(InfoCatólica) Erik Varden, obispo prelado de Trondheim, monje trapense y presidente de la Conferencia Episcopal Nórdica, ha sido de los primeros participantes en dar cuenta del encuentro que reunió en Roma a los presidentes de las conferencias episcopales para evaluar Amoris laetitia diez años después de su promulgación. Lo hace en su blog Coram Fratribus, un día después de la clausura, con unas reflexiones personales tituladas Laetitiae Amor.
El encuentro, convocado por el Papa León XIV en la fiesta de San José con el deseo de buscar cómo anunciar con mayor eficacia el Evangelio a las familias, se prolongó durante una semana y concluyó el 14 de octubre. El informe final se publicará cuando el Pontífice se haya recuperado de su enfermedad, pero León XIV ha pedido a los asistentes que compartan sin demora su experiencia con sus conferencias y diócesis, y a esa petición responde el texto del obispo noruego.
Varden recorre los cinco ejes que vertebraron los trabajos, uno por cada jornada, y advierte de que no habla en nombre de la asamblea, cuya riqueza se conocerá a su debido tiempo, sino como una sola voz, «una segunda viola», dentro de «esta orquesta grande y bien compuesta». Entre sus reflexiones destaca la dedicada a las situaciones matrimoniales irregulares, en la que propone como ejemplo a los fieles que, domingo tras domingo, se acercan en el momento de la Comunión a recibir una bendición sabiendo que no pueden acceder al sacramento.
Exilio sacramental y regreso a casa
Mons. Varden no rehuye el polémico capítulo 8 de la exhortación apostólica, pero con un enfoque muy distinto de lo que se oye a otros prelados. El pasaje sobre las llamadas situaciones irregulares aparece en el bloque dedicado a las familias en situaciones complejas, y arranca de una idea que atraviesa todo el texto, la de que las dificultades conyugales no son solo un obstáculo, sino también una ocasión.
«Una preocupación pastoral principal en tales situaciones es recordar el cuadro completo, permitiendo a quienes sufren descubrir el sentido potencialmente fecundo de sus dificultades, que puede servir para disminuir el egoísmo y purificar el amor. El matrimonio, no menos que la vida monástica, es una escuela de conversión».
El punto de partida, por tanto, no es la excepción a la norma, sino la conversión. El sufrimiento conyugal, leído en un horizonte más amplio que el del dolor presente, puede convertirse en escuela, y el obispo noruego no lo plantea como consuelo retórico, sino como el primer servicio pastoral que se debe a quien atraviesa una crisis.
A continuación aborda directamente las relaciones irregulares, y lo hace con una distinción que sostiene todo el pasaje.
«En cuanto a las relaciones «irregulares», observo que nuestras comunidades católicas suelen acogerlas con madurez y bien. Puede resultar liberador para las personas en tales situaciones encontrarse en un ambiente donde su «irregularidad» es reconocida, no relativizada; y donde, aun así, son acogidas con amistad cristiana y se les permite contribuir a la comunidad».
Reconocida, no relativizada. La acogida que propone no consiste en dejar de llamar irregular a lo que lo es, sino en que esa irregularidad, nombrada con verdad, no excluya la amistad cristiana ni la participación en la vida de la comunidad. Y presenta esa claridad no como una carga añadida para quien la vive, sino como algo liberador.
El ejemplo concreto que ofrece es el de la bendición en el momento de la Comunión.
«Pienso en el ejemplo de muchos fieles que conozco que, domingo tras domingo, se acercan a recibir una bendición en el momento de la Comunión, sabiendo que no pueden acceder al sacramento, pero confiándose a la misericordia de Dios que actúa en la Iglesia».
La frase central del pasaje es, quizá, la subordinada, «sabiendo que no pueden acceder al sacramento». En una asamblea dedicada a evaluar una década de aplicación de Amoris laetitia, el presidente de una conferencia episcopal no plantea la cuestión del acceso a la Comunión como un asunto pendiente de revisión, sino que presenta como modélica la actitud de quienes, conociendo su situación, no comulgan y se confían a la misericordia de Dios. Esa fidelidad, añade, no es un lastre para la comunidad, sino una contribución a ella.
«Su ejemplo de fidelidad contribuye mucho a edificar la comunidad cristiana. Da testimonio del realismo vital del sacramento y de la virtud de la esperanza. Un exilio sacramental sostenido en el tiempo puede preparar un gozoso regreso a casa».
La expresión «exilio sacramental» condensa la tesis. El exilio no es expulsión ni abandono, sino distancia que mira hacia el regreso, y quien lo vive con esperanza testimonia, a la vez, que el sacramento es real y exige algo real, y que la misericordia de Dios sigue actuando. El «gozoso regreso a casa» queda como horizonte, no como concesión.
El pasaje se cierra situando los mandamientos en su finalidad, con una cita de la Plegaria Eucarística IV.
