23.05.19

Socializar la estupidez

“El dinero es como el estiércol; no tiene valor alguno hasta que lo esparces”, solía decir la millonaria y filántropa Brooke Astor. Parece que hay quien piensa que lo que se asemeja al estiércol es el cuerpo humano, útil para generar compost tras el “trámite”, pongamos por caso, del aborto o de la eutanasia; trámite en general muy poco libre para quien lo padece (esta falta de libertad es total para el abortado y muy escasa para el eutanasiado, ya que, con el tiempo, terminaría por considerarse una actitud insolidaria empeñarse en seguir viviendo).

El estiércol tiene sus admiradores. El dinero, también. Pero curiosamente este último cuenta asimismo con detractores. No creo que sea por el dinero en sí, que no deja de ser un medio, un instrumento, susceptible de ser usado para el bien o para el mal. Muchas veces tras las retóricas proclamas contra el dinero, o el capital, se parapeta el rechazo casi instintivo que algunos sienten hacia la libertad de los demás. Disponer de dinero, de un cierto bienestar, proporciona libertad. La manera de subyugar a otros es impedir que puedan administrar su propio dinero, haciéndolos depender de la cartilla de racionamiento que administra el que tiene en exclusiva el poder. Los que aspiran a tener la llave hasta del aire que uno respira valoran el dinero en sus cuentas bancarias, pero lo critican cuando permite que otros amplíen su parcela de libertad.

En la búsqueda del monopolio totalitario ejercido en nombre de idolátricos ideales, los aspirantes a tiranos no quieren que se esparza nada sin su consentimiento. Tolerarían quizá unos cuantos cadáveres para fertilizar campos, pero se indignarían ante el más mínimo reparto del dinero. No quieren que haya millonarios, y, menos aún, millonarios filántropos. Lo suyo es que haya súbditos, dóciles a los dictados del aparato, a los designios falsamente mesiánicos indicados por muy pocos; en su versión maximalista, a poder ser por uno solo.

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1.05.19

¿Universidad o catetismo?

El pasado verano visité la ciudad alemana de Friburgo de Brisgovia. En el entorno de su famosa Universidad se halla la “Karl Rahner Platz”, en honor del célebre teólogo jesuita nacido en Friburgo en 1904. No se trata, pues, de un personaje del siglo XVI, sino de un intelectual católico de los más relevantes del siglo XX.

Si no se puede negar la condición de importante pensador a Karl Rahner, tampoco cabe hacerlo con relación al teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, a quien el cardenal de Lubac calificó como “uno de los hombres más cultos del siglo XX”.

Teología y cultura, Teología y Universidad, no son palabras antitéticas. La Universidad nació teniendo como principal cátedra la de Teología y todavía hoy en muchos países del mundo la Facultad de Teología tiene un espacio reconocido dentro de la docencia universitaria.

Además de las razones históricas, también la lógica interna de la Teología supone un motivo más que suficiente a favor de su presencia en los ámbitos del pensamiento. La Teología, y la Filosofía, tiene la responsabilidad intelectual de procurar al hombre “una orientación sobre su propia realidad y sobre la realidad del mundo como un todo”, dice el teólogo protestante W. Pannenberg.

La apertura al todo, a la realidad en su conjunto, la apuesta por una razón abierta a la universalidad de las cosas (“Universidad” viene de ahí, de “universalidad”, de “totalidad) debería de ser una señal distintiva de los ámbitos donde se cultiva el saber.

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23.04.19

Lecturas. Andrea Riccardi, El siglo de los mártires

Andrea Riccardi, El siglo de los mártires. Los cristianos en el siglo XX, Ediciones Encuentro (Colección Mártires del siglo XX, 1), Madrid 2019, ISBN: 978-84-9055-958-1, 585 páginas, 29.00 euros.

 

Andrea Riccardi es un autor muy conocido: Profesor, historiador y analista de la historia de la Iglesia contemporánea, además de fundador de la Comunidad de Sant’Egidio. San Juan Pablo II lo nombró miembro de la Comisión de los testigos de la fe o Nuevos Mártires, encargada de resaltar los testimonios enviados a Roma desde todo el mundo con motivo del Gran Jubileo del 2000.

En esa experiencia de la Comisión de los Nuevos Mártires se gesta el presente libro, cuya edición italiana original es de 2000, luego ampliada en 2009. En el “Prólogo a la presente edición” y en la “Introducción”, A. Riccardi da cumplida cuenta de los objetivos que persigue esta obra, que “rescata una historia de cristianos asesinados en el siglo XX por ser creyentes” (p. 9). Un siglo, el XX, que se presenta como “el siglo del martirio”, aunque el martirio de los cristianos “ha continuado también en el siglo XXI y sigue siendo todavía un acontecer dolorosamente abierto” (p. 9).

