La misión entre musulmanes, el deber olvidado de una Iglesia europea resignada al declive
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«Toda cultura fuerte apuesta por la conversión»

La misión entre musulmanes, el deber olvidado de una Iglesia europea resignada al declive

Recuperar la fe antes que defender los «valores occidentales» frente a la islamización. Josef Jung reprocha a la Iglesia haber renunciado a la conversión y reclama una misión dirigida por los obispos entre los inmigrantes musulmanes. 

(Corrigenda/InfoCatólica) Europa solo podrá hacer frente al islam si vuelve a creer en sí misma, y eso significa recuperar la fe que dio forma a su cultura y volver a anunciarla a quienes llegan. Es la tesis del teólogo alemán Josef Jung en un análisis publicado en Corrigenda. Jung sostiene que la tarea del continente no es contener a los musulmanes, sino evangelizarlos.

Desde hace décadas, periodistas, políticos y académicos conservadores lamentan la islamización de Europa. Según Jung, no tienen nada que oponerle salvo la preocupación por los «valores occidentales» y «nuestro modo de vida».

En barrios acomodados como Blankenese, Schwabing o Prenzlauer Berg preocupa usar bien el lenguaje inclusivo, separar la basura y conducir un coche eléctrico. Mientras tanto, describe el autor, los musulmanes responden con familias numerosas, nuevas mezquitas y estructuras de clanes consolidadas. A su juicio no se trata de una toma hostil, sino de algo más banal: «Una cultura vital se encuentra con una Europa cansada». El Estado intenta integrar extendiendo sobre el islam la parábola de los anillos de Lessing «como una bola de nieve». Jung advierte que el islam difícilmente se dejará adormecer por la debilidad occidental. Toda cultura fuerte apuesta por la conversión, y esa debería ser también la tarea de Europa.

Qué ofrece Europa a los recién llegados

El autor recuerda que en 2015, en plena crisis de refugiados, predominaban en los círculos conservadores el miedo al islam y la resignación. Para Jung, el islam no es un destino inevitable. Es una religión que, como cualquier otra, puede abandonarse. Para ello hace falta conversión, y las Iglesias la han descuidado en una medida que el autor califica de alarmante. Quien quiera integrar a millones de personas y tema al islam debe recuperar antes la confianza en su propia cultura y religión.

Jung se apoya en el Cardenal Robert Sarah y en su libro Se hace tarde y anochece, que retoma una obra de Joseph Ratzinger, Werte in Zeiten des Umbruchs. «Creo que Occidente se está muriendo. Un proceso de autodestrucción es siempre reversible», escribe el purpurado. Sarah habla de un odio patológico hacia uno mismo, que se abre a valores ajenos y solo ve crueldad en la propia historia. «Ya no se sabe qué es un hombre, qué es una mujer», constata. A ello suma el aborto y la destrucción de la familia y de los valores espirituales, un «suicidio de toda una civilización». Y se pregunta: «¿Qué ha ofrecido a los recién llegados musulmanes aparte de su incredulidad y su bárbaro consumismo? ¿Por qué nos sorprende que se refugien en el fundamentalismo islámico?».

El silencio sobre la misión

Frente a Sarah, Jung cita al Cardenal Christoph Schönborn, arzobispo emérito de Viena. En una entrevista con el semanario francés Famille Chrétienne, Schönborn afirmó: «Debemos aceptar el declive de Europa». Lo hizo en referencia a la falta de nacimientos, la inmigración y el creciente peso demográfico del islam. El autor considera fatalista esa afirmación.

Según Jung, casi nadie en la Iglesia católica habla de misión entre los inmigrantes ni de recristianizar a los europeos. Esa preocupación solo se encuentra en algunas iglesias libres evangélicas y en organizaciones católicas tradicionales. Una excepción es el sacerdote austriaco Karl Wallner: «Lo que siempre me pregunto en este contexto es por qué en la Iglesia no ponemos en marcha propuestas misioneras para personas procedentes de países islámicos».

La iniciativa más conocida en el ámbito germanohablante es Elijah21, de carácter privado. Su enfoque interconfesional y ecuménico encierra, a juicio del autor, una contradicción teológica que genera confusión sobre el contenido de la fe. Por ello, sostiene, nada puede sustituir una misión eclesial y doctrinalmente clara bajo la guía de los obispos. Lamenta que esa misión no exista. En algunas diócesis centroeuropeas se mira con recelo a quien se toma en serio su fe. Al mismo tiempo, parte de la Iglesia prefiere agradar a quienes desearían abolirla. Jung lo ilustra con Giovannino Guareschi, cuyo Don Camilo pregunta al Señor si al diablo le ha dado ahora por disfrazarse de sacerdote.

Volver a amar la propia civilización

La respuesta que propone el autor pasa por redescubrir la fe y las ganas de vivir. Propone amar de nuevo la civilización occidental, «la mayor civilización de todos los tiempos», y mostrar por qué la fe en un Dios que resucita de entre los muertos dio origen a las catedrales y a las universidades. Esa cultura está marcada por la idea de un orden divino, por el hombre como imagen de Dios y por la esperanza en la bienaventuranza eterna. Por eso, escribe, brillan las vidrieras de París y Chartres.

Los precedentes de la misión entre musulmanes

Jung repasa los antecedentes históricos. En 1219, durante la Quinta Cruzada, San Francisco de Asís cruzó las líneas en Egipto y predicó la fe cristiana ante el sultán al-Malik al-Kamil, encuentro que se considera bien documentado. En el siglo XIII, el dominico San Raimundo de Peñafort impulsó los studia linguarum, donde los religiosos aprendían árabe y estudiaban la tradición islámica para debatir con los musulmanes en su propia lengua. Hubo uno en Murcia y más tarde otro en Valencia. A partir de 1580, varias misiones jesuitas acudieron a la corte del emperador mogol Akbar, en Fatehpur Sikri y Lahore.

En 1868, el Cardenal Charles Lavigerie fundó en Argel los Misioneros de África, los llamados Padres Blancos, a quienes exigió conocer las lenguas locales, en especial el árabe. Más tarde, San Carlos de Foucauld vivió años entre comunidades musulmanas del norte de África.

Para el autor, estos ejemplos muestran que la misión cristiana nunca significó desconocimiento, desprecio ni aislamiento. Bien entendida, empieza por el respeto y el interés sincero por el otro, y tiene en su núcleo la caridad. Solo puede prosperar si Europa vuelve a decir sí a su tradición y a su herencia cristiana, «en la que el Logos se hizo cultura». Únicamente entonces, concluye Jung, será posible la conversión del islam.

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