«Cristo nos dio sus rigurosos mandamientos para educarnos y liberarnos de nosotros mismos, «para que no vivamos ya para nosotros mismos, sino para él, que por nosotros murió y resucitó» (Plegaria Eucarística IV). Su intención es hacernos crecer en estatura hacia una vida nueva, divinizada. Esa vida debe ser siempre la meta que proponemos a las personas, no la mera afirmación humana (aunque todos necesitamos también un poco de eso)».
La exigencia, en esta lectura, no se opone a la libertad, sino que la hace posible. Lo que la pastoral debe proponer no es la confirmación de cada uno en lo que ya es, sino la vida divinizada a la que Cristo llama, sin desdeñar, con un guiño final, la necesidad humana de un poco de aliento.
Un «eclipse metafísico»
El primer día de la asamblea se dedicó a la situación de las familias hoy. Las presiones sociológicas, económicas y culturales merecen atención, pero la más persistente es más honda, a juicio del prelado, y consiste en que hemos perdido en muy poco tiempo el sentido compartido de lo humano. Fuera de los grupos de interés ya no hay palabras comunes para decir qué es un ser humano, ni acuerdo sobre qué hace a una mujer, a un hombre o a un niño.
El transhumanismo tecnológico, que fía el futuro a una naturaleza «mejorada», ha sustituido la esperanza de la redención por la de las actualizaciones, y en ese marco el compromiso permanente parece absurdo. Las alianzas ceden ante los «tratos» en la política, en el comercio y también en las relaciones humanas, vistas como transacciones que se mantienen mientras reportan beneficio o placer. La familia, unidad básica de la sociedad, no puede sino disgregarse cuando deja de parecer evidente que se funda en el vínculo de por vida entre una mujer y un hombre con la esperanza de engendrar hijos, y cuando esa unión ya no se distingue de la de dos personas del mismo sexo, o de quienes se consideran de identidad sexual fluida. Incluso, señala, crecen las peticiones de reconocimiento legal del poliamor.
«Estamos en un estado de eclipse metafísico», resume. Perdida la fe en un Dios Creador benevolente, ya no creemos haber sido queridos en la existencia, y sin ello resulta difícil vivir la propia vida como un don que puede entregarse o consagrarse a otro. Lo constata en su entorno, en su correspondencia y en el confesonario.
Percibe también una contracorriente, la de jóvenes y no tan jóvenes cansados de lo efímero que se atreven a pensar que existe una verdad sobre la que construir la vida. Esas personas, observa, se cansan a veces de un vocabulario bienintencionado pero repetitivo de «acompañamiento», de «estar en camino» o de «ser escuchados», porque lo que buscan es dirección, una meta, aprender a vivir bien. Cristo no dijo a la samaritana que se sentara a contarle todo, sino que le dijo «todo lo que había hecho» (cf. Jn 4,29), y eso le permitió comenzar una vida nueva.
La castidad frente a la pornografía
Al abordar a los jóvenes y el descubrimiento del matrimonio, el texto parte de un dato. Un estudio publicado por el American College of Pediatricians hace un par de años indicaba que el 54 % de los adolescentes había visto pornografía antes de los 13 años y el 15 % antes de los 11, cifras que, a su juicio, sin duda han aumentado desde entonces.
Quien ha crecido en un universo en el que el sexo es objeto de consumo y el objeto de deseo es siempre intercambiable tiene ante sí un paso enorme, quizá insalvable, para entablar una relación fiel con un ser humano concreto, falible y necesitado. Ese universo es transgresor por naturaleza, sugiere fronteras solo para incitar a cruzarlas, y en él la fantasía subjetiva se impone a la realidad objetiva. No basta con deplorarlo, insiste, sino que hay que tender la mano a los jóvenes atrapados en esa irrealidad y mostrarles que el mundo verdadero es mejor y más interesante.
Recuerda que hace tres años publicó un libro titulado Castidad y que algunos, sobre todo europeos de edad avanzada, le aseguraron que el tema no interesaba a nadie. Sin embargo, se ha encontrado país tras país con auditorios numerosos de jóvenes deseosos de conocer esta virtud, cansados de los sucedáneos hipererotizados y en busca de amistad y amor estable. No representan la corriente dominante, admite, pero son suficientes para mostrar una tendencia.
Preparar a los jóvenes para el matrimonio exige primero ayudarles a reconciliarse consigo mismos. San Pablo escribe que «nadie ha odiado jamás su propia carne» (Ef 5,29), pero hoy muchos sí lo hacen y se sienten extraños en su cuerpo. Frente a la óptica secular, que ve el cuerpo como un saco de tendones reutilizable, el mensaje cristiano afirma que «yo soy mi cuerpo», hecho como el alma a imagen de Dios y digno de reverencia. El lenguaje que ayuda a crecer afectivamente es uno que llama a las cosas por su nombre con serenidad, que honra las heridas sin idealizar el victimismo y que nace de la fe en la voluntad salvadora de Jesús. «El matrimonio manifiesta la salvación. Para estar preparado para él, uno debe descubrirse primero salvable».
