(InfoCatólica) En un artículo de la periodista católica Jeanne Smits en el portal Reinformation, se señala algo que debería ser evidente, pero la fuerza de la costumbre ha hecho casi completamente desconocido: no siempre es necesario que los sacerdotes concelebren.
Antes de la reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II, no existía la concelebración más que en el caso particular de la Misa de ordenación sacerdotal. Por lo tanto, los sacerdotes u obispos que asistían a una Misa celebrada por otro sacerdote lo hacían a modo de simples fieles (o de diáconos o subdiáconos, si ayudaban al celebrante). La reforma de Pablo VI normalizó la concelebración, es decir, la celebración conjunta de una Eucaristía por varios sacerdotes, en cuanto manifestación de “la unidad del sacerdocio y del sacrificio, como también de todo el pueblo de Dios”, según explica el Misal Romano.
Desde entonces, por la fuerza primero de la novedad y luego de la costumbre, se ha hecho prácticamente automático que, cuando hay varios sacerdotes en una Misa, concelebren y la mayoría de los fieles nunca han visto a un sacerdote asistir a Misa sin concelebrar. Las normas litúrgicas, sin embargo, no lo requieren, más que en algunos casos muy concretos.
El artículo de Smits, titulado “La concelebración no es automática, ni siquiera con el Papa”, hace referencia lo sucedido en el consistorio de cardenales que tuvo lugar la semana pasada en Roma. En 8 de enero, en la Misa del consistorio, el cardenal Ernest Simoni no concelebró, a diferencia de los otros 169 cardenales.
En las imágenes publicadas, se puede ver al anciano cardenal albanés sin ornamentos litúrgicos y arrodillado en un reclinatorio. No se ha ofrecido ninguna explicación pública de este hecho, ni es necesario que se ofrezca, porque, simplemente, el purpurado hizo uso de lo que permiten las normas litúrgicas de la Iglesia.

Por otro lado, aunque esté permitido no concelebrar, se requiere una fuerza de carácter poco común para no seguir la corriente de todos los otros cardenales de forma tan llamativa. Esa firmeza de carácter no es de extrañar en este caso porque se trata de un auténtico confesor de la fe y, en particular, en lo relativo a la celebración de la Misa. Fue encarcelado ya en 1963 en Albania, en tiempos del régimen comunista de Enver Hoxha, cuando aún era un simple sacerdote, por el simple hecho de celebrar la Eucaristía en sustitución de otro sacerdote encarcelado antes que él. Posteriormente, sufrió torturas y fue condenado a muerte sin juicio, aunque después se conmutó esa pena por la de prisión. No fue liberado hasta 1981 y aún entonces le obligaron a trabajar en las alcantarillas hasta la caída del comunismo. Siempre que pudo, continuó celebrando la misa clandestinamente.
Además, el cardenal Simoni mantiene un profundo aprecio por la Misa antigua en latín, en la cual lo habitual es no concelebrar. Por ejemplo, el purpurado albanés participó en las celebraciones de la peregrinación Summorum Pontificum que tuvieron lugar en San Pedro el pasado mes de octubre.
Curiosamente, otro ejemplo reciente de la posibilidad de no concelebrar es el Papa Francisco, que hacia el final de su pontificado acostumbraba a asistir a Misas solemnes sin concelebrar, a veces revestido con una capa pluvial. Este ejemplo, sin embargo, probablemente resulte menos significativo, porque Francisco también era conocido por su actitud espontánea, que no encontraba problema en saltarse las normas litúrgicas, procedimentales o consuetudinarias.
Según la Ordenación General del Misal Romano, la concelebración solo es obligatoria en la ordenación de obispos y presbíteros, en la bendición de un abad y en la Misa crismal. Se recomienda, aunque no se requiere, en la Misa vespertina del Jueves Santo, en las Misas celebradas en los concilios, reuniones de obispos y sínodos, en la Misa conventual de los monasterios, la Misa principal de iglesias y oratorios y las Misas de las reuniones de sacerdotes.
En especial, incluso en los casos en los que la concelebración es recomendable, el Misal añade una precisión: “a no ser que el provecho de los fieles requiera o aconseje otra cosa”. Puede ser el caso, por ejemplo, de grandes celebraciones multitudinarias en las que los sacerdotes quizá podrían ser más de provecho confesando que concelebrando, a menudo a cientos de metros del altar.








