(La Nuova Bussola Quotidiana/InfoCatólica) Los muertos interpelan más que los vivos. El 7 de octubre, en el pleno del Ayuntamiento de Pistoia, en la Toscana, tomó la palabra Lavinia Ferrari, concejal de Alianza Verdes e Izquierda (AVS). El objeto de su intervención era el espacio del cementerio de la Misericordia dedicado a los «niños nunca nacidos». Existe un convenio entre la Misericordia de Pistoia y la capellanía del hospital San Jacopo para dar sepultura a los niños abortados. Esta práctica, extendida en varias regiones italianas, está regulada por la ley y es, por tanto, legal.
Estas fueron las palabras de Ferrari: «Me pregunto quiénes son estos niños nunca nacidos. Si no han nacido, nunca han estado vivos. A menudo estos lugares se convierten en sitios para reprochar algo a las mujeres que eligen abortar. Antes de respetar a quien nunca ha nacido, deberíamos respetar las decisiones de las mujeres».
Lejos de disculparse, redoblan el ataque
Las palabras, que al parecer se pronunciaron en tono de burla, desataron la polémica. La oposición de centroderecha consideró gravísima la falta de respeto hacia los padres que eligieron ese gesto de respeto, honra y piedad hacia sus hijos.
Las formaciones AVS, SCE y Possibile no se disculparon. Al contrario, redoblaron el ataque: «No es nuestra intención menospreciar el dolor o la pérdida. El objetivo es aclarar los casos en que lugares como este se usan como instrumentos para volver sobre el derecho al aborto. El acuerdo entre la capellanía del hospital San Jacopo y la Misericordia se refiere a las interrupciones del embarazo hasta las veinte semanas. Presentarlo como lugar para los niños nunca nacidos es engañoso».
En la misma línea se pronunció el alcalde, Giovanni Capecchi, del centroizquierda: «Nuestra comunidad debe saber conjugar el respeto por el dolor privado y la tutela de las decisiones personales de las mujeres». El grupo municipal del Partido Democrático se mostró más conciliador, pero también interpreta la sepultura de los niños no nacidos como un ataque a la ley 194, la ley italiana del aborto: «Defendemos plenamente la ley 194 […] pero precisamente porque defendemos la libertad de las mujeres, no podemos negar ni minimizar el dolor de quien siente la necesidad de llorar y recordar una pérdida».
Después volvió a hablar la propia Ferrari: «Me parece grave usar el dolor de las personas para una batalla política. […] Debería haberme explicado mejor, es verdad. Nada quita el dolor de un aborto espontáneo y nadie lo pone en discusión. ¿Por qué hablo de aborto? Porque el lugar de sepultura depende de un acuerdo entre la capellanía del hospital San Jacopo y la Misericordia de Pistoia que trata los fetos solo por debajo de las veinte semanas, es decir, más o menos el periodo en que se permiten las interrupciones voluntarias del embarazo, en concreto para aquellos padres que han decidido no ocuparse de la sepultura». El 13 de octubre llegó un nuevo intento de la concejal por remendar sus palabras.
Los niños por nacer son seres humanos
Toda la cuestión se resume en un solo punto, explica Tommaso Scandroglio: los niños por nacer son seres humanos, y matarlos es un asesinato. Que son seres humanos lo afirma con claridad la embriología desde hace tiempo, como recoge la Pontificia Academia para la Vida en su obra Identidad y estatuto del embrión humano, publicada por la Librería Editora Vaticana en 1998, con una riquísima bibliografía científica que, precisamente por ser científica, es laica.
Lo reconoce también la propia legislación italiana, que considera al concebido sujeto de derecho. Y en ella destaca por su contradicción precisamente la ley 194: ¿para qué dotarse de una ley especial si en el vientre de la madre no hubiera un ser igualmente especial? Si fuera solo un grumo de materia, bastaría la regulación ordinaria de las intervenciones sanitarias. La ley 194 confirma así que el aborto es la muerte provocada de un ser humano. Lo confirma también la objeción de conciencia que esa misma ley contempla: si abortar fuera una intervención quirúrgica o farmacológica normal, no se podría permitir que el médico objetara. Precisamente porque se trata de un asesinato, el legislador se vio obligado a introducir la objeción de conciencia.
Pero son los propios partidarios del aborto, añade Scandroglio, quienes acaban diciendo de forma definitiva e incontrovertible que el niño no nacido es un ser humano y que el aborto es un asesinato. A menudo se refieren al aborto como una decisión dolorosa y dramática. Pero si el niño por nacer no fuera un ser humano, ¿por qué hablar de dolor y de drama? La mujer sufre de manera increíble porque sabe que ha matado a su hijo. También Ferrari, el alcalde y el Partido Democrático hablan del dolor del aborto.
Espontáneo o provocado, siempre muere una persona
Ferrari se refiere explícitamente solo al dolor del aborto espontáneo, y quizá también sus colegas. Pero si hablar del dolor ligado al aborto significa admitir que se mata a alguien y no que se elimina algo, poco importa que el aborto sea espontáneo o provocado: en ambos casos se trata siempre de la muerte de una persona, no querida en un caso y querida en el otro. Desde el punto de vista científico es irrelevante que la madre reconozca o no al niño como ser humano. Por no hablar de que casi todas las mujeres que han abortado voluntariamente no escapan al sufrimiento del síndrome posaborto, como atestiguan diversos estudios científicos.
Para Ferrari, en cambio, los niños nunca nacidos no solo no serían seres humanos ni, por tanto, personas, sino que, contra toda evidencia científica y contra el sentido común, nunca habrían estado vivos. Las mujeres embarazadas llevarían entonces un cadáver en su vientre.
Sin embargo, el punto más interesante de las declaraciones de Ferrari es otro, y en él hay pleno acuerdo: enterrar a los niños muertos por aborto, espontáneo o provocado, es una crítica a la ley 194 y, por tanto, a la decisión de abortar. Una decisión que, contrariamente a lo que sostiene la concejal, no debe respetarse, como no debe respetarse ninguna otra decisión dirigida a matar a un inocente. Ello no quita la obligada compasión hacia estas mujeres, tanto por el drama que viven y que se han infligido a sí mismas como, sobre todo, por el grado de responsabilidad que no pocas veces queda muy atenuado por la enorme presión cultural contraria a la vida en la que están inmersas.
Los militantes de izquierda se rebelan contra la compasiva práctica de enterrar a los niños no nacidos porque los ritos, la piedad de quienes participan en la sepultura, las oraciones y tantas otras cosas les gritan al oído lo que nunca querrían oír: dentro de esos ataúdes están los cadáveres de su ideología de muerte. Ahí dentro hay niños muertos.







