(ACI/InfoCatólica) La ciudad de Cancún será escenario del primer Congreso Cristero, convocado con motivo de los 100 años del inicio de la Cristiada en México, un periodo marcado por la persecución religiosa y por la respuesta de numerosos católicos que se alzaron en armas ante la represión ejercida desde el gobierno federal.
La reunión tendrá lugar en la iglesia de San José Luís Sánchez del Río, en Cancún. Entre los expositores anunciados se encuentran el sacerdote mexicano Juan Razo García; Uriel Esqueda, líder de Campañas de la plataforma Actívate, dedicada a la defensa de la libertad religiosa en México; y el P. Javier Olivera Ravasi, Doctor en Filosofía e Historia y apologista a través del proyecto Que No Te la Cuenten (QNTLC).
El evento cuenta con el aval y la participación de Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cancún-Chetumal. En una entrevista concedida el 8 de enero, el obispo subrayó que el impulso de los cristeros brotaba de una fe hondamente arraigada. Así lo expresó al describir la identidad católica que los movía: «la fe católica es parte de su ser, de su vida, de su entraña, de su tradición, de su familia». Y añadió: «No se pueden concebir ellos sin esa fe», pues «era una cosa vital» y «más que una cosa teórica».
La persecución religiosa en México tuvo, según se recuerda, antecedentes de décadas de presiones contra la Iglesia Católica. En ese marco, la Constitución mexicana de 1917 significó uno de los precedentes más graves, al desconocer derechos y personalidad jurídica de la Iglesia e imponer importantes restricciones al culto.
Años después, el hostigamiento se endureció todavía más. El 31 de julio de 1926 entró en vigor la «Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa», promulgada por el entonces presidente Plutarco Elías Calles, razón por la que se hizo conocida como «Ley Calles». Ese mismo día, al entrar en vigor la norma, los obispos mexicanos decidieron suspender el culto público. En distintos puntos del país, muchos católicos se levantaron en armas espontáneamente contra el gobierno federal y en defensa de su fe, en lo que se conoce como Cristiada o Guerra Cristera.
Se indica que, de modo formal, la Guerra Cristera culminó el 21 de junio de 1929, aunque la persecución y los asesinatos contra cristeros continuaron durante varios años. Según la Conferencia del Episcopado Mexicano, se trató de «más de 200 mil mártires que entregaron sus vidas defendiendo su fe: Niños, jóvenes, ancianos; campesinos, obreros, profesionistas; sacerdotes, religiosos laicos». Entre los mártires más conocidos se mencionan a San José Sánchez del Río, asesinado a los 14 años; el Beato P. Miguel Agustín Pro; y el Beato Anacleto González Flores, patrono del laicado mexicano. También se recuerda que no fue hasta 1992, con una reforma constitucional y la entrada en vigor de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, cuando las autoridades mexicanas reconocieron la personalidad jurídica de la Iglesia Católica.
En el marco de estas conmemoraciones, Mons. Elizondo Cárdenas explicó el origen del grito que identifica a los cristeros: «¡Viva Cristo Rey!». Según relató, surgió como una “prueba” aplicada por soldados federales «cuando agarraban a uno por estar profesando la fe». Los militares —señaló— interrogaban al católico con una pregunta concreta: «¿quién vive?», para averiguar «si se había levantado en armas o no se había levantado en armas, si estaba defendiendo la fe o si no tenía ‘vela en el entierro’». Ante esa presión, el detenido tenía dos respuestas posibles: «podía decir ‘¡Viva el ejército federal!’ o ‘¡Viva Cristo Rey!’. Era como una disyuntiva que le ponía el mismo ejército para que confesara».
Con el tiempo, esa confesión pública pasó a ser una consigna de ánimo y de combate. El obispo lo describió así: «Entonces al principio fue la confesión de la fe y ese grito ya se hizo como una consigna, como un lema, como un grito de guerra. ‘¡Viva Cristo Rey!’ era como se animaban. ‘¡Viva Cristo Rey y Viva la Virgen de Guadalupe!’», dijo.