Muchos son los escenarios en los que estas persecuciones acontecen: los grandes totalitarismos del siglo XX, el comunismo y el nazismo; la lucha anticristiana en España y en México; los problemas surgidos en las misiones, en las guerras, en la incertidumbre de la situación política, masacres como la de los armenios durante la I Guerra Mundial, etc.

Recordar el martirio de tantos cristianos es, nos dice A. Riccardi, recordar la fuerza de los humildes, “la resistencia tenaz y apacible al mal y a su fuerza avasalladora” (p. 13). “Se resiste al mal incluso dejándose golpear, pero no cediendo a sus amenazas” (p. 14). Los cristianos representan una presencia humana revestida de fuerza moral en situaciones que han perdido las connotaciones humanas (cf. p. 15).

El martirio constituye una revelación del cristianismo, manifestación “de un modo de ser de los cristianos en la historia” (p.15). Juan Pablo II supo reivindicar el papel decisivo de los mártires en la vida de la Iglesia contemporánea: “El martirio es una historia de fe, de amor, de coraje, que los creyentes cristianos consideran como una herencia significativa para el tiempo presente” (p. 16).

Los testimonios acerca de los mártires han de ser narrados “con sentido histórico y atendiendo al marco en el que se han producido” (p. 16). Son “un valor para la Iglesia, pero también un testimonio de la fuerza de las convicciones y de la conciencia frente a la coerción”. El martirio del siglo XX muestra el lado inhumano y oscuro de la historia reciente.

Riccardi ha optado “por narrar la historia de los nuevos mártires teniendo presentes sus motivaciones personales: encontramos así casos diferentes en tiempos diversos, perseguidores diferentes, pero una única gran historia que discurre desde el siglo XX a nuestros días” (p. 17). Su obra se sitúa, pues, entre la historia y la memoria: “quiere hacer memoria de una gran historia” (p. 31), de la que han sido protagonistas tal vez tres millones de cristianos asesinados por su fe (cf. p. 29).

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8.04.19

La Semana Santa y los poetas. A propósito del libro de Yolanda Obregón

Decía John Henry Newman que el cristianismo es “una historia sobrenatural casi escenificada: nos dice lo que es su autor diciéndonos qué es lo que ha hecho”. Esta historia, por divina, resulta profundamente humana. Su espacio y su relato conciernen al mundo, al ámbito de nuestras más profundas vivencias.

Se dice que, en la posmodernidad, hemos dejado la morada reconocible de la que nos sentíamos tranquilos habitantes y olvidado las palabras de familia. La visión instrumental de las cosas nos envolvió en un laberinto en el que el yo, sumido en el naufragio, se vio huérfano de puntos de referencia, como un superviviente en medio del océano o un caminante desorientado en el desierto.

La Semana Santa saca a las calles un espacio y un tiempo, evoca un relato, sitúa en primer plano la carne de Cristo, nuestra pura humanidad, aquella que se resiste, pese a todo, a la total asimilación con las bestias o a la total claudicación ante la superioridad insensible de las máquinas.

Esta aceptación de lo que somos no es altiva, sino humilde. Como humilde es la proximidad de Cristo, el Nazareno. Lope de Vega, al recrear el momento en el que Jesús es crucificado, se dirige a María: “Mirad, Reina de los cielos,/ si el mismo Señor es este,/ cuyas carnes parecían/ de azucenas y claveles”. Y añade: “pero bien cabrá en la cruz/ el que cupo en el pesebre”. La cruz y el pesebre, el nacimiento y la muerte, vinculados por la memoria del amor que no cede al chantaje del olvido.

El drama de la Semana Santa – cifra de la pulsión de la vida, de los amores concretos, de los rostros queridos, de los dolores que duelen también a uno mismo – es denuncia y esperanza, es noche y día. La tierra de los hombres, la nuestra, se ve retratada en su dureza: “Triste de la tierra dura./ Triste del amargo pueblo./ Tierra triste, tierra amarga,/ oh mundo lleno de muertos” (Carlos Bousoño).

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28.03.19

Aborto en Nueva York

Se me podrá acusar de lo que sea. De abortista, no. De enemigo de los EEUU, tampoco. Me ha encantado – en un pasado que para mí es reciente – haber visitado Nueva York. He visto allí una presencia de los católicos en la Misa de la catedral que me ha llamado la atención.

Nada comparable con otros templos cristianos en esa enorme ciudad. La catedral católica - por su ubicación, por la enorme asistencia de fieles, por su cuidada liturgia – impresiona verdaderamente.

En la página web de la Archidiócesis de Nueva York leo: “Nueva York tiene ahora las leyes de aborto más liberales de la nación”.

Esta afirmación general se desglosa en los siguientes puntos:

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