18.12.18

Creer y tocar

“Tocar con el corazón, esto es creer”, comenta San Agustín a propósito de la hemorroísa que toca a Jesús para curarse (cf Lc 8,45-46). Jesús distingue ese ser tocado del ser estrujado por la gente.

Él nos ha tocado por su Encarnación y nos toca hoy por los sacramentos. Se dejó incluso golpear para que sus heridas nos curasen (cf 1 Pe2,24). Con la fe, nosotros podemos tocarlo y recibir la fuerza de su gracia.

No obstante, Jesús resucitado le dice a María la Magdalena: “No me toques, que todavía no he subido al Padre” (Jn 20,17). La humanidad del Resucitado “ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre” (Catecismo, 645).

Desde esta perspectiva, “no me toques” puede entenderse como “no sigas tocándome, no quieras retenerme en esta tierra, suéltame, déjame recorrer el tramo final, entrar para siempre en el Padre”.

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17.12.18

Creer y ver

La fe es “escuchar", pero es también “ver” y hasta “tocar": “fides ex auditu, sed non sine visu”, la fe viene del oído pero no sin vista (San Cirilo de Jerusalén). La fe tiene una estructura sacramental - que se remonta de lo visible a lo invisible - porque se basa en la Encarnación del Verbo, en la presencia concreta del Hijo de Dios en medio de nosotros.

A comienzos del siglo XX, Pierre Rousselot (1878-1915) escribió un renovador ensayo titulado Los ojos de la fe. La fe, decía, es la capacidad de ver lo que Dios quiere mostrar y que no puede ser visto sin ella.

La gracia de la fe concede a los ojos ver acertadamente, proporcionalmente, su objeto, que no es otro más que Dios: “Los ojos de la fe son una gracia perfectamente vinculada a las facultades naturales del hombre para llevar el intelecto a la Verdad suprema y la voluntad al Bien soberano” (N. Steeves).

Los ojos de la fe nos permiten contemplar de modo nuevo la realidad, relacionando todos sus componentes, toda nuestra existencia, con Dios. De algún modo es como si Dios nos hiciese partícipes de su propia mirada; de la mirada con la que Él se contempla a sí mismo, con la que nos ve a nosotros y con la que contempla, en sí, todas las cosas.

Como escribía Nicolás de Cusa: “El ser de las criaturas es simultáneamente tu ver [el de Dios] y el ser visto”.

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15.12.18

Creer y escuchar

La oración del Shemá Israel comienza con estas palabras: “Escucha, Israel” (Dt 6,4). La fe, la virtud por la cual creemos a Dios, está ligada al oído: “Creer es, ante todo, escuchar” (F. Conesa), abrir el corazón y poner en práctica lo escuchado. La fe viene de la escucha, nos dice San Pablo (cf Rom 10,17). Pero, para que podamos percibir los sonidos, se hace necesario sintonizar, ajustar la frecuencia de resonancia.

Si Dios no prepara nuestros oídos, si no los abre con sus dedos (cf Mc 7,33), no podremos percibir su voz, no llegará a nosotros su mensaje. El bautismo obra en cada uno este admirable milagro: “Effatha”, “ábrete”. Es Dios quien hace lo posible para que podamos oírle, para que podamos escuchar obedientemente su Palabra con el corazón y así captarla y saborearla (cf Lc 2,19).

La fe cristiana no conduce al aislamiento, sino a la comunión con Dios y con los hermanos. La Iglesia se hace creíble si  aparece públicamente como el ámbito en el que, día a día, Jesucristo cura nuestro mutismo y nuestra sordera para que podamos salir de nosotros mismos, de ese egoísmo que nos encierra, para abrirnos al gozo de la escucha – de Dios y del otro - , de la filiación y de la fraternidad.

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14.12.18

A lo inteligible por lo sensible

Santo Tomás de Aquino afirma que “es natural elevarse a lo inteligible por lo sensible, porque todo nuestro conocimiento toma su origen en los sentidos”.

En el marco de la filosofía contemporánea, un pensador como X. Zubiri se opone a sostener el dualismo de dos facultades, la sensibilidad y la inteligencia. Para él, la sensibilidad y la inteligencia son dos potencias que constituyen una facultad, que llama inteligencia sentiente.

En la aproximación al mundo, K. Rahner señaló que el ser humano, considerado como espíritu en el mundo, se abre a la realidad de una manera consciente y libre. Rahner aplica los sentidos a la realidad concreta del mundo. Esta perspectiva filosófica se encuentra en continuidad con el papel desempeñado por los sentidos en los Ejercicios espirituales de San Ignacio y con su función en la experiencia de la fe.

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13.12.18

Los sentidos y la fe

La revelación, la auto-comunicación de Dios a los hombres que llega a su centro y plenitud en Jesucristo, se transmite históricamente, sacramentalmente, encarnadamente. Y es el hombre entero el que, en contacto con ella, responde con la fe. San Juan vincula la Encarnación del Verbo con la visibilidad de Jesús: “pues la Vida se hizo visible” (1 Jn 1,2).

Juan da testimonio y anuncia una Persona que se ha manifestado sensiblemente, humanamente, y que, en su concreción, ha impresionado los sentidos de quienes se encontraron con Él: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida” (1 Jn 1,1).

La estructura sacramental de la fe, al implicar la totalidad del hombre, incluye también la sensibilidad humana y los sentidos como cauces cognoscitivos que posibilitan el encuentro con Jesucristo, el Verbo encarnado, la Vida que se ha hecho visible.

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