Transparencia antes del sí
Sobre los primeros años del matrimonio, el obispo cuenta el caso de una pareja de novios que, al ver que su relación iba en serio, pasó un fin de semana en una cabaña contándose la vida entera, con sus luces y sus sombras. La esencia del amor, comenta, es saber que uno puede ser quien es, sin máscara, y aun así ser querido. La libertad de la que depende la validez del sacramento exige que los esposos sepan con quién se casan, y muchas dificultades de los primeros años pueden prevenirse con esa transparencia previa.
Consentir en amarse toda la vida y en recibir con amor a los hijos es consentir en una participación en la cruz, y asumirlo desde el principio da fuerza para llevar las cargas. Evoca el rito en que el sacerdote envuelve con la estola las manos unidas de los esposos diciendo «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre», y la oración con que se reviste de ella, en la que pide que le sea devuelta «la estola de la inmortalidad» perdida por los primeros padres. Frente a un clima que sentimentaliza el matrimonio y concibe a los hijos como bienes de consumo encargados a conveniencia, recuerda que el matrimonio incorpora a los esposos a una comunión viva con Dios y los constituye en icono de la Iglesia. Añade que ninguna pareja es autosuficiente y que la parroquia está llamada a ofrecer la ayuda, el humor y el consejo que antes daban las familias extensas.
La laetitia y el estiércol
En el bloque de las situaciones complejas, el prelado previene contra los tópicos sobre «la alegría y la belleza» del matrimonio. Basta leer Ana Karenina o ver Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman, para recordar que unos esposos pueden hacerse la vida imposible. Como el postulante que antes de la toma de hábito lee en el Sirácida «hijo, si te acercas a servir al Señor, prepárate para la prueba» (Si 2,1), los novios podrían hacer lo mismo.
Llama la atención sobre el hecho de que el Papa Francisco escribiera sobre el gaudium del Evangelio, pero sobre la laetitia del amor. La raíz latina laet- significa felicidad, pero ya en latín clásico se aplicaba al florecimiento de las plantas y a la tierra fértil, y de ella procede laetamen, el abono, que en la Antigüedad equivalía al estiércol. La laetitia del amor, concluye, presupone un terreno despedregado, bien arado y con estiércol suficiente, y su gozo brota de un trabajo duro y a menudo ingrato.
De ahí su propuesta de aprovechar la sabiduría monástica. Los monjes viven según una regla que hace explícito el fin de la vida común, y los esposos que acuerdan la finalidad de su familia, sobre todo si es trascendente, afrontan mejor los obstáculos. Los Apotegmas de los Padres del Desierto abordan los combates concretos bajo epígrafes como «desprendimiento», «paciencia», «lujuria» o «tolerancia», y sugiere compilar unos Apophthegmata para familias, breves, basados en la experiencia e informados por la fe.
Fidelidad, hospitalidad y fecundidad
El último eje fue la familia como sujeto de la misión. Lo que separa la visión cristiana de la secular es la convicción de que la fidelidad de Dios al hombre es absoluta, y la primera misión de la familia es testimoniar ese amor estable. Por eso, citando Amoris laetitia 62, la indisolubilidad debe verse como un don y una alta tarea, y los esposos que prometen fidelidad hasta la muerte encarnan en la historia el amor de Dios. La familia es misionera, ante todo, por su fidelidad.
La segunda forma de misión es la hospitalidad. Como el monasterio que, según la Regla de San Benito, nunca carece de huéspedes, la familia cristiana no es un club cerrado. Así puede contribuir también a la formación de los sacerdotes, no tanto con presentaciones en el seminario como invitándolos a su vida, porque el sacerdote célibe recuerda a la familia su dimensión sobrenatural y la familia le recuerda que su celibato es para la fecundidad.
La tercera es el testimonio de la fecundidad en un mundo cuya natalidad se desploma. Hace treinta años, recuerda, los sociólogos temían la superpoblación y vertían vitriolo sobre la enseñanza católica acerca del control de natalidad, y hoy se ve que prevalece la tendencia contraria. La planificación familiar católica debe ayudar a las familias a decir sí a los hijos, con medidas prácticas de vivienda, cuidado infantil y escuelas, pero sobre todo con la conversión de los corazones. Querer fundar hoy una familia fecunda es contracultural, compara, como querer ser punk en los años setenta. Las palabras exigentes de Cristo sobre la familia (Mc 1,19-21; Mt 10,37) no rebajan su valor, sino que la sitúan a la luz del discipulado radical y del mandato de buscar primero el Reino (Mt 6,33).
Bajo la mirada de Santa Teresa
El día siguiente a la clausura coincidió con la fiesta de Santa Teresa de Ávila, y el texto concluye con el pasaje de su Vida que recoge el Oficio de lectura: «Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero». A quien objete que la llamada a la santidad es demasiado alta para la gente corriente, la respuesta es que no lo es si se deja a Dios obrar su redención y se recuerda el valor de los actos cotidianos de fidelidad que renuevan una decisión tomada de una vez para siempre, la de amar fielmente.







