sus reservas sobre distintas cuestiones de la vida eclesial reciente.
Con la Orden de Predicadores la relación ha tenido sus luces y sus sombras. Entre 1988 y 1998 se estudió la posibilidad de integrarse en la Familia dominicana, pero las exigencias de la Orden resultaron incompatibles con la identidad del instituto, sobre todo en lo litúrgico, y se abandonó esa vía. Aun así, el Maestro de la Orden Damian Byrne le concedió la participación en los bienes espirituales de la Orden, dominicos predican con frecuencia los retiros de la comunidad y los padres de la Fraternidad obtienen sus títulos canónicos en Friburgo, en el ISTA de Toulouse y en el Angelicum de Roma.
Un apóstol de los tiempos difíciles
El patronazgo de San Vicente Ferrer (1350-1419) responde a que fue, según De Blignières, un «apóstol de los tiempos difíciles». En una época de guerras, peste y Gran Cisma, el dominico valenciano hizo brillar las tres facetas de la gracia de Santo Domingo, la intelectual, la espiritual y la apostólica. De él procede una sentencia que el fundador considera de una verdad ardiente en estos tiempos de «miseria litúrgica»: «La santa misa es el acto más alto que puede darse en materia de contemplación». Su predicación de las grandes perspectivas escatológicas, su concepción de la cristiandad y su energía son una lección, sostiene, para una modernidad occidental que se desliza hacia el suicidio de civilización por materialismo y desesperanza.
Esa centralidad de la misa se vive en el rito dominicano, una de las formas del rito latino en uso durante la Edad Media. Cuando San Pío V promulgó en 1570 la bula Quo primum tempore, mantuvo los ritos con más de dos siglos de antigüedad, como el lionés, el ambrosiano, el mozárabe o el de Braga, y así cartujos, cistercienses, carmelitas y dominicos conservaron su liturgia propia, incluso en el ministerio parroquial.
El rito dominicano se parece a la misa romana tradicional, pero difiere en las oraciones preparatorias, el ofertorio y la comunión del sacerdote, y en gestos como el cirio encendido al comienzo del canon, los brazos extendidos tras la consagración o el beso de paz. Es un rito «muy bello en su nobleza y su sobriedad», con usos a veces más antiguos que los tridentinos. Su nota conventual subraya que es toda la comunidad la que reza y la que predica, y su nota mariana se hace visible cada noche, cuando al final de completas los frailes cantan en tono solemne la Salve Regina mientras van en procesión al altar de la Virgen.
El claustro hecho predicación
En la idea de Santo Domingo, el convento es un punto de apoyo necesario. Desde él se da la Palabra de Dios a las almas en apuros y se comparte la misericordia de Cristo. A menudo quienes escuchan a los frailes o leen sus artículos recobran la esperanza y la paz, y la explicación, escribe, es que lo que se da no procede de ellos, sino que es «el milagro de nuestras manos vacías». Los frailes transmiten un poco del entusiasmo de los salmos cantados, del recogimiento de la oración, del silencio del claustro, de las razones para creer estudiadas en Santo Tomás y de la caridad fraterna compartida en la recreación. Un convento de predicadores es, en definitiva, «una "Predicación" encarnada en materiales», un marco para vivir la divisa de la vida apostólica: «Contemplar y dar a los demás el fruto de la contemplación».
Entre las obras que han marcado la historia de la Fraternidad destacan los Retiros del Rosario, que hacen pasar el Evangelio a la vida a través de María en los misterios del rosario. El esquema distribuye los misterios de forma trinitaria (cf. 2 Co 13,13), con insistencia en los estados de Jesús y de María, en la línea de la escuela francesa de espiritualidad, y lleva por subtítulo De María a la Trinidad. Iniciados poco antes de la fundación, en 1979, siguen predicándose hoy, sobre todo en Francia, pero también en Italia, Alemania, Suiza, Bélgica, el Líbano y Quebec.
Armar la inteligencia
La revista Sedes Sapientiae, trimestral desde 1982, es otro pilar del apostolado. Su carta fundacional le asigna el objetivo de «armar la inteligencia al servicio de Dios» y define su espíritu como «primacía de la inteligencia, rigor contra el error, apertura de espíritu». Toma como modelo la benevolencia de Santo Tomás y hace suya la máxima de un discípulo del Aquinate: «El espíritu de secta es un espíritu de univocidad y de exclusión. El espíritu católico es un espíritu de analogía y de integración».
Los apostolados, fieles al espíritu dominicano, son muy variados. Incluyen peregrinaciones, desde el Camino de Santiago hasta la de Notre-Dame de Chrétienté a Chartres en Pentecostés y de Częstochowa a Covadonga, el acompañamiento de grupos desde la JMJ de Santiago de 1989, de familias y de los Europa-Scouts, catequesis como el Café-Caté junto a la Sorbona, la ayuda a asociaciones que sostienen a los cristianos de Oriente o acogen a convertidos del islam, la enseñanza de la sabiduría tomista en sesiones y cursos regulares y, en los últimos años, un apostolado audiovisual para Cuaresma y Adviento.
Todas esas actividades comparten un «apostolado siempre marcado por una nota doctrinal», porque la verdadera pastoral, en el siglo XXI como en el XIII, debe estar animada por la doctrina. Así lo entendió Benedicto XVI, que con ocasión de una conferencia sobre el magisterio en un Café-Caté alentó a la Fraternidad con estas palabras: «Vuestro compromiso de trabajar en la difusión de la enseñanza de la Iglesia es un precioso servicio prestado a la fe. Os felicito por ello y os animo a ello». La convicción que mueve a la comunidad es, en definitiva, la de hacer a los hermanos en humanidad «el gran honor de creer en su sed de verdad, que solo Cristo puede saciar».








