Bux: «Más que meter mano al derecho canónico, habría que meter mano a la crisis de fe»
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«La naturaleza de la Iglesia es jerárquica, no sinodal»

Bux: «Más que meter mano al derecho canónico, habría que meter mano a la crisis de fe»

El Sínodo de los Obispos es consultivo y solo el Papa lo hace deliberativo, recuerda Nicola Bux, que pide menos documentos y comisiones y más testimonio de Cristo, como mostró, a su juicio, el viaje de León XIV a Francia.

(InfoCatólica) Monseñor Nicola Bux recurre a una imagen para describir el momento que atraviesa la Iglesia, la de las arenas movedizas. «Esta continua voluntad de cambio acaba creando una incertidumbre, como sobre las arenas movedizas», afirma el teólogo de Bari a propósito del último fruto del proceso sinodal. Se trata del Informe final de la Comisión canónica, hecho público el 30 de septiembre por la Secretaría General del Sínodo, que recoge propuestas de modificación y plantea la conveniencia de revisar íntegramente el Código de Derecho Canónico.

En una entrevista concedida a La Nuova Bussola Quotidiana, Bux va a las cuestiones previas a los cambios concretos. Señala la falta de claridad sobre la naturaleza del Sínodo y de la propia Iglesia, a la que, a su juicio, se contempla como una estructura que reorganizar y no como misterio e instrumento de salvación.

El Sínodo no es un concilio

Bux percibe la intención de «codificar» el Sínodo para hacerlo normativo y vinculante para toda la Iglesia, al modo de un concilio. «Pero el Sínodo no es el concilio», advierte. Recuerda que siempre ha habido sínodos, también diocesanos, y que en la configuración querida por Pablo VI se trata ante todo del Sínodo de los Obispos, que es consultivo y solo se vuelve deliberativo por la autoridad pontificia. Era el Papa quien decidía qué peticiones atender, y cuáles no, al publicar una exhortación apostólica. «Ahora creo que hay una falta de claridad sobre la naturaleza del Sínodo», resume.

Sobre el motivo de rehacer un Código promulgado hace poco más de cuarenta años, Bux apunta que podría buscarse consolidar un papel de los laicos «casi paritario» con el de los clérigos. Frente a ello recuerda que la Iglesia es jerárquica, como reafirma Lumen gentium, y que no se trata de una cuestión de organización institucional sino ante todo sacramental. «Cristo dio a los apóstoles y a sus sucesores el poder sacramental, que hace de la Iglesia el instrumento de salvación del mundo», explica. Precisa que «jerarquía» significa «sagrado principio», del griego hieros, y que es sagrada porque la estableció Cristo. «La naturaleza de la Iglesia es jerárquica, no sinodal», concluye.

La comunión como método

El teólogo ve en León XIV un posible intento de corrección cuando el Papa presenta la sinodalidad como un estilo o un método, aunque él prefiere decir, citando al dominico Jérôme Hamer, que el método de la Iglesia es la comunión, «comunión de los santos, de los fieles, de los obispos con el Papa». La sinodalidad, añade, es una modalidad y ni siquiera la única, porque en la Iglesia existe también la autoridad. Considerarla la «naturaleza» de la Iglesia le parece «arriesgado», y estima necesaria una aclaración.

De ahí su reserva ante la reforma de un código que data solo de 1983. La voluntad permanente de cambio, sostiene, genera incertidumbre porque lleva a preguntarse «si mañana la Iglesia cambia lo que pide hoy, ¿hasta qué punto se le puede creer?».

Un laicado clericalizado

Algunas de las propuestas insisten en las tareas litúrgicas que podrían asignarse a los laicos. Para Bux, esa perspectiva prescinde de la invitación de Jesús a rogar al dueño de la mies que envíe obreros, «porque la mies es mucha y los obreros pocos» (Mt 9,37-38). La Iglesia siempre se ha preocupado por las vocaciones sacerdotales, y la razón, subraya, no es organizativa sino sacramental. Apoyarse en lo que pueden hacer los laicos expresa, en su opinión, «una desconfianza en la promesa del Señor», que aseguró que la Iglesia no desfallecería.

Admite que en caso de emergencia cualquiera puede administrar el bautismo, pero advierte que «querer estabilizar una situación excepcional significa casi burlarse del Señor». Y lo considera especialmente llamativo tras el viaje del Papa a Francia, que a su juicio ha mostrado el despertar de la fe en las familias, en los laicos y en las vocaciones.

Bux propone ocuparse de los laicos que quieren suscitar vocaciones como padres, maestros o educadores, cuya tarea no son los espacios organizativos de la institución eclesiástica sino la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Promover el laicado de otro modo, sostiene, acaba por clericalizarlo y tampoco favorece la comunión eclesial, que crece «si los sacerdotes hacen de sacerdotes y los laicos hacen de padres de familia y sobre todo de testigos en el mundo del trabajo», y no cuando los laicos se ocupan de las cosas de los clérigos y los sacerdotes se vuelcan en lo social. La idea de que los laicos deban «roer» el servicio sacramental de la jerarquía perjudica al laicado, porque lo aparta de su ámbito propio, que según los textos conciliares es ser levadura en la masa del mundo.

La crisis de fe, antes que el Código

Ante la proliferación de documentos, grupos y comisiones, Bux recuerda que Vittorio Messori propuso una «moratoria» en la producción de documentos, que son prolijos, se leen cada vez menos y degeneran en una logorrea que va en detrimento del anuncio del Evangelio. «Si se quiere tener en cuenta el sensus fidei del pueblo de Dios, entonces, más que meter mano al derecho canónico, habría que meter mano a la crisis de fe», afirma.

El viaje a Francia, insiste, demostró que la fe se difunde con el testimonio de Jesucristo, camino, verdad y vida. El signo de la conversión no es participar en organismos eclesiásticos, sino pedir el bautismo y los sacramentos y testimoniar ante el mundo que la fe debe impregnar también el espacio público. Así lo entendieron los santos, que no creaban consejos y comisiones sino que anunciaban la Verdad del Señor. «Es una forma de clericalismo esta continua preocupación por organizar, que en lugar de mirar a la Iglesia como misterio la ve como una estructura que hacer funcionar», añade, porque «las organizaciones se hacen y se deshacen».

La advertencia de Bartolomé

Bux evoca una frase que le dijo el patriarca ortodoxo de Constantinopla, Bartolomé: «Mire, el Sínodo puede también destruir la Iglesia». El patriarca le puso como ejemplo los sínodos orientales, donde todos tienen voz y también la elección y el gobierno de un patriarca sufren condicionamientos. «Ustedes tienen un Papa para la Iglesia católica, nosotros tenemos uno para cada Iglesia», le dijo, de modo que «entre nosotros nunca está la palabra fin», que solo podría escribir la autoridad suprema.

El grave riesgo, según Bux, es quedar prisioneros de la estructura sinodal, entre vetos cruzados como en la ortodoxia y con la imposible pretensión de decidirlo todo entre todos. «Imaginémonos si todo esto se codifica», apunta. La sinodalidad no podrá «destruir» la Iglesia, porque el Señor no lo permitiría, pero sí podría paralizar el primado de Pedro, que escucha y consulta, aunque es él quien dice la última palabra.

Bux remite en este punto al mensaje enviado a los camaldulenses en nombre de León XIV por el Cardenal Pietro Parolin en octubre de 2025: «La auténtica sinodalidad exige por su naturaleza la escucha y la participación de todos los bautizados, según la vocación de cada uno, pero no puede prescindir de la autoridad conferida por Cristo al Colegio de los obispos con a su cabeza el Sucesor de Pedro».

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