(InfoCatólica) «Ya no se puede revertir». Con estas palabras ha calificado el cardenal Jean-Claude Hollerich el proceso de sinodalidad impulsado por el Papa Francisco una afirmación que ha sido contestada desde numerosos frentes. El arzobispo de Luxemburgo, relator general de la asamblea del Sínodo de los Obispos celebrada en 2023 y 2024, hizo estas declaraciones en una entrevista publicada el domingo 20 de septiembre por el diario austriaco Kurier. La entrevista coincidió con el encuentro «Shaping Synodality in Europe», que ha reunido en Puchberg, junto a Wels, a 187 participantes de 31 países, entre ellos cardenales, obispos y teólogos.
Según recoge la agencia austriaca Kathpress, Hollerich explicó que la Iglesia atraviesa un cambio de mentalidad a largo plazo, que consiste en pasar de una Iglesia «desde arriba» a otra en la que los cristianos asuman responsabilidades y sean escuchados. «Necesitamos una Iglesia de los cristianos, donde yo, como obispo, esté entre los cristianos», afirmó. A su juicio, los cambios son necesarios, pero deben ser asumidos por toda la Iglesia, «de lo contrario, habrá disputas y división».
El cardenal, que trabajó durante largos años como jesuita en Japón, constató que la acogida del proceso varía según las regiones. Tras una visita a obispos de Asia, relató que allí se ve de forma «muy positiva». En Europa, en cambio, existen corrientes conservadoras que, «en esta medida», solo encuentran parangón en Norteamérica. Del Papa León XIV dijo que hasta ahora ha apoyado la sinodalidad.
Como la realidad es tozuda, atribuyó el tono más contenido de sus intervenciones, entre otras razones, a su deseo de preservar la unidad de la Iglesia, después de haber comprobado antes del cónclave la intensidad de las críticas dirigidas a Francisco.
Cuando lo ocurrido se convierte en norma
A raíz de estas declaraciones, Armin Schwibach publica en kath.net un análisis titulado «Irreversible. La dictadura de lo acontecido. Cuando la historia se convierte en "Magisterio"». El autor ve en la expresión del cardenal la consagración de un hecho consumado, al que califica de conquista de terreno en clave de política eclesial. Sostiene además que la frase merece algo más que una lectura de pasada, porque no se limita a describir un hecho histórico, sino que pretende fijar el rango que ese proceso puede reclamar dentro de la Iglesia.
Schwibach admite que, en sentido puramente histórico, todo acontecimiento es irreversible. Un proceso de once años ya se ha producido, con documentos publicados, asambleas celebradas y términos acuñados, del mismo modo que nadie puede borrar el Concilio de Trento, el Concilio Vaticano II o el pontificado de Pablo VI. Pero de ahí, argumenta, no se deduce ninguna irreversibilidad teológica. Entre afirmar que algo ha ocurrido y afirmar que ya no puede corregirse media un abismo. Mayor aún es la distancia entre decir que algo se ha impuesto históricamente y concluir que por ello pertenece a la forma indisponible de la Iglesia. Quien difumina esas diferencias, advierte, convierte la historia en norma, el hecho en exigencia y la duración en verdad, «al más puro estilo hegeliano».
La cuestión decisiva, según el analista, no es si el proceso sinodal podría devolverse a su punto de partida, algo imposible para cualquier acontecimiento. Lo que importa es qué autoridad teológica posee lo que ha surgido de él. Schwibach pregunta si esa irreversibilidad procede de Cristo, de la Tradición apostólica, de una decisión magisterial vinculante o de la constitución sacramental de la Iglesia. La otra posibilidad es que proceda de la simple circunstancia de que una generación haya puesto en marcha un proceso y lo haya sostenido el tiempo suficiente.
Desarrollo en la continuidad del mismo sujeto
El autor recuerda que la Iglesia no es producto de su propia historia. Tiene historia, pero no procede de ella, pues es una realidad fundada por Cristo y no el resultado de una decisión de los fieles o de un cambio de conciencia colectivo. Supongamos que un proceso eclesial no pudiera revisarse solo por su duración o su implantación institucional. En ese caso, sostiene, la historia adquiriría una fuerza normativa que teológicamente no le corresponde y pasaría a producir lo que la Iglesia debe ser, lo que a su juicio supondría una inversión fundamental.
En apoyo de su tesis, Schwibach invoca la doctrina católica del desarrollo, según la cual desarrollo e identidad se presuponen mutuamente. Cita la «hermenéutica de la reforma, de la renovación en la continuidad del único sujeto-Iglesia», que Benedicto XVI contrapuso en 2005 a la «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura». Solo si la Iglesia permanece la misma, razona, puede hablarse con sentido de su desarrollo.
Recuerda asimismo que San Pío X advirtió en la encíclica Pascendi Dominici gregis (8 de septiembre de 1907) contra una concepción del desarrollo en la que la conciencia religiosa y las necesidades históricas se convierten en el motor de la verdad religiosa. El peligro, explica, no era que la Iglesia se desplegara en la historia, sino que lo que se despliega acabara decidiendo qué debe tenerse por verdadero. En ese caso ya no se mide la historia por la verdad, sino la verdad por la historia.
La sinodalidad como «forma de la Iglesia»
Schwibach se detiene en otra afirmación de Hollerich, según la cual la sinodalidad no debe ser solo un método, sino asumirse como «forma de la Iglesia». Con ello, sostiene, se cruza el umbral decisivo, porque la sinodalidad deja de ser un modo de deliberar, escuchar o preparar decisiones y pasa a definir lo que la Iglesia es. Precisa que nadie discute que la Iglesia deba escuchar, ni la importancia de sínodos, concilios y consultas, formas que la Iglesia conoce desde Antioquía y Jerusalén. Lo nuevo es el intento de convertir la sinodalidad en clave eclesiológica global. Quien la declare irreversible, añade, debe explicar si es inmutable porque es verdadera o si se la tiene por verdadera porque ya no debe cuestionarse.
El analista subraya que la Iglesia no tiene derecho a remodelar a voluntad la esencia recibida de Cristo, y que tampoco el Magisterio está por encima de la Revelación, sino a su servicio. Ni un Papa puede reinventar la constitución de la Iglesia por conveniencia histórica, sostiene, ni un proceso de consulta mundial puede generar una nueva verdad eclesiológica. «La Iglesia no es una asamblea constituyente», escribe. La Iglesia se recibe a sí misma como Esposa de Cristo, una, sancta, catholica et apostolica. En la misma línea evoca la encíclica Mystici Corporis (29 de junio de 1943) de Pío XII, que describe a la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo. En ese cuerpo, ya existente, los fieles son incorporados, y la Iglesia no nace de un consenso de sus miembros sobre la Iglesia que desean ser.
Reformar no es disponer de sí misma
Schwibach no sostiene que todo en la Iglesia sea inmutable. Las formas pueden cambiar, las disciplinas reformarse y los métodos pastorales adaptarse, pero la posibilidad de cambio no equivale a la libre disposición de sí. Una planta crece sin convertirse en otra especie, y un hombre madura sin perder su identidad. En la Iglesia, afirma, debe haber progreso y también disposición a la corrección. Que algo haya ocurrido no lo inmuniza frente al examen, y que dure diez años no lo hace verdadero.
La alternativa, concluye, no es tradición o desarrollo, sino desarrollo desde la Tradición o desarrollo desde la ruptura. El primero preserva la identidad del sujeto, mientras que el segundo convierte el propio proceso histórico en principio creador. Por eso plantea en virtud de qué verdad sería irreversible la sinodalidad. No lo sería por la cronología, ni por el poder institucional, ni por un cambio de mentalidad. Solo lo sería allí donde esa irreversibilidad se siga de lo que la Iglesia es desde Cristo. Lo contrario sería, a su juicio, una divinización de la historia, en la que la medida de la Iglesia ya no sería Cristo, sino el tiempo. «No todo lo que ya no se quiere revertir se vuelve verdadero por ello. Algunas cosas siguen siendo, sencillamente, un error irreversible», remata.
Otras afirmaciones del cardenal
En la misma entrevista, Hollerich calificó la enseñanza sobre la paz de León XIV de «continuación de la doctrina católica». Según dijo, esa enseñanza incluye que una guerra preventiva ya no puede ampararse en la doctrina. Habló también de un «proceso de encogimiento que es también un proceso de sanación» de la Iglesia en Europa, y afirmó que el continente «nunca más» será «una Europa completamente cristiana». Abogó por una actuación conjunta de cristianos, judíos y musulmanes contra la guerra y en defensa de la creación. Sobre la política francesa advirtió que «si hay un giro a la derecha en Francia, que Dios se apiade de Europa». Añadió que «el cristianismo no se protege con bombas ni con la discriminación de otras personas».