Mons. Elizondo recordó además que, dentro del clero de la época, «hubo mucha discusión teológica» sobre la licitud de una guerra y sobre la defensa armada de la fe. Sin embargo, precisó que «otros, como la gente más sencilla y más humilde, no tuvieron más remedio que entrar en defensa armada de su fe». En ese punto, el prelado se detuvo en la realidad de muchos campesinos que afrontaron una lucha de guerrilla en estados del centro del país: «El pueblo, la gran mayoría o muchos campesinos —que fueron los que dieron más dura la batalla de guerrilla en los estados de Jalisco, de Guanajuato, Michoacán, Colima y otros estados del centro—, ellos no tenían mucha teología, ni hacían muchas elucubraciones, ni hacían muchos distingos de cosas, sino que era una cosa, vamos a decir, del corazón y del sentimiento religioso (...), del amor a su fe».
Esa fe, añadió, estaba cargada de contenido moral y evangélico: «encarnaba muchísimos valores, valores evangélicos, valores de la familia, valores del matrimonio, valores de la vida, valores de todas las virtudes evangélicas (...) que para ellos valía la pena defenderlo con la propia vida».
Al reflexionar sobre el presente, el obispo advirtió del peligro de «un Estado anticlerical y anticatólico». Recordó que tras el conflicto «se establecieron las leyes y los criterios del Estado laico, separación Iglesia-Estado», pero lamentó que «en la práctica, históricamente, se ha malinterpretado ese Estado laico no confesional como si fuera más bien un Estado anticlerical y anticatólico». Como consecuencia, dijo, ni en escuelas ni en ambientes estatales «se puede nombrar para nada el nombre de Dios», en un intento de reducir «esa práctica de la fe católica al templo y a la sacristía».
Según Mons. Elizondo, otro ámbito golpeado es el «de la libertad de expresión», como si «los obispos y los sacerdotes, incluso los laicos, no tienen la facultad o el permiso (...) de poder manifestar su fe y hablar de su fe en los medios de comunicación». En esa misma línea, afirmó que en México «ha habido intentos de ley mordaza, para amordazar a la Iglesia en su expresión».
Frente a ello, precisó que una «sana laicidad» significa «saber respetar las creencias, la libertad de creer o no creer», y valorar el «derecho de pensamiento, de conciencia, de religión, de culto», incluyendo celebraciones públicas. Reconoció que «Sí hay una tolerancia y sí hay una apertura y una libertad», y mencionó peregrinaciones multitudinarias como la que reúne en diciembre en Ciudad de México a más de 13 millones de personas. No obstante, alertó que hay quienes quieren «restringir más esa libertad», impulsados por «un prejuicio o un miedo de que la religión cobre más fuerza pública y se pueda convertir en enemigo de algún partido político».
En ese contexto, el obispo insistió en que el poder de la Iglesia no se mide con criterios mundanos: «no es terrenal, no es político, no tiene otros intereses de tipo temporal, de tipo económico (...) sino que es espiritual y es moral». Y remató señalando un error de percepción que persiste: «Eso es lo que no se acaban de [entender] algunas gentes y la ven como un partido político de oposición».
De cara al centenario, Mons. Elizondo Cárdenas subrayó la obligación de recuperar la memoria de la Cristiada. Considera fundamental «recordarla con justicia, porque el gobierno y la cultura y la sociedad mexicana han borrado de la historia ese pasaje de la revolución cristera». Por ello, dijo, hoy es necesario «que se estudie, que se escriba, que se hagan congresos, películas, etcétera, porque fue un hecho histórico».
Los organizadores del primer Congreso Cristero en Cancún han indicado que la información y las inscripciones pueden solicitarse por WhatsApp o a través de las redes sociales del evento